Uno de los dioses más antiguos del panteón romano, sobre cuyo origen no están acordes los mitólogos. Sus leyendas son exclusivamente romanas y están ligadas a las de los orígenes de la ciudad. Los unos la hacen escita; otros originarios del país de los perrebos, pueblos de Tesalia que habitaba sobre las orillas del Peneo. Aurelio Víctor refiere que Creúsa, hija de Erecteo, rey de Atenas, princesa de gran hermosura, fue sorprendida por Apolo y tuvo de ella un hijo que hizo criar en Delfos. Erecteo casó a su hija con Xifeo, que no pudiendo tener de ella hijos, se fue a consultar el oráculo. El dios le ordenó que adoptase el primer niño que encontrase al día siguiente. El primero que encontró y adoptó fue Jano, hijo de Creúsa. Llegado Jano a mayor edad, equipó una armada, abordó en Italia e hizo en ella muchas conquistas, y edificó una ciudad que llamó, de su nombre, Janículo. Según otros mitógrafos, Jano era en Roma una divinidad indígena, y en otro tiempo habría reinado en ella con Cameses, un rey mítico del cual apenas se conoce más que el nombre. Según otros, Jano era extranjero, oriundo de Tesalia, y desterrado en Roma, donde Cameses lo habría acogido cordialmente, hasta el extremo de compartir el reino con él. Jano habría erigido entonces una ciudad en la cima de la colina, que se habría llamado Janículo tomando este nombre del del dios. Llegado a Italia con su esposa, llamada Camise o Camasena, tuvo allí hijos, principalmente uno llamado Tíber o Tiberino, epónimo del río. Más tarde, a la muerte de Cameses, reinó solo en el Lacio. Arrojado Saturno del cielo, llegó a Italia, donde acogido por Jano, le asoció a su reinado, lo que ha sido representado por una cabeza con dos rostros. Mientras Jano ocupaba el Janículo, Saturno reinaba en Saturnia, ciudad emplazada en la cumbre del Capitolio. Saturno, en reconocimiento, dio a Jano una rara potencia, que le presentaba a sus ojos lo venidero, lo que se cree representado por dos rostros opuestos. Plutarco da otra razón. "Era, dice, para enseñarnos que este príncipe y su pueblo, habían pasado por los consejos de Saturno, del estado salvaje a la civilización". Antes de él, éstos llevaban una existencia mísera y no conocían ni ciudades, ni leyes, ni el cultivo del suelo. Jano les enseñó todo esto. Se atribuyen a este reinado de Jano las habituales características de la edad de oro: honestidad perfecta en los seres humanos, abundancia, paz completa, etc., y habría sido el primero en emplear barcos para trasladarse de Tesalia a Italia. El reino de Jano fue pacífico y esto le mereció ser tenido por dios de la paz. Con este título Numa le erigió un templo que permanecía abierto en tiempo de guerra y que se cerraba en tiempo de paz. Este templo se cerró una vez bajo el reinado de Numa; la segunda vez después de la segunda guerra púnica y tres veces bajo el imperio de Augusto. Ovidio, en el primer libro de los Fastos, hace contar al mismo Jano su historia. "Los antiguos le llamaban el caos, y solo en el momento de la separación de los elementos, tomó la forma de dios. Tiene dos rostros, porque ejerce su imperio sobre el cielo, sobre el mar, como también sobre la tierra: todo se abre o se cierra a su voluntad. El solo es el que gobierna la vasta extensión del universo, y él solo hace girar el mundo sobre sus polos... Preside en las puertas del cielo y las guarda en concierto con las horas. El día y Júpiter no van ni vienen sino por medio de él... Observa al mismo tiempo el oriente y el occidente". Macrobio da razones más históricas. "El solo nombre de Jano ya indica que preside las puertas, januae". Se le representa teniendo una llave en una mano, y en la otra una vara, para indicar que es guardián de las puertas y que preside los caminos. Algunos pretenden que Jano es el sol, y que se le representa con dos rostros como señor de ambas puertas del cielo, porque abre y cierra el día. Dicen que se le invoca primero antes de hacer un sacrificio a cualquier otro dios, a fin de que por su medio se pueda dirigir a aquel a quien se sacrifica, como si por medio de él pasasen los ruegos de los suplicantes a las otras divinidades. Se invocaba su auxilio al principio de toda empresa del día, del mes y del año. Por este motivo, el primer mes del año lleva su nombre. Se le atribuye especialmente un milagro que salvó a Roma de la conquista sabina. En la época en que Rómulo y sus compañeros raptaron las mujeres sabinas, Tito Tacio y los sabinos atacaron la nueva ciudad. Una noche, Tarpeya, hija del guardián del Capitolio (Ver, Tarpeya), entregó la ciudadela al enemigo. Éste escaló las alturas, y estaba a punto de rodear a los defensores, cuando Jano hizo brotar ante los asaltantes un surtidor de agua caliente, que les asustó y les puso en fuga. Para conmemorar este milagro, decidióse que en tiempo de guerra se dejaría siempre abierta la puerta del templo de Jano, para que el dios pudiese acudir en cualquier momento en auxilio de los romanos. Esta puerta sólo se cerraba cuando reinaba la paz en el Imperio de Roma. Jano pasaba también por haberse casado con la ninfa Yuturna, cuyos santuario y fuente estaban a poca distancia de su propio templo, en el Foro Romano. Habría tenido de ella un hijo, el dios Fons, o Fontus (Ver), dios de las fuentes. Sus estatuas señalan frecuentemente el número trescientos con la mano derecha, y con la izquierda el sesenta y cinco, para indicar la medida del año. Ver, Eano. Había en Roma muchos templos de Jano, los unos de Jano Bifrons, los otros de Jano Quadrifrons. Estos últimos tenían cuatro frontis y tres ventanas en cada uno. Los cuatro lados y las cuatro puertas indican, según parece, el número de las estaciones del año, y las tres ventanas los tres meses de cada estación. Varrón dice que se habían erigido a Jano doce altares, con referencia a los doce meses. Estos altares se hallaban fuera de Roma, más allá de la puerta Janícula. Ovidio refiere también de Jano otra particularidad; a saber, que en el anverso de las monedas romanas de bronce más antiguas, se veía en el anverso la efigie de Jano y el reverso una nave, o simplemente una proa, en memoria, dice, de la llegada de Saturno a Italia en una nave. Ver, Argileto.
)o( NOTA.- Algunos investigadores modernos han mantenido que originariamente Jano no era más que el dios de las puertas. Es una opinión poco probable para una deidad de su importancia y dignidad, a quien los romanos reverenciaban como dios de dioses y padre de su pueblo. Es más probable que la puerta (Janua) lleve su nombre por Jano, no que éste derive su nombre de aquella. Tal criterio se refuerza por el examen de la misma palabra "janua". La palabra corriente para la puerta es la misma en todas las lenguas de la familia lingüística aria, desde la India hasta Irlanda, en sánscrito es "dur", en griego "thura", en alemán "tür", en inglés "door", "dorus" en irlandés antiguo y "foris" en latín. Más al lado de esta forma común para puerta y que los latinos poseían conjuntamente con todos sus hermanos arios, también tenían el nombre "janua", que no tiene término correspondiente en ninguna lengua indoeuropea. La palabra tiene la apariencia de ser una forma adjetiva, derivada del nombre Jano. Y conjeturamos que puede haber sido costumbre erigir una imagen o símbolo de Jano en la puerta principal de la casa con objeto de colocar la entrada bajo la protección del gran dios. Así guardada una puerta, ésta podría haber sido conocida por una "janua foris", o sea puerta "januaria" y esta frase se acortaría con el tiempo en janua solamente, quedando el nombre foris sobreentendido pero no expresado. De esto al uso de janua para designar una puerta en general, ya guardada o no por una imagen de Jano, habría una transición fácil y natural. Si hay algo de cierto en esta conjetura, puede explicarse muy sencillamente el origen de la doble cabeza de Jano, que tanto tiempo ha ejercitado el ingenio de los mitólogos. Cuando se hizo costumbre guardar la entrada de las casas y ciudades por una imagen de Jano, podría muy bien haberse estimado necesario que el dios centinela mirase hacía delante y hacia atrás con la idea de que nada escapase a su vigilante mirada, pues si el guardián divino diera la cara siempre a la misma dirección, es fácil imaginar que podría forjarse a sus espaldas y con impunidad alguna desgracia.