(ss. VI-VII). La vida de este hombre extraordinario es tan conocida, que nos limitaremos a trazar sus principales acontecimientos. El objeto de este artículo es tan sólo la parte milagrosa, esto es, fabulosa, de su pretendida misión. Mahoma, profeta, legislador y soberano de los árabes, nació de padres pobres, pero nobles, en el año 6.163 de la creación del mundo, y 578 del nacimiento de Cristo. Los autores árabes le hacen descender por línea recta de Ismael, hijo del patriarca Abraham. Su padre, llamado Abdolah,era pagano, y Amenah, su madre, judía. Los perdió en tierna edad, como también a su abuelo Abdol-Montalleb, que se había encargado de su tutela, pero Abu-Talib, su tío, cuidó de su educación. A los catorce años hizo sus primeros ensayos en las armas, en una guerra que los koreishitas, tuvieron que sostener contra los kenanitos. Tenía veinticinco años cuando cierta Kadicha, viuda de un rico comerciante árabe, le nombró para que fuese su factor y le envió a Siria para vender sus mercaderías y comprar nuevas; en cuyo viaje se dice trabó amistad con un monje nestoriano, llamado Félix o Bossaira, y según otros Sergio, y con un hereje jacobita, llamado Batiras, y que de concierto con ellos, compiló su Alcorán. A su vuelta de Siria, Kadicha, su señora, se enamoró de él y se casaron. Mahoma era de carácter sombrío y meditabundo. Esta disposición le atrajo naturalmente al retiro y a la soledad, y le sugirió, sin duda alguna, o el plan de legislación que ejecutó después, o simplemente los medios para ponerlo en obra, si es verdad que concibió dicho plan en su viaje a Siria. Dotado de una singular elocuencia, muy poco le costó persuadir a su mujer, que tenía un íntimo contacto con el cielo, de que Dios lo había escogido entre todos los hijos de Ismael para abolir el culto de los ídolos y dar a los hombres una nueva ley. Alí, primo de Mahoma y algunos otros de sus parientes, lisonjeados sin duda con la consideración que iban a adquirir por este sistema, lo autorizaron al principio con sus discursos y después con la fuerza y la violencia. Fueron desterrados y proscritos por los magistrados de La Meca, ciudad de la Arabia feliz, su patria común, y se refugiaron en Medina. No tardó el amor al pillaje y a la novedad, en reunir en sus banderas un gran número de bandidos y de gentes sin domicilio, y el profeta se vio bien pronto en estado de ejercer su misión con las armas en la mano. Al mismo tiempo que caía su espada sobre los que le oponían la menor resistencia, atraía otros con promesas lisonjeras de una eternidad de placeres sensuales más propios para inflamar la imaginación oriental, como por ejemplo el gozar de las doncellas más amables, la posesión de los más preciosos tesoros, el recreo de los más deliciosos bosquecillos, las aguas de las fuentes más puras y cristalinas. En país árido, seco y arenoso como Arabia, no podían dejar de hacer una gran impresión al pueblo imágenes tan risueñas; así fue que la nueva doctrina progresó admirablemente. Mahoma continuó sin embargo, llevando el hierro y el fuego a los pueblos idólatras que quería someter a sus dogmas, y este objetivo le salió conforme a sus deseos, llegando al punto de trazar a sus sucesores un vasto camino para conquistas más extensas. Murió en Medina, a los 73 de su edad, en el 632 o 633 d. J.C.. Se han visto ya parte de los hechos de Mahoma y de las leyendas en los artículos Hendidura de la Luna, Hégira, etc.; se añaden ahora algunas otras que trae Gagnier, en la "Vida del profeta de los árabes". En tiempo en que Mahoma, temiendo ser atacado por los habitantes de La Meca, se encerró en Medina e hizo rodear la ciudad de un ancho foso, los trabajadores encontraron, cavando la tierra, una gran roca de una materia muy dura. El profeta mandó que le trajesen agua, la tomó en su boca, y mientras se gargarizaba el paladar y las cavidades de sus hinchadas mejillas, invocaba a Dios con una oración mental, después de lo cual arrojó el agua sobre la roca y dijo estas palabras: "Por el que me envía, que esta roca se embeba de tal modo de este fluido, que se disuelva por sí misma en una arena muy fina, sin que sea menester aplicar a ella el pico, y la azada". Al mismo tiempo se ablandó la roca de tal modo que se caía por sí misma antes que los picos y los azadones la tocasen. El segundo milagro obrado en el mismo tiempo, fue una multiplicación de dátiles secos. Enviada la hija de Bashir, hijo de Saad, por su madre para coger dátiles secos para su padre, pasó casualmente por delante el apóstol de Dios, el cual le dijo: "Que llevas aquí, hija mía?". Ella le respondió lo que era y le presentó generosamente sus dátiles. Había quizá tan sólo dos puñados. El apóstol hizo extender un vestido ancho y lo derramó, luego envió a llamar a los trabajadores para que viniesen a comer. Vinieron y mientras comían, se multiplicaron los dátiles de tal modo, que después que estuvieron completamente satisfechos, quedó tan gran cantidad de ellos, que no cabían en el vestido ancho. Esta leyenda recuerda la "Multiplicación de los panes y los peces" de los Evangelios de Jesús. El tercer milagro, continua nuestro sabio traductor, fue la segunda bendición del profeta, dada en un convite hecho por Giaber, hijo de AbdoIab, testigo ocular. Tenía en mi casa, dice, un carnero flaco. Dije a mi mujer que cociese una torta de pan de cebada e hiciese asar este carnero para el apóstol de Dios. Estábamos ordinariamente todo el día en el foso, ocupados en trabajar, y por la tarde nos volvíamos a nuestra casa. Retirándonos pues aquella tarde, dije al profeta: "Os he preparado un pequeño cordero con un poco de pan de maíz, hacedme pues el honor de venir a cenar a mi casa". El apóstol de Dios consintió en ello; pero al mismo tiempo hizo gritar por el heraldo que la gente del foso fuesen con él a casa de Giaber, hijo de Abdolah. Cuando oí esto, prosigue Giaber, recité estas palabras del Alcorán. "Estamos con Dios y a él debemos volver". Palabras que se dicen cuando sucede una cosa no esperada. En efecto la intención de Giaber era que el apóstol viniese solo, pero vino acompañado de los que había hecho convidar y con el designio de hacerles cenar todos con él. Cuando se sirvió el carnero, lo bendijo recitando la fórmula: "En nombre de Dios clemente y misericordioso". Comió con su huesped y con una parte de los convidados: luego que estuvieron satisfechos, vinieron otros y les sucedieron y así sucesivamente, hasta que todos los trabajadores hubieron cenado. La historia recuerda la precedente en una especie de "comunión" o celebración de la Pascua por los musulmanes. He aquí otro milagro que refiere Chardin, sacados de las leyendas persas. Entrando Mahoma en guerra, poco antes de dar un combate, un criado ganado por los enemigos había puesto, para envenenarle, un escorpión en una de sus botas pensando que lo picaría y moriría. Al tomar la bota para ponérsela, tuvo noticia del hecho y, sin conmoverse, sacudio la bota e hizo caer el escorpión. Mandó al mismo tiempo a sus tropas que nadie se calzase las botas o zapatos sin sacudirlos; derivando de esto, según la tradición persa, la costumbre de no calzar jamás botas o zapatos sin sacudirlos antes. Un paisano de las cercanías de Medina tenía en su jardín muchas serpientes, casi tan grandes y furiosas como las de las Indias, que devoraban los ciervos y las personas enteras. Un día en que uno de sus hijos había sido devorado por una de estas serpientes, el infeliz jardinero, fue lleno de dolor y de desesperación a echarse a los pies de Mahoma para implorar su socorro, Mahoma se trasladó al jardín y mandó a las serpientes que no dañasen a la familia del jardinero. Fue tan eficaz, dicen, esta orden, que en adelante cuando una serpiente se les acercaba, traía tan milagrosamente cerrada su boca y dientes, que ni aun el aliento podía salir. Un comerciante de aceite, uno de los más ricos habitantes de Medina, alimentaba siempre muchos camellos para sus molinos de aceite. Es menester notar que en los países cálidos de Oriente, faltos de olivos, el aceite se sacaba de unos granos muy duros, haciéndolos moler entre dos muelas de una magnitud extraordinaria. Además, cuando la edad y el trabajo habían extenuado de tal modo un camello que no fuese bueno para nada, el comerciante de aceite lo enviaba al campo, donde lo abandonaba. Sucedió que, un camello que había sido conducido durante el invierno a un campo muy árido, volvió a la ciudad, fue a encontrar a Mahoma y se lamentó de la injusticia y crueldad de su dueño. Mahoma mandó llamar al comerciante, le reprendió agriamente y le ordenó que en lo sucesivo alimentase hasta la muerte a los camellos que hubiese empleado en sus molinos. El parto de la piedra es tan admirable como el del monte de la fábula. Habiendo un pobre hombre perdido el único camello que tenía, daba gritos y extrañas quejas. Pasó Mahoma por allí y se compadeció de la desgracia de aquel hombre. Tocó una piedra y al momento salió de ella un camello y lo dio al afligido.