o Paladión. El Paladio es una estatua divina dotada de propiedades mágicas, que se suponía representaba a la diosa Palas. Su leyenda, muy compleja, se ha ido recargando de elementos diversos desde las epopeyas cíclicas, en las que aparece muy ligada a la historia de Troya. Los poemas homéricos la desconocen. En la Ilíada se dice que la imagen cultual de Atenea que se veneraba en Troya era una estatua sedente, cuando el Paladio es, por el contrario, una estatua de divinidad que está en pie, con la rigidez de los antiguos xoana (idolos de madera de la época arcaica). Pero poco a poco la leyenda se fue complicando y terminó por integrarse en la de los orígenes de Roma. Efectivamente, el Paladio poseía la virtud de garantizar la integridad de la ciudad que lo guardaba y le tributaba culto. De este modo había preservado a Troya durante diez años. Luego, otras varias ciudades trataron de apoderarse de él, cosa que les confería una preciosa garantía de inviolabilidad. El resultado de ello fue que las estatuas milagrosas de Palas se multiplicaron y, consiguientemente, se complicaron las leyendas. Ya en la cuestión del origen de la estatua discrepan las tradiciones. Todas coinciden en atribuirle una procedencia divina, pero los detalles varían. Por ejemplo, leemos en Apolodoro que la diosa Atenea fue criada en su infancia por el dios Tritón, que tenía una hija llamada Palas. Las dos niñas se ejercitaban en el arte de la guerra, pero un dia surgió una disputa. En el momento en que Palas iba a herir a Atenea, Zeus temió por su hija y se interpuso, colocando su égida delante de Palas. Ésta, asustada, no pudo parar a tiempo el golpe de su rival y cayó, mortalmente herida. Como reparación, Atenea modeló una estatua que era reproducción exacta de su compañera y, revistiéndola de la égida, que la había atemorizado, y había sido la causa indirecta de su muerte, la colocó cerca de Zeus, rindiéndole honores, como a una divinidad. La estatua permaneció un tiempo en el Olimpo, hasta el día en que Zeus trató de violar a Electra. Electra se refugió junto a la imagen divina, como en un asilo inviolable. Pero Zeus precipitó la estatua desde lo alto del Olimpo, y el Paladio cayó en la colina donde en otro tiempo había caído Ate, en Tróade (Ver, Ate, Ilo). Era el momento en que Ilo se disponía a fundar la ciudad que había de llamarse Troya y que llevaba aún el nombre de Ilión (del de su fundador). Esta estatua, caída milagrosamente del cielo, fue considerada como la señal de que los dioses aprobaban la fundación de la ciudad. Y realmente, según unos, la imagen había caído frente a la tienda de Ilo; según otros, había penetrado en el templo de Atenea, todavía sin terminar y al que faltaba aún el tejado. Por sí misma, la estatua se habría situado en el lugar ritual de la imagen del culto. El Paladio medía tres codos de alto; sus pies estaban soldados (como se ve en las estatuas arcaicas); en la mano derecha empuñaba la lanza, y en la izquierda llevaba una rueca y un huso. Otras tradiciones pretendían que el Paladio era de hueso, y que había sido tallado en los huesos de Pélope, exactamente, el hueso de la espalda (ver, Pélope). Paris lo habría robado de Esparta al mismo tiempo que raptaba a Helena. Finalmente, una leyenda tardía contaba que Tros, el antepasado de la raza troyana, había recibido esta estatua milagrosa de un brujo llamado Asio, en cuyo honor todo el continente habría recibido nombre de Asia. Sobre las vicisitudes acaecidas a la estatua, las versiones siguen siendo discrepantes. Por ejemplo, Dárdano se la habría llevado a Samotracia; quizá se habría apoderado de ella en Arcadia y la habría regalado a Teucro, su suegro. Decíase también que los troyanos habían mandado esculpir un segundo Paladio parecido en todo al auténtico, con objeto de burlar a los ladrones que intentasen privar a la ciudad de la estatua que constituía su defensa. Habían colocado en el santuario el falso Paladio, mientras el verdadero se hallaba depositado en el tesoro del templo. Sobre este tema de esta pluralidad de estatuas han surgido varias leyendas. En efecto, desde las epopeyas cíclicas se venía contando que el divino Héleno, hecho prisionero por Ulises en el Ida, había afirmado que, de conformidad con los Hados, Troya sólo podría ser tomada si, entre otras condiciones, el Paladio era sustraído y conducido fuera de la ciudad. Ulises tomó sobre sí el deber de realizar esta profecía, y, con ayuda de Diomedes, penetró en la ciudadela durante la noche. Pero también aquí los testimonios difieren. Según unos, deja a Diomedes que vigile, mientras él se disfraza de mendigo y se introduce en Troya. Reconocido a pesar de esto, por Helena, sólo con su ayuda habría logrado apoderarse del Paladio y llevárselo, no sin hacer una gran matanza entre los guardias apostados en el camino de regreso; tal es la tradición de Apolodoro (en el Epítome). Pero la versión más difundida es aquella según la cual correspondió a Diomedes el papel más brillante en el episodio. Cuando escalaron la muralla de la ciudad (o la del templo), Diomedes se subió sobre los hombros de su compañero. Luego, ya en lo alto, le negó su ayuda para que se encaramase a su vez. Cuando se hubo apoderado de la estatua mágica, Diomedes volvió a buscar a Ulises, y ambos emprendieron el regreso al campamento. Durante el camino, Ulises trató de quitar el Paladio a Diomedes para comparecer solo ante los griegos y llevarse todo el mérito de la empresa. Caminaba detrás de Diomedes y, alzando el brazo, se disponía a inmolarlo, cuando la sombra que proyectaba en el suelo su espada (pues había luna llena) puso sobre aviso a Diomedes. Éste desenvainó su arma, y como Ulises se negaba a luchar, lo golpeó con el plano de su espada y lo obligó a marchar delante de él hasta el campamento. Otras tradiciones relatan que los dos héroes entraron en la ciudad por una cloaca. Otras, que Téano, esposa de Antenor, entregó personalmente el Paladio a los griegos por orden de su marido, un convencido proheleno. Sin embargo, otras leyendas afirman que el verdadero Paladio había permanecido en Troya y que Eneas, durante la noche fatal, se apoderó de él en el templo de Atenea con el tiempo preciso para llevárselo al Ida y, posteriormente, a Italia. Este Paladio estaba depositado en Roma, en el templo de Vesta, donde las vestales le tributaban culto. En Roma, como en Troya, la seguridad de la ciudad estaba ligada a su conservación. También interviene el Paladio en la leyenda de Casandra. En efecto, la doncella se abrazó a él cuando Áyax el Locrio (Ver, Áyax, hijo de Oileo) trató de raptarla. Áyax había cogido a Casandra y, al querer arrastrarla, había derribado la estatua, la cual podía ser tocada sólo por sacerdotisas de manos puras. De este modo había aumentado la gravedad del sacrilegio que significaba la violencia cometida con un suplicante, y ello le concitó la ira de Atenea. En esta versión se ve que el Paladio verdadero estuvo en Troya hasta el fin; al parecer, Ulises y Diomedes se habrían llevado el falso. La estatua, robada por Áyax al raptar a Casandra, correspondió a Agamenón, así como la joven. En cuanto a la suerte ulterior de la estatua en las versiones en que ésta no se halla en posesión de Eneas, tan pronto se admite que quedó en poder de Diomedes, como que fue atribuido a Agamenón. En el primer caso, Diomedes la llevó consigo a la Italia meridional y la entregó a Eneas más tarde, cuando éste fue a establecerse en el Lacio. En la segunda hipótesis, Agamenón se habría llevado el Paladio a Argos (por lo menos es lo que cabe suponer según el testimonio de Pausanias, quien nos dice que los argivos se jactaban de poseer la estatua divina. Véase también, sobre este Paladio argivo, el artículo Leagro. Finalmente, existe una tradición ateniense destinada a probar que el verdadero Paladio se encontraba en la ciudad de Atenas. Los atenienses contaban que Demofonte, que participaba en la guerra de Troya. había recibido la estatua como prenda, de manos de Diomedes. Al saber que Agamenón la codiciaba, se había apresurado a confiarla a Búciges, el cual la había transportado a Atenas. Pero, con objeto de engañar a Agamenón, Demofonte había mandado hacer en secreto una reproducción exacta de la imagen y la había puesto en su tienda. Cuando, después de la toma de la ciudad, Agamenón se había presentado, a la cabeza de una considerable tropa, a reclamar el Paladio, Demofonte se había negado a entregarlo y había luchado el tiempo suficiente para confirmar a Agamenón en la creencia de que realmente poseía el talismán. Al fin simuló capitular y entregó al rey la estatua, exenta de valor, que había mandado hacer. Otra versión explicaba que Diomedes, cuando el viaje de regreso, había abordado de noche en el Ática, en Falero. Pero, no sabiendo exactamente dónde se hallaba, había incurrido, con sus argivos, en actos de hostilidad. Demofonte, que a la sazón reinaba en el Ática, había acudido en auxilio de sus súbditos e, ignorando con quién tenía que haberselas, había dado muerte a muchos de los hombres de Diomedes y le había robado el Paladio. De regreso, su cabaIlo había derribado a un ateniense, causándole la muerte. Por este homicidio involuntario, Demofonte hubo de comparecer ante un tribunal especial, que tomó el nombre de "Tribunal del Paladio" y que, en adelante, juzgó los delitos de este género. Ver, Ábaris.