El altar está destinado a recibir el fuego que consumirá toda o parte de la víctima. Puede ser simplemente un emplazamiento reservado, o un agujero practicado en el suelo, o un pequeño montón de tierra en forma de cúpula, sin otro complemento arquitectónico. Se le llama entonces ordinariamente con el mismo nombre del hogar, "escara"; es la forma habitual de los altares para las divinidades Ctonianas, los héroes y los difuntos. Pero se encuentra también ese tipo muy primitivo de altar en otros cultos: así en Olimpia el gran altar de Zeus, que no ha dejado ninguna señal en el terreno, era un montículo formado únicamente por la acumulación de cenizas de los sacrificios. Pausanias lo describe con precisión como un tronco de cono cuya circunferencia medía 37 m en la base y 9,50 m en la cumbre. Su altura era de 6,50 m. Una escalera tallada directamente en el macizo de cenizas permitía acceder a la plataforma superior y transportar a ella el combustible y las carnes de las víctimas, que se incineraban en la cumbre. En ese santuario panhelénico, que era al mismo tiempo el santuario nacional de los eleos, había sacrificios todos los días, incluso fuera de la época de los panegíricos. Los adivinos (pues un oráculo estaba adscrito al altar), una vez al año, un día fijo, añadían al altar la ceniza recogida durante el año, después de haberla mezclado con agua sacada del Alfeo, el río de Olimpia. De esta manera el montículo crecía poco a poco por efecto de la piedad de los fieles. Apolo, en su santuario de Dídimos, cerca de Mileto, poseía también un altar de cenizas, cuya construcción era atribuida a Heracles. En Delos, el altar de Apolo era más extraordinario todavía: se le llamaba "altar de los cuernos", Keratón, porque estaba enteramente formado de cuernos de cabra. La leyenda, tal como Calímaco la cuenta en su Himno a Apolo pretendía que el dios lo había alzado él mismo con los cuernos de las cabras salvajes que su hermana Artemisa abatía con sus flechas cazando a través de la isla. Pero la mayor parte de los altares eran de piedra, monolitos o macizos de mampostería. Tenían la forma de una mesa, cilíndrica o rectangular cuya cara superior recibía el fuego del sacrificio. Al lado de altares modestos, simples cubos de piedra llevando a veces el nombre de la divinidad grabado en una cara lateral, había en los santuarios importantes altares monumentales. Son construcciones de grandes dimensiones, compuestas de un macizo rectangular oblongo que sirve de mesa, con frecuencia sobreelevado encima de un zócalo de varios peldaños. Los rebordes laterales de la mesa pueden convertirse en altas mamparas macizas para detener el viento y evitar que las cenizas caigan del altar. Un revestimiento de mármol, molduras y bajos relieves enriquecen a veces esta arquitectura. El famoso "Trono Ludovici", orgullo del Museo de las Termas de Roma, no es sin duda más que una decoración para la cara lateral de un altar, esculpido por un artista jonio de la segunda mitad del siglo V antes de nuestra era. Las dimensiones de esos altares monumentales pueden ser considerables. De época arcaica alcanzan un desarrollo, en planta, de 20 a 30 m de longitud por 6 a 13 de anchura. Es el caso de los altares de la "Basílica" (templo de Hera), de Poseidonia-Pestum, del templo D de Selinonte, del templo de Apolo en Cirene, del templo de Afaia en Egina. En los tiempos clásicos se encuentran dimensiones del mismo orden en el templo de Hera en Agrigento, en el templo de Alea Atenas en Tegea. En el Olimpeion de Agrigento, el altar, tan colosal como el templo, medía 56 metros por 12. La época helenística ha aumentado todavía esas dimensiones, pues el tirano de Siracusa, Hierón II, a mediados del siglo III, hizo construir en su capital un altar de un estadio olímpico de largo, ¡es decir, 192 metros!. Pero sin ir hasta lo colosal, el altar elevado por la ciudad de Quío ante el templo de Apolo en Delfos, en el primer cuarto del siglo V, era ya un monumento importante (8,50 x 2,20 m). Ha sido parcialmente construido con un cuerpo de calcáreo obscuro, con la base y la mesa de mármol blanco. Dominando el último recodo de la Vía Sagrada, ayuda al visitante moderno a imaginarse las ceremonias de otros tiempos. Como puede verse, el altar, según las reglas, estaba al aire libre. Para ello había dos razones: en primer lugar, el humo de los sacrificios habría hecho irrespirable la atmósfera de una construcción cerrada, y, por otra parte, era preciso disponer en torno al altar del espacio necesario para la multitud de los asistentes. Los altares interiores (excepción hecha de los pequeños altares domésticos) son, pues, poco frecuentes y responden a formas de culto excepcionales. Al contrario, ningún lazo riguroso existe entre el altar y el templo; el más importante de los dos, contrariamente a lo que se cree con frecuencia, no es el segundo, sino el primero. No se concibe un templo sin altar, pero los griegos han conocido santuarios sin templo, en donde se contentaban sacrificando en un altar al aire libre. Fue el caso para Zeus en Olimpia durante toda la época arcaica hasta la construcción del templo por el arquitecto eleo Libón, en el segundo cuarto del siglo V. Pasó lo mismo en Dodona. Si generalmente el altar se encuentra colocado ante el templo, cuando éste existe, ello no es una obligación rigurosa, sino una simple conveniencia arquitectónica. En la Acrópolis de Atenas, el altar de Atenea no estaba situado delante del Partenón, ni ante la celia oriental del Erecteón, sino ante el emplazamiento ocupado en otro tiempo por el templo arcaico de Atenea, y allí se siguió siempre sacrificando hasta el fin del paganismo. En torno al altar se dejaba libre las más veces una explanada suficiente para acoger a los actores y los espectadores del sacrificio. Ante la mesa del altar se clavaba, ya sea en el suelo, ya sea en la piedra misma (llamada prótisis) donde se colocaba el sacerdote sacrificador, un anillo de hierro que servía para atar a las víctimas y mantenerlas en el momento del golpe fatal. Ocurre que a veces el arqueólogo encuentra en su lugar ese anillo, humilde detalle que habla a la imaginación con una fuerza singular. Ayuda a evocar, en torno del altar en que ardía el fuego sagrado, los animales de la hecatombe, el grupo del sacerdote, de los magistrados y de los servidores; después, la multitud de los ciudadanos formando círculo. Espectáculo de alto colorido, a la vez solemne y animado, llamas y humo subiendo al cielo claro y el olor del incienso mezclándose al de las carnes asadas, mientras el son de las flautas y los himnos de un coro acompañaban el desarrollo de la ceremonia. A veces los murmullos del pueblo se apaciguaban por un breve momento de silencio, que turbaba únicamente el mugido de una víctima. Otras veces todos los asistentes entonaban a un tiempo una aclamación ritual. La fachada de un templo con los frontones pintados, las columnatas de un pórtico, las ofrendas y las estatuas de bronce resplandeciendo al sol, las frondas de un bosque sagrado, las pendientes de una montaña próxima o el vasto horizonte marino servían de cuadro para esas fiestas al aire libre que la confianza de la multitud en sus dioses y la perspectiva de la hermandad que iba a seguirlas mantenían en una atmósfera de alegría.