Os damos la bienvenida al Diccionario de Historia Antigua y Mitología más completo de Internet.

Introduce la palabra que quieras consultar, selecciona el tipo de búsqueda (Todos los campos, Palabra o Descripción) y haz clic en "Buscar".

- Cuando realizas una consulta de un término ten en cuenta que el buscador mostrará un listado alfabético de las palabras exactas y también de aquellas palabras que contengan dicho término.

- Una vez hayas realizado una búsqueda, si has navegado por distintas páginas o has entrado a explorar el listado por letras es aconsejable pulsar el recuadro "Anular" antes de realizar una nueva consulta.

Página 1084 - 1322 Palabras 54151 al 54200 de 66095

Palabra   |   Descripción

Biblo

Biblos (fue una de las ciudades fenicias más importantes durante varios milenios. Biblus romana, llamada por los ….).

Biblis

Ciudad de Caria. Hoy, en Turquía.

Biblis

o Byblis o Bublis. Por su padre Mileto, Biblis es biznieta de Minos (Ver, Acacálide) o, según las versiones, su nieta (Ver, Mileto). Acerca del nombre de su madre, las tradiciones discrepan. A veces la consideran como Cianea, hija del Meandro; otras, como Tragasia, hija de Celeno, y otras, como Idótea, hija del rey Éurito. Tenía un hermano gemelo, Cauno, al que amó con amor culpable. Horrorizado de su hermana, Cauno huyó de Mileto, su patria, y fundó la ciudad de Cauno, en Caria. A Biblis el dolor la vuelve loca y anda errante por toda el Asia Menor. En el momento en que va a precipitarse desde lo alto de un peñasco para terminar sus días y sus penas, las Ninfas, apiadadas, la transforman en una fuente inagotable, como las lágrimas de la doncella. Pausanias dice que se veía aun en su tiempo una fuente que se llamaba "las lágrimas de Biblis". A esta tradición se opone otra, según la cual sería Cauno quien había sentido por su hermana un amor criminal. Por este motivo, habría abandonado la casa paterna, en tanto que Biblis se habría ahorcado. En su memoria, se dio su nombre a dos ciudades: Biblis de Caria, y Biblo de Fenicia. Ver, Cauno.

Bibliotecas

Se puede inferir de las pullas de Aristófanes, que individuos particulares del siglo V a.C., como Eurípides, tenían colecciones de libros, pero la primera colección institucional fue obra de Aristóteles para su escuela, el Liceo. Es evidente que este fue el modelo para la famosa biblioteca fundada por Ptolomeo I Sóter en Alejandría hacia el año 295 a.C. en asociación con el Museo. La biblioteca se puso a funcionar durante el reinado de Ptolomeo II, que quería poseer una colección completa de toda la literatura griega. Se dice que contenía entre 200.000 y 500.000 volúmenes. Sus bibliotecarios (Zenódoto, Apolonio de Rodas, Eratóstenes, Aristófanes de Bizancio, Aristarco) figuraban entre los estudiosos más prominentes de su época. Se produjeron catálogos bajo la dirección de Calímaco. En el siglo II a.C., Eumenes II Sóter fundó otra biblioteca en Pérgamo. Se dice que albergaba 200.000 volúmenes, pero se sabe mucho menos de las actividades de sus bibliotecarios. Bibliotecas especializadas se originaron en tomo a escuelas de medicina, sinagogas e iglesias. En Roma había grandes bibliotecas privadas en la República tardía, por ejemplo las de Lúculo, Ático y Cicerón. César fue el primero que planeó una biblioteca pública y se invitó a Varrón a que estableciese una colección, pero el asunto quedó en nada. El plan se vio realizado en el 39 a.C. por obra de C. Asinio Polión. Augusto fundó otras dos bibliotecas y emperadores posteriores construyeron más hasta que se dice que llegó a haber 26 en Roma. Otras se fundaron en las provincias y Adriano construyó una en Atenas. La posesión de una biblioteca privada se convirtió en la señal de identidad de una casa civilizada y los restos de una de ellas se han encontrado en Herculano.

Biblioteca Palatina

Una de las dos bibliotecas públicas construidas por Augusto, adosada al templo de Apolo en el Palatino. Ver, Bibliotecas.

Biblioteca de las Cien Columnas

Biblioteca de Adriano (edificio situado al norte del ágora romana de Atenas).

Biblioteca de Celso

Biblioteca de Celsius Polemaenus (construida en Éfeso en tiempos de Trajano).

Biblioteca de Celsius Polemaenus

o Biblioteca de Celso. Construida en Éfeso en tiempos de Trajano, en honor a Tiberio Julio Celso Polemeano y completada en el año 135 por el hijo de Celso, Tiberio Julio Águila Polemeano, cónsul del año 110. Celso había sido cónsul en el año 92, gobernador de Asia en el año 115, y un ciudadano romano popular y adinerado. La biblioteca fue construida para almacenar 12.000 rollos y para servir como tumba monumental para Celso. Era poco habitual que alguien se hiciera enterrar en una biblioteca o incluso dentro de los límites de una ciudad, lo cual fue un honor especial para Celso. El edificio tiene importancia como uno de los escasos restos de lo que era una biblioteca en los tiempos de la antigua Roma. También es un ejemplo de cómo las bibliotecas públicas no solo se construían en la misma Roma, sino a lo largo de todo el Imperio romano. Entre los años 1.970 y 1.978 se realizó una restauración masiva que actualmente se considera como bastante fiel al edificio histórico, en el que la fachada frontal sirve de ejemplo de arquitectura romana pública, e incluso sirve de ejemplo para otras bibliotecas peor conservadas de otras zonas del Imperio, puesto que es posible que se albergaran colecciones de literatura en otras ciudades romanas para beneficio de los estudiosos y de los viajeros. El edificio es de planta única que da al este, para que, como dijo Vitrubio, beneficiara a los madrugadores. Esta construida sobre una plataforma sobre nueve escalones, y con tres accesos. La entrada central es más grande que las dos laterales y todas ellas estin adomadas con ventanas situadas sobre su dintel. En los muros estaban abiertos nichos, para alojar los armarios que contenían los volumina. Un banco de piedra corría en torno de la estancia. La biblioteca fue incendiada por los godos en el año 263. Ver, Bibliotecas.

Biblioteca de Alejandría

Según el polemista cristiano S. Ireneo (siglo II), fue Ptolomeo I Sóter quién fundó la "Biblioteca Alexandrina" y el "Museion", en 295 a.C., gracias a los consejos de los sabios griegos Eudoxio, Demetrio de Falero, y del propio Aristóteles, de quien afirmaba Estrabón que enseñó a los Ptolomeos a formar su Biblioteca, bajo la forma clásica de un gymnasium y sus anexos. Ya bajo su reinado, sus mensajeros eruditos, entre ellos Hecateo y Manetón, bajaron al Alto Egipto a rebuscar papiros en los archivos de los templos, y fueron por todo el mundo a comprar miles de libros para hacerlos traducir al griego. Calímaco de Cirene, poeta griego y conservador de la Gran Biblioteca, hizo un catálogo gigantesco de sus vastos fondos en tiempos de Ptolomeo II, el "Pinakes". La pasión de los Ptolomeos por los libros y manuscritos, acumuló en la Gran Biblioteca pública del Bruchion, la ciudad real, todo el saber del mundo conocido, coleccionando miles de libros. Medida genial de visión universal que Vitubrio, en el siglo I a.C., en su De Architectura, llamaba con admiración y gratitud "La Memoria de la Humanidad', que aquellos soberanos macedonios habían preservado de la sabiduría antigua de todos los países y tiempos, haciendo de Alejandría el centro más prestigioso de la cultura helenística. La Biblioteca fue una institución independiente, esencialmente helenística, que nunca dirigió un egipcio. A su frente había un director nombrado directamente por el rey, cargo de una gran relevancia social. Su larga lista incluye literatos, científicos y filósofos llegados de Grecia, Bizancio y Asia Menor, responsables de la originalidad de sus ediciones críticas y de sus avances científicos. En sus orígenes la Biblioteca era, sin duda, un complemento indispensable del Museo, donde vivían y enseñaban los sabios alejandrinos. Se alzaba junto al puerto, según los últimos estudios publicados, dentro del Bruchion. La sede de la Gran Biblioteca, que Tito Livio describía como "el más bello de los monumentos", estaba al fondo del gran patio columnado del suntuoso Museo, y tenía numerosas salas con estantes para libros (los armaria que consultaban los sabios) y habitaciones para los escribas y artistas que copiaban y preparaban los rollos, cobrando a tanto por línea, a 13 dracmas por 6.300 líneas, según nos cuenta un papiro del siglo II de Oxyrhynchos. Todos los Ptolomeos siguieron coleccionando miles de manuscritos griegos, judíos, egipcios, persas e indios. Todos los navíos, viajeros y sabios que pasaban por Alejandría estaban obligados a dejar en ella los manuscritos originales que poseían, recibiendo copias a cambio. Eran los "libros de navíos", como los llama Galieno. En todos ellos se anotaban los nombres de los antiguos propietarios y se depositaban en pilas en ciertos almacenes especiales, las "apothekae", para que los empleados de la Gran Biblioteca, los "hyperetae", procedieran a su registro y clasificación antes de ser utilizados. Ptolomeo II Filadelfos compró la Biblioteca de Aristóteles y Teofrasto y reunió 400.000 libros múltiples (symonigeis) y 90.000 simples (amigeis), según un texto célebre de Jean Tzétzès (De Comaedia, siglo XII), basado en una antigua fuente, posiblemente Aristeo, añadiendo que los depósitos externos, o sea, la futura Biblioteca-Hija, ya albergaban 42.800 libros en esa época. En realidad fue Ptolomeo III Evergetes quien fundó en el Serapeum la Biblioteca-Hija, segunda biblioteca pública de la ciudad, por quedarse pronto pequeña la Biblioteca-madre en tiempos de su real antecesor, acumulando los libros que desbordaban la Gran Biblioteca. Así pues, Alejandría mantuvo dos grandes bibliotecas públicas a partir del siglo III a.C., aunque curiosamente ninguna fuente antigua se hizo eco de este hecho, lo que ha dado lugar a no poca confusión entre los eruditos. Habrá que esperar hasta finales del siglo IV d. J.C. para que Epifanio nos hable de las dos diferentes bibliotecas de Alejandría. La Gran Biblioteca, llamada también la Biblioteca Real, fue la más grande, rica e importante de la antigüedad, la más mítica y famosa, visitada por sabios y estudiosos de todos los rincones del mundo conocido. Fue considerada el mayor centro helenístico para los estudios científicos, filosofía, jurisprudencia, literatura clásica o medicina, sobrepasando a sus rivales de Atenas y Antioquía. Griegos, egipcios, fenicios, árabes, persas e indios buscaban en sus archivos y se sentaban en sus bancos de piedra, bajo los pórticos, mirando el Faro y el mar azul encrespado, mientras abrían los papiros con sus manos. Fue tan grande su brillo que, tras su desaparición, la memoria de la Biblioteca se preservó en las esferas del mito, en la nostalgia de un pasado dorado, reforzada por los enigmas de su trágico fin y su ignoto destino. En los dos primeros ss. de su existencia sólo el historiador griego Hecateo de Abdera, de la época de Alejandro y el primer Ptolomeo, residente en la corte alejandrina y viajero por el Alto Egipto, nos habla indirectamente de la Biblioteca recién fundada por Ptolomeo I, en su fantasiosa Aegyptiaca, del siglo III a.C. mezclando su recuerdo con la biblioteca sagrada del Ramesseum tebano. La única transcripción de los escritos de Hecateo nos llega a través de un gran admirador suyo, Diodoro de Sicilia, historiador griego de principios del siglo I a.C., quien visitó Egipto, apasionado por sus misterios, viajó también a Tebas, ya en ruinas, y escribió una amplísima Bibliotheca Histórica, donde compendia con fidelidad los testimonios de sus predecesores. Es realmente en la Carta de Aristeo a Filocrates, de este autor judío del siglo II a.C., escrita en griego en Alejandría, en donde se cita por primera vez la Gran Biblioteca con las colecciones de "libros reales", apuntando que contenía 200.000 libros acumulados por Ptolomeo II, siendo su testimonio el primer recuento que conocemos. Añade Aristeo en su Carta que fue testigo del diálogo entre Demetrio y el faraón Lágida, cuando éste visitó la Biblioteca, a quien el sabio griego aseguró que pronto llegarían a los 500.000 libros que ambicionaban. Aunque muy valiosos, los testimonios de Aristeo no concuerdan exactamente con los hechos históricos. En todo caso, la colección de libros alejandrinos era inmensa y única en el mundo. En el 48 a.C. los autores afirmaban que llegaba a 400.000 o incluso a 700.000 libros, según Aulio Gelio. Posiblemente en algún momento de su historia pudo sobrepasar el millón de libros, provenientes de Etiopia, India, Persia, Elam, Babilonia, Caldea, Roma, Fenicia y Siria, según Epifanio. Los testimonios de Tito Livio, Séneca, Plutarco, Lucano, Dion Casio, Aulio Gelio, Amiano Marcelino, Floro y Orosio, que van del siglo I a.C. al siglo IV d. J.C., sitúan el incendio de la Gran Biblioteca en época muy temprana, en el siglo I a.C., durante la "Guerra Alejandrina" de Julio César. Son muy pocos los que no mencionan el incendio, entre ellos Histius y el propio Julio César, quien en su Bellum Civile describe la batalla alejandrina pero silencia el desastroso incendio de la Biblioteca, argucia inútil que sólo sirve para poner todavía más en evidencia su responsabilidad ante la magnitud del desgraciado episodio bélico. Es pues, precisamente con Julio César, causante material del incendio, con quien se inicia la saga de silencios en torno al fin de la Gran Biblioteca de Alejandría. Otros también callan, como Estrabón, el alejandrino Appiano o Cicerón. De hecho, nadie hasta los años finales de la dinastía Julio-Claudia se atrevió a contradecir la versión de Julio César, estableciéndose una auténtica censura política a la versión histórica, que sólo se arriesgaron a romper las clases senatoriales opuestas al sistema imperial que destruyó la República romana, los que consideraban a Julio César como un tirano. La destrucción parcial o total de la Gran Biblioteca en el 47 a.C. acabó con aquella institución. A partir de entonces nadie volvió a hablar de ella, ni siquiera Estrabón, geógrafo griego que visitó Alejandría en el 24-20 a.C., poco después del suicidio de Cleopatra y del desastre de la Biblioteca, quien, en su Geografía, ya sólo menciona el Museo, que seguía formando parte de los palacios reales y cuyo director era nombrado por César Augusto; prudentemente, no habla de la Biblioteca al describir Alejandría, como tampoco del fuego que la había destruido. Aunque desapareció "de facto" tras el incendio de César como institución independiente, se podría inferir la existencia de los restos de la Gran Biblioteca, definitivamente incorporada al Museo, de las visitas que hicieron al Museo ptolomaico los emperadores Vespasiano, Domiciano, Adriano y Marco Aurelio, para participar en las discusiones de los sabios alejandrinos. También de la transcendental decisión del mismo Domiciano, quien al principio de su reinado mandó reconstruir las bibliotecas del Imperio que habían sido incendiadas, según nos cuenta Suetonio en su Vida de Dominiciano; el emperador envió emisarios por todo el mundo a recolectar copias de los libros desaparecidos, "a los que dirigía hacia Alejandría encargados de copiar y corregir los textos". Asimismo, se podría deducir la existencia de la Biblioteca en el relato de Séneca sobre la preparación que hizo Didymo, sabio alejandrino del Museo (siglo I a.C.), de sus Comentarios, con los libros de la Biblioteca de Alejandría en época de Estrabón y, por tanto, después del incendio. O de la presencia en el Museo de sabios como el propio Estrabón, que estudió en sus archivos las crecidas del Nilo; Aristonicus, que escribió un libro sobre el Museo; Apión; Herculides; Thyphón o Habrón; y de un cierto Valerio Diodoro, quien en el 173 era "ex-subdirector de la librería y miembro del Museo". En todo caso, por si quedara alguna duda, otras fechas posibles de la definitiva destrucción de la Gran Biblioteca serían cuando en el siglo I, en medio de constantes enfrentamientos entre griegos y judíos alejandrinos, el barrio de estos últimos, cercano al real, fue incendiado; o cuando Alejandría fue destruida dos veces por Caracalla (211-217) y Valeriano (253); otra cuando en el 269 se dio la desastrosa conquista de la ciudad por Zenobia, reina de Palmira; o en el 273, cuando Aureliano saqueó y destruyó completamente el Bruchion, según nos cuenta Amiano, desastre al que no pudieron sobrevivir ni el Museo ni su Biblioteca. De hecho, dicen que en aquella ocasión los sabios griegos se refugiaron en el Serapeum, que nunca sufrió con los desastres romanos, y otros emigraron a Bizancio; cuando Diocleciano (294-5) destruyó la ciudad de nuevo, el Museo y su Biblioteca aneja estaban ya abandonados, siendo pronto olvidado el lugar mismo donde se levantaban antaño aquellas instituciones famosas, como nos confirma Epifanio. Ver, Serapeum de Alejandría, Pinakes, Pergamena, Bibliotecas.

Biblioteca de Adriano

o Biblioteca de las Cien Columnas. Edificio situado al norte del ágora romana de Atenas. Se construyó en el año 132, por orden del emperador romano Adriano, para albergar su extensa colección de libros, además de funcionar como sala de lectura y centro de convenciones. En 267 fue destruida por los hérulos siendo incorporada posteriormente a la muralla tardorromana de Atenas y reparada en 412. En el siglo V se construyó, en el centro del patio peristilo, una iglesia paleocristiana con planta de trébol de cuatro hojas. En el siglo VII se levantó una basílica de tres naves sobre la iglesia anterior. La biblioteca ocupaba un extenso rectángulo de 122 m de largo por 82 de ancho, situado al norte del ágora romana de Atenas. El edificio contaba con un propileo corintio de entrada en el lado oeste y tres exedras en cada uno de los otros tres lados. El patio central era un peristilo abierto con un estanque. En el lado este estaba la biblioteca, con sala de lectura y salas de conferencias. Según la descripción del historiador Pausanias, los techos estaban fabricados con alabastro realzado en oro. La biblioteca se perdió en el olvido hasta que, en 1.885, despues de un incendio que dañó parte del templo cristiano, se inició una excavación en la que se encontraron algunos bloques de piedra caliza y varias columns corintias de más de ocho metros de altura, además de los restos de los cimientos de la iglesia del siglo V. Ver, Bibliotecas.

Biblioteca

Hasta la época helenística, los particulares tenían sus propias bibliotecas y se hacían con nuevos ejemplares pidiéndolos prestados y haciéndolos copiar por un esclavo especializado. La primera biblioteca pública fue fundada en Alejandría de Egipto por Ptolomeo I Sóter. Parece que esta iniciativa se debió a Demetrio de Falero, quien, exiliado de Atenas, después de haberla gobernado brillantemente durante diez años, se refugió, en el año 307 a.C. en Alejandría en la corte de los Lágidas. Demetrio comenzó a reunir libros, que fueron llevados a un edificio destinado a protegerlos. Demetrio murió en el año 283 a.C., en el mismo que Ptolomeo I, pero Ptolomeo II prosiguió la obra y la biblioteca de Alejandría se convirtió en el mayor centro intelectual del mundo helenístico. Reunió esta biblioteca hasta 800.000 volúmenes y hubo que abrirse un anexo en el templo de Serapis, donde se depositaron las copias. El cargo de bibliotecario fue uno de los más codiciados y envidiados del mundo antiguo y se buscaba a las más brillantes personalidades intelectuales para ocuparlo. Este gran centro de cultura se incendió durante la guerra de Julio César en Alejandría en el año 47 a.C. y después fue destruido voluntariamente por orden del arzobispo cristiano monofisita, Teófilo, en el año 391. De forma interesada y en el siglo XIII, se atribuyó a los árabes de 'Amru su destrucción definitiva en el año 651, con la conquista de la ciudad. La segunda biblioteca del mundo antiguo fue la de Pérgamo, que fue fundada por Eumenes II, y que llegó a reunir unos 200.000 volúmenes. Después de la destrucción parcial en época de César, Antonio legó a Alejandría (y a Cleopatra VII Tea Filopátor) las obras de la biblioteca de Pérgamo, ya que el reino había sido dejado en herencia a Roma por su rey Átalo III más de cien años antes. Antioquía poseía también una excelente biblioteca, fundada por los seléucidas, aunque no pudo rivalizar con las de Alejandría y Pérgamo. Ver, Biblioteca de Alejandría, Bibliotecas.

Biblion

Nombre que los griegos dieron al papiro, de Byblos (Líbano), puerto desde el que se comercializaba.

Bibliomancia

Adivinación que se hace abriendo un libro al azar e interpretando un pasaje de la página por que se abre. En principio, el lugar en el que se haya puesto el dedo habrá de dar una respuesta a la pregunta que se ha formulado. Se hace particularmente con la Biblia y es práctica que fue condenada por varios concilios. Ver, Adivinación.

Biblinium

Lecho o reclinatorio romano para dos personas.

Bíblide

Nombre de una fuente de Mileto, donde había un famoso santuario de Afrodita.

Biblia vernácula

La Biblia está presente en la vida medieval española en todos sus momentos, tanto en la literatura como en las artes plásticas. Se conservan un gran número de manuscritos latinos y no pocos hebreos. Por lo que a las traducciones al castellano se refiere, unas parten de la versión hebrea (Torah, equivalente al Pentateuco cristiano) y otras de la Vulgata latina. Entre las hebreas, la primera versión romance castellana es La fazienda de Ultramar (siglo XIII), obra de Almeric, arcediano de Antioquía, cuyo original quizá (aunque hay grandes dudas al respecto) sea anterior a 1.152 y estuviese escrito en latín, lemosín o gascón. También del siglo XIII es la Translación del Psalterio de Hermán el Alemán. Del XV es el manuscrito escurialense I-I-3, que traduce desde el Génesis a los Macabeos. De los ss. XIV-XV es la traducción parcial del manuscrito escurialense I-I-4, que incluye los mismos libros que el anterior. Los manuscritos escurialenses I-I-5 y I-I-7, del XV y XV-XVI respectivamente, forman una biblia completa. Otros manusritos que incluyen traducciones parciales son el escurialense J-II-19 (siglo XV), el 10288 de la Biblioteca Nacional de Madrid, con glosas marginales, y el Códice 87 de San Millán, conservado en la Real Academia de la Historia. El 10138 de la Biblioteca Nacional de Madrid contiene el Libro de Job, traducido por Pero López de Ayala a fines del siglo XIV. La Biblia de Alba (1.422-23) fue traducida y comentada con numerosas glosas por el rabino Moisés Arragel de Guadalajara. Por último, contamos con otras tantas versiones judeocastellanas impresas en Constantinopla (1.547) y Ferrara (1.533). Los sefarditas en la diáspora seguirán dejando claras huellas bíblicas que remiten al Medievo español en fechas tan tardíos como los ss. XVIII y XIX, a través de impresos de gran formato y, sobre todo, por medio de abundantes pliegos sueltos. Entre las traducciones inspiradas en la Vulgata cabe destacar el manuscrito escurialense I-I-2 (s. XIII), con parte del Antiguo Testamento y la mayor parte del Nuevo; el manuscrito I-I-6 (s. XIII) de la misma biblioteca, que pudiera haber sido consultado por Alfonso X para la redacción de la General Estoria; y el I-I-8 de El Escorial (siglo XIV), que forma, junto con el anterior y el Psalterio antes mencionado una biblia completa. Entre las numerosas traducciones de la Vulgata de utilidad litúrgica destacan el Psalterio de la Biblioteca Nacional de París, las Horas de Nuestra Señora con muchos otros oficios y oraciones, la traducción de Martín de Lucena el Macabeo de San Pablo (llevada a cabo para el Marqués de Santillana a mediados del siglo XV y conservada en un único manuscrito recientemente recuperado por A. Gómez Moreno), el Libro de los evangelios del aviento fasta la dominica in Passione de Juan López (1.490), los Evangelios e epístolas de todo el anyo de Gonzalo García de Santa María (1493) y las Epístolas e evangelios con sus dotrinas y sermones de Ambrosio Montesino (1512). La General Estoria alfonsí narra la historia del mundo desde la creación, aunque llega sólo hasta los padres de la Virgen (lo que alcanza hasta el comienzo de la parte sexta, en que acaba). Se basa en la Vulgata, aunque también utilizó fuentes clásicas, hebreas y árabes. Entre las biblias historiales cabe destacar la Historia de los Macabeos de Pedro Núñez de Osma, obra del siglo XV, así como la Historia de los Reyes Magos de fines del mismo siglo. Entre las biblias moralizadas, con el texto abreviado y numerosas glosas, comentarios e imágenes, destaca la Biblia rica de Toledo, modelo de la Biblia de Osuna. Junto a ello hemos de incluir las obras del siglo XV que toman como base la Vita Christi y que florecen al amparo de la devotio moderna, impulsada por Thomas Kempis y Jean Gerson; en este ámbito, crecen obras como la traducción de la Vita Christi de Ludolfo de Sajonia por Ambrosio Montesino, o bien la poesía de inspiración bíblica (con un caso extraordinario en Pablo de Santa María, antiguo rabino de Burgos y más tarde Obispo de Burgos, con Las siete edades del mundo), los comentarios y tratados sobre temas bíbicos o la numerosísima literatura homilética, de especial riqueza durante los ss. XIV y XV. El influjo de la Biblia es extraordinario, en mayor o menor medida, en el conjunto de la literatura de ese período. De una importancia enorme es el fenómeno de los comentarios y de las diversas formas de exégesis bíblica, apoyada en glosas tan conocidas como las de Nicolás de Lira, con versiones a las distintas lenguas vernáculas. Ver, Biblia.

Biblia Políglota de Amberes

Nueva edición de los textos del Antiguo y Nuevo Testamento en sus lenguas originales y en sus principales versiones antiguas llevada a cabo en Amberes entre 1569 y 1573 por el impresor Cristóbal Plantino, bajo la supervisión de Arias Montano, enviado por Felipe II. Se conoce con el nombre de Biblia Políglota de Amberes o Biblia Regia. Ver, Biblia.

Biblia políglota

Edición del Antiguo y Nuevo Testamento en sus lenguas originales, hebreo y griego, además de su traducción latina y aramea (parcial), impresa en Alcalá de Henares entre 1514 y 1517, en seis volúmenes, por encargo del cardenal Francisco Jiménez de Cisneros. Fue la primera en su género. Ver, Biblia.

Biblia hebrea

La Biblia hebrea (denominada en hebreo Tanaj, por las primeras letras del nombre de cada una de sus tres secciones o bloques de libros) está compuesta por la Torá ("Instrucción", o, en griego, "Pentateuco", los "cinco libros de Moisés"), los Profetas (incluyendo libros históricos y propiamente proféticos), y los Escritos (entre los que se cuentan géneros literarios muy diversos: Salmos, Proverbios, Job, etc.). Son en total, según el cálculo judío, 24 libros. Algunos de ellos se redactaron antes del destierro de Babilonia (586 a.C.), aunque fueron completados o revisados con posterioridad a esa fecha; otros, fueron escritos durante el mismo destierro, o a la vuelta del mismo, en los ss. de dominio persa y helenístico. El último libro que se escribe es seguramente el de Daniel (con algunas secciones en arameo), hacia el siglo II a.C. En la tradición católica se añaden otros escritos llamados "deuterocanónicos", de los que se conserva solamente el texto griego, que no forman parte de la Biblia hebrea. En esos libros se refleja la experiencia fundamental del pueblo de Israel, que se siente en su historia elegido, liberado o castigado por su Dios, obligado a corresponderle con su fidelidad y su cumplimiento de los preceptos divinos. Por esa razón, estos libros tienen para los judíos y para los cristianos una carga teológica totalmente especial, de "palabra divina", que no vamos a desarrollar en este lugar, ya que aquí los enfocamos únicamente como obras literarias. El primer libro de la Torá, el Génesis, nos ofrece el relato de la creación del mundo y el pecado de los primeros hombres, y recoge a continuación narraciones sobre los antepasados del pueblo judío, los Patriarcas Abrahám, Isaac, Jacob y José. Los cuatro libros que siguen, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio, tienen como protagonista a Moisés, e incluyen el relato de la salida de Egipto, la entrega de la Torá en el Sinaí, y la marcha por el desierto de los israelitas, junto a varios códigos legales. El Deuteronomio presenta una legislación particular, que insiste en la centralización del culto y el humanitarismo, que suele relacionarse con la reforma de Josías, rey de Judá (2 Reyes, 22). En conjunto, no se trata de una historia lineal, desarrollada por un único autor. Tiene un proceso de composición y redacción muy complejo, y se entrelazan en la elaboración final los materiales procedentes de distintos hilos narrativos, que tienen su origen en círculos humanos e ideológicos muy distintos; los más antiguos son al menos del tiempo de la monarquía, mientras que el último de ellos, que proviene de grupos de sacerdotes al servicio del Templo de Jerusalén, parece haberse concluido en la época del destierro. Incluyen géneros literarios muy diversos, tanto de carácter narrativo, como jurídico, y ciertas secciones poéticas. No pocos de esos poemas, mandatos, leyendas y narraciones tienen claros paralelos en las literaturas de los pueblos del entorno, Mesopotamia, Egipto, Ugarit y Canaán, etc. En hebreo se denomina "Profetas anteriores" al conjunto de libros "históricos": Josué, Jueces, 1 y 2, Samuel, 1 y 2, Reyes. Se distinguen de los "Profetas posteriores", que incluyen los libros que contienen las enseñanzas de los profetas de Israel. En este grupo de libros se relatan los acontecimientos históricos que siguen a la muerte de Moisés: la conquista de Canaán bajo el mando de Josué, el período de los jefes carismáticos ("Jueces"), la formación de la monarquía con Saúl, David y Salomón, y la separación de los dos reinos, del Norte y del Sur, hasta su conquista por parte de los asirios y babilonios. La idea central que engarza una serie de relatos de origen muy diverso, parece coincidir en lo fundamental con la del círculo del que procede el Deuteronomio; desde el momento del exilio (siglo VI a.C.) se reflexiona sobre los hechos que han conducido a esta situación. Los libros de los "Profetas posteriores" recogen los dichos, oráculos y visiones de los profetas literarios, esto es, de las tres grandes figuras de Isaías, Jeremías y Ezequiel, y de los doce profetas llamados "menores". Los más antiguos son del siglo VIII a.C. (Isaías, Amós, Oseas, Miqueas), y los más recientes, posteriores al exilio, del siglo V a.C. o aún más tardíos, (Malaquías, etc.). Su redacción literaria es también compleja: casi todos los libros son el resultado de la recopilación de materiales diversos, dichos proféticos, oráculos, informes, narraciones, disputas, canciones, etc. sólo parcialmente relacionadas con el profeta histórico a cuyo nombre se unen, de distintas épocas, y que han pasado además por una reelaboración final. El libro de Isaías tiene claras señales de la composición llevada a cabo en diversas épocas, y es ya tradicional la distinción de tres secciones bien delimitadas. En la primera, capítulos 1-39, se han recopilado varias colecciones de palabras procedentes de la actividad del profeta Isaías (siglo VIII a.C.), con anuncios de castigo para Judá y oráculos contra otros pueblos, junto a vaticinios de los tiempos mesiánicos y adiciones posteriores; la segunda, llamada "Deuteroisaías" (capítulos 40-55), refleja una época muy posterior, cuando el Templo ha sido ya destruido (siglo VI a.C.), e incluye los conocidos pasajes de los "cantos del siervo sufriente"; la tercera, el "Tritoisaías" contiene materiales aún más recientes, con una problemática propia de la época que sigue al exilio, bajo dominio persa. La fusión de las tres secciones y la redacción final son por tanto bastante tardías. El libro de Jeremías recoge la actuación de este profeta nacido en la segunda mitad del siglo VII a.C., con invectivas contra el Templo y el culto, y avisos de castigo al rey de Judá ante la llegada de los ejércitos de Babilonia para tomar Jerusalén. Hay materiales relativos a diversas actuaciones del profeta en tiempo de los reyes Joaquín y Sedecías, y aun de su estancia forzada en Egipto. Pero también en este caso el proceso de redacción del libro fue complicado, ya que hay partes dictadas por el profeta a su discípulo Baruk, y elementos mucho más tardíos añadidos a lo largo de los ss. siguientes; la forma definitiva del libro no sería anterior al siglo III a.C. El libro de Ezequiel refleja el ambiente del exilio en Babilonia, en el siglo VI a.C., desde donde el profeta pasa revista a la historia de Israel, anuncia la liberación a los deportados y el castigo a las naciones que se alegran de la ruina de Jerusalén. Aunque hay materiales en primera persona, así como acciones simbólicas y visiones que suelen ir unidos a la figura de Ezequiel, muchos oráculos parecen agrupados posteriormente en torno a temas determinados, por la que la redacción final se sitúa en tiempo más reciente. "Doce profetas" es un conjunto de libros que reúnen oráculos de carácter profético de los reinos del norte (Oseas) y del sur, anteriores y posteriores al destierro de Babilonia (como Ageo, Zacarías y Malaquías). La colección final de los mismos en este bloque puede ser del siglo III a.C.. El carácter de cada libro es muy distinto, de acuerdo con la personalidad de cada uno de los profetas y de sus redactores. La metáfora de las relaciones matrimoniales entre Israel y Dios en Oseas, la crítica social de Amós y Miqueas, los mensajes escatológicos de Joel, la parábola didáctica de Jonás en el vientre de la ballena, o las visiones de Zacarías, figuran entre los aspectos más conocidos de este grupo de libros. Los "Escritos" forman el grupo más variado de libros bíblicos, en el que tuvieron cabida todos las restantes composiciones que el pueblo judío reconoció como de carácter sagrado. Algunos libros son anteriores al destierro, y otros son muy posteriores. Forman parte de este grupo tres grandes libros: Salmos, Job y Proverbios. Salmos es una colección de 150 himnos y poemas líricos de súplica o didáctico-religiosos de un estilo bien conocido en Egipto y en el Próximo Oriente; la división en cinco "libros" es tardía. Pueden encontrarse huellas de colecciones diversas de distintas épocas: algunos salmos están atribuidos a David, otros a Coré y Asaf, y buena parte no tiene referencia alguna de autor. Hay salmos preexílicos y otros que por su lengua parecen claramente escritos después del destierro. La colección definitiva pudo cerrarse hacia el año 300 a.C.. Job es un libro profundo y problemático, con secciones en prosa y en verso, en forma de relatos, diálogos dramáticos y discursos; discute temas relativos a la actitud del hombre ante Dios y la justicia divina, el "justo sufriente", rebelde y sumiso al mismo tiempo ante su Señor. Su composición puede ser cercana al año 400 a.C.. Proverbios entra de lleno en el género de literatura "sapiencial", bien conocido también en Egipto y Mesopotamia, que busca el ideal de la "sabiduría" para todas las facetas de la vida práctica. Son dichos sapienciales, aforismos, poemas didácticos, dichos numéricos, etc., agrupados en colecciones independientes que sufren al cabo del tiempo una redacción final. Atribuido tradicionalmente a Salomón, se va formando en realidad en un proceso secular que se completa seguramente hacia el siglo IV a.C. Un pequeño grupo, llamado "los cinco rollos", Rut, Cantar de los cantares, Qohelet, Lamentaciones y Ester, tienen en común el tono "edificante" y aleccionador; no obstante, el escepticismo existencial reflejado en el libro de Qohelet y el tono erótico del canto nupcial que constituye el Cantar hicieron que se discutiera durante mucho tiempo si debían incluirse o no entre los libros sacros. Hay finalmente dentro del grupo libros históricos, como Crónicas y Esdras, Nehemías, que tras pasar revista de manera sintética a toda la historia de Israel relatan la vuelta del exilio y la reconstrucción del Templo. El libro de Daniel, seguramente el último de todos los que forman parte de la Biblia hebrea, es de carácter apocalíptico y puede haberse escrito en el siglo II a.C.. Ver, Tanaj, Biblia.

Biblia Gótica

Versión en lengua gótica de la Biblia realizada por el obispo Ulfila entre el 350 y el 380. La parte de la Biblia de Ulfila que ha llegado hasta nosotros fue copiada 150 años después de su muerte y consta de seis manuscritos que contienen una parte considerable de los evangelios y de las epístolas de San Pablo, además de pequeños fragmentos de los libros de Esdras y Nehemías. El manuscrito más importante fue descubierto en 1563 en un monasterio junto a Werden, en Alemania y que después de pasar por diferentes lugares fue llevado a Praga a finales de siglo. Cayó en manos de las tropas suecas poco antes de la paz de Westfalia en 1648; fue adquirido en el año 1662 por el conde sueco de la Gardie, quien lo encuadernó en plata maciza. Desde entonces se llamó Codex Argenteus o el Libro de Plata y se lo regaló a la reina Cristina de Suecia. Está hermosamente escrito con letras de oro sobre pergamino púrpura y contiene los fragmentos del Evangelio; está considerado como uno de los más ricos tesoros de las bibliotecas europeas y se conserva en la Universidad de Upssala. De los cinco manuscritos restantes, uno se descubrió en Alemania en el siglo XVII y otro en Italia a mediados del siglo XIX. A pesar de que los godos poseían un alfabeto propio, posiblemente Ulfila consideró que el vocabulario era incompleto por lo que realizó la traducción de la Biblia al lenguaje gótico empleando el alfabeto griego de letras mayúsculas. Al no existir en griego símbolos para algunos sonidos góticos, adoptó caracteres rúnicos, alterando las formas de las letras para asemejarlas a la fisonomía de las griegas. Por ello, se puede decir que el alfabeto ulfiano es el griego aumentado en media docena de nuevos signos. Se considera que la traducción fue un trabajo magnífico, ya que era difícil que en el siglo IV un godo llegase a tener un conocimiento del griego tan perfecto como para comprender el texto de las Sagradas Escrituras y hacer de él una versión fiel de un lenguaje a otro. Ver, Biblia.

Biblia

Nombre de Venus, tomado de un templo que tenía en Biblos, Fenicia.

Biblia

Recibe el nombre de Biblia la colección de libros judíos y cristianos que ellos suponen inspirados por Dios y que contienen la Revelación. La Biblia no es como el Corán (Alcorán) un solo libro, sino una colección de libros escritos por autores diferentes en épocas diferentes. Por su multiplicidad se llaman Escrituras y por su origen Sagradas. Ya su nombre, derivado del griego (tà biblia = el libro), idioma en que fue reescrita y difundida por los primeros cristianos no judíos, indica que se refiere al Libro por excelencia. En él se halla, en primer lugar, la historia y cultura, las leyes y costumbres del pueblo hebreo, su filosofía y creencias, que a menudo provocan escándalo y rechazo a los cristianos por sus crueldades e injusticias, como es el caso de las leyes de la guerra, supuestamente dictadas por Dios, (Deuteronomio, capítulo 20). En segundo lugar, aparece la venida del Mesías y la vida de éste. Estas dos facetas dividen claramente la obra en dos partes, Antiguo y Nuevo Testamento, el primero judío y el segundo cristiano. Aquí la palabra testamento, traducción del hebreo berith (testamentum en latín), está tomada en el sentido de contrato o alianza, alianza hecha por Dios con los hombres en dos ocasiones: a los patriarcas y pueblo escogido de Israel, antes de la venida de Jesucristo, y a la Humanidad entera en el momento de la Redención. A su vez, estas dos partes se clasifican en Libros históricos, didácticos y proféticos. Los judíos cuentan 39 libros. Los protestantes, para el Antiguo Testamento, enumeran también 39. Los católicos 45 (versión griega de los setenta). 27 libros son los admitidos Nuevo Testamento por las diversas confesiones cristianas. La mayor parte de los libros del Antiguo Testamento fue escrita en hebreo, excepto algunos pasajes del libro de Esdras (2 capítulos) y la mitad del de Daniel, escritos en arameo. El griego es la lengua del Nuevo Testamento, lengua que aparece en el libro de la Sabiduría y en el libro II de los Macabeos. La Biblia, nacida en el desierto con Moisés, en el siglo XIII a.C., pasó seguidamente a Palestina, donde se desarrolló al ritmo del pueblo y de la religión cuya marcha histórica relata, primero en su mayor parte por tradición oral y a partir del período monárquico (siglo XI a.C.) escrita. El Antiguo Testamento comprende tres grupos de libros (Pentateuco, Profetas y Hagiógrafos) relativos a la religión, a la historia, a las instituciones y a las costumbres de los judíos. El Nuevo Testamento comprende los cuatro Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, las Epístolas y el Apocalipsis. Durante el reinado de Ptolomeo II Filadelfo, fue traducido en griego el Antiguo Testamento por 72 sabios hebreos. Su traducción es conocida con el nombre de Versión de los Setenta. En el siglo IV, la Biblia entera, traducida ya del griego conforme a la Versión de los Setenta, fue revisada por San Jerónimo. Dicha traducción latina, reconocida por la Iglesia, es la Vulgata. La Versión de los Setenta contiene algunas obras consideradas como apócrifas por los judíos y protestantes. Alfonso X el Sabio mandó hacer una versión de la Biblia. )o()o( ANTIGUO TESTAMENTO (Biblia hebraica, Biblia católica, Biblia protestante) )o()o( Torá o Pentateuco )o( Génesis )o( Éxodo )o( Levítico )o( Números )o( Deuteronomio )o()o( Libros históricos )o( Josué )o( Jueces )o( Samuel I y II )o( Reyes I y II )o( Crónicas I y II )o( Esdras )o( Nehemías )o( Macabeos** I y II, en la Biblia católica )o()o( Libros proféticos )o( Isaías )o( Jeremías )o( Lamentaciones * )o( Baruc ** )o( Ezequiel )o( Daniel * )o( Daniel (más cap. III, 24-90 y XIII-XIV **) )o( Oseas )o( Joel )o( Amós )o( Abdías )o( Jonás )o( Miqueas )o( Nahum )o( Habacuc )o( Sofonías )o( Ageo )o( Zacarías )o( Malaquías )o()o( Libros poéticos y sapienciales )o( Salmos )o( Proverbios )o( Job )o( El cantar de los cantares )o( Eclesiastés )o( Sabiduría ** )o( Eclesiástico ** )o( Tobías ** )o( Judit ** )o( Ester )o( Ester (+ alg. versículos**) )o( Rut )o()o( NUEVO TESTAMENTO )o()o( DOCTRINALES (21) )o()o( Epístolas de San Pablo )o( a los romanos )o( a los corintios I y II )o( a los gálatas )o( a los efesios )o( a los filipenses )o( a los colosenses )o( a los tesalonicenses I y II )o( a Timoteo I y II )o( a Tito )o( a Filemón )o( a los hebreos )o()o( Epístolas "católicas" )o( de Santiago )o( de San Pedro I y II )o( de San Juan I, II y III )o( de San Judas )o()o( HISTÓRICOS (5) )o()o( Evangelios )o( de San Mateo )o( de San Marcos )o( de San Lucas )o( de San Juan )o( Hechos de los Apóstoles )o()o( PROFÉTICOS (1) )o( Apocalipsis de San Juan )o( * en la Biblia hebraica, no está clasificado entre los libros proféticos. )o( ** libro (o pasajes) que procede de la Biblia griega de los Setenta, admitido solamente en la Biblia católica.

Bibiana

(santa) (siglo IV). Virgen romana que sufrió el martirio (363) en tiempos de Juliano el Apóstata. Los cristianos erigieron sobre su sepulcro una capilla, que el papa Simplicio convirtió en la iglesia de Santa María la Mayor en el año 465. Su fiesta se celebra el 2 de diciembre.

Bibesia

y Edesia. Divinidades de los banquetes, las cuales, entre los romanos, eran consideradas como que presidían la una al vino y la otra a la buena comida.

Bíbasto

Ciudad de Caria, citada en algunos textos como Bíbaso.

Bíbaso

Bíbasto (ciudad de Caria, citada en algunos textos como Bíbaso).

Bíbasis

Según Aristófanes, tipo de salto que practicaban las muchachas espartanas, consistente en saltar hasta tocarse los glúteos con los pies, bien con los dos juntos, bien saltando de forma alternativa sobre cada una de las piernas.

Bibalos

Bibali (pueblo de la Tarraconense citado por Ptolomeo).

Bíbalos

o Bíbulos. Pueblo o tribu indígena de Hispania que habitó a orillas del actual río Bibey, en el noroeste de España, en tierras de Viana do Bolo, Ourense. Es citado por Plinio. Su nombre figura en una inscripción del puente de Chaves que los bíbalos ayudaron a construir, según consta en la propia inscripción. Ver, Forum Bibalorum.

Bibali

o Bibalos. Pueblo de la Tarraconense citado por Ptolomeo. Su capital era Forum Bibalorum. Los bibali gallegos pertenecían al convento jurídico de Braga y vivían en el valle regado por el río Bibey, que les dio el nombre.

Bibáculo

Marco Furio (Marcus Furius Bibaculus) (siglo l a.C.). Poeta nacido ca.83 a.C. en Cremona y que, según afirma Suetonio, fue discípulo de Catón, Valerio. Tácito y Quintiliano afirman que al igual que Catulo, Bibáculo satirizó a los Césares, pero fue ignorado por ellos. En el caso de que se tratara de uno de los "poetas nuevos' asociados con Catulo, probablemente no sería el Furio atacado por aquel varias veces en sus epigramas endecasílabos. Si por el contrario, según se afirma en un escolio a Horacio (Sátiras II, 5, 40), Bibáculo fue el autor del poema histórico La guerra de las Galias, es improbable que fuera amigo de Catulo. Ver, Neotérico.

Biatia

Los orígenes de esta ciudad del sur de la península Ibérica se remontan a la Edad del Bronce. En el II milenio a.C. se fundó un núcleo de población en el cerro del Alcázar, en un extremo del casco urbano de la ciudad actual. Hasta la etapa ibérica se desconoce lo que ocurrió en el cerro, pero en el siglo IV a.C. se confirma la presencia de un oppidum de la tribu ibera de los oretanos, que estaba adscrito a la órbita de Cástulo. En época romana, Biatia o Beatia o Viatia o Vivatia, que con estos nombres aparece mencionada en las fuentes, era una ciudad obligada a pagar tributos, pero que tenía potestad para dictar sus propias leyes y acuñar moneda, estando adscrita a la Hispania Citerior. En el siglo I se incluyó en el Conventus Cartaginensis (Provincia Tarraconense) cuya administración y economía estaban regidas por Cartago Nova y la vecina capital de Cástulo, pasando a ser considerada municipio flavio. En esta época ya era un importante centro administrativo y de intercambio comercial. Es una época en la que Biatia juega un papel fundamental en las vías de comunicación que dan paso a la plata que iba de las minas de Sierra Morena hacia la costa oriental de la península. Al final del imperio romano Biatia recoge el testigo de capitalidad la provincia que ostentaba Cástulo, al trasladarse aquí la ceca y ser sede episcopal visigoda. También se verá afectado el territorio con las oleadas de invasiones bárbaras, en el siglo V, aunque una oligarquía hispano-romana mantendrá su pujanza en la comarca hasta que en el siglo VI la presencia y autoridad visigoda se muestre con más fuerza. La aristocracia goda se funde con la hispanorromana y se hacen con todos los resortes del poder; el campesinado está compuesto su mayoría por hispanorromanos, la clase social más numerosa, con propietarios libres de tierra, colonos y esclavos. Hay numerosos yacimientos arqueológicos en la zona. Hoy, Baeza, provincia de Jaén, comunidad autónoma de Andalucía, España. Ver, Basti.

Bías

(siglo VI a.C.). Político de Priene, en Jonia, hijo de Teutamo. Se distinguió como magistrado, como hombre político y como simple ciudadano. La antigüedad le atribuye una multitud de máximas y dichos célebres, como "la mayor riqueza, es no desear nada". Fue considerado como uno de los Siete Sabios de Grecia a causa de su acertada advertencia a sus conciudadanos para que abandonaran la ciudad, en época de la conquista persa, y se asentaran en Sardinia, que no lograron conquistar.

Bias

Biante.

Biarceo

"el que procura lo necesario para la vida". Sobrenombre de Pan.

Biarca

Oficial que en la milicia romana cuidaba especialmente de los víveres y de las pagas, bajo la dependencia del prefecto de los reales.

Biantes

Príncipe griego a quien Homero llama "el bueno".

Biante

Biante es hijo de Amitaón y de Idómene I, hija de Feres. Su hermano es Melampo el adivino, que va ligado a sus aventuras. Habiendo pretendido casarse con la hija de Neleo llamada Pero, Biante hubo de someterse a una condición impuesta por el padre de la joven y que consistía en robar los rebaños de Fílaco. Estos bueyes se hallaban bien guardados por un perro feroz, pero Melampo se avino a apoderarse de ellos por cuenta de su hermano (Ver, Melampo), y, cuando hubo logrado de Neleo la mano de Pero, la cedió a Biante. Posteriormente, cuando Melampo hubo curado a las hijas del rey Preto de su locura, recibió una tercera parte del reino para Biante, el cual se instaló en ella (Ver, Preto, Melampo y Anaxágoras). Con Pero, Biante engendró a Tálao, padre de Adrasto, Perialces, Laódoco, Areo, Alfesibea. Más tarde, establecido en Argos, en el reino de Preto, casó con una hija de éste, Lisipe. Sin duda engendró con ella a su hija Anaxibia, que casó más tarde con Pelias, según ciertas tradiciones.

Biante

Hijo de Lélege. Fue muerto por Pilas.

Biante

Uno de los hijos naturales de Príamo.

Bianor

Centauro muerto por Teseo.

Bianor

Capitán troyano muerto por Agamenón.

Bianor

Héroe de Mantua, era hijo del Tíber y de la ninfa Manto (Ver, Aucno). Fundó la ciudad de Mantua, a la que dio este nombre en recuerdo de su madre. A veces es identificado con Aucno. Su sepulcro se veía aun en tiempo de Virgilio, a lo largo del gran camino de Roma a Mantua.

Biano

Biannos (ciudad de la isla de Creta).

Biannos

o Biennus o Biano. Ciudad de la isla de Creta, situada en la pendiente oeste de la actual Ano Vianno. En el siglo III a.C. Biannos acuñó su propia moneda. Éstas, representan una cabeza femenina y una flor. Firmó alianza con Eumenes II de Pérgamo en la primera mitad del siglo II a.C.. Parece que más tarde cayó bajo el dominio de la poderosa Ierapytna. Se han encontrado varias tumbas de épocas diversas y edificios, así como objetos diversos, utensilios de cocina, cerámica, etc.. Hoy, Ano Vianno, provincia de Vianno, prefectura de Herakleion. )o( MITOLOGÍA.- Según Esteban de Bizancio tomó su nombre de su fundador Biennos, uno de los Curetes, o de la palabra BIA que significa violencia, lucha, por la que allí tuvo lugar entre Oto y Efialtes, los hijos de Posidón.

Biana

Biana es una doncella que dio su nombre a la ciudad de Vienne, del Delfinado. Era cretense, y había ido a parar lejos de su patria a consecuencia de un hambre que había forzado a muchos cretenses a emigrar. Durante una danza, la joven fue tragada por un abismo que se abrió en la tierra, y se dio su nombre a la ciudad que edificaron los inmigrantes.

Bialbán

Lenguas y caracteres particulares de una clase de criaturas que se hallaban en el mundo antes de Adán, según la tradición de los orientales.

Biahmu

Aldea a unos 7 Km de Medinet el-Fayum (Egipto). Las ruinas de los Kursit Faraun (los "Tronos del Faraón", dos amasijos de bloques superpuestos que se elevan en medio de una zona de cultivos fértil y exuberante), sostenían hace unos 4000 años, dos estatuas colosales del faraón Amenemhet III. Las estatuas, que Heródoto y otros historiadores describen, ya habían desaparecido a finales del siglo XVIII

Biadice

Mujer de Creteo, apasionada por Frixo, hijo de Atamante. Hallándole insensible, le acusó ante su marido de haber querido violentarla. Creteo pretendió que Atamante castigase a su hijo, pero este último se escapó. Ver, Frixo.

Bia

En el antiguo Egipto, hierro meteórico.

Página 1084 - 1322 Palabras 54151 al 54200 de 66095

 

Volver