o Aglaura o Agraulo II. Hija de Aglauro, la hija de Acteo. Fue amada de Ares, de quien tuvo una hija, Alcipe. Además, Aglauro, junto con sus hermanas, interviene en la leyenda de Erictonio. Atenea educaba en secreto al pequeño Erictonio, nacido de una pasión que Hefesto había sentido por ella. Lo había encerrado en una canasta y confiado a las tres hijas de Cécrope. Pándroso era, en particular, la encargada del depósito. Sus hermanas, curiosas, no pudiendo vencer la tentación, abrieron la canasta y vieron en ella al niño rodeado por una serpiente. Asustadas, enloquecieron y se precipitaron desde lo alto de las rocas de la Acrópolis. Una corneja contó a Atenea la indiscreción de las tres doncellas (Ver, Erictonio). En cambio, Ovidio cuenta que Aglauro, pese a ser la más culpable, no fue atacada de locura. Más tarde, la presenta celosa de su hermana Herse, de quien Hermes está enamorado. Éste, habiendo concebido una pasión extraordinaria por Herse, quiso obligar a Aglaura a que le hiciese mediadora; pero ella rehusó constantemente darle entrada, a menos que la gratificase con una considerable suma dinero. Palas que aborrecía a Aglaura porque había tenido la temeridad de abrir, contra sus órdenes, el canasto donde había encerrado a Erictonio, hijo de Hefesto, se valió de la Envidia para que hiciese concebir celos contra su hermana. En efecto, Aglauro poseída de esta pasión se opuso todavía con mayor tenacidad los deseos de Hermes, por lo que el dios le dio un golpe con el caduceo y la transformó piedra. (Ver, Cérix). Otros cuentan parte de esta fábula de un modo totalmente diverso: dicen que Atenea confió a las tres hermanas el canasto misterioso, prohibiéndoles absolutamente que lo abriesen. La curiosidad tuvo más fuerza que el mandato. Abrieron el canasto en el que encontraron un monstruo. Agitadas entonces por las Furias, se precipitaron de la cima más escarpada la ciudadela de Atenas. Sin embargo se levantó un templo en honor Aglaura, después de su muerte. Salamina estableció también en su honor la costumbre de inmolar una víctima humana. Conducíanla al templo y después de haberla hecho dar tres vueltas alrededor del altar, el sacerdote la atravesaba el cuerpo con una lanza y la mandaba conducir en el instante mismo a la hoguera. Deifilo, rey de Chipre, abolió en tiempo de Seleuco esta bárbara costumbre, sustituyendo en su lugar el sacrificio de un toro. Se le rendía culto en Salamina y en Atenas.