(siglo IX a.C.). Reina (811-808) del Imperio Nuevo asirio. Nombre griego de Sammuramat, mujer de Shamshi-Adad V. A la muerte de éste tomó la regencia, no demostrada históricamente, de su hijo Adad-Nirari III, de cinco años. Su corto período de mando estuvo ocupado por luchas contra medos y maneos, dirigidas por el influyente general Nergal-ilia, y expediciones de vigilancia y control por la zona de Guzana, en la alta Mesopotamia, que fue incorporada a Asiria. Al parecer estas expediciones fueron alentadas por Semíramis, lo que harían de ella una mujer de gran carácter y valor, sobre todo al tener que enfrentarse durante su regencia con el intento de independencia de algunos de sus propios gobernadores, entre ellos el de Mari, de nombre Shamash-resh-utsur. El nombre y los títulos de la reina aparecen en una de las estelas conmemorativas de Assur, en la que está calificada como "Señora de Palacio" (zinnishit ekalli). Con posterioridad, la leyenda clásica (sobre todo las referencias de Heródoto, Ctesias y Diodoro Sículo) hizo de esta mujer un personaje mitológico. Ver, Sammuramat.
)o( MITOLOGÍA.- Su leyenda aparece en el libro II de la Biblioteca histórica de Diodoro de Sicilia, a quien se debe la historia más completa y detallada de la que él presentaba como "la más célebre de todas las mujeres que conocemos". Semíramis nació en Ascalón (Siria), la ciudad fundada por los filisteos en la costa mediterránea del país al que dieron su nombre: Palestina. Fue el fruto de los amores culpables de la diosa Derketo o Derceto o Atergatis, patrona de Ascalón, y un hermoso joven anónimo "que iba a ofrecerle un sacrificio". Llena de vergüenza al dar a luz, Derceto mató a su amante, abandonó a la niña "en un lugar desierto y rocoso" y luego se tiró a un lago cercano a su templo, donde se transformó en pez. Por suerte, las palomas que anidaban en los alrededores cuidaron a la niña, unas calentándola con sus alas y otras alimentándola con leche y luego con queso, sustraídos de las chozas de unos vaqueros. Al cabo de algún tiempo los vaqueros descubrieron a esa niña "de una gran belleza" y se la entregaron al jefe de los pastores reales, un tal Simio, que se ocupó de ella y le puso el nombre de Semíramis, que según Diodoro es una ligera alteración de la palabra paloma "en la lengua de los sirios". Pasan los años. Semíramis ya es núbil y "supera en belleza a todas sus compañeras". Un día, Ones u Omnes, gobernador asirio de toda Siria, visita las majadas y, siguiendo la costumbre oriental, es huésped de Simio. Ve a la muchacha y se queda prendado de ella; pide su mano, se casa con ella y se la lleva a Nínive, donde Semíramis le da dos hijos, Hiápate e Hidaspe. Pero Omnes tiene que unirse al ejército de su soberano Ninos, fundador de Nínive y "el primer rey de Asiria que menciona la historia". Ninos, que ya ha conquistado casi todo el Oriente Próximo incluido Egipto, se ha propuesto someter la Bactriana, región que a grandes rasgos coincide con el norte de Afganistán. Después de tomar varias ciudades, se encuentra detenido ante la capital, Bactra, ciudad bien fortificada y defendida con coraje. Omnes, cansado de esperar en el campamento asirio, hace acudir a su esposa Semíramis, no sólo para su deleite, sino sobre todo porque es muy inteligente y buena consejera. Semíramis acude con un atuendo "que no permitía distinguir si lo llevaba un hombre o una mujer", y pronto se percata de que, cada vez que los asirios atacan, los defensores de Bactra salen de su ciudadela situada en un altozano para ayudar a los que luchan en las murallas de la ciudad baja. Durante uno de estos ataques, con algunos soldados franquea el difícil sendero que lleva a la ciudadela, y penetra en ella. Desmoralizados, los bactrianos se rinden. La capital es tomada y debidamente saqueada. Ninos admira el valor de esta mujer, la colma de regalos y, por supuesto, se enamora de ella. Le pide a Omnes que se la ceda, prometiéndole a su propia hija a cambio, y luego, ante su negativa, le amenaza con arrancarle los ojos. Presa del pánico, el desdichado Omnes se ahorca. Ninos se casa entonces con Semíramis, que se convierte en reina de Asiria y le dará un hijo llamado Ninias. Pero pronto Ninos muere en Nínive, después de entregar el imperio a su esposa. Como soberana única, ésta reinará durante 42 años. Su primer gesto es enterrar a su marido "en el palacio de los reyes" y ordenar que se construya una gigantesca terraza sobre su tumba. Luego, "ansiosa de sobrepasar en gloria a su predecesor", decide fundar en Mesopotamia una ciudad digna de su ambición: Babilonia. Reúne a arquitectos de todo el mundo y a dos millones de obreros, que construyen sucesivamente la muralla, de 360 estadios de longitud (¡cerca de 70 kilómetros!), con 250 torres y tan ancha que por ella pueden circular los carros en ambos sentidos; 30 kilómetros de muelles; un gran puente de piedra sobre el Éufrates y dos palacios redondos magníficamente decorados, a ambos lados de dicho puente; estos palacios se comunican entre sí por un subterráneo, para cuya construcción ha habido que desviar el curso del río y excavar un enorme embalse. Semíramis remata su obra edificando un templo dedicado a Zeus "a quien los babilonios llaman Belos", adornado con estatuas de oro, y levantando en el centro de la ciudad un gigantesco monolito tallado en las montañas de Armenia. En cuanto a los jardines colgantes, que la leyenda popular y los guías de Babilonia atribuyen a Semíramis, Diodoro los describe detalladamente, pero precisa que eran obra de un rey "sirio" posterior a esta reina. Según Beroso, sacerdote babilonio que a principios del siglo III a.C. escribió en griego la historia de su país, fueron construidos por Nabucodonosor, para complacer a su esposa Amitis, oriunda de Media, recordándole así su montañoso país. Una vez construida Babilonia, Semíramis recorre su imperio, dejando a su paso obras insignes que harán perdurar su nombre. Empieza por Media, parte occidental y montañosa de Irán. En Bagistana funda un parque (en griego, paradeisos, de donde deriva nuestro paraíso) y hace grabar una inscripción "en caracteres sirios" en lo alto de un enorme peñasco cortado a pico que domina la ciudad. En Khauon funda otro parque, alrededor de un palacio de recreo donde pasa largas temporadas, llevando una vida disoluta que Diodoro resume en pocas palabras: "Nunca quiso volver a casarse legalmente, temiendo perder la soberanía, pero elegía a los hombres más hermosos de su ejército y después de concederles sus favores les hacía desaparecer". Más adelante se dirige a Ecbatana y llega al pie de una gran montaña, el Zagros (Zarkaios), "llena de simas y precipicios", que le obligaría a dar un gran rodeo. Semíramis se impacienta y hace arrasar las rocas, rellenar los precipicios y trazar un camino directo. En Ecbatana funda una residencia real y abastece de agua la ciudad haciendo excavar un canal en el monte Oronte (Alvand) que la separa de un gran lago. La reina pasa de Media a Persia y "recorre todas las otras comarcas que posee en Asia", abriendo por doquier caminos en las montañas, levantando campamentos sobre cerros artificiales y sembrando las llanuras de colinas, que son los restos de ciudades fundadas por ella o las tumbas de los generales muertos. Luego da la vuelta y se dirige al oeste, adentrándose en Egipto, donde visita el templo de Amón en el oasis de Siwa "para preguntar al oráculo sobre el momento de su muerte". Somete casi toda Libia y llega hasta Etiopía "para examinar sus curiosidades". Luego la encontramos de nuevo en Bactra, base de partida de la gran campaña que planea emprender a la India, país que nadie ha conquistado hasta el momento. Sabe que la lucha será dura, que tendrá que atravesar el Indo y enfrentarse a los nutridos ejércitos y los temibles elefantes de su adversario Estabrobates, rey de los indios. De modo que invierte tres años en preparar la expedición con mucho detenimiento, reuniendo a tres millones de infantes, 500.000 caballeros, 100.000 carros y otros tantos camelleros, y encarga a unos fenicios, sirios y chipriotas la construcción de una flota de barcos desmontables. No contenta con esto, hace fabricar en secreto falsos elefantes, hechos con las pieles de 300.000 bueyes rellenas de paja, que ocultan a los camellos que los mueven. Cuando todo está listo, desata la ofensiva. Vencidos en una batalla naval, los indios se retiran a la orilla oriental del Indo, perseguidos por los asirios, y luego contraatacan con paquidermos auténticos. En una feroz contienda las tropas de Semíramis son diezmadas. Herida por una flecha de Estabrobates en el brazo y levemente por una jabalina en la espalda, la reina huye y regresa a Nínive. Es el fin de la "soberanía de toda Asia, excepto la India". Poco después de esta derrota, su hijo Ninias conspira contra ella, como había predicho el oráculo de Amón en Siwa. A sus 62 años, cansada ya de tanto luchar, Semíramis le entrega el cetro y desaparece misteriosamente. "Cuentan algunos mitólogos, añade Diodoro no muy convencido, que se transformó en paloma y voló con muchas de estas aves que se habían posado sobre su residencia". Ninias, por su parte, reinó en paz desde el fondo de su harén, "en la ociosidad y el goce incesante de las voluptuosidades de la vida". Sus sucesores hicieron lo mismo durante "treinta generaciones", hasta el reinado de Sardanápalo, "bajo el cual el Imperio asirio cayó en poder de los medos, después de más de 1.360 años de historia". La historia que acabamos de leer no fue inventada por Diodoro: en su mayor parte, éste la tomó de Ctesias, a quien cita en varias ocasiones. Hildegarde Lewy en un estudio, asegura que la leyenda de Semíramis es una amalgama de tradiciones referentes a dos reinas históricas: Sammuramat-Semíramis, la guerrera, y Naqia-Zakutu, alias Nitokris, la fundadora de Babilonia. El cúmulo de argumentos que presenta es impresionante, y parece convincente. Hay otra interpretación de la leyenda que no es incompatible con las dos anteriores, pero les da otra dimensión. Aunque se comportase como un ser humano, Semíramis sería la encarnación de la divinidad femenina del panteón asirio, Ishtar de Nínive.