Áyax, hijo de Telamón, es "el Gran Ayax". Reina en Salamina, y va a Troya al frente de doce naves, el contingente que aporta la isla. En el campamento aqueo ocupa el ala izquierda. Después de Aquiles, es el héroe más fuerte y valiente de todo el ejército. Robusto, alto, muy apuesto, no pierde la calma y siempre se domina. Va pesadamente armado. Su escudo es notable: lo forman siete pieles de buey superpuestas. La octava capa, la exterior, es una placa de bronce. En lo moral, el hijo de Telamón es el reverso del "Pequeño Áyax": habla poco, es bondadoso y teme a los dioses. Pero, si bien es más comedido que Aquiles, con el cual tantos rasgos comunes tiene, carece por completo de la sensibilidad, el gusto por la música y la ternura propias del hijo de Tetis. Ante todo, es guerrero, no exento de rudeza. Áyax es el héroe que ha designado la suerte para luchar en singular combate contra Héctor, a quien derriba de una pedrada, pero los heraldos interrumpen el duelo. Cuando las derrotas de los aqueos, es uno de los héroes que se esfuerzan, en vano, por detener a Héctor. Cae herido y no puede luchar hasta el fin. Es enviado en embajada a Aquiles, para tratar de hacerlo volver de su decisión. Le reprocha especialmente su egoísmo, y su dureza e indiferencia ante las desgracias de los griegos. Cuando Héctor se lanza al asalto de las naves, la resistencia de los aqueos se concentra en torno a Áyax. A él se dirige Posidón, inquieto, pidiéndole que redoble sus esfuerzos. Hiere a Héctor de una pedrada; pero este vuelve, lleno de nuevo ardor y lo obliga a defenderse en su misma nave. Cuando el troyano le quiebra la lanza, él, reconociendo la voluntad de los dioses, huye. Entonces entra en escena Patroclo y fuerza a los troyanos a repleganse. Áyax vuelve al combate después de la muerte de Patroclo, y Héctor se dispone a acometerle. Lo habría hecho si Zeus, con objeto de respetar el destino que reserva a Héctor para los golpes de Aquiles, no envolviese a ambos héroes en una nube. En los juegos fúnebres celebrados por Aquiles, lucha contra Ulises. Ninguno de los dos sale vencedor, y Aquiles confiere el premio a ambos. En el concurso de esgrima contra Diomedes no es derrotado, pero tampoco logra superar a su adversario. Sin embargo, lanza el disco a menos distancia que otro de sus competidores. Las leyendas posteriores a la Ilíada han sublimado esta figura, que se ha tendido a comparar con la de Aquiles. Como éste, se cree que es nieto de Éaco (Ver, Telamón). En Ática se decía que su madre era Peribea, una de las doncellas enviadas a Creta por Egeo como tributo a Minos, y a quien Teseo había salvado la vida al dar muerte al Minotauro. Cuando Heracles, que preparaba su expedición contra Troya, fue a invitar a Telamón a que participase en ella, encontró a éste en pleno banquete. Extendiendo debajo de él su piel de león, rogó a Zeus que concediese a Telamón un hijo tan valiente como él, y tan fuerte como el león cuya piel mostraba. Zeus oyó su plegaria y, en señal de asentimiento, envió un águila de la que deriva el nombre del niño, Áyax, que recuerda el del ave, en griego. Según otra versión, cuando la visita de Heracles Áyax había nacido ya. El héroe lo envolvió en su piel de león, rogando a Zeus que lo hiciese invulnerable. Y, en efecto, el niño lo fue, excepto en aquellas partes que, en el cuerpo de Heracles, sostenían la aljaba: la axila, la cadera y el hombro. Después, poco a poco van añadiéndose nuevos rasgos a su carácter, tal como la Ilíada lo concebía. Al partir para Troya, su padre le aconsejó que "venciese, con la lanza, pero también con la ayuda de los dioses". A lo cual respondió Áyax que "también el cobarde podía vencer con la ayuda de los dioses". Al parecer, luego borró de su escudo la imagen de Atenea, lo cual le valió la hostilidad de la diosa. Cuando las expediciones preliminares, cuyo relato no figura en la Ilíada, la tradición atribuía a Ayax un importante papel. Llegado el primero a la concentración, en Argos, con su hermano Teucro, fue designado jefe de la flota, junto con Aquiles y Fénix. Por un momento sustituyó incluso a Agamenón en el mando supremo, cuando el Atrida fue depuesto por haber matado la cierva sagrada de Ártemis. En ocasión del desembarco de Misia, toma, con Aquiles, la dirección de las operaciones, y mientras éste hiere a Télefo (Ver, Aquiles), él da muerte a Teutranio, hermano de Télefo. Durante los nueve primeros años de la guerra, ante Troya, Áyax participa en incursiones de pillaje contra las ciudades de Asia. Ataca la del rey frigio Teleutante y rapta a su hija Tecmesa. Saquea también el Quersoneso tracio (hoy, península de Gallípoli), donde reinaba Polimestor, yerno de Príamo, el cual entregó a los griegos a Polidoro, uno de los hijos de su suegro, que guardaba en custodia (Ver, Polidoro). Áyax saqueó también los rebaños que los troyanos tenían en el monte Ida y en el campo. Pero después de la muerte de Aquiles, durante los últimos episodios de la guerra, las leyendas fomentaron las aventuras de Áyax. Nos lo presentan acogiendo al hijo de Aquiles, Neoptólemo-Pirro, tratándolo como a hijo propio y combatiendo con él. También lucha con el arquero Filoctetes, al igual que lo hiciera, en la Ilíada, con el arquero Teucro. Tomada ya la ciudad, pide que se ejecute a Helena en castigo de su adulterio; pero esta demanda excita contra él la ira de los Atridas, empeñados en salvar a la joven, y Ulises consigue que se devuelva Helena a Menelao. Entonces Áyax reclama como parte del botín el Paladio (Ver), pero Ulises, instigado por los Atridas, se las compone para que le sea rehusado. Ello provoca una escisión entre los jefes. Áyax amenaza con vengarse de Menelao y Agamenón; los Atridas se rodean de una guardia, y a la mañana siguiente, es encontrado el cuerpo de Áyax atravesado por su espada. Otra versión de su muerte, más familiar a los trágicos, cuenta que el héroe se vuelve loco por habérsele negado, no el Paladio, sino las armas de Aquiles. Tetis había destinado estas armas al más valiente de los griegos, o, por lo menos, al que hubiese inspirado mayor terror a los troyanos. Para saber quién era éste, procedióse a interrogar a los prisioneros, los cuales, por despecho, designaron a Ulises en vez de Áyax. Ulises obtuvo las armas, y, durante la noche, Áyax enloqueció, aniquiló los rebaños destinados a alimentar a los griegos y se suicidó a la mañana siguiente al darse cuenta, en un momento de lucidez, del estado de enajenación en que había caído. Cuando los "regresos", Atenea, para castigar la injusticia cometida con Áyax, persiguió a los griegos con su ira. (Sin embargo, véase, acerca de esta ira, Áyax, hijo de Oileo.) Áyax no fue incinerado, como era costumbre entonces, sino colocado en un féretro y sepultado. Los atenienses le tributaban honores divinos en Salamina todos los años.