La ciudad helenística, romana y bizantina, se halla a unos 280 km al noroeste de Damasco, en la zona septentrional de la Siria moderna. Allí, el río entra en una fosa tectónica de 60 km de largo y 10 km de ancho (fosa del Ghab), antaño muy pantanosa, encajada entre los macizos montañosos del Jebel Ansariye al poniente y del Jebel Zawiye al saliente, donde se forman depósitos de aguas subterráneas de los que fluyen corrientes que alimentan el cauce del río. Puerta norte de la ciudad. Para la construcción de la ciudad se aprovechó una meseta acabada por su parte norte en un espolón rocoso, ceñida en su parte sur por el Nahr Qala'at eI-Mudiq, una de las citadas corrientes; limitada al oeste por un desfiladero y la Fosa del Ghab, y abierta al este por la estepa salpicada de colinas. El nombre árabe de Qala'at el-Mudiq (La Ciudadela del Desfiladero) alude al emplazamiento de la ciudad; sin embargo, parece que su denominación primitiva fue Nija, como figura en textos egipcios, hititas y acadios del II milenio a.C.. Cuando allí llegaron los ejércitos de Tutmosis III en sus campañas de expansión por aquella parte de Siria, el lugar y la ciudad ya habían tenido un amplio número de pobladores a lo largo del Paleolítico, del Neolítico, del Calcolítico y del Bronce Antiguo, de los cuales hay abundantes restos. En cualquier caso, el documento más antiguo hallado en ella hasta ahora es una lápida votiva del siglo IX a.C., en la que una inscripción jeroglífica hitita dedicada a la diosa Ba'alatas denota su construcción por el rey hitita Urhilina de Hamat. Es de suponer que la ciudad siguiera habitada en tiempos del imperio asirio, pues lo estuvo en la época persa con el nombre de Pharnake. Tras la batalla de lssos (333 a.C.), Alejandro Magno estableció allí una guarnición macedonia llamada Pella. Uno de sus sucesores, Seleuco I, dueño de Siria y Mesopotamia desde el 301 a.C. por su victoria de lpsos, transformó el antiguo puesto militar en una población de nueva planta a la que dio el nombre de Apamea en homenaje a su esposa Apame. Tal denominación perdura actualmente en las variantes Afamia, Famiya, Femia, Femieh. Del vasto terreno comprendido entre los accidentes geográficos que delimitan a la ciudad, los monarcas seléucidas urbanizaron una superficie de 250 hectáreas, que fue unida mediante cuatro calzadas a las principales ciudades del reino: a Calcis y Antioquía por el norte; a Palmira y Dura Europos por el este; Hama y Homs por el sudeste; a Damasco, Baalbek y Beirut por el sur. Las 250 Ha que tiene de superficie Apamea se distribuyen en forma de pentágono irregular, con lados de 1 km (norte), 1,5 km (sur), 1,835 km (oeste), 1,08 y 1,07 (este) de longitud respectivamente. El trazado de la ciudad sigue el esquema ortogonal ideado por Hipódamo de Mileto en el siglo V a.C. y popularizado por los monarcas helenísticos, que los romanos adoptaron con pequeñas modificaciones en sus colonias. El núcleo urbano quedaba ceñido por una muralla de 6,3 km de perímetro, a cuyos pies se extendían pronunciados taludes por el oeste, por el sur y por parte del este. Termas, ninfeos, el teatro varios templos e iglesias y algunas construcciones muy caracterizadas, se encuentran entre los principales edificios hallados por los excavadores en Apamea. Por su belleza urbanística y la hermosura natural del entorno, en el que confluyen ríos, montañas y llanos, Apamea del Orontes debió ser una ciudad cautivadora. Las fuentes cercanas y una serie de aljibes garantizaban el abastecimiento de agua al núcleo urbano. Al dispararse el consumo en época romana por el aumento de habitantes y la multiplicación de termas y de ninfeos, se construyó un gran acueducto de 120 km de longitud hacia el sudeste (región de Hama). Ubicada en una rica campiña donde se cultivaban cereales, vid y olivo, Apamea también disponía en sus inmediaciones de excelentes pastos para el ganado vacuno y caballar, lo que acrecentó su prosperidad. La ciudad pronto se convirtió en base principal de la caballería siria y en capital de un distrito. Pero las guerras emprendidas por Antíoco III y Antíoco IV (ss. III-II a.C.), le afectaron tan negativamente como al resto del país. Apamea fue languideciendo al mismo ritmo que la dinastía seléucida hasta ser conquistada por Pompeyo en el 64 a.C.. Los romanos reacondicionaron Apamea como centro administrativo y favorecieron su recuperación económica y demográfica. Así, bajo la administración de Quirino (6-7), arrojó un censo de 117.000 hombres libres, lo que hace pensar que su población rondaba el medio millón de habitantes. Si bien fue asolada por un gran terremoto en el año 115, Trajano impulsó su reconstrucción y Apamea conoció en el mismo siglo II una nueva etapa de gran prosperidad con los Antoninos y los Severos. En el siglo III la ciudad fue lugar de una intensa actividad intelectual y cuartel de invierno de la Legio II Parthica, lo que no evitó una incursión del rey sasánida Shapur I (256). En Apamea se constituyó una escuela neoplatónica que a principios del siglo IV tuvo en Jámblico a su más destacado exponente. De Apamea fueron los mártires cristianos Antonino y Marcelo, y desde Apamea se extendió la herejía monofisita por la región. Durante el siglo V la ciudad alcanza un nuevo cenit con la obtención de la capitalidad de la provincia Syria Secunda. Sin embargo, el siglo VI resultó trágico para Apamea, que sufrió varios terremotos, como los de 526 y 528, y fue saqueada por los reyes sasánidas Cosroes I (540) y Cosroes II (573). Los persas sasánidas se apoderaron de ella nuevamente y la mantuvieron bajo su dominio entre los años 612 y 628. Poco duró en Constantinopla la alegría de su recuperación, ya que tras la batalla de Yarmuk (agosto del año 636), Apamea se rendía a los invasores árabes sin oponer resistencia. Los bizantinos la reconquistaron de nuevo en el 975, pero la perdieron ante los fatimíes en el 993. El caudillo cruzado Tancredo la tomó en 1106, aunque en 1149 la recobró Nur ed-Din para los musulmanes. Nuevos terremotos se cebaron con Apamea en 1157 y 1170. A partir de ese momento sólo continuó habitada la ciudadela. La decadencia se mitigaría pálidamente desde finales del siglo XV hasta el estallido de la I Guerra Mundial en 1914, pues las ruinas de la ciudad acogieron una importante estación de la ruta seguida por los peregrinos musulmanes que se dirigían de Estambul a La Meca. De ello dan fe una mezquita y un caravasar del siglo XVI. Hoy, Qalaat al-Mudik, Siria.