El. Grandioso templo dórico griego construido en tiempos de Pericles, por orden suya para reconstruir en la Acrópolis de Atenas el templo dedicado a Atenea, patrona protectora del Ática, que había sido destruido por los persas en los años 480 y 479 a.C.. En la época de Cimón (465 a.C.) ya se había emprendido la reconstrucción del gran templo de Atenea Partenos, pero no se pudo más que levantar los tremendos cimientos y en algunas columnas los primeros tambores. Muchos años después, el arquitecto Ictino, por consejo de Fidias, que llevaba la dirección de todas las obras que se realizaban en la Acrópolis, comenzó una nueva planificación del templo en el año 448 ó 447 a.C., no pudiendo aprovechar más que los cimientos y el basamento primitivo. El Partenón es el más perfecto templo griego. En su estilo dórico períptero se han fundido otros elementos jónicos especialmente visibles en el interior, en las columnas y friso de la cella. Su peristilo tiene la clásica proporción de 8 columnas por frente y 17 en los laterales. Respecto a otros templos griegos anteriores presenta algunas novedades, tales como la gran sala interior dividida en tres naves separadas por una fila de columnas superpuestas en dos pisos, formando una galería circundante en cuyo centro se colocaba la gran imagen de oro y marfil (crisoelefantina) de la diosa Atenea realizada por Fidias. En el recinto occidental de la cella estaba el Partenón, que ha dado nombre a todo el edificio, era una alta sala cuadrada donde estaban las doncellas vírgenes de la diosa, cuya cubierta se sustentaba con cuatro esbeltas columnas jónicas. Los detalles de la construcción de este templo son increíbles: no hay en él un bloque de mármol igual a otro; cada uno fue labrado individualmente y con un destino preciso, sin que por ello el conjunto se resienta en su unidad. Cada elemento fue concebido individualmente en razón de las correcciones ópticas que eliminan las aberraciones que produce la perspectiva: todas las horizontales, desde el basamento hasta el entablamento, están combadas convexamente y todas las verticales ligeramente inclinadas hacia dentro; las columnas angulares tienen una sección elíptica según la diagonal del ángulo. Tal efecto plástico se acentúa por la ligera aproximación que hay entre las columnas de las esquinas, disminuyendo los espacios intercolumnios desde el eje central del templo hacia los extremos, originándose así otra deformación forzosa en la relación de medidas entre los triglifos y las metopas que se resuelve acortando, casi imperceptiblemente, la anchura de las metopas externas. Todo el Partenón está calculado con minuciosa perspicacia para producir en el espectador efecto de maravillosa perfección. La equilibrada y vigorosa armonía del edificio, tiene sin embargo su más alta expresión en las esculturas que le adornan. La decoración escultórica, que se realizó entre los años 447 y 432 a.C., es la plasmación de un lenguaje formal homogéneo llamado posteriormente estilo Partenón y en el que se recoge la estética clásica, sin duda atribuible a Fidias, amigo personal de Pericles, y a sus colaboradores. Buena parte de estas obras fueron realizadas por Fidias, sin que se sepa con exactitud cuáles, pues cuando fue procesado aún no estaban terminadas. Se cree que sus colaboradores tuvieron que terminarlas apoyándose en modelos de arcilla o escayola que el artista habría hecho a modo de bocetos y que luego ellos esculpieron en mármol del Pentélico. En la distribución de esta obra escultórica se deja ver el sentido espiritual de su concepción; está repartida en la fachada, metopas y frontones, y en el interior, debajo del friso sin triglifos, por donde corre un bajorrelieve continuo. El conjunto de esta decoración nos ha llegado muy mutilada como consecuencia de los avatares que este templo ha corrido en su historia. De ser iglesia cristiana en la Edad Media, pasó a ser polvorín durante el siglo XVII, en la guerra que mantenían turcos y venecianos. Precisamente este hecho fue una de las causas de su mayor destrucción, pues en el año 1687, explosionó sobre él una granada que prácticamente derribó los elementos estructurales básicos, sólo las dos fachadas de los frontones se mantuvieron en pie. Las esculturas que aún quedaban fueron arrancadas durante el siglo XIX, y con consentimiento del gobierno turco fueron vendidas al embajador británico Lord Elgin, quien en el año 1816 las donó al Museo Británico. De los grupos escultóricos que decoraban los frontones, quedan tan sólo una cuantas estatuas, cuya disposición es conocida gracias los apuntes que en directo tomó el pintor francés Carrev que acompañaba, en 1674, a un embajador de Luis XIV en Constantinopla. En el frontón de la fachada occidental se representaba la contienda entre Atenea y Poseidón por el Ática; ambos hieren con sus armas el suelo de la Acrópolis, pero ofrecen a los atenienses sus dones más preciados: la diosa hace brotar el olivo de la roca y Poseidón ofrece el caballo. Se supone que aquella contienda se desarrolló en el mismo escenario de la Acrópolis en presencia de los primeros habitantes, Cécrops y Erecteo, también representados en el frontón. En las esculturas del frontón oriental, dice Pausanias, que se representa el nacimiento de milagroso de Atenea de la frente de Zeus abierta por un hachazo de Hefesto, de cuya herida nace la diosa que es coronada como Niké en presencia de los dioses y otras figuras, como las Horas y las Parcas, deidades que presiden el nacimiento y la muerte. También se encontraban cabezas de caballos que ocupaban los ángulos más agudos del frontón. Los cuerpos desnudos, más que dioses son el prototipo de la masculinidad de la época, donde la sobriedad simplificadora aporta al mármol formas puras que le confieren vitalidad y humanidad. Las esculturas femeninas van vestidas, pero en ellas se manifiesta sutilmente su personalidad a través de los pliegues de sus túnicas. Las Parcas, deidades fúnebres, muestran adaptadas a sus cuerpos los pliegues finísimos de sus ropajes transparentes, en tanto que los ropajes de Iris y de la Victoria, que habitan aquí en el suelo, izan los pliegues a impulsos del viento, en contraste con los planos de tela serena que adorna la figura de la diosa olímpica Hebe, sobre los que se posan los rayos solares. Sólo dos cabezas se han conservado de las estatuas de los frontones del Partenón: una es la del joven recostado que se suele designar con el nombre de Teseo; la otra es una cabeza femenina que se cree fuese la de la Victoria. Ambas cabezas son de una simplicidad sublime, pero todavía bien humana, ya que la forma no se estiliza, se idealiza lo que es eterno e inmortal en la faz de cada sexo. La misma idealización aparece en las cabezas de los caballos. Acaso se les podría reprochar únicamente una excesiva transfiguración de su tipo, pero así y todo, serán siempre el ideal de su raza, el arquetipo del caballo, la idea pura de la forma que pedía Platón para las obras de los artistas. En cada una de las fachadas menores había catorce metopas y treinta y dos en cada uno de los lados, en total 92, todas ellas con altorrelieves. Éstos muestran, en la parte este, la lucha de los dioses contra los gigantes y, en la parte oeste,la lucha de los griegos contra las amazonas. En el lado norte, las luchas contra Troya y, en el meridional, las luchas contra los centauros. En contrate con estas composiciones heroicas se desarrollaba bajo el gran pórtico un friso con una procesión en la que desfilaban todos los ciudadanos de Atenas, los cuales, representados en su diversas categorías acudían fielmente al santuario de la Acrópolis. Era una ceremonia cívica que en la celebración de las Panateneas congregaba cada año a todo el pueblo de Atenas (y con mayor solemnidad cada cuatro años) para llevar un nuevo manto a la diosa. El antiguo ídolo de madera necesitaba que se le vistiera con un manto o peplo de lana tejido por las muchas vírgenes, panateneas, consagradas a la diosa; después la costumbre se transformó en tradición, cuya ceremonia consistía en que el sacerdote recibía el peplo a la puerta del Partenón y lo colgaba durante todo el año en la cella, junto a la estatua de la diosa. El friso, que da la vuelta a todo el edificio, en un recorrido de 160 m, está grabado en un bajorrelieve con figuras de un tamaño mitad del natural que forman una comitiva formada por viejos con manto, largas filas de muchachas y matronas, jóvenes a caballo, sacerdotes y personajes de la aristocracia ateniense, todos encaminados hacia la fachada oriental, donde estaba la entrada. Naturalmente no faltan los doce dioses superiores, aquí deben destacarse Poseidón, Apolo, Ártemis, y todos los demás dioses que han descendido del Olimpo y están presentes y visibles en la solemnidad de la ofrenda del peplo, pero no parece que tomen parte en la procesión, son testigos fedatarios del acontecimiento, pues están sentados y sumidos en sus conversaciones. La novedad de este friso no está en haber incluido un tema de la vida civil en la decoración de un templo, sino más bien en el naturalismo con que está representado cada uno de los grupos humanos. Las esculturas del Partenón son, por muchos conceptos, el más alto resultado artístico que ha producido la Humanidad. Desde la antigüedad se ha alabado su perfección. Pericles las calificaba de milagro sorprendente y reprochaba a los atenienses que no supieran admirarlas. Plutarco, con sencillez estoica dijo de ellas: "Lo que hace más admirable aquellas obras es que se hayan ejecutado en tan corto tiempo para tan larga vida". Hermosos frisos que se encuentran en su mayoría en el British Museum de Londres. Ver, Acrópolis de Atenas, Fidias.