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Palabra   |   Descripción

Magana

Apollonópolis (nombre griego de una antigua ciudad de Egipto).

Magantio

Uno de los desgraciados troyanos que escaparon de las llamas de Troya, que una tradición fabulosa hace fundador de Magencia, y apoyan esta opinión en que las antiguas crónicas llaman a esta ciudad Magonitia.

Magarsa

Píramo (ciudad de la costa mediterránea en el extremo este de Cilicia, entre los actuales ríos de Seyhan (Sarus) y Ceyhan (Píramo). El área ha estado ….).

Magarsis

Sobrenombre de Atenea adorada en Magarsos, ciudad de Cilicia. Hoy, en Turquía.

Magarsos

Píramo (ciudad de la costa mediterránea en el extremo este de Cilicia, entre los actuales ríos de Seyhan (Sarus) y Ceyhan (Píramo). El área ha estado ….).

Magarsus

Píramo (ciudad de la costa mediterránea en el extremo este de Cilicia, entre los actuales ríos de Seyhan (Sarus) y Ceyhan (Píramo). El área ha estado ….).

Magas

(ss. IV-III a.C.). Rey de Cirene, hijo de Filipo y de Berenice I, quien en segundas nupcias casó con Ptolomeo I de Egipto. Su padrastro lo nombró gobernador de Cirene (ca.308). Al servicio de éste conquistó Cirene (298), que se había sublevado, y permaneció allí como gobernador. A la muerte de Ptolomeo I (283), no se entendió con su sucesor y hermanastro Ptolomeo II Filadelfo, y se hizo independiente tomando el título real. En la primera guerra siria, que estalló en 279, se alió con Antíoco I Sóter casándose con su hija Apama, en contra de Ptolomeo. Se proclamó rey e independiente de Egipto. Aliado con las comunidades cretenses y con Antíoco de Siria, Magas declaró la guerra a Ptolomeo e invadió Egipto (275), avanzando hasta situarse próximo a Alejandría, pero tuvo que retirarse para hacer frente a una revuelta de los libios. Ptolomeo logró controlar Fenicia y las tierras del interior hasta las puertas de Damasco. La paz se firmó en 272, conservando Magas su independencia en Cirene. Hizo las paces con Ptolomeo II ofreciendo a su hija Berenice en matrimonio al hijo y heredero del rey, Ptolomeo III. Murió ca.253.

Magas

(siglo III a.C.). Uno de los cuatro hijos de Ptolomeo III Evérgetes y de Berenice, hija de Magas de Cirene. Fue asesinado en fecha incierta a instigación de Sosibio.

Magdala

Población de Palestina, a orillas del lago Tiberíades. La ubicación geográfica de Magdala, en la orilla noreste del Mar de Galilea, permitió, desde épocas muy tempranas, el establecimiento de diversos grupos que aprovecharon muy bien los recursos naturales, al punto de convertirse en un puerto pesquero de gran importancia económica. La actividad dominante, durante el siglo I, era el salado de los peces para transportarlos a Roma. El nombre arameo de Magdala hace referencia a la ciudad de origen de María Magdalena, generalmente identificada con Migdal Nunnaya del Talmud que está aproximadamente a una milla al norte de Tiberíades. Magdala en hebreo Midal El significa "torre" y ha sido identificada con la ciudad de nombre griego, Tariquea "pesca segura", probablemente por su importante industria de salazón del pescado, según Flavio Josefo. La dificultad para identificar Magdala con Tariquea es que Flavio Josefo parece pensar que Tariquea estaba a 30 estadios de Tiberíades, y Plinio sitúa Tariquea al sur de Tiberíades. Pero como Plinio conoce menos detalles acerca de Palestina que Josefo, la identificación de Magdala con Tariquea parece relativamente segura. Algunos estudiosos creen que Migdal Seb'aiya "torre de las tintorerías", del Talmud de Jerusalén, es el mismo lugar. Cuando en el año 54 Nerón asciende al trono de Roma, Magdala-Tariquea y Tiberíades pasaron a ser dominio de Herodes Agripa II, hijo de Herodes Agripa I. Como en casi todas las poblaciones de la alta Galilea, Magdala se había convertido en un centro de resistencia y oposición a los romanos. Los cabecillas de las revueltas judías tenían en Magdala un lugar seguro durante la presencia romana en la zona. Las crónicas cuentan que en la época romana la población de Magdala había sido fortificada con grandes muros de defensa y protegida por el mismo lago. Cuentan, además, que su importante flota pesquera contaba, a la vez, con un destacado núcleo de guerra. Sin embargo, y a pesar de todas sus fortificaciones, Magdala había sido sitiada y conquistada por el general Vespasiano en el año 66. Flavio Josefo calculaba que la población de Magdala, durante la presencia romana, había llegado a alcanzar los cuarenta mil habitantes. Afirma el historiador que, en algunos puntos parecían apreciarse los restos de una vieja calzada romana que, con toda seguridad, formaría parte del entramado urbanístico de los cardos de la ciudad: la Via Maris que pasaba por allí y por la que habían circulado todo tipo de comerciantes, viajeros y peregrinos a lo largo de toda la historia de la Biblia, y que en aquel lugar, tenía que coincidir, obligatoriamente, con el recorrido del cardo máximo. El núcleo de la ciudad helenística se sitúa al sur y, las fuentes de la primera mitad siglo I a.C. (por ejemplo Cicerón), indican que era una región muy próspera, aunque pequeña. Saqueada por Casio Longino en el 53 a.C., la ciudad no desapareció, siendo reconstruida rápidamente y en una escala mucho más grande que antes, extendiéndose hacia el norte. La Magdala del siglo I, estaba en su apogeo y esto se demuestra también por las recientes excavaciones. Flavio Josefo informa de un hipódromo en el lugar, pero su paradero exacto aún se desconoce. La zona situada al sur ha sacado a la luz importantes restos que datan de la primera mitad del siglo IV, con sus calles empedradas, una plaza con pórtico, dos casas con un gran patio decorado con mosaicos y un pequeño edificio que inicialmente fue identificado como sinagoga. Sin embargo, investigaciones más recientes sugieren que en realidad era una casa de baños o letrinas, y no una sinagoga. En 2.011 se dio a conocer el importante y sorprendente descubrimiento de los restos de una sinagoga del tiempo de Jesús y de los apóstoles, del siglo I o período del Segundo Templo de Jerusalén, posibtemente destruida en los años de la revuelta de los judíos contra los romanos, entre los años 66 y 70. Lo más interesante del descubrimiento es una piedra esculpida que se encontró en el centro del edificio de forma cuadrangular. La piedra-altar tiene esculpidos, en alto y bajo relieve, varios signos, pero sobre todo tiene una Menoráh: candelabro de siete brazos. Al parecer se trata de la Menoráh mas antigua que se ha encontrado en una sinagoga. De hecho, hay únicamente otras seis sinagogas descubiertas hasta la fecha de ese período, la de Magdala es la séptima. El descubrimiento arqueológico es de gran interés para el mundo judío. Magdala dista apenas unos siete kilómetros de la antigua Cafarnaúm, lugar donde Jesús se estableció durante el tiempo de su ministerio público. También debió ser un lugar frecuentado por María Magdalena, oriunda del lugar, así como por numerosos testigos oculares de la vida, predicación y milagros de Jesús. Se puede decir que en lugares galileos como Magdala nació el cristianismo como comunidad de creyentes en Cristo, pues hasta el año de la destrucción del Templo de Jerusalén, los cristianos en muchos casos compartían con los judíos sus sinagogas. Sólo despues de esta fecha, en torno al año 70, hubo una separación más clara entre judíos y cristianos, creando los cristianos sus propios lugares de reunión y de culto.

Magdalena

María (santa). Pecadora convertida por Jesucristo. Fiesta el 22 de Julio. Ver, María.

MAGDALENSBERG

Población romana del Noricum. La localidad tomó su nombre "montaña de Madeline", de la montaña de su territorio, que es famosa por su gran asentamiento celta en su cima, y que probablemente fue la capital real del reino celta de Noricum. La colonia romana se desarrolló en una terraza orientada hacia el sur, por debajo del oppidum. Las primeras construcciones fueron de madera y se pueden datar ca.100 a.C.. Hacia el año 30 a.C., las casas de los comerciantes fueron construidas en piedra y estaban decoradas con escenas mitológicas pintadas por artistas inmigrantes romanos. Los intercambios comerciales con Roma fueron intensos, especialmente de hierro, oro y agrícolas. Las excavaciones que se han realizado, hasta ahora no han aportado vestigios de la ciudad celta, cuyo nombre se desconoce. Está próxima a Virunum, la nueva capital de la provincia romana de Noricum, al pie de la montaña. Los arqueólogos encargados de las excavaciones creen que la ciudad romana de Virunum probablemente tomó su nombre de su predecesora en la colina celta. Hoy, Magdalensberg, distrito de Klagenfurt-Land, en Carintia, Austria. Ver, Virunum.

Magdinium

Magidunum (asentamiento romano de Germania).

Magdunum

Asentamiento de la Galia céltica situado en la orilla norte del río Loira, en la confluencia con el río Mauves. En la zona, hay evidencias de asentamientos mesolíticos en "Mousseau" y "La Haute-Murée". El asentamiento fortificado galo-romano, en 409 fue incendiado por invasores alanos. Hoy, Meung-sur-Loire, departamento de Loiret, región Centro-Val de Loire, Francia.

Magec

Nombre que los guanches daban al sol.

Mageddo

Meggido (la "Harmagedón" bíblica. Ciudad de Israel, al sur de Nazaret, a unas 50 millas de Jerusalén, entre la costa mediterránea y el río Jordán, en una latitud ….).

Mageddón

Meggido (la "Harmagedón" bíblica. Ciudad de Israel, al sur de Nazaret, a unas 50 millas de Jerusalén, entre la costa mediterránea y el río Jordán, en una latitud ….).

Magella

Macella (ciudad de Sicilia).

Mages

Magos (en la antigua Persia y según cuenta Heródoto, no eran propiamente una casta o una clase social, sino una tribu de la que se reclutaban maestros de religión, sacerdotes y adivinos. Entre ….).

Magetobria

o Amagetobria o Admagetobria o Admagetobriga o Magetobriga. Ciudad de la Galia céltica habitada por los séquanos. César no da el menor indicio sobre su posición. Famosa por la victoria de Ariovisto sobre los eduos en 63 a.C.. Hoy, estaría en Amage o Moigte-de Broie, a 10 km de Luxeuil-les-Bains, departamento de Haute-Saône, región de Franche-Comté, Francia. )o()o( Batalla de Magetobria )o( Se libró en el 63 a.C. entre tribus rivales de la Galia. La tribu de los eduos fue derrotada y masacrada por las fuerzas combinadas de sus rivales, las tribus de séquanos y arvernos. Éstos habían solicitado la ayuda de la tribu alemana de los suevos, bajo su rey Ariovisto. Después de su derrota, los eduos enviaron emisarios al Senado romano, su aliado tradicional, en busca de ayuda. El general romano Julio César utilizaría posteriormente su solicitud de ayuda como base para iniciar su conquista de la Galia. Según Estrabón, la causa del conflicto entre eduos y séquanos fue comercial. El río Arar (hoy, Saône) formó parte de la frontera entre los rivales. Cada tribu reclamó el Arar y los peajes en el comercio a lo largo de él. Los séquanos controlaban el acceso al río Rhin y habían construido una ciudad fortificada (oppidum) en Vesontio (hoy, Besançon) para proteger sus intereses. En 63 a.C., los séquanos y arvernos obtuvieron la ayuda de Ariovisto, un rey de la tribu suevo-germánica, para resolver la disputa. Ariovisto cruzó el Rhin con una confederación de tribus germánicas. La batalla final entre los eduos y sus enemigos, tuvo lugar cerca de la ciudad secuana de Magetobria. Tras la misma, los eduos se convirtieron en tributarios de los séquanos. A cambio, a Ariovisto se le prometieron concesiones de tierras en la Galia. En 63 a.C., después de la derrota el druida eduo Diviciacus viajó a Roma y habló ante el Senado romano para pedir ayuda militar. Mientras estaba en Roma, Diviciacus era un invitado de Cicerón, que habló de su conocimiento de la adivinación, la astronomía y la filosofía natural, y lo nombró como un druida. Cicerón escribió en 60 a.C. una derrota sostenida por los eduos tal vez en referencia a Magetobria. Tras la victoria, y para consternación de sus "aliados", Ariovisto se quedó en Galia. Según Julio César, se apoderó de un tercio del territorio de séquanos y procedió a establecer a 120.000 germanos allí como el núcleo de un nuevo reino germánico. Para evitar molestar a sus aliados, al menos por el momento, Ariovisto debió haber cruzado la baja divisoria entre el Rhin y el Doubs en las cercanías de Belfort y acercarse a los eduos a lo largo del valle del río Ognon. Ese movimiento dejó a los séquanos entre él y las montañas de Jura, en una situación no tolerable, como si no fueran aliados. Ariovisto tomó la decisión de evacuar de séquanos el valle estratégico del Doubs y repoblarlo con colonos germánicos. Exigió un tercio adicional de tierra celta para sus aliados los harudes. César deja claro que las tribus germánicas estaban en realidad en la tierra de los séquanos y los estaban aterrorizando. Se dice que controlaban todos los oppida, pero esta afirmación no es del todo cierta, ya que Vesontio no estaba bajo control germánico. Presumiblemente, el país situado al norte si estaba bajo control germánico. Después de la victoria de Cesar sobre los helvecios, la mayoría de las tribus galas felicitó a César y buscó reunirse con él en una asamblea general. El druida Diviciacus, actuando como vocero de la delegación gala, apeló a César para que interviniera contra Ariovisto. La demanda de Ariovisto de que los séquanos le dieran más tierras para acomodar a los harudes, "preocupaba" a Roma porque posibilitaba a Ariovisto a tomar toda la tierra de los séquanos y avanzar contra el resto de Galia. La petición gala le dio a César el pretexto perfecto para expandir su intervención como "el salvador y no el conquistador de la Galia". César derrotó a Ariovisto en la batalla de los Vosgos. En la misma, que tuvo lugar cerca de Vesontio (hoy, Besançon), los harudes formaron una de las siete divisiones tribales del ejército de Ariovisto. Después de sufrir una aplastante derrota a manos de los romanos, los germanos huyeron hacia el Rhin. César subyugaría a toda la Galia.

Magetobriga

Magetobria (ciudad de la Galia céltica habitada por los séquanos).

Maggavenses

Grupo étnico de los cántabros occidentales cismontanos. Su núcleo capital debió ser el monte Cildá (Olleros del Pisuerga). Ver, Cántabros.

Maggia

Río de Helvetia.

MAGHNIA

Los arqueólogos han encontrado evidencias de presencia de personas prehistóricas en el área, que fueron desplazadas por los fenicios. Los restos de puestos militares romanos antiguos que fueron quemados, fueron descubiertos por el ejército francés en 1.836, cuando entraron en el área. Estos puestos fueron ocupados, de acuerdo con las inscripciones, por un numerus syrorum, una unidad de arqueros sirios. Como tal, fue el puesto más occidental de Mauretania Caesariensis. Debido a su conveniente ubicación geográfica, dentro de la cuenca de Wadi Tafna a medio camino entre Fez y Tlemcen. Maghnia más tarde sirvió como mercado para los nómadas regionales. Hoy, Maghnia, provincia de Tlemcen, al noroeste de Argelia.

Magi

Magos (en la antigua Persia y según cuenta Heródoto, no eran propiamente una casta o una clase social, sino una tribu de la que se reclutaban maestros de religión, sacerdotes y adivinos. Entre ….).

Magia

Población romana de Retia, mencionada en el siglo IV con el nombre de Magia en la Tabula Peutingeriana. Era una parada en el valle del Rhin, en el camino que conducía de las actuales Zürich a Bregenz. Hoy, Maienfeld, cantón de los Grisones, Suiza.

Magia

Si se analizan los principios del pensamiento sobre los que se funda la magia, encontraremos que se resuelven en dos: )o( Primero, que lo semejante produce lo semejante, o que los efectos semejan a sus causas. )o( Segundo, que las cosas que una vez estuvieron en contacto se actúan recíprocamente a distancia, aun después de haber sido cortado todo contacto físico. )o( El primer principio puede llamarse ley de semejanza y el segundo ley de contacto o contagio. Del primero de estos principios, el denominado ley de semejanza, el mago deduce que puede producir el efecto que desee sin más que imitarlo. Del segundo principio deduce que todo lo que haga con un objeto material afectará de igual modo a la persona con quien este objeto estuvo en contacto, haya o no formando parte de su propio cuerpo. Los encantamientos fundados en la ley de semejanza pueden denominarse de magia imitativa u homeopática, y los basados sobre la ley de contacto o contagio podrán llamarse de magia contaminante o contagiosa. Denominar a la primera de estas dos ramas de la magia con el término de homeopática es quizá preferible a los términos alternativos de imitativa o mimética, puesto que éstos sugieren un agente consciente que imita, quedando por ello demasiado restringido el campo de esta clase de magia. Cuando el mago se dedica a la práctica de estas leyes, implícitamente cree que ellas regulan las operaciones de la naturaleza inanimada; en otras palabras, tácitamente da por seguro que las leyes de semejanza y contagio son de universal aplicación y no tan sólo limitadas a las acciones humanas. Resumiendo: la magia es un sistema espurio de leyes naturales así como una guía errónea de conducta; es una ciencia falsa y un arte abortado. Considerada como un sistema de leyes naturales, es decir, como expresión de reglas que determinan la consecución de acaecimientos en todo el mundo, podemos considerarla como magia teórica; considerada como una serie de reglas que los humanos cumplirán con objeto de conseguir sus fines, puede llamarse magia práctica. Mas hemos de recordar al mismo tiempo que el mago primitivo conoce solamente la magia en su aspecto práctico; nunca analiza los procesos mentales en los que su práctica está basada y nunca los refleja sobre los principios abstractos entrañados en sus acciones. Para él, como para la mayoría de los hombres, la lógica es implícita, no explícita; razona exactamente como digiere sus alimentos, esto es, ignorando por completo los procesos fisiológicos y mentales esenciales para una u otra operación: en una palabra, para él la magia es siempre un arte, nunca una ciencia. El verdadero concepto de ciencia está ausente de su mente rudimentaria. Queda para el investigador filosófico descubrir el camino seguido por el pensamiento que fundamenta la práctica del mago; desenredar los hilos que en reducido número forman la embrollada madeja; aislar los principios abstractos de sus aplicaciones concretas: en suma, discernir la ciencia espuria tras el arte bastardo. Si es acertado el análisis de la lógica de los magos, sus dos grandes principios no serán otra cosa que dos distintas y equivocadas aplicaciones de la asociación de ideas. La magia homeopática está fundada en la asociación de ideas por semejanza; la magia contaminante o contagiosa está fundada en la asociación de ideas por contigüidad. La magia homeopática cae en el error de suponer que las cosas que se parecen son la misma cosa; la magia contagiosa comete la equivocación de presumir que las cosas que estuvieron una vez en contacto siguen estándolo. Mas en la práctica se combinan frecuentemente las dos ramas, o, para ser más precisos, mientras que la magia homeopática o imitativa puede ser practicada sola, encontraremos generalmente que la magia contaminante o contagiosa va mezclada en su práctica con la homeopática o imitativa. Confrontadas así estas dos clases de magia, puede haber alguna dificultad en comprenderlas, mas serán rápidamente inteligibles cuando se aclaran con algunos ejemplos apropiados. Ambas líneas de pensamiento son de hecho en extremo sencillas, elementales, y con dificultad podrían ser de otra manera siendo tan familiares en lo concreto, aunque no ciertamente en lo abstracto, no tan sólo para la inteligencia ruda del salvaje, sino también para la de la gente ignorante y estúpida de todas partes. Ambas ramas de la magia, la homeopática y la contaminante, pueden ser comprendidas cómodamente bajo el nombre general de magia simpatética, puesto que ambas establecen que las cosas se actúan recíprocamente a distancia mediante una atracción secreta, una simpatía oculta, cuyo impulso es transmitido de la una a la otra por intermedio de lo que podemos concebir como una clase de éter invisible no desemejante al postulado por la ciencia moderna con objeto parecido, precisamente para explicar cómo las cosas pueden afectarse entre sí a través de un espacio que parece estar vacío. Es conveniente poner en forma de cuadro las ramas de la magia, según las leyes del pensamiento que las animan, en esta forma: )o()o()o()o()o( MAGIA SIMPATÉTICA (Ley de simpatía) )o( MAGIA HOMEOPÁTICA (Ley de semejanza) )o( MAGIA CONTAMINANTE (Ley de contacto) Se ilustran con ejemplos estas dos ramas de la magia simpatética, empezando por la homeopática. )o()o()o( Magia homeopática o imitativa )o( Quizá la aplicación más familiar del postulado "lo semejante produce lo semejante» es el intento hecho por muchas gentes en todas las épocas para dañar o destruir a un enemigo, dañando o destruyendo una imagen suya, por creer que lo que padezca esta imagen será sufrido por el enemigo y que cuando se destruya su imagen él perecerá. Hace miles de años fue conocida por los hechiceros de la India antigua, Babilonia y Egipto, así como también por los de Grecia y Roma; aún hoy día recurren a ella los salvajes arteros y perversos de Australia, África y Escocia. Si la magia homeopática o imitativa, utilizando figuritas, se ha practicado a menudo con el rencoroso propósito de arrojar fuera de este mundo a las gentes aborrecidas, también, aunque más raramente, se ha empleado con la buena intención de ayudar a entrar en él a otras. Es decir, se ha usado para facilitar el nacimiento y conseguir la gravidez de las mujeres estériles. Otro uso benéfico de la magia homeopática es la cura o prevención de enfermedades. Uno de los grandes méritos de la magia homeopática está en permitir que la curación sea ejecutada en la persona del doctor en vez de en la de su cliente, quien se alivia de todo peligro y molestia mientras ve al médico retorcerse de dolor. Por otra parte, la magia homeopática y en general la simpatética juegan una gran parte en las precauciones que el cazador o pescador toma para asegurar una abundante provisión de alimento. Según la máxima de que "lo semejante produce lo semejante", él y sus compañeros hacen muchas cosas imitando deliberadamente aquello que quieren conseguir y, por el contrario, evitan otras con cuidado por su parecido más o menos imaginario a las que serían desastrosas si se realizasen. Se ha observado que el sistema de magia simpatética no se compone solamente de preceptos positivos; comprende también un gran número de preceptos negativos o prohibiciones. Dice no solamente lo que hay que hacer, sino lo que no se debe hacer. Los preceptos positivos son los encantamientos; los preceptos negativos son los tabús. En realidad, la doctrina completa del tabú o, por lo menos, una gran parte de ella, parece ser solamente una aplicación especial de la magia simpatética y sus dos grandes leyes de la semejanza y del contacto. Aunque estas leyes ciertamente no sean formuladas en tales palabras ni aun siquiera concebidas en abstracto por el salvaje, no obstante, son implicitamente creídas por él como reguladoras del curso de la náturaleza e independientes de la voluntad humana. Piensa que si él obra en cierto sentido, se seguirán ciertas consecuencias inevitables en virtud de una u otra de esas leyes, y si le parece que estas consecuencias pudieran ser desagradables o peligrosas, naturalmente que tendrá el cuidado de evitarlas, dejando de actuar en ese sentido. En otras palabras, se abstendrá de hacer lo que, de acuerdo con sus nociones equivocadas de causa y efecto, él cree falsamente que podría dañarle. En una palabra, se sujeta a un tabú. Así, el tabú es hasta aquí una aplicación negativa de magia práctica. La magia positiva o hechicería dice: "Haz esto para que acontezca esto otro". La magia negativa o tabú dice: "No hagas esto para que no suceda esto otro". El propósito de la magia positiva o hechicería es el de producir un acontecimiento que se desea; el propósito de la magia negativa o tabú es el de evitar el suceso que se teme. Mas ambas consecuencias, la deseable y la indeseable, se suponen producidas de acuerdo con las leyes de semejanza y de contacto. Y así como la consecuencia deseada no es en realidad producida por la observancia de una ceremonia mágica, tampoco lo es la temida por la violación de un tabú. Si el supuesto daño se realizara siempre siguiendo a la violación del tabú, éste no sería sino un precepto de moral o de sentido común. No es tabú decir: "No pongas la mano en el fuego"; es un dictado del sentido común, pues el acto prohibido entraña un daño real, no imaginario. Resumiremos que los preceptos negátivos que llamamos tabús son exactamente tan vanos y fútiles como los preceptos positivos que denominamos hechicería. Las dos cosas son tan sólo los lados o polos opuestos de un grande y calamitoso error, una concepción equivocada de la asociación de ideas. En esta gran falacia, el polo positivo es la hechicería y el negativo el tabú. Dando el nombre general de magia teórica y práctica a la totalidad del sistema erróneo, podemos definir el tabú como el aspecto negativo de la magia práctica. Pongámoslo gráficamente en el siguiente cuadro: )o()o()o()o()o( MAGIA )o()o()o( TEÓRICA (La magia como pseudo ciencia) )o()o()o( PRÁCTICA (La magia como pseudo arte) )o( MAGIA POSITIVA o Hechicería )o( MAGIA NEGATIVA o Tabú )o( Entre los tabús guardados por los salvajes, ningunos son más numerosos o importantes que las prohibiciones de comer ciertos alimentos, y se puede demostrar que muchas de estas prohibiciones derivan de la ley de semejanza y son, por consiguiente, ejemplos de magia negativa. Lo mismo que el salvaje come muchos animales o plantas para adquirir ciertas cualidades deseables de las que se supone están dotados, evita comer otros por miedo de adquirir ciertas otras cualidades indeseables de las que cree se hallan infectados. Comiendo los primeros, practica magia positiva; absteniéndose de los últimos, practica magia negativa. Entre los muchos usos beneficiosos que una ingenuidad equivocada ha aplicado a la ley de la magia homeopática o imitativa, está la de hacer que los árboles y las plantas den sus frutos a su debido tiempo. Así, en la teoría de la magia homeopática una persona puede actuar sobre la vegetación, ya para bien o para mal, según la calidad buena o mala de sus actos o según su condición: por ejemplo, una mujer fértil hará que las plantas fructifiquen y una mujer estéril las hará estériles. Esta creencia en la naturaleza nociva e infecciosa de ciertas cualidades personales o accidentales ha dado origen a un número de abstenciones o leyes prohibitivas: las personas dejarán de hacer ciertas cosas para no infectar homeopáticamente los frutos de la tierra con su propio estado o condición indeseable. Todas estas costumbres alusivas o reglas de abstención son ejemplos de magia negativa o tabú. Una persona influye sobre la vegetación homeopáticamente: infecta árboles o plantas con cualidades permanentes o circunstanciales, buenas o malas, semejantes o derivadas de sí mismo. Mas, en consideración al precepto de la magia homeopática, la influencia es mutua: la planta puede infectar al hombre tanto como el hombre infecta a la planta. En magia, como en física, la acción y la reacción son iguales y opuestas. Hay una rama plolífica de la magia homeopática que obra por medio de los muertos: del mismo modo que un muerto no puede ver, oír ni hablar, así es posible, conforme a los principios homeopáticos, dejar a la gente ciega, sorda y muda mediante el uso de huesos de difuntos o de cualquier otra cosa que esté contagiada por la corrupción de la muerte. Suele pensarse, además, que los animales poseen cualidades o propiedades que pueden ser útiles al hombre, y la magia homeopática o imitativa trata por diversos medios de comunicar estas propiedades a los seres humanos. Conforme a este mismo principio de la magia homeopática, las cosas inanimadas, del mismo modo que las plantas y los animales, pueden difundir beneficios o daños a su alrededor de acuerdo con su propia naturaleza intrínseca y la maestría del brujo para hacer fluir o represar, según el caso, las bienandanzas o calamidades. En ocasiones, la magia homeopática o imitativa sirve para anular un mal agüero, realizándolo en farsa. El efecto es eludir el destino sustituyendo la calamidad verdadera por otra fingida. )o()o()o( Magia contaminante )o( Hasta ahora hemos tratado principalmente de la rama de la magia simpatética que puede denominarse homeopática o imitativa. Su principio director, como hemos visto, es que "lo semejante produce lo semejante" o, en otras palabras, que el efecto se asemeja a su causa. La otra gran rama de la magia simpatética, que hemos llamado magia contaminante o contagiosa, procede de la noción de que las cosas que alguna vez estuvieron juntas quedan después, aun cuando se las separe, en tal relación símpatética que todo lo que se haga a una de ellas producirá parecidos efectos en la otra. Así, vemos que la base lógica de la magia contaminante, parecida a la de la homeopática, es una errónea asociación de ideas. Su base física, si podemos hablar así, semejante a la base física de la magia homeopática, es un intermedio material de cierta clase que, a semejanza del éter de la física moderna, se supone que une los objetos distantes y conduce las impresiones del uno al otro. El ejemplo más familiar de magia contaminante es la simpatía mágica que se cree existe entre una persona y las partes separadas de ella. tales como el pelo, los recortes de uñas, etc.; así que siempre que se llegue a conseguir pelo humano o uñas, se podrá actuar a cualquier distancia sobre la persona de quien proceden. Esta superstición es universal. Otras partes que comúnmente se cree permanecen en simpatética conexión con el cuerpo después de haber sido separadas físicamente de él, son el cordón umbilical y las secundinas, incluída la placenta. Una curiosa aplicación de la doctrina de la magia contaminante es la relación que por lo común se cree existe entre un hombre herido y el agente de la herida, así que todo lo que se haga al o para el agente, de modo correspondiente afectará al paciente para su bien o para su mal. La simpatética conexión que se supone existe entre un hombre y el arma que le ha herido, probablemente se funda en la idea de que la sangre en el arma continúa sintiendo con la sangre de su cuerpo. La magia puede ser proyectada además sobre un hombre simpatéticamente, no sólo por intermedio de sus ropas o partes separadas de su propio cuerpo, sino también por medio de las impresiones o huellas dejadas por el mismo en la arena o en la tierra. En particular, es una superstición muy extendida la de que dañando la huella dejada por los pies, se dañará al pie que la hizo. La misma superstición la aprovechan los cazadores en muchas partes del mundo para atrapar la pieza. Aunque las huellas de los pies no son las únicas impresiones hechas por el cuerpo a cuyo través puede obrar la magia sobre una persona, son las más claras. Fue una máxima de los pitagóricos que al levantarse del lecho se debe borrar la impresión que deja el cuerpo en las ropas de la cama. La regla era una precaución antigua contra la magia y formaba parte de un código completo de máximas supersticiones que la antigüedad atribuyó a Pitágoras, aunque indudablemente eran familiares a los bárbaros antepasados de los griegos mucho tiempo antes de la época del filósofo. )o()o()o( El progreso del mago )o( Lo que se podría llamar magia privada, serían los ritos mágicos practicados en beneficio o daño de los hombres. Pero en la sociedad salvaje hay también lo que podemos denominar magia pública, esto es, la hechicería practicada en beneficio de la sociedad en conjunto. Siempre que las ceremonias de esta clase se observen para el bien común, es claro que el hechicero deja de ser meramente un practicón privado y en cierto modo se convierte en funcionario público. El desenvolvimiento de tal clase de funcionarios es de gran importancia para la evolución, tanto política como religiosa, de la sociedad. Cuando el bienestar de la tribu se supone que depende de la ejecución de estos ritos mágicos, el hechicero o mago se eleva a una posición de mucha influencia y reputación, y en realidad puede adquirir el rango y la autoridad propios del jefe o del rey. La profesión congruentemente atrae a sus filas a algunos de los hombres más hábiles y ambiciosos de la tribu, porque les abre tal perspectiva de honores, riqueza y poder como difícilmente pueda ofrecerla cualquier otra ocupación. Los perspicaces se dan cuenta del modo tan fácil de embarcar a los simplones cofrades y manejan la superstición en ventaja propia. No es que el hechicero sea siempre un impostor y un bribón; con frecuencia está sinceramente convencido de que en realidad posee los maravillosos poderes que le adscribe la credulidad de sus compañeros. Pero cuanto más sagaz sea, más fácilmente percibirá las falacias que impone a los tontos. De esta manera, los más habilidosos miembros de la profesión tienden a convertirse en impostores más o menos conscientes, y es lógico que estos hombres, en virtud de su habilidad superior, lleguen a ocupar la cúspide y a conquistar para ellos mismos las posiciones de mayor dignidad y autoridad más imperiosa. Las trampas tendidas al paso del brujo profesional son múltiples y como regla solamente el hombre de cabeza fría y aguda astucia conseguirá guiarse en su camino con seguridad. Por esto, tendremos siempre presente que cada una de las declaraciones y pretensiones que el hechicero anuncia son, como tales, falsas: ninguna de ellas puede sostenerse sin impostura consciente o inconsciente. Por consiguiente, el brujo que cree sinceramente en sus extravagantes pretensiones está en mucho mayor peligro que el deliberado impostor y es mucho más probable que su carrera se frustre. El hechicero honrado confía siempre en que sus conjuros y sortilegios produzcan los efectos esperados y cuando fallan, no sólo realmente, como sucede siempre, sino llamativa y desastrosamente como ocurre con frecuencia, queda anonadado; él no está preparado para explicar satisfactoriamente su fracaso, como lo está su colega impostor, y antes de que logre hacerlo es posible que caiga la culpa sobre su cabeza por obra de sus defraudados y coléricos clientes. El resultado general es que en este grado de evolución social, el poder supremo tiende a caer en las manos de los hombres de inteligencia más perspicaz y de carácter menos escrupuloso. Si pudiéramos sopesar el daño que hacen con su bellaquería y el beneficio que confieren con su superior sagacidad, es posible que encontrásemos que lo bueno sobrepasa con mucho a lo malo, pues más desgracias han sobrevenido al mundo seguramente por obra de los tontos honestos y encumbrados en los altos puestos que por los bribones inteligentes. Una vez que el astuto trapacero ha colmado su ambición y no tiene más perspectivas egoístas que conseguir, puede poner al servicio público su talento, su experiencia y sus recursos, lo que frecuentemente hace. Muchos hombres poco o nada escrupulosos en la adquisición del poder, han sido los más benéficos en su uso, cualquiera que fuese el poder ambicionado, riqueza o autoridad política. En el campo de la política, el intrigante astuto, el victorioso despiadado, pudo terminar siendo gobernante sabio y magnánimo, bendecido en vida, llorado en muerte y admirado y aplaudido por la posteridad. Hombres así, citando dos de los más conspicuos ejemplos, fueron Julio César y Augusto. Pero un tonto es siempre un, tonto y cuanto mayores sean sus facultades, tanto más desastroso será el uso que haga de ellas. La mayor calamidad de la historia inglesa, la ruptura con Norteamérica, podría no haber sucedido si Jorge III no hubiese sido un lerdo honrado. De este modo, y en la medida en que la profesión pública de mago influyó sobre la constitución de la sociedad salvaje, tendió a entregar las riendas de los negocios públicos en manos del hombre más hábil y trasladó el poder de muchos a uno solo, substituyendo por la monarquía una gerontocracia, o mejor aún una oligarquia de ancianos, pues en general la sociedad salvaje no es gobernada por el conjunto de las personas adultas (democracia), sino por el consejo de los mayores. El cambio, cualesquiera que fueran las causas que lo produjesen y la naturaleza de los primitivos gobernantes, resultó en conjunto muy beneficioso. El nacimiento de la monarquía parece haber sido una condición esencial al emerger la humanidad del salvajismo. Ningún ser humano está tan subyugado por las costumbres y tradiciones como el salvaje: consecuentemente, en ningún estado social es su progreso tan lento y dificultoso. La vieja idea de ser el salvaje el más libre de los humanos es contraria a la verdad. Es un esclavo, y no de un amo visible, sino del pasado, de los espíritus de sus antecesores muertos, que rondan sus pasos desde que nace hasta que muere y le gobiernan con cetro de hierro. Lo que ellos hicieron es la fuente del derecho, la ley no escrita, a la que se debe una ciega e indiscutida obediencia. El campo de acción que se ofrece al talento superior para cambiar las antiguas costumbres por otras mejores es muy reducido; el hombre más capaz es arrastrado por los más ignorantes y torpes, que necesariamente dan la norma, puesto que no pueden alzarse y él si puede caer. La superficie de tal sociedad presenta un inerte nivel uniforme, en tanto que es humanamente posible reducir las desigualdades humanas, las inconmensurables diferencias innatas y reales de capacidad y temperamento, a una apariencia falsa de igualdad. De esta condición baja y estancada de la sociedad, que los demagogos y soñadores de tiempos posteriores proclamaron como estado ideal -la edad de oro de la humanidad-, todo lo que ayudara a elevarse a la sociedad, abriendo camino al talento y proporcionando grados de autoridad a la capacidad natural de los hombres, merece ser bien recibido por quienes tienen el bien general como norte de sus acciones. Cuando estas influencias elevadas han comenzado a operar y no pueden ser suprimidas radicalmente, el progreso de la civilización se hace relativamente rápido. Hasta las extravagancias y caprichos de un tirano podían servir para romper la cadena de costumbres que ataba tan pesadamente al salvaje. Y tan pronto como la tribu dejaba de ser regida por los tímidos y divididos consejos de los ancianos y obedecía a la dirección de una sola cabeza fuerte y decidida, se hacia formidable para sus vecinos e ingresaba en el camino del engrandecimiento, que en las tempranas edades de la historia es con frecuencia favorable al progreso social, industrial e intelectual. Extendiendo su poderío, parte por la fuerza de las armas y parte por la sumisión voluntaria de las tribus más débiles, la sociedad adquiría pronto riquezas y esclavos, y ambas cosas relevaban a ciertas clases de la lucha perpetua con la indigencia, que aprovechaban para dedicarse a la prosecución desinteresada de la sabiduría, que es el más noble y más poderoso instrumento del niejoramiento del destino humano. Los progresos intelectuales que se revelan en el crecimiento del arte y la ciencia y el desarrollo de perspectivas más liberales no podían disociarse de los progresos económicos o industriales, los que a su vez recibían un impulso inmenso de las conquistas y el imperio. Si nos remontamos a las fuentes de la historia, vemos que no es accidental que los primeros grandes saltos hacía la civilización fueron dados algunas veces bajo gobiernos despóticos y teocráticos, como los de Egipto, Babilonia y Perú, donde el jefe supremo reclamaba y recibía la servil obediencia de sus súbditos en su doble carácter de rey y dios. No es demasiado decir que en este primitivo período, los gobiernos autocráticos ayudaron a la humanidad y, paradójicamente. a la libertad. Así pues, la profesión pública de la magia, en lo que haya tenido de procedimiento por el que los hombres más capaces han llegado al poder supremo, ha contribuido a emancipar a los humanos de la esclavitud de la tradición, elevándolos a una vida de mayor libertad y dándoles una visión más amplia del mundo. No es éste un pequeño servicio a la humanidad. Y cuando, además, recordamos que en otro sentido la magia ha despejado el camino a la ciencia, fuerza es admitir que si la magia ha hecho mucho daño, también ha sido fuente de mucho bien y que, si es hija de un error, ha sido la madre de la libertad y de la verdad. Sigue en el registro, Magia y Religión.

Magia y Religión

(Viene del registro, Magia). Lo dicho hasta ahora es suficiente para ilustrar los principios generales de la magia simpatética en sus dos ramas, a las que hemos dado los nombres de homeopática y contaminante o contagiosa. En algunos casos de magia se supone la actuación de los espíritus y se intenta atraer su favor con oraciones y sacrificios. Pero estos casos son, en conjunto, excepcionales: muestran la magia teñida y amalgamada con la religión. Siempre que se manifiesta la magia simpatética en su forma pura, sin adulterar, se da por sentado que, en la naturaleza, un hecho sigue a otro necesaria e invariablemente, sin la intervención de ningún agente espiritual o personal. De este modo, su concepto fundamental es idéntico al de la ciencia moderna. El sistema entero se entiende como una creencia implícita, pero real y firme, en el orden y uniformidad de la naturaleza. El mago no duda de que las mismas causas producirán siempre los mismos efectos, ni de que a la ejecución de las ceremonias debidas, acompañadas de los conjuros apropiados, sucederán inevitablemente los resultados deseados, a menos que sus encantamientos sean desbaratados y contrarrestados por los conjuros más potentes de otro hechicero. Él no ruega a ningún alto poder; no demanda el favor del veleidoso y vacilante ser; no se humilla ante ninguna deidad terrible. Ni a su propio poder, grande como lo cree, lo supone arbitrario ni ilimitado. Sólo podrá manejarlo mientras se atenga estrictamente a las reglas de su arte, a lo que pudiéramos llamar leyes de la naturaleza, tal como él las concibe. Descuidar estas reglas o cometer la más pequeña infracción de ellas es incurrir en el fracaso e incluso exponerse el inexperto practicón a los peligros más extremos. Si reclama una soberanía sobre la naturaleza, es una soberanía constitucional, rigurosamente limitada en su alcance y ejercida en conformidad exacta con la experiencia. Así, vemos que es estrecha la analogía entre las concepciones mágicas y científicas del universo. En ambas, la sucesión de acaecimientos se supone que es perfectamente regular y cierta, estando determinadas por leyes inmutables, cuya actuación puede ser prevista y calculada con precisión; los elementos de capricho, azar y accidente son proscritos del curso natural. Ante ambas, se abre una visión, aparentemente ilimitada, de posibilidades para los que conocen las causas de las cosas y pueden manejar los resortes secretos que ponen en movimiento el vasto e inextricable mecanismo del universo. De ahí la fuerte atracción que la magia y la ciencia han ejercido sobre la mente humana; de ahí los poderosos estímulos que ambas han dado a la consecución de la sabiduría. Ellas animan al cansado inquisidor, al fatigado investigador, a través del desierto de las desilusiones presentes, con promesas sin límites en el futuro; ellas le colocan en la cumbre de una altísima montaña y le muestran, más allá de las nubes sombrías y de la cambiante niebla que pisan, la visión de la ciudad celestial, muy lejos tal vez, pero radiante de esplendor ultraterreno, bañada en la luz del ensueño. El defecto fatal de la magia no está en su presunción general de una serie de fenómenos determinados en virtud de leyes, sino en su concepción por completo errónea de la naturaleza de las leyes particulares que rigen esa serie. Si analizamos casos variados de magia simpatétíca que pueden consíderarse como muestras normales del conjunto, encontramos, como acabamos de indicar, que todos ellos son aplicaciones equivocadas de una u otra de dos grandes leyes fundamentales del pensamiento, a saber, la asociación de ideas por semejanza y la asociación de ideas por contigüidad en el tiempo o en el espacio. Una asociación errónea de ideas semejantes produce la magia homeopática o imitativa; una asociación de ideas antiguas, produce la magia contaminante o contagiosa. Los principios de asociación son excelentes por sí mismos, y de hecho esenciales en absoluto al trabajo de la mente humana. Correctamente aplicados, producen la ciencia; incorrectamente aplicados, producen la magia, hermana bastarda de la ciencia. Es, por esto, una perogrullada, casi una tautología, decir que la magia es necesariamente falsa y estéril, pues si llegase alguna vez a ser verdadera y fructífera, ya no sería magia, sino ciencia. Desde las más primitivas épocas, el hombre se ha enfrascado en la búsqueda de leyes generales para aprovecharse del orden fenoménico natural, y en esta interminable búsqueda ha rastrillado junto a un gran cúmulo de máximas, algunas de las cuales son de oro y otras simple escoria. Las verdaderas reglas de oro constituyen el cuerpo de ciencia aplicada que denominamos arte; las falsas son la magia. Si la magia es tan afin a la ciencia, nos queda por inquirir cuál es su situación respecto a la religión. Mas la visión que tenemos de esta relación estará necesariamente teñida por la idea que nos hemos formado de la religión misma; por esto, deberá esperarse razonablemente que el escritor defina su concepto de religión antes de proceder a investigar su relación con la magia. Es probable que no exista en el mundo un asunto acerca del cual difieran tanto las opiniones como éste de la naturaleza de la religión, y componer una definición de ella que satisfaga a todos es ciertamente imposible. Todo lo que un escritor puede hacer es definir con claridad lo que entiende por religión y después emplear consecuentemente la palabra en tal sentido a través de toda su obra. Por religión, pues, entendemos una propiciación o conciliación de los poderes superiores al hombre, que se cree dirigen y gobiernan el curso de la naturaleza y de la vida humana. Así definida, la religión consta de dos elementos, uno teórico y otro práctico, a saber, una creencia en poderes más altos que el hombre y un intento de éste para propiciarlos o complacerlos. De los dos, es evidente que la creencia se formó primero, puesto que deberá creerse en la existencia de un ser divino antes de intentar complacerle. Pero a menos que la creencia guíe a una práctica correspondiente, no será religión, sino meramente teología. En palabras de Santiago: ""Así también la fe, si no tuviere obras, es muerta en sí misma"". En otros términos, un hombre no es religioso si no gobierna su conducta de algún modo por el temor o amor de Dios. Por otro lado, la práctica sola, desnuda de toda creencia religiosa, tampoco es religión. Dos personas pueden conducirse exactamente del mismo modo y ser una de ellas religiosa y la otra no. El que actúa por temor o amor de Dios es religioso; si el otro obra por temor o amor al hombre, será moral o inmoral, según que su conducta se ajuste o choque con el bien general. Por esto, creencia y práctica, o en términos teológicos, fe y obras, son igualmente esenciales a la religión, que no puede existir sin ambas. Mas no es necesario que la práctica religiosa tome siempre la forma de un ritual; esto es, no necesita consistir en la ofrenda sacrificial, la recitación de oraciones y otras ceremonias externas. Su propósito es complacer a la divinidad y si ésta gusta más de la caridad, la compasión y la castidad que de oblaciones de sangre, cánticos de himnos y humos de incienso, sus adoradores la complacerán mejor no postrándose ante ella, ni entonando sus alabanzas, ni llenando sus templos con regalos costosos, sino siendo castos y misericordiosos y caritativos hacia los hombres; pues haciéndolo así, imitarán, en cuanto lo permite la humana flaqueza, las perfecciones de la naturaleza divina. Este lado ético de la religión es el que los profetas hebreos, inspirados en el notable ideal de la bondad y santidad de Dios, nunca se cansaron de inculcar. Así, Miqueas dice: ""Oh, hombre, él te ha declarado qué sea lo bueno, y qué pida de ti Jehová: solamente hacer juicio, y amar misericordia y humillarte para andar con tu Dios"". Y en tiempos posteriores, mucha de la fuerza con la que el cristianismo conquistó el mundo se derivó del mismo sublime concepto de la naturaleza moral de Dios y del deber de los hombres de asemejarse a ella. ""La religión pura y sin mácula delante de Dios y Padre es ésta: Visitar los huérfanos y las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha de este mundo"". Pero si la religión implica, primero, la creencia en seres sobrehumanos que rigen al mundo y, segundo, la pretensión de atraer su favor, se deduce claramente de ello que el curso de la naturaleza es en alguna forma elástico o variable y que nosotros podemos persuadir o inducir a los poderosos seres que lo gobiernan a que desvíen en nuestro beneficio la corriente de hechos del canal por el que de otro modo fluirían. Ahora bien, esta implícita elasticidad o variabilidad de la naturaleza se opone directamente tanto a los principios de la magia como a los de la ciencia, pues ambas presuponen que los procesos naturales son rígidos e invariables en sus operaciones y que no pueden ser desviados de su curso ni por persuasión y súplica, ni por amenaza e intimidación. La diferencia entre los dos conceptos antagónicos del universo nace de la respuesta a la cuestión crucial: ¿son conscientes y personales las fuerzas que rigen al mundo, o inconscientes e impersonales?. La religión, como una conciliación de los poderes sobrehumanos, se abroga el primer término de la alternativa, pues toda conciliación implica que el ser conciliado es un agente personal y consciente y que su conducta es en alguna medida incierta, pudiendo ser inducido a variarla en la deseada dirección por una juiciosa apelación a sus intereses, sus apetitos o sus sentimientos. La conciliación jamás se emplea para las cosas que se considera inanimadas, ni se dirige a las personas cuya conducta en las circunstancias dadas se sabe que está determinada con absoluta certeza. Así, en tanto en cuanto la religión supone que el universo es dirigido por agentes conscientes a los que puede hacerse volver de su acuerdo por persuasión, se sitúa en antagonismo fundamental tanto con la magia como con la ciencia, porque ambas presuponen que el curso natural no está determinado por las pasiones o caprichos de seres personales, sino por la operación de leyes inmutables que actúan mecánicamente. Es verdad que en magia la presunción es sólo implícita, pero en la ciencia es explícita. Es cierto que la magia trata frecuentemente con los espíritus, que son agentes personales de la clase que supone la religión; mas siempre que trata con ellos lo hace en forma apropiada, del mismo modo que si fuesen agentes inanimados, esto es, los constriñe o coacciona, en vez de agradarlos o propiciarlos como hace la religión. De esta manera supone que todos los seres personales, sean humanos o divinos, están en última instancia sujetos a aquellas fuerzas impersonales que todo lo dirigen, pero que no obstante pueden ser aprovechadas por quien sepa cómo manejarlas con las ceremonias y conjuros apropiados. En el Egipto antiguo, por ejemplo, los magos proclamaban su poder de obligar hasta a los más altos dioses a ejecutar sus mandatos, y realmente los amenazaban con la destrucción en caso de desobediencia. Otras veces, sin ir tan lejos, el hechicero declaraba que diseminaría los huesos de Osiris o revelaría su leyenda sagrada si el dios se mostraba rebelde. De igual modo, actualmente, en la India, la misma gran trinidad de Brahma, Vishnú y Siva está subordinada a los brujos, que por medio de sus conjuros ejercen tal ascendencia sobre tan poderosas deidades, que éstas se ven obligadas a ejecutar sumisamente, ya abajo en la tierra o arriba en el cielo, todo lo que les manden y puede ocurrírseles a sus amos, los hechiceros. Hay un dicho corriente en toda la India: ""Todo el universo está subordinado a los dioses; los dioses están obligados a los conjuros (mantras); los conjuros a los brahmanes; por consiguiente, los brahmanes son nuestros dioses"". El radical conflicto de principios entre la magia y la religión explica suficientemente la hostilidad implacable con la que en la historia el sacerdote ha perseguido con frecuencia al mago. La altanera presunción del mago, su comportamiento arrogante hacia los más altos poderes y su descocada pretensión de ejercer un imperio semejante al de ellos, no pudo menos de sublevar al sacerdote, que, con un temeroso sentido de la majestad divina y de su humilde posición ante ella, debió ver tales pretensiones y tal conducta como una usurpación impía y blasfema de las prerrogativas que pertenecen sólo a Dios. Y en ocasiones, podemos sospechar que algunos motivos menos piadosos concurrieron a agudizar la hostilidad sacerdotal. Él declaró ser el intermediario adecuado, el verdadero intercesor entre Dios y el hombre, y no cabe duda de que tanto sus intereses como sus sentimientos fueron frecuentemente dañados por un practicante rival que predicaba un camino hacia la fortuna más suave y seguro que el estrecho y resbaladizo camino del favor divino. Con todo, pensamos que este antagonismo que nos es familiar hizo su aparición relativamente tarde en la historia de la religión. En un primer período, las funciones de sacerdote y hechicero estaban a menudo combinadas, o, hablando más exactamente, quizá no estaban diferenciadas aún la una de la otra. Para conseguir sus propósitos, el hombre propiciaba la buena voluntad de los dioses o los espíritus con oraciones y sacrificios, mientras que al mismo tiempo se auxiliaba de las ceremonias y conjuros que él esperaba pudieran conseguir por sí mismas el resultado deseado sin ayuda de dios o diablo. En suma, practicaba simultáneamente ritos religiosos y mágicos; pronunciaba oraciones y conjuros casi con el mismo aliento, sabiendo o estimando en poco la inconsistencia teórica de su conducta, mientras que a tuertas o derechas contribuía a conseguir su propósito. Demostraciones de esta fusión o confusión de la magia con la religión las hemos encontrado hace poco nosotros mismos en las prácticas de los melanesios y otros pueblos. La misma confusión de magia y religión ha sobrevivido entre los pueblos que se elevaron a niveles de cultura más altos. Era corriente en la India y en el Egipto antiguos, pero no significa que esté extinguida entre los campesinos europeos actualmente. En cuanto a la India antigua, nos dice un eminente sanscritista que ""el ritual sacrificante en el período más antiguo del que podamos tener informes detallados está empapado de prácticas en que alienta el espíritu de la magia más primitiva"". Hablando de la importancia de la magia en el Oriente y especialmente en Egipto, el profesor Maspero señala que ""no debemos asociar al concepto de magia la idea degradante que casi inevitablemente acude a la mente moderna. La antigua magia era el verdadero fundamento de la religión. El creyente que deseaba obtener algún favor de un dios no tenía probabilidades de éxito a menos de sujetar a la divinidad y esta detención solamente podía efectuarse por medio de cierto número de ritos, sacrificios, oraciones y encantamientos que el mismo dios había revelado y que le obligaban a hacer lo que le demandasen"". Entre las clases ignorantes de la Europa moderna, la misma confusión de ideas, la misma mixtura de religión y magia emerge en variadas formas. Se nos dice, por ejemplo, que en Francia ""la mayoría de los campesinos todavía creen que el sacerdote posee un poder irresistible y secreto sobre los elementos mediante la recitación de ciertas oraciones que solamente él conoce y tiene el derecho de pronunciar aunque por pronunciarlas, deberá pedir después la absolución; en ocasión de peligro inminente puede detener o rechazar por un momento la acción de las leyes eternas del mundo físico. Los vientos, las tormentas, el granizo y la lluvia están a su disposición y obedecen su voluntad. El fuego también está sujeto a él y las llamas de un incendio se extinguirán a su mandato"". Por ejemplo, los campesinos franceses estaban y quizá están persuadidos todavía de que los sacerdotes podían celebrar, con ciertos ritos especiales, una Misa del Espíritu Santo cuya eficacia era tan milagrosa que jamás encontraba oposición en la divina voluntad: Dios se veía forzado a otorgar lo que se le pidiera en esta forma, por inoportuna y temeraria que pudiera ser la petición. No había ninguna idea de impiedad o irreverencia en el rito para las mentes que en algunos de los grandes momentos de la vida buscaban por este medio singular arrebatar el reino de los cielos por la violencia. Los sacerdotes seculares rehusaban generalmente decir la Misa del Espíritu Santo, pero los monjes, especialmente los frailes capuchinos, tenían la reputación de condescender con menos escrúpulos a las súplicas de los impacientes y angustiados. En la coacción que los campesinos católicos creían ejercer sobre la deidad por medio del sacerdote parece que tenemos el duplicado exacto del poder que los antiguos egipcios adscribían a sus magos. También, tomando otro ejemplo, en muchas aldeas de Provenza todavía se cree que el sacerdote tiene la virtud de impedir las tormentas. No todos los sacerdotes gozan de esta reputación, y en algunas aldeas, cuando tiene lugar un cambio de sacerdotes, los parroquianos están ansiosos hasta saber si el nuevo beneficiado tiene el poder (pouder). como ellos lo llaman. A las primeras señales de tormenta fuerte le ponen a prueba, invitándole a que exorcice a las nubes amenazadoras, y si el resultado responde a sus esperanzas, el nuevo sacerdote tiene asegurada la simpatía y el respeto de su rebaño. En algunas parroquias, donde la reputación del vicario a este respecto era más alta que la del rector, las relaciones entre los dos eran en consecuencia tan tirantes que el obispo tenía que trasladar al rector a otra parroquia. También los campesinos gascones creen que para vengarse las malas personas de sus enemigos inducirán en ocasiones a un sacerdote a decir una misa llamada de San Secario. Son muy pocos los sacerdotes que conocen esta misa y las tres cuartas partes de los que la saben no la dirán por amor ni por dinero. Nadie sino un sacerdote perverso se atreverá a ejecutar la ceremonia horrenda y puede estarse muy seguro que tendrá que rendir una cuenta muy pesada en el día de Juicio. Ningún cura ni obispo, ni siquiera el arzobispo de Auch, puede perdonarle: este derecho sólo pertenece al Papa de Roma. La misa de San Secario solamente puede decirse en una iglesia en ruinas o abandonada, donde los buhos dormitan y ululan, donde los murciélagos se remueven y revolotean en el crepúsculo, donde los gitanos acampan por la noche y donde los sapos se agazapan bajo el altar profanado. Allí llega por la noche el mal sacerdote con su barragana y a la primera campanada de las once comienza a farfullar la misa al revés, desde el final hasta el principio, y termina exactamente cuando los relojes están tocando la medianoche. Su concubina hace de monaguillo. La hostia que bendice es negra y tiene tres puntas; no consagra vino y en su lugar bebe el agua de un pozo en el que se haya ahogado un recién nacido sin cristianar. Hace el signo de la cruz, pero sobre la tierra y con el pie izquierdo. Y hace otras muchas cosas que ningún buen cristiano podría mirar sin quedarse ciego, sordo y mudo para el resto de su vida. Mas el hombre por quien se dice la misa se va debilitando poco a poco y nadie puede saber por qué le sucede esto; los mismos doctores no pueden hacer nada por él ni comprenderlo. No saben que se está muriendo lentamente por la misa de San Secario. Sin embargo, aunque la magia se encuentra así fundida y amalgamada con la religión en muchos países y edades, hay fundamentos para pensar que esta fusión no es primitiva y que hubo un tiempo en el cual el hombre recurrió a la magia sólo para la satisfacción de las necesidades que excedían los límites de sus inmediatos deseos animales. En primer término, la consideración de las nociones mágicas y religiosas fundamentales puede inclinarnos a deducir que la magia es más antigua que la religión en la historia de la humanidad. Hemos visto que, por un lado, la magia no es más que una equivocada aplicación de los más simples y elementales procesos de la inteligencia, es decir, la asociación de ideas en virtud del parecido o de la contigüidad, y que por otro lado, la religión presupone la acción de agentes personales y conscientes, superiores al hombre, tras del telón visible de la naturaleza. Es evidente que la concepción de agentes personales es más compleja que un sencillo reconocimiento de la semejanza o contigüidad de ideas; una teoría que presupone que el curso de la naturaleza lo determinan agentes conscientes es más abstrusa y profunda y requiere para su comprensión un grado más alto de inteligencia y reflexión que la apreciación de que las cosas se suceden unas tras otras tan sólo por razón de su contigüidad o semejanza. Hasta los animales asocian las ideas de cosas que se asemejan entre sí o que han sido encontradas juntas en sus experiencias, y difícilmente pueden sobrevivir un día si cesan de hacerlo así. Mas ¿quién atribuiría a los animales la creencia de que la serie fenoménica natural está dirigida por una multitud de animales invisibles o por un animal enorme y prodigiosamente fuerte detrás del escenario?. Es probable que no sea injusto para los brutos suponer que el honor de idear una teoría de esta última clase debe reservarse a la razón humana. Así, la magia está deducida directamente de los procesos elementales del razonamiento y es en realidad un error en el que la mente cae casi espontáneamente, mientras la religión descansa sobre conceptos que difícilmente puede suponerse que alcance la simple inteligencia animal, es probable que la magia apareciera antes que la religión en la evolución de nuestra raza y que el hombre intentase sujetar la naturaleza a sus deseos por la fuerza cabal de sus conjuros y encantamientos antes que esforzarse en engatusar y apaciguar una esquiva, caprichosa o irascible deidad por la insinuación suave de la oración y el sacrificio. La conclusión que hemos alcanzado deductivamente considerando las ideas fundamentales de la magia y la religión está confirmada inductivamente por las observaciones de que entre los aborígenes de Australia, los más rudos salvajes de que podamos tener informes seguros, la práctica de la magia es general, mientras que la religión, en el sentido de propiciación o conciliación de los altos poderes, parece ser casi desconocida. hablando sin precisión, todos los australianos son brujos, pero ninguno es sacerdote; todos imaginan poder influir sobre sus compañeros o sobre los acontecimientos naturales por magia simpatética, pero ninguno sueña en propiciar dioses por medio de la oración y el sacrificio. Si en los más retrasados grados de sociedad humana que nos son conocidos encontramos la magia tan visiblemente presente y la religión tan por completo ausente, ¿no podemos conjeturar con razón que las razas civilizadas del mundo también hayan pasado en algún período de su historia por una fase intelectual parecida y que intentasen forzar los grandes poderes de la naturaleza para hacer su gusto antes de que pensaran solicitar sus favores por la ofrenda y la oración? En suma, así como en el aspecto material de la cultura humana ha habido en todas partes una edad de la piedra, ¿habrá habido también en todas partes, en el aspecto intelectual, una edad de la magia? Hay razones para responder afirmativamente a esta pregunta. Cuando examinamos las razas humanas existentes desde Groenlandia a la Tierra del Fuego o desde Escocia a Singapur, observamos que se distinguen unas de otras por una gran variedad de religiones y que estas distinciones no son, por decirlo así, de mera coexistencia con las amplias distinciones raciales, sino que se internan en minúsculas subdivisioiies de estado y comunidad; es más, que penetran la ciudad, la aldea y hasta la familia, de tal modo que la superficie de la sociedad en todo el mundo está resquebrajada y agrietada, zapada y minada con hendiduras, fisuras, grietas y brechas abiertas por la influencia desintegradora de las disensiones religiosas. Sin embargo, cuando hemos penetrado a través de estas diferencias que afectan principalmente a la parte inteligente y pensadora de la sociedad, encontramos subyacente todo un sólido estrato de conformidad intelectual entre el estúpido, el mentecato, el ignorante y el supersticioso, que constituyen desgraciadamente la inmensa mayoría de la humanidad.  Una de las grandes realizaciones del siglo XIX fue calar en este bajo estrato mental en muchas partes del mundo y descubrir así su identidad substancial en todas ellas. Está bajo nuestros pies -y no muy lejos de ellos- en la misma Europa y en nuestros días, y está a flor de tierra en el corazón del desierto australiano y dondequiera que el advenimiento de una civilización más alta no lo haya sepultado. Esta fe universal, este verdadero credo católico es la creencia en la eficacia de la magia. Mientras los sistemas religiosos no sólo difieren de los distintos países, sino en las distintas épocas de un mismo territorio, el sistema de la magia simpatética permanece substancialmente semejante en sus leyes y prácticas en todas partes y todos los tiempos. Entre las clases ignorantes y supersticiosas de la Europa moderna, la magia es lo mismo que fue hace miles de años en Egipto e India y que es ahora entre los más atrasados salvajes supervivientes en los más remotos rincones del mundo. Si la prueba de la verdad fuese un recuento de manos levantadas o de cabezas, el sistema de la magia podría apropiarse con más razón aún que la Iglesia católica la orgullosa divisa: Quod semper, quod ubique, quod ab omnibus, como credencial segura y cierta de su propia infalibilidad. No es nuestro objeto deliberar aquí que fuerza tiene sobre el futuro de la humanidad la existencia permanente de una capa de salvajismo tan sólida debajo de la superficie social impermeable a los cambios superficiales de la religión y la cultura. El observador desapasionado cuyos estudios le han inducido a sondear sus profundidades no puede considerarlo de otra manera que como una amenaza pendiente para la civilización.  Parece que nos movemos sobre una corteza delgada que en cualquier momento pueden desgarrar las fuerzas subterráneas que dormitan debajo. De cuando en cuando, un murmullo sordo bajo el suelo o un súbito surgir de llamas al aire nos advierten de lo que sucede bajo nuestros pies. Alguna vez el mundo educado se sobresalta por un artículo de la prensa diaria que nos dice que se ha encontrado en Escocia una imagen de madera con muchos alfileres clavados con el propósito de matar a un odioso hacendado o predicador; de cómo en Irlanda una mujer ha sido quemada lentamente hasta morir por bruja, o cómo una muchacha fue muerta y despedazada en Rusia para fabricar aquellas candelas de sebo humano a cuya luz esperan los ladrones hacerse invisibles en sus faenas nocturnas. Que al final prevalezcan las influencias que ayudan al progreso o las que amenazan acabar con lo conseguido hasta ahora; que la energía impulsiva de la minoría o el peso muerto de la mayoría de los humanos resulten más potentes para llevarnos a las máximas alturas o hundirnos en los profundos abismos, son cuestiones que conciernen al sabio, al moralista y al estadista, cuya visión de águila otea el futuro, más que al investigador humilde del pasado y del presente. Aquí sólo nos importa averiguar hasta dónde la uniformidad, la universalidad y la estabilidad de la creencia en la magia, comparadas con la variedad sin fin y el carácter mudable de los credos religiosos, nos llevan a suponer que aquélla es la representación de una fase más ruda y primitiva de la mente humana, por la cual han pasado o están pasando todas las razas de la humanidad en su camino hacia la religión y la ciencia. Si ha existido por todos lados una edad de la religión que fue precedida por la edad de la magia, como aventuramos a suponer, es natural que investiguemos las causas que han conducido a la humanidad, o mejor, a una parte de ella, a abandonar la magia como regla de fe y de práctica, y a aceptar en su lugar una religión. Cuando reflexionamos sobre la multitud, variedad y complejidad de los hechos por explicar y la escasez de informes respecto a ellos, se nos ocurre inmediatamente considerar que difícilmente podemos esperar solución completa y satisfactoria a un problema tan profundo, y que lo más que podemos hacer en el presente estado de conocimientos es aventurar una conjetura más o menos satisfactoria. Con todas las salvedades debidas, sugerimos entonces que un tardío reconocimiento de la falsedad inherente a la magia y de su esterilidad puso a la parte más inteligente de la humanidad a meditar una mejor teoría de la naturaleza y un método más fructífero para aprovechar sus recursos. Las inteligencias perspicaces debieron llegar a percibir que las ceremonias y encantamientos mágicos no producían en verdad los resultados que se esperaba de ellos, los que la mayoría de sus compañeros simplones todavían creían una realidad. Este gran descubrimiento de la ineficacia de la magia debió producir una revolución radical, aunque probablemente lenta, en las mentes de los que tuvieran sagacidad para ello. El descubrimiento llegó por primera vez cuando los hombres reconocieron su impotencia para manejar a placer ciertas fuerzas naturales que hasta entonces se habían supuesto dentro de su mandato. Fue un reconocimiento de la ignorancia y la flaqueza humanas. El hombre supo que había tomado por causa lo que no lo era y que todos sus esfuerzos para actuar por medio de estas imaginarias causas habían sido vanos. Su penosa labor había sido malgastada, su ingenua curiosidad despilfarrada sin utilidad.  Había estado sirgando sin nada que arrastrar; había estado creyendo caminar derecho a su objetivo cuando en realidad no había hecho más que moverse en un estrecho círculo. No es que los efectos que se había esforzado tan duramente en producir no continuasen manifestándose: todavía se producían, mas no por él. La lluvia seguía cayendo sobre la tierra sedienta; el Sol proseguía su diurna carrera y la Luna su jornada nocturna por el cielo; la silenciosa procesión de las estaciones todavía se movía en luz y sombra, entre nubes y solaneras por la tierra; los hombres seguían naciendo para trabajar y penar, y todavía, tras de su breve residencia terrenal, se reunían después con sus padres en la gran morada. Todas las cosas, en verdad, sucedían como antes y, sin embargo, todo parecía distinto a aquel de cuyos ojos habían caído las telarañas. Porque ya no podía acariciar por más tiempo la agradable ilusión de que él era quien guiaba a la tierra y al cielo en su camino y de que ambos cesarían de ejecutar sus grandes revoluciones cuando él quitase del timón su débil mano. En la muerte de sus enemigos o amigos ya no veía la prueba de la irresistible potencia de propios hostiles encantamientos: ya conocía que lo mismo los amigos que los enemigos sucumbían a una fuerza mucho más potente que cualquiera otra que él pudiese manejar, en obediencia al destino que era impotente para controlar. Así, cortando a la ventura sus antiguas amarras y dejándose llevar por el proceloso mar de la duda y la incertidumbre, sacudida rudamente la feliz confianza de antes en sí mismo y en sus fuerzas, nuestro primitivo filósofo debió quedar tristemente perplejo y conmovido hasta que descansó, como en un puerto tranquilo después de un tempestuoso viaje, en un sistema nuevo de práctica y fe que creyó le ofrecía una solución a las dudas azarosas, y un substituto, por precario que fuese, de aquel imperio, sobre la naturaleza del cual había abdicado bien a su pesar. Si el universo caminaba sin su ayuda ni la de sus compañeros, de seguro que ello se debía a otros seres semejantes a él, pero más poderosos, los que invisibles dirigían su curso y producían toda la serie de acontecimientos diversos que hasta entonces creyó dependientes de su propia magia. Eran ellos como ahora creía, no él, los que hacían soplar los vientos borrascosos, relampaguear el rayo y retumbar el trueno; los que habían construido los cimientos de la sólida tierra y límites infranqueabIes al alborotado mar; los que hicieron brillar todos los gloriosos luminares de los cielos; los que dieron su alimento a las aves del aire y su presa a las bestias salvajes; los que ordenaron al suelo fértil que produjera la abundancia, que vistiera de selvas las altas montañas, que hiciera borbotear los manantiales brotando de entre las piedras de los valles y crecer verdes pastos al lado de las aguas en reposo, los que infundieron soplo de vida en las narices del hombre, haciéndole vivir, o le volvieron a la destrucción por hambre, pestilencia y guerra. A estos seres poderosos, de cuya obra veía las huellas en todas las maravillosas y variadas pompas de la naturaleza, se dirigía ya el hombre, confesando humildemente su subordinación al poder invisible e impetrando de su misericordia que le proveyeran de todos los bienes, que le defendieran de los peligros y daños que en nuestra vida mortal nos acompañan a cada paso y finalmente que llevaran su espíritu inmortal, libre de la carga del cuerpo, a un mundo más feliz, más allá del alcance del dolor y la pena, donde pudiera quedarse con ellos y con los espíritus de los hombres buenos, gozando una felicidad eterna. Así, o de modo parecido, puede concebírse que las mentes reflexivas hicieran la transición de la magia a la religión, mas aún en ellos mismos con dificultad pudo ser repentino el cambio: probablemente fue procediendo muy despacio y necesitó largo tiempo para su realización más o menos perfecta. El reconocimiento de la impotencia humana para influir en gran escala sobre el curso de la naturaleza debió ser gradual: no tuvo que quedar mocho de su imaginado imperio de un solo golpe. Paso a paso debió ir retrocediendo de su orgullosa posición; palmo a palmo cedió, entre suspiros, el terreno que antes consideró como propio. Ahora sería el viento, ahora la lluvia, ya el sol, el trueno, lo que se confesaba impotente para manejar: reino tras reino de la naturaleza iban cayendo así de sus puños hasta que lo que una vez le pareciera su imperio amenazó reducirle a prisión; el hombre debió quedar más o menos profundamente impresionado con el sentimiento de su propia invalidez y el poderío de los seres invisibles que creyó le rodeaban. De este modo, comenzando como un leve y parcial reconocimiento de la existencia de poderes superiores al hombre, con el desarrollo del conocimiento, la religión tendió a convertirse en la confesión de la entera y absoluta dependencia del hombre con respecto a lo divino; su antiguo comportamiento libre se transforma en la más abyecta postración ante los misteriosos poderes invisibles, y su más apreciable virtud es someter a ellos su voluntad. In la sua volontade e nostra pace. Pero este profundo sentido religioso, esta sumisión más perfecta a la divina voluntad en todas las cosas, solo afecta a aquellas inteligencias superiores que tienen suficiente amplitud de visión para comprender la inmensidad del universo y la pequeñez del hombre. Las mentes chicas no pueden lograr ideas grandes: en su estrecha comprensión y en su visión miope, nada les parece grande e importante, en realidad, más que ellas mismas. Tales mentes se elevan difícilmente a la religión. Ellas, en verdad, son arrastradas por sus superiores en conformidad externa con los preceptos y en profesión verbal de sus mandamientos; mas en su corazón siguen adheridas a sus viejas supersticiones mágicas, que aunque despreciadas y prohibidas, no pueden ser desarraigadas por la religión mientras estén radicadas en lo profundo del entramado y constitución de la gran mayoría del género humano. Quizá el lector se sienta impulsado a preguntar: ¿Cómo fue que los hombres inteligentes no dieron más pronto con la falacia de la magia? ¿Cómo pudieron continuar acariciando esperanzas que eran invariablemente condenadas a la desilusión? ¿Con qué ánimos persistían en emplear venerables ridiculeces que a nada conducían y en musitar solemnes jerigonzas que quedaban sin efecto? ¿Por qué esa adhesión a creencias que así eran contradichas tan rotundamente por la experiencia? ¿Cómo arriesgarse a repetir experiencias fracasadas tan de continuo?. La respuesta parece ser que no era fácil encontrar la falacia y que los fracasos no estaban patentes, puesto que en muchos, si no en la mayoría, de los casos, el acontecimiento deseado se verificaba realmente, con un intervalo mayor o menor tras la ejecución del rito designado para producirlo, y que era necesaria una mente de más agudeza que la corriente para percibir, aun en esos casos, que el ritmo no era precisamente la causa del acontecimiento. Una ceremonia proyectada para que sople el viento, o caiga la lluvia, u ocasione la muerte de un enemigo, sería siempre seguida, más pronto o más tarde, del suceso que se pretendía provocar, y disculparse al hombre primitivo por considerar el acontecimiento como resultado directo de la ceremonia y como la mejor prueba de su eficacia. De igual modo, los ritos hechos por la mañana para ayudar al Sol a elevarse y en primavera para levantar de su sueño hiemal a la tierra, invariablemente parecían coronados por el éxito, al menos en las zonas templadas, pues en esas regiones el Sol enciende su lámpara dorada todas las mañanas por el Oriente, y año tras año la tierra vernal se decora con su magnífico manto de verdura. Por esto el salvaje práctico, con sus instintos conservadores, puede muy bien hacerse el sordo a las sutilezas del dubitativo teórico y del filósofo radical que sugieren que la aparición del Sol y la primavera pueden no ser, después de todo, consecuencias directas de la ejecución puntual de ciertas ceremonias diarias o anuales, y que quizá el Sol continuaría saliendo y los árboles floreciendo aunque las ceremonias se interrumpieran ocasionalmente y hasta si cesaran para siempre. Estas escépticas dudas las rechazarían naturalmente los demás con escarnio e indignación, como triviales fantasías subversivas de la fe y manifiestamente contradichas por la experiencia. ""¿Puede ser algo más evidente -dirían- que el hecho de que cuando yo enciendo mi vela de cinco centavos en la tierra, el Sol enciende entonces su gran fuego en el cielo? Me gustaría saber si, siempre que me visto en primavera con mi ropa verde, los árboles dejan de hacer lo mismo después. Éstos son hechos patentes para todo el mundo y a ellos me atengo. Yo soy un hombre sencillo, práctico, y no uno de esos teóricos que cortan un pelo en el aire y acuchillan la lógica. Las teorías y especulaciones y demás cosas por el estilo están muy bien y yo no tengo nada que objetar a los que se entreguen a ellas, con tal, claro está, de que no las pongan en práctica. Pero dejen que me atenga a los hechos, que yo sé lo que me hago"". Lo engañoso de este razonamiento es obvio para nosotros porque se trata de hechos que están desde hace mucho tiempo resueltos en nuestras mentes. Pero permítase que un argumento exactamente del mismo calibre se aplique a materias que están todavía en debate y puede preguntarse si un auditorio británico no lo aplaudiría como ortodoxo y consideraría al orador que lo usara como un hombre seguro, no brillante o florido quizás, pero muy sensato y de cabeza firme. Si tales razonamientos pueden aceptarse entre nosotros mismos, no es de extrañar si durante largo tiempo han escapado al sentido crítico del salvaje (La Rama Dorada, de J.G. Frazer). Ver, Colección PGM. )o( NOTA.- Se citan seguidamente algunos términos relacionados que se encuentran en el presente Diccionario: Magia, Teúrgia, Colección PGM, Atracia, Berilística, Magici libri, Maleficio, Malum carmen incantare, Maoridath, Maschalismós, Mecasfins.

Magici libri

Libros de magia. Los libros de magia son de reprobada lectura y deben ser destruidos (Ulpiano). Ver, Magia.

Mágico

Encantador que parece hacer acciones sobrenaturales; adivino o el que dice la buenaventura.

Magidda

Meggido (la "Harmagedón" bíblica. Ciudad de Israel, al sur de Nazaret, a unas 50 millas de Jerusalén, entre la costa mediterránea y el río Jordán, en una latitud ….).

Magiddu

Meggido (la "Harmagedón" bíblica. Ciudad de Israel, al sur de Nazaret, a unas 50 millas de Jerusalén, entre la costa mediterránea y el río Jordán, en una latitud ….).

Magidunum

o Magdinium. Asentamiento romano de Germania. Hoy, Magden, comuna del cantón de Argovia, distrito de Rheinfelden, cantón de Aargau, Suiza.

Magilo

(siglo III a.C.). Jefe galo procedente de la región del Po. Participó en la guerra de Aníbal.

Magions

Nombre dado a los guebros como descendientes de los antiguos magos.

Magiorix

Epíteto de Apolo en la Galia.

Magiovinium

Fuerte romano de Britannia situado a unos 500 m al sureste de la calzada Watling Street. Su recinto era rectangular de 150 x 122 m, con una superficie de 2,2 Ha. La cerámica de relleno de la zanja del recinto recuperada, sugiere su construcción durante la época de Nerón, y su abandono en algún momento de la flavia. Sólo el arco sureste de las defensas del asentamiento es visible; el resto del perímetro se puede imaginar siguiendo el contorno de una escarpa natural en el lado norte, limitada al oeste por un cementerio. Se conocen tres cementerios: el primero contiene cremaciones siglo II y estaba a cada lado de un ramal de carretera hacia el norte, fuera de Watling Street; el segundo contiene inhumaciones y cremaciones a lo largo de Watling Street al sureste, y el tercero, con enterramientos de inhumación, estaba en el lado sur de Watling Street. Se han encontrado restos romanos a ambos lados de la carretera de Watling Street, desde el cruce del río Ouzel hacia el sureste, y cerámica de mediados del siglo I hasta el siglo IV. Hoy, Dropshort, condado de Buckinghamshire, Inglaterra, Reino Unido. Ver, Catuvelaunos.

Magis

Fuerte romano que forma parte de una línea de fortalezas y torres de vigilancia encadenadas a lo largo de la costa noroccidental de Cumbria, de Bowness-on-Solway hasta Ravenglass, una extensión hacia el oeste de la Muralla de Adriano. La única referencia del nombre de la fortaleza está en la Notitia Dignitatum, en el que Magis se puede encontrar, entre Maglona (hoy, Old Carlisle, Cumbria), y Longovicium (hoy, Lanchester, Durham). Una de las unidades de su guarnición fue la Numerus Pacensium. Pacensis era la región más austral de la provincia romana de Lusitania, la zona que ahora corresponde al sur de Portugal, que incluye la moderna Lisboa. El numerus era una unidad auxiliar de irregulares, de tamaño bastante pequeño y por lo general armada con las armas tradicionales. El prefecto a cargo de la unidad, probablemente habría sido un militar de carrera romano, y no un nativo de Lusitania. Sólo dos inscripciones en piedra se han descubierto en las murallas de la fortaleza de Magis. Hoy, Burrow Walls, Workington, condado de Cumbria, Inglaterra, Reino Unido. Ver, Piercebridge.

Magister

Maestre, preceptor, maestro. Se llaman "maestres" aquellos a los que incumbe el principal cuidado de algunas cosas y deben tener más diligencia y solicitud por aquellas cosas encomendadas por otras personas; los mismos "magistrados" se llaman así por derivación de la palabra "maestres", y los preceptores de cualquier ciencia se llaman también "maestros" porque instruyen o enseñan (Paulo).

Magister

Doctor (árbitro romano que revisaba las armas, sorteaba las parejas y regulaba los movimientos de los gladiadores).

Magister admissionum

Ver, Admissiones.

Magister census

Magistrado mayor encargado de la confección del censo durante el Imperio romano, subordinado al prefectus praetorio.

Magister census

Oficial imperial romano encargado de llevar el registro de los estudiantes en Roma. Vigilaba su conducta e imponía sanciones que podían llegar a la expulsión de Roma.

Magister Collegii Augurum

El jefe de los augures.

Magister epistolarum

Jefe de la sección de la cancillería imperial romana dedicada a la correspondencia del emperador.

Magister equitum

Oficial romano nombrado por el dictador para hacerse cargo en un principio de la caballería, pero que representaba de hecho al dictador tanto en el campo de batalla como en la propia Roma. La expresión significa "señor de los caballos". Ver, Comitatenses.

Magister memoriae

El más importante de los secretarios romanos imperiales durante el siglo III, que actuaba como consejero legal y ministro exterior.

Magister militum

General romano. El magister militum "señor de soldados" era un jefe en el ejército de campaña de Constantino l. Había dos magistri, magister peditum "señor de la infantería" y magister equitum "señor de la caballería". Posteriormente hubo pares de magistri en Roma y en Constantinopla y subordinados suyos en Galia, llírico y el este. En tiempo de Teodosio I había cinco magistri de Oriente pero sólo dos de Occidente, de los cuales uno, el comandante de infantería, por ejemplo Estilicón, se convertía en señor de ambos servicios: magister utriusque militiae.

Magister navis

Nombre latino del patrón de una nave. "Debemos entender por patrón a aquel a quien se encomienda toda la nave". (Ulpiano).

Magister officiorum

Burócrata romano. El magister officiorum "señor de los oficios", fue un puesto creado por Constantino (320). Era el jefe de los departamentos gubernamentales y un miembro permanente del Consistorium imperial. Comandaba la guardia personal montada del emperador (scholae palatinae). Actuaba como maestro de ceremonias y ministro de asuntos exteriores, ejercía un control judicial sobre los sirvientes de la corte, controlaba el abastecimiento de armas y el transporte de tropas y llegó a controlar el servicio de correos "señor-general de correos", en el 396. Ver, Officia palatina.

Magister pagi

Ver, Pagus.

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