Templos de los musulmanes. En ellos no se ven ni altares, ni figuras, ni imágenes, pues el Alcorán los prohibe expresamente. Su principal adorno consiste en un gran número de lámparas y muchas cúpulas sostenidas por columnas dé mármol o de pórfido. Antes de entrar en ellas, se pasa por un patio de cipreses, higueras, morales y otros árboles frondosos. En medio del patio, debajo de un vestíbulo, hay una fuente con muchos aguamaniles de mármol, en la cual los musulmanes hacen el abdes (ablución) antes de la oración. Este patio se halla rodeado de claustros que comunican a las casas destinadas a los imanes, pagados para leer al pueblo el Alcorán, y rogar por las almas detenidas en el Araf o purgatorio. En ellas se alojan también estudiantes y pobres, a los cuales se les distribuye cada día un potaje de arroz, lentejas, farro, y tres veces la semana carnero. Las rentas de las mezquitas eran inmensas, especialmente la de los Jamis, o reales, y se juzgaba que absorbían la tercera parte de las tierras del imperio turco. Santa Sofía de Constantinopla poseía bienes demasiado considerables para unos hombres, cuyo estudio consiste en calcular dichos bienes y ponerlos en orden. En cuanto a las mezquitas de los derviches, o las fundadas por una devoción particular, su renta consiste en legados piadosos, cuyo dinero prestan a interés, lo que entre los turcos no era permitido sino en ciertos casos. Las mezquitas no pueden llevar el nombre de su fundador, siendo esto un privilegio que los emperadores (califas o sultanes) se habían reservado. Ver, Templo musulmán.