o Consagración o Apotheosis o Consecratio. Forma del culto imperial. Ceremonia que hacían los antiguos para colocar en el número de los dioses a los emperadores, emperatrices, etc.. Su inmortalidad era acordada por el Senado; el "dios" recibía un culto, del que estaba encargado un colegio de sacerdotes. Esta ceremonia estaba fundada, según la opinión de Pitágoras tomada de los caldeos, en que los hombres virtuosos serían colocados después de su muerte en la clase de los dioses. En las medallas destinadas a conservar la memoria de una apoteosis, por un lado estaba la cabeza del príncipe coronado de laurel y frecuentemente cubierta con un velo con el título Divus en la inscripción. En el reverso estaban un templo y un escudo y otras veces un ara con el fuego ardiendo, o bien una águila en actitud de remontarse. A veces el águila se halla sobre un globo o columna sepulcral. En las monedas, la ceremonia de la consagración era evocada con la leyenda: "Consecratio" y, en ocasiones, con las siglas S.C. (aludiendo a la intervención del Senado). En el anverso aparece la efigie del personaje divinizado con diversos símbolos, como la corona radiada o la estrella de ocho puntas que ya se encuentra en las monedas que consagran a Julio César como "divus Iulius". Si se trataba de mujeres solían llevar la cabeza cubierta con un velo. En cuanto a los reversos, los tipos son muy variados y permiten completar el conocimiento sobre el ceremonial que se llevaba a cabo durante la consagración: un águila con las alas desplegadas situada sobre un cetro o un globo, o bien volando llevando consigo al emperador; elementos pertenecientes al funeral como la pira funeraria o rogus, el altar, adornos (estatuas, un carro tirado por dos o cuatro elefantes o por otros tantos caballos); el ave Fénix, un templo con la puerta cerrada, etc.. En el caso de las emperatrices y de las otras mujeres miembros de la familia imperial, en los anversos pueden aparecer también componentes propios del funeral, como el carro fúnebre o carpentum tirado por mulas, o diversas diosas con sus respectivos símbolos: Juno con el pavo real, Diana Lucífera con las antorchas, Ceres con las espigas, así como el águila o el pavo real con la figura de la consagrada sobre ella, etc.. El número total de emperadores, augustos y miembros de sus familias divinizados fue de cuarenta y siete, pero se conservan monedas de consagración de unos treinta, siendo el primero César (que no fue emperador) y el último, Constantino. En cuanto a las mujeres, se puede considerar que Livia inauguró la serie, pues fue asociada por su nieto, el emperador Claudio, a la apotheosis de su marido, Augusto, convirtiéndose así en diva. Pero fue realmente Drusila, hermana de Calígula, la primera mujer que recibió la apotheosis (tras su muerte ocurrida en el año 38 d. J.C.). Según Artemidoro, era costumbre antigua el representar la imagen de los reyes muertos sobre un águila que los remontaba por los aires, cuya representación fue tomada de la costumbre que había de soltar una de estas aves el momento mismo en que se pegaba fuego a la pira en la que se iba a quemar el cadáver del emperador, para que remontase con el espíritu del muerto hasta la morada celeste de los dioses para que éste habitase con ellos; lo cual se verificó dice Dion, en los funerales de Augusto, igualmente que en los de Severo, según relación de Herodiano. El apoteosis de las princesas está designado con la silla curul atravesada de un asta o pica, símbolo de Juno y con el ave que le estaba consagrada. Los antiguos creían que el águila y pavo conducían las almas al cielo. El apoteosis de Arsínoe, hermana y mujer Ptolomeo, puede considerarse más bien como una sátira, cuya princesa fue elevada por los aires por un avestruz, ave en verdad bien poco a propósito para remontar por los aires. La inscripción de los apoteosis es siempre la de consecratio. Una piedra grabada que se conserva en el museo de Brandenburgo, representa el apoteosis Julio César, colocado sobre un globo celeste, y con la mano en un timón, como gobernador del imperio de los cielos después de haber dejado de serlo en la tierra.