Dícese de los miembros de una antigua dinastía persa, fundada por Aquemenes hacia 670 a.C.. Esta dinastía ocupó el trono desde el año 630 hasta el 330 a.C., dominando un gran territorio, que incluía el Irán, Mesopotamia, Siria, Asia Menor, Tracia y parte de la India. Tras ellos, partos y sasánidas les sucedieron al frente del Imperio persa, que fue disuelto y conquistado por los árabes en el siglo VII. Fueron reyes de la Dinastía aqueménida: Ciro II el Grande (559-528), Cambises II (528-522), Darío I el Grande (522-486), Jerjes I (486-465), Artajerjes I Longimano (465-424), Jerjes II (45 días), Darío II Notos (424-404), Artajerjes II Mnemón (404-358), Artajerjes III Oco (358-338), Arsés (338-336) y Darío III Codomano (336-330). Con ella el Imperio persa alcanzó su apogeo político y cultural. Con la muerte de Darío III Codomano la Dinastía se extinguió.
)o()o( ADMINISTRACIÓN )o(
El Imperio Aqueménida estuvo basado en la fuerte centralización, en el poder unitario y hereditario y en un ejército potente. La diversidad de pueblos conquistados o sometidos obligaron a un control riguroso para conseguir la cohesión y la lealtad. Iban a ser los persas -los componentes del pueblo persa, cuyo gobernante dominaba todo el Imperio- quienes, como representantes del gobierno, bien provistos de propiedades en tierras y exentos de tasas, serían los ejecutores de esta política de control y gobierno quienes ostentasen los cargos principales de la nueva organización. Los diversos pueblos sometidos conservaron sus lenguas, su religión, sus instituciones: pero eran gobernados por un persa delegado del rey. Todo el Imperio se dividió en 20 provincias o satrapías. Los sátrapas eran nobles persas y, en ocasiones, miembros de la familia real. Junto al sátrapa, un general del ejército, al mando de las tropas estacionadas en la provincia, controlaba los aspectos militares. Y un tercero, el recolector de tasas, encargado de recaudar (o hacer recaudar) la suma fija anual que iría a parar al tesoro. Pero el sátrapa tenía, a su vez, un control, los "oídos del rey", que viajaba por todo el Imperio y, de forma inesperada, se presentaba para inspeccionar los asuntos. Los persas conocieron la escritura cuneiforme para algunos de sus asuntos oficiales. Pero la lengua de los aqueménidas fue el arameo. Poco a poco se fue extendiendo el pehlevi, que usa ideogramas semíticos. Otro de los aspectos importantes de la organización administrativa aqueménida fue el impulso y desarrollo de un sistema viario que hiciese fácil el traslado de tropas, las rutas comerciales caravaneras y las órdenes o correo imperial. En este sentido, los aqueménidas fueron los precursores de la red viaria romana y de su sistema postal. Heródoto nos informa bastante bien de ello. Describe con detalle el camino que unía Efeso y Sardes con la capital, Susa, a noventa días de distancia. Los caminos estaban perfectamente medidos mediante parasangas (unos siete-ocho kilómetros cada una). A intervalos regulares había estaciones de descanso y albergues que el historiador describe como excelentes. Y en puntos estratégicos había puestos con guarniciones militares. Heródoto cita cuatro de estas guarniciones entre Sardes y Susa. Un viajero normal tardaba de Sardes a Susa tres meses; pero el sistema del correo real permitía que el viaje se hiciera en una semana. Dar¡o adoptó del reino de Creso en Lidia el sistema monetario -en oro y plata- que pronto extendió por todo el Imperio y que sirvió para incrementar las transacciones comerciales. Al comienzo, el sistema de pago había sido en especie.
)o()o( ECONOMÍA )o(
Toda una serie de medidas en obras públicas encaminadas a construir canales para la irrigación hicieron posible la expansión creciente de la agricultura por todo el Imperio. La arboricultura se desarrolló especialmente durante el gobierno de Darío. Se introdujo el cultivo de la viña en Damasco y los primeros pistaccios aparecen en Aleppo. Se introdujeron el sésamo en Egipto y el arroz en Mesopotamia y se preocuparon especialmente por el cultivo de árboles madereros. Los distintos países del Imperio proporcionaban abundancia de productos y metales. Se trabajaban las canteras de piedra de las montañas de Elam para las grandes construcciones reales; y las de lapislázuli de Badakshan o las minas de cornalina y turquesa del Khorasan. La caza y la pesca eran, junto con la agricultura, la base del sustento y de la actividad del pueblo. Pequeñas industrias, como la producción de cera y miel, estaban muy desarrolladas. La manufactura de vestidos y túnicas, pantalones y sandalias y la artesanía de objetos de metal era también una actividad frecuente. El desarrollo del comercio, hemos visto, se incrementó con los aqueménidas. Conocemos viajes de exploración para abrir rutas comerciales, como el de Escílax de Carianda, realizado por orden de Darío, que viajó desde la desembocadura del Indo hasta Egipto. Y Sataspes, en el siglo V a.C., viajó hasta el extremo occidental, las Columnas de Hércules, en España. La actividad bancaria no fue desconocida para los persas -hay que recordar que tenemos conocimiento de la existencia de la banca ya en la Mesopotamia del II milenio a.C.-. Las operaciones bancarias no estaban ya en manos de los administradores de los templos, sino que con los aqueménidas pasaron a desarrollarse por individuos privados. Se han conservado tablillas con las operaciones y transacciones datables ya desde el siglo VII a.C. Pero el centro de la vida económica siguió estando en los templos, como sucedería en Egipto.
)o()o( RELIGIÓN )o(
En la descripción de un historiador como Heródoto, la religión de la época aqueménida aparece como una religión que adora los grandes fenómenos naturales. Según el historiador estaba prohibido para los persas elevar imágenes, santuarios o altares, pero su costumbre era ascender a las cumbres de las montañas y ofrecer sacrificios a Zeus... y al Sol, la Luna, la Tierra, el Fuego, el Agua y los vientos. Esta costumbre, dice Heródoto, era la primigenia y original; pero en su tiempo, señala, habían aprendido de los asirios y de los árabes a sacrificar también a Urania... y llaman a Afrodita, Mitra. Heródoto se refiere luego a los magos y su importancia en el ceremonial de los sacrificios -recitando cantos e himnos- y concluye diciendo que los magos se diferencian de los sacerdotes egipcios en que inmolan con sus manos toda clase de animales excepto al perro y al hombre. Heródoto en estos párrafos está señalando la existencia de influencias exteriores en la primitiva religión naturalista irania (caso del culto a Urania) y la existencia de una divinidad personificada -Mitra- (que Heródoto confunde con una deidad femenina). Heródoto, sin embargo, no dice nada de Zoroastro. Probablemente, Zoroastro no era lo suficientemente famoso como profeta para que fuese mencionado por el historiador griego. Heródoto describe como persa una religión que difiere grandemente de la presentada por la más antigua literatura zoroástrica. ¿Se debe ello a que en tiempos de Darío se dio una reacción que introdujo en la religión elementos pre-zoroástricos y es esto lo que describe Heródoto?. El problema est también en relación con la supuesta fecha de la vida de Zoroastro. La tradición persa lo situaba trescientos años antes de Alejandro, esto es, 660-583 a.C. Pero diversos investigadores concluyen que es anterior, esto es, que vivió hacia el año 1000 a.C.. La actividad de Zoroastro no se desarrolló en la misma Persia, sino en la región de Media. En el Avesta, el libro persa de la religión, las únicas partes que se consideran como obra del propio Zoroastro (o de su época) son las llamadas Gathas, himnos métricos escritos en un dialecto distinto. Otras partes del Avesta, los Yashts, son más tardías y muestran bastante afinidad con la descripción que hace Heródoto de la religión persa. Zoroastro fue un reformador que no reconocía en el Sol, las estrellas o la Luna objetos independientes de culto, sino que consideraba que Ahura-Mazda, esto es, el Señor de la Sabiduría, determinó el movimiento de las estrellas, dividió la tierra del firmamento, creó la luz y la oscuridad, el sueño, la mañana, la tarde y la noche. Es él el único, la única divinidad, aunque lo acompañan ciertas cualidades o atributos de su naturaleza (la piedad, la mortalidad, la guerra, el dominio, el derecho, etc.). No se trata, pues, exactamente de una religión monoteísta propiamente hablando. Por otro lado, desde el principio, Ahura-Mazda está en conflicto permanente con un espíritu del mal. Los dos espíritus primarios son El Bien y el Mal en el pensamiento, en la palabra y en la acción. Los demonios, los dioses de la antigua religión -que Zoroastro trató de reformar- están unidos al espíritu del mal e invaden el mundo de los hombres. En esta lucha entre el bien y el mal se ve envuelta también la humanidad. Los hombres pueden escoger entre el bien o el mal. Pero la victoria está siempre de parte de Ahura-Mazda. Esta religión es, por tanto, o posee, un gran componente ético. Y no es pasiva como lo serán las religiones de la India. Zoroastro pretendió convertir a todos los hombres vivientes, ya que adhiriéndose al buen espíritu encontrarían la salvación. Con el paso del tiempo, los magos se harían intérpretes y portavoces de esta religión mezclándola con sus rituales propios y haciendo énfasis especial en los aspectos dualísticos. Así, el culto naturalista ario, la religión gática y el magianismo se fundieron en diversas formas durante el período aqueménida. Heródoto es exponente de la supremacía del culto naturalista y del poder de los magos en el momento cronológico al que se refiere. Nada más. Las inscripciones de Darío I presentan a Ahura-Mazda como su dios protector, el más grande de los dioses; pero no nombran a ninguna otra divinidad. Para Darío (y para Jerjes y Artajerjes) Ahura-Mazda es quien "ha creado esta tierra, el cielo, el hombre y la guerra, quien ha dado el trono a su casa y quien lo defiende del mal". El mal provoca la rebelión de las provincias contra Darío. Y Ahura-Mazda lo protege y lo asiste, porque Darío no es enemigo de Ahura-Mazda, ni es engañador, ni malvado. Parece que la religión de Zoroastro fue practicada especialmente por los reyes y nobles persas; la que describe Heródoto sería la del pueblo común. En los sucesores de Darío se observa un cambio: por un lado, se constata una creciente influencia de la religión pre-zoroástrica y, por otro, la incorporación e influencia de dioses de pueblos extranjeros: Artajerjes II reza a Ahura-Mazda, a Anahita y a Mitra.
)o()o( LAS ARTES )o(
La Persia propia, antes de los aqueménidas y de su expansión, no produjo un arte destacado o magnífico. La expansión, sin embargo, llevó a los persas a Babilonia, uno de los centros fundamentales del arte y de la arquitectura. Y, más tarde, el contacto con las colonias griegas en Asia Menor y con Grecia misma, contribuyeron a la creación del arte y la arquitectura aqueménida. La conquista de Egipto proporcionó otro punto de referencia e influencia fundamental. Persia, por tanto, no debe su arte o sus concepciones arquitectónicas a un desarrollo propio, sino que adaptó inteligentemente para sus propios intereses y necesidades, las artes de otros pueblos. El plano de los grandes centros imperiales, de las grandes capitales, Pasargada, Susa y Persépolis, provienen de Babilonia y de allí deriva directamente la idea de levantar edificios reales sobre enormes terrazas artificiales o plataformas. En estas terrazas, los persas, en vez de utilizar el ladrillo -como habían hecho los babilonios-, usaron la piedra (muy parecida al mármol) que ofrecían las canteras de la región. Los edificios no son exactamente iguales a los palacios babilonios o asirios: los palacios persas se caracterizan por salones de una sola habitación cuyas columnatas dan elegancia y belleza tanto al interior como al exterior. Es en el uso de la columna donde principalmente se diferencia la arquitectura persa de la de otros pueblos del valle del Éufrates-Tigris.
)o()o( LA CORTE DEL REY PERSA )o(
Los aqueménidas nunca recibieron culto como si fueran dioses. Hay una excepción -Egipto- donde ellos aceptaron las tradiciones locales y, por tanto se asimilaron a los faraones, que poseían carácter divino aún en vida. En cualquier otro lugar donde mantuvieron su Imperio y su poder, los aqueménidas no recibieron culto como dioses ni en vida ni después de muertos. Por contraste hay que apresurarse a subrayar lo que ya hemos indicado de que el Rey de Reyes recibe el Imperio soberano del gran dios Ahura-Mazda. Todos los hombres que están bajo su dominio son sus esclavos. El tiene poder sobre la vida y la muerte. Todas las propiedades le pertenecen. En realidad, la propiedad privada del rey aqueménida está constituída por lo que ha recibido por herencia, lo que pertenecía a los reyes o soberanos que había conquistado y lo que él mismo había confiscado. La justicia también le pertenecía. El rey era infalible. Este absolutismo llevaba consigo la soledad y el distanciamiento. El rey vivía recluido, aparte, obligado a comer y cenar en un comedor aparte, separado por una cortina de la mesa de sus acompañantes. No podía hablar libremente con sus súbditos; nadie podía rivalizar con él en fuerza física o en destreza; nunca podía cambiar de opinión o revocar una sentencia una vez dictada. Darío I fue, en gran parte, el organizador y creador de este protocolo. Sus sucesores se sintieron presos en el mismo, y poco a poco se fue degenerando en la corrupción y el engaño. Los historiadores griegos entendieron perfectamente la importancia de esta etiqueta y su correlación con la tentación del poder absoluto. El rey de Persia era impar. Nadie en el mundo se le podía comparar o igualar. Por tanto, sólo se podía casar dentro de su propio círculo. Se casaba no sólo con una, sino que podía tener varias esposas. Alianzas políticas podían determinar la elección y el matrimonio. De las seis mujeres de Darío sabemos que Artistona fue la preferida. Heródoto dice que Darío tenía una estatua suya de oro en su palacio. Y las tabletas de Persépolis registran que poseía un palacio en Kuganaka, una factoría de tapices y tierras diversas, además de una serie de tropas a su servicio. La esposa que más poder ejerció sobre un rey aqueménida fue, sin duda, Atosa, la mujer de Jerjes. Era la madre del sucesor. Y por ello podía recibir el título de Reina de las Reinas e, incluso, era la única persona que podía contradecir el deseo o la opinión del Rey de Reyes. Después de Jerjes, sin embargo, parece que los reyes aqueménidas fueron cada vez más monógamos. Ello no es óbice para que el rey mantuviese, para su propio y particular placer y entretenimiento, un harén. Estaba integrado por las muchachas que enviaban las diversas provincias del Imperio. Se exigía una cierta belleza y prestancia física, aunque no hasta el extremo que encontramos se exigía en la corte sasánida. Su número parece que no superaba las cuatrocientas, una cifra ridícula también si se compara con el harén de Cosroes II. Estaban rodeadas de eunucos, obviamente. Y cuando viajaban con el rey no podían ser vistas. El derecho de la primogenitura era esencial, aunque no siempre respetado. Las luchas palaciegas que conllevaba son proverbiales y conforman muchos de los reinados de los aqueménidas. Los otros descendientes constituian el séquito real o pasaban a integrar la jefatura del ejército o el gobierno de las provincias. Los griegos se sintieron atraídos por la corte del rey de Persia. Y muchos los que la visitaron y vivieron en ella dejaron relatos -orales o escritos- que se han transmitido después como ejemplos de exotismo o de ridiculización. Si todavía en el siglo IV el cristiano Juan Crisóstomo definía al rey sasánida como una persona que tiene, por su vestimenta, el aspecto de un animal fabuloso, Jenofonte lo describe como un personaje de vestimenta multicolor y estrambótica. Aromas, joyas, trajes, entronización mayestática, comportamiento riguroso son rasgos y características del rey de Persia -al menos para los moralizantes, sobrios y severos escritores griegos-. Parece ser que todo este teatro en torno a la figura y persona del rey aqueménida lo habían tomado los persas de los medos. Cientos de servidores y guardias de corps rodeaban al supremo rey inclinándose ante su presencia -la proskynesis (como la hace el jefe medo en el relieve del Tesoro)-, el acto más reprobable para un heleno. La presencia real está rodeada de botellas de perfumes -tal y como aparecen en los relieves- para evitar los malos olores y contra el calor agobiante del clima y de las ceremonias. Abanicos y espantamoscas, paraguas y palios para protegerlo del sol, concurren igualmente en la iconografía de una corte extraña y extranjera a los ojos occidentales y que creó por ello una imagen de exotismo. En el fondo del problema se encuentra la pregunta de si ello no es simplemente una parafernalia práctica y útil dadas las circunstancias. Música, danza y caza eran -junto a la guerra- los entretenimientos favoritos del rey de Persia (a juzgar por las descripciones literarias y los relieves). El rey interpretaba la danza del escudo (persikon, en griego) todos los años en el festival del dios Mitra. Y en la inscripción de la tumba de Darío I leemos: "Estoy entrenado en el uso de las manos y de los pies; como jinete yo soy un buen jinete; como arquero soy un buen arquero, tanto a caballo como a pie; como lanzador de jabalina yo soy un buen lanzador de jabalina, tanto a pie como a caballo. La corte se movía con cierta frecuencia y se desplazaba a los palacios de verano. Pero Susa era la capital principal donde residía, al menos, la mitad del año. Ecbatana era la favorita para el verano. Ver, Asiria aqueménida.