Un conflicto en origen religioso, como el priscilianismo, planteó un problema político y acabaría configurándose como un conflicto social. El movimiento se difundió ante todo por algunas provincias de Hispania y Galia, donde la "doctrina" de Prisciliano era bien conocida. Consistía ésta en propugnar un ideal ascético para la vida eclesiástica, que incluía prácticas de tipo monacal y la adopción del celibato clerical, por lo que suele ser considerada como una corriente rigorista. Sin embargo, la peculiaridad de este conflicto radica en que acabaría implicando a gran parte de las jerarquías, eclesiásticas y civiles, no sólo provinciales sino también imperiales. En efecto, tras la condena de los priscilianistas en el Concilio de Caesaraugusta (Zaragoza) del 380, al que asistieron sólo 12 obispos (2 de ellos galos), Prisciliano y sus seguidores (entre otros Simposio de Asturica (Astorga), Higinio de Córdoba, Instancio y Salviano) reclamaron el apoyo del Papa Dámaso, también de origen hispano. En el grupo oponente, obispos influyentes como Itacio de Ossonoba (Faro) e Hidacio de Emerita (Mérida) buscaron por su parte el apoyo del poderoso Ambrosio, obispo de Milán. A su vez Prisciliano, que había sido ordenado obispo de Abula (Ávila) en 381, ayudado por la noble aquitana Eucrocia, logró un rescripto imperial que reponía en sus sedes a los obispos priscilianistas. La nueva reclamación de sus adversarios puso el caso en manos de las autoridades civiles: Mariniano, vicario de Hispania, y Gregorio, el prefecto del pretorio de las Galias y máxima autoridad judicial en la región, residente en Tréveris. No obstante, en 383 el emperador Graciano murió y su puesto pretendía ser ocupado por el usurpador Magno Máximo, también de origen hispano. El cambio de la corte de Milán, a la que se trasladó Valentiniano II y su madre, así como las pretensiones de Máximo a ser reconocido oficialmente por Teodosio como "emperador" de Occidente llevaron a Máximo a adoptar una posición intransigente frente a la supuesta "herejía" priscialinista. Un Concilio reunido en Burdigala (Burdeos) en 384 se encargó de condenar como "herejes" a los priscilianistas, pero Prisciliano no acató la sentencia y reclamo su revisión ante el Tribunal de la prefectura del pretorio en Tréveris. Al año siguiente se celebró el juicio que acarrearía la condena e inmediata ejecución del obispo hispano, una vez que la sentencia fue ratificada por Máximo. Como dato significativo, la acusación condenatoria incluía una serie de "cargos" contra Prisciliano por sus vinculaciones con las prácticas mágicas y los poderes maléficos, sus creencias maniqueas y lectura de apócrifos y, finalmente, su conducta herética. De esta forma, un rigorista como él en defensa de la más pura ortodoxia en la aplicación del dogma y la disciplina fue víctima de quienes, desde la ortodoxia oficial, le acusaron de hereje cuando, en cambio, no se trataba de una desviación dogmática, sino de la rivalidad entre las jerarquías eclesiásticas provinciales. Ver, Prisciliano.