Intentar exponer el panteón egipcio, cuya vigencia con sus cambios y desarrollo abarcó desde finales del cuarto milenio antes de Cristo hasta la aparición del Cristianismo en el siglo III, es tarea harto difícil por una serie de razones de fácil comprensión. El aislamiento de Egipto y la lejanía de sus enclaves urbanos motivaron desde los primeros tiempos la existencia de dioses locales, cultos, mitos y leyendas propias, elementos que se vieron continuados, todos ellos, incluso en los grandes núcleos religiosos de las épocas históricas, y que se fueron unificando gracias a las tendencias centralizadoras de los faraones, de sus funcionarios religiosos y de las especulaciones teológicas. De los primitivos dioses predinásticos (titulares de los clanes) se pasó paulatinamente a un complejo panteón susceptible bien pronto de dividirse, y aun subdividirse, en diferentes categorías divinas. Así, puede hablarse de dioses primitivos (animales, plantas y árboles, piedras, fetiches), de divinidades locales (en realidad formas de Ptah), de dioses cósmicos o celestes (Nut, Geb, Shu, Thot, Re, Sepedet), de divinidades funerarias (Osiris, Anubis, Sokaris) e incluso abstractas (Sia, Maat, Nepri) o de origen extranjero (Baal, Sutech, Astarté, Anat, Qadesht). Prácticamente, todas estas categorías de dioses presentan muchísimos problemas de comprensión, dado que los antiguos egipcios no se preocuparon en fijar de manera coherente sus ideas religiosas (de claro significado para ellos) y que asumían de modo colectivo (culto) sin descender al examen individual o al pensamiento crítico. Ante todo, la religión egipcia se nos presenta como una religión oficial, articulada en gran cantidad de ideas teológicas (con serias contradicciones y claras tolerancias) que intentaron sistematizar basándose en sus números sagrados (tríadas, enéadas, ogdóadas). No menos significativo fue el culto dispensado a los animales (recordemos, entre otros, al carnero, toro, cocodrilo, halcón y gato), no dudando en figurar a muchos de sus dioses total o parcialmente de modo zoomorfo, o el tributado a ciertas plantas (sicómoro, loto, lechuga) y objetos (trono, cetro, barca). Su marcado politeísmo, que comprendía dioses y diosas, exigió un orden de importancia y de cambios en la misma, los cuales pueden detectarse a través de la evolución histórica del país del Nilo. De entre los dioses de mayor significación (y se presentan muy sintéticamente) hay que destacar a Re, el sol, tal vez la más grande divinidad egipcia, adorada primitivamente en Heliópolis bajo el nombre de Atum (sol del atardecer). No es de extrañar su éxito, dados los beneficios que el sol proporcionaba y que le hicieron ser considerado símbolo del orden universal (maat). Los faraones se creyeron descendientes directos de tal dios, lo que les legitimaba en su trono. Re navegaba por el mundo inferior durante la noche y aparecía nuevamente por la mañana. Entre sus diversas formas hay que destacar la del escarabajo Khepri, insecto creído símbolo del nacimiento del sol. Durante la época de Amenofis IV, el llamado faraón hereje, el sol fue adorado bajo la forma de un disco, Atón, si bien el culto al disco solar ya se tributaba, según sabemos, durante el Imperio Antiguo. Re fue, asimismo, identificado a Horus, Shu y asociado a Amón. Otro dios muy venerado (y en cierta manera el dios principal del Libro de los Muertos) fue Osiris, hijo de Geb y de Nut. Creído dios de la vegetación y rey de los muertos, su contenido teológico fue muy complejo, al ser sujeto de diferentes mitos y leyendas no desarrolladas en su totalidad en las fuentes egipcias. Venerado en Busiris, lo fue también luego en todos los lugares donde se halló alguna parte de su cuerpo mutilado por Seth, su hermano, tras darle muerte. Junto a Osiris hay que situar a Horus, asimismo otro dios muy complejo, dado que muchos dioses (hasta quince) se intitularon con idéntico nombre e incluso con la propia figura de un halcón, su animal sagrado. Según un mito, Horus fue una antigua divinidad del cielo; según otro, se trataba del propio hijo de Osiris. Adorado en el delta como Mekhenti-irti ("Aquel en cuyo rostro están los dos ojos", esto es, el sol y la luna), sería identificado con Re bajo el nombre de Re-Horakhti. Horus gozó de amplia popularidad, celebrándose importantes fiestas en su nombre. El hermano de Osiris fue Seth, divinidad guerrera figurada como un animal de difícil identificación y que representó un importante papel en el Mito de Osiris al atentar contra él y arrebatarle su trono. Sin embargo, Seth fue una divinidad de cierto prestigio, pero que acabó siendo considerada maléfica, sobre todo al ser identificada con el Baal de los invasores hicsos. Otro dios de notabilísima importancia durante el Imperio Nuevo, a pesar de su oscuro origen, fue Amón. Titular del viento y del aire, fue representado bajo la forma de un carnero. En Karnak contó con un oráculo famoso y también en el oasis de Siwa, éste durante la Epoca baja (716-332). En Tebas se situó a la cabeza del panteón y se le llegó a identificar con Re (Amón-Re). El ibis Thot, figurado también, a veces como babuino, fue otro de los grandes dioses egipcios. Divinidad benefactora, desempeñó un importante papel religioso a deducir de los mitos y las leyendas (Mito del ojo lunar). Estaba presente en el pesaje que las almas de los muertos sufrían en el juicio de Osiris y cuidaba de proteger la barca del sol. Divinidad lunar, fue el titular de la escritura y del cómputo del tiempo. Ptah, dios de los artesanos, representado como una momia con la cabeza rapada, fue asociado a las divinidades Ta-tenen ("La tierra que emerge") y Sokaris, un dios realmente misterioso creído titular de la muerte. Con el nombre de Ptah-Sokaris-Osiris fue invocado en los textos funerarios. Se creía que esta divinidad menfita se encarnaba en el toro Apis. El dios chacal Anubis fue un dios de los muertos, encargado del embalsamamiento y, por lo tanto, creído Señor de Occidente, esto es, del Más Allá. Entre sus funciones tenía las de llevar las almas ante los jueces del tribunal de Osiris y vigilar la oscilación de la balanza que pesaba las acciones buenas y malas de las mismas. Finalmente podemos citar también a Min, dios itifálico, titular de Coptos, considerado símbolo de la fecundidad; a Nun, el dios que existió primero, y que representaba el agua primordial; a Khnum, dios de Elefantina, creído el creador del mundo y de los hombres; y a Shu, el espacio, dios que había separado a Geb, el dios tierra, de su esposa Nut, la diosa cielo. Entre las divinidades femeninas, asimismo numerosas, hay que reseñar, entre otras, las siguientes: En primer lugar, Isis. Esta diosa, cuyo nombre egipcio equivale a "trono", "asiento", representó la sede sagrada del rey y, por extensión, fue identificada como su madre. Grande en magia, pudo restituir la vida del rey Osiris, su esposo, asesinado y descuartizado por Seth. Se la representó como una mujer con un trono en la cabeza o con dos cuernos liriformes y el disco solar. Isis reunía todas las perfecciones, por lo que fue creída diosa perfecta. Su hermana Neftis, la "Señora de la casa", asociada en los mitos a Isis, fue, según la leyenda, la esposa de Seth y la madre de Anubis. Era considerada como una diosa benefactora, que había colaborado con Isis en la resurrección de Osiris. La gran diosa nacional, sin embargo, fue Hathor, la madre de Horus (o su esposa, según las creencias). A dicha divinidad, titular del cielo, del amor y de la alegría, se la figuró como una mujer sonriente, con orejas y cuernos de vaca o bien con cuerpo de mujer y cabeza de vaca, símbolo de la maternidad y de la lactancia. Como diosa de la vegetación se la representó bajo la forma del árbol de la Vida, llamándosela "Dama del sicómoro". En relación con el mundo de Ultratumba, se le dio el nombre de "La Señora de la necrópolis". Hathor navegaba también en la barca solar y estaba asociada a Maat. Por su importancia recibió culto en todo Egipto, alcanzando incluso popularidad. A estas diosas con personalidad propia les siguen otras también de gran significado religioso. Entre ellas bástenos citar a Neit, diosa de Sais, guerrera en su origen, protectora de la Medicina, de la magia y de los difuntos; a Sekhmet, la esposa de Ptah, figurada con cabeza de leona y gran luchadora contra los enemigos de Re; a Bastet, antiquísima diosa de compleja personalidad, representada con cabeza de gata; a Renenutet, diosa serpiente, que vigilaba las cosechas; a Sechat, diosa de la escritura, asimilada en la Epoca baja a Isis; y a Uadjet, Señora de Buto, manifestada como una cobra y símbolo de la protección del rey. Los egipcios creyeron, asimismo, en una serie de dioses inferiores o genios, entre los cuales podemos citar a los cuatro hijos de Horus (Amsit, Hapy, Duamutef y Qebehsenuf), presentes en las leyendas e identificados con los impropiamente llamados vasos canopos; a Aker, genio leonino que devoraba cuanto se presentaba en la entrada del Más Allá; y, sobre todo, a Apofis, serpiente enemiga del sol, aunque siempre vencida por el astro, pero que reaparecía para combatirlo de nuevo. Junto a estas divinidades, las clases populares dispensaron su culto a dioses más modestos y de menor complejidad religiosa. Destacamos únicamente a Tueris, diosa protectora de las mujeres encintas y representada con cuerpo de hipopótamo; a Bes, un sátiro figurado de forma grotesca, que velaba por los nacimientos de los hombres y que presidía la música y la danza; y a las siete Hathor, reveladoras del destino de los recién nacidos y a los cuales protegían durante toda su vida. Pronto, los sacerdotes (cuyo papel fue fundamental en una religión de culto como la egipcia) establecieron una serie de sistemas teológicos en orden a organizar y jerarquizar los diferentes dioses y a explicar de una manera coherente los orígenes del universo y del hombre, así como las leyes que los regían. Los centros sacerdotales más importantes en elaborar contenidos teológicos fueron Heliópolis, Hermópolis, Tebas y Menfis. En Heliópolis, ya con anterioridad a la Dinastía V, sus sacerdotes habían estructurado una teología propia (doctrina heliopolitana) que, reflejada en los Textos de las Pirámides, tendría su desarrollo durante los Imperios Medio y Nuevo, quedando así recogidos algunos de sus aspectos en el Libro de los Muertos. Según dicha escuela, de concepción espiritualista, en el origen sólo existían las aguas primordiales, el Nun, de donde surgió Atum-Re (en otra versión se dice que se autocreó), el cual formó una primera pareja de dioses, Shu (el aire) y Tefnut (el fuego), que a su vez engendraron a Geb (la tierra) y a Nut (el cielo). Esta pareja engendró luego a Osiris, Seth, Isis y Neftis, componentes todos ellos del mito osírico. En Hermópolis se desarrolló el mito de la creación del mundo, bajo presupuestos puramente físicos, sobre la base de una Ogdóada de dioses, esto es, ocho divinidades, creados por Thot, el ordenador de todo. Por medio de la voz tal dios había dado el ser a cuatro parejas (cuatro ranas macho y cuatro serpientes hembra), las cuales sobre una colina, surgida del abismo primordial, habían creado el Huevo de donde surgiría el sol como resultado final y fuerza creadora del mundo. Muchos pasajes de esta especulación religiosa quedaron recogidos en distintos pasajes del Libro de los Muertos. La tercera escuela, la de Tebas, estructuró su doctrina basándose en Amón, divinidad confundida con Re. De hecho, la tebana fue una teología ecléctica, que tomó elementos de Heliópolis y de Hermópolis y que se planteó el adecuar la cosmología solar con el misticismo del culto funerario. Amón-Re fue elevado a la categoría de jefe de una Enéada (nueve dioses). Del Huevo situado en una gran colina emergida de las aguas primordiales surgió Amón, quien creó todas las cosas. Erigido en padre de la Enéada y de la Ogdóada, fue elevado a la categoría de dios del Imperio. En Menfis también se desarrolló otra teología local en relación con su dios titular Ptah, considerado por sus sacerdotes dios creador. Según esta escuela, de claro carácter sincrético, todos los dioses habían nacido de Ptah ("La tierra que emerge", en su nombre de Ta-tenen) si bien aquél seguía estando en ellos. Ptah era el pensamiento (Atum), el corazón (Horus), la lengua (Thot) y los dientes y labios (la Enéada) por los que Ptah daba su fuerza a todos los dioses. Son escasas las huellas de esta teología en el Libro de los Muertos, si bien el dios Ptah y el ritual de la "Apertura de la boca" están recogidos en diferentes capítulos de dicha obra funeraria. Lo que interesa remarcar de estos sistemas teológicos, totalmente doctos, es su propia capacidad especulativa y el grado de abstracción que supieron emplear, cuyo ejemplo se podría centrar en el principio de Maat, la Verdad y la Justicia, aunque nunca se preocuparon en dejar articuladas de modo orgánico sus reflexiones teológico-filosóficas.