o Sacrificium. Sacrificio, acto de ofrenda a los dioses; acto de religión que los romanos llamaban Devotio. Los había de muchas especies. Unos eran particulares, esto es, los de los guerreros que se sacrificaban por la República como los de los Decios, padre e hijo, el de M. Curcio y entre los griegos el de Codro y de Meneceo. Los públicos eran proclamados por el dictador o el cónsul a la cabeza del ejército. Cuando el general que se había sacrificado perecía, se cumplía su voto, y se le tributaban con toda pompa los últimos deberes. Si sobrevivía, las execraciones que había pronunciado contra sí mismo le hacían incapaz de ofrecer ningún sacrificio a los dioses. Estaba obligado para purificarse, a consagrar sus armas a Vulcano, o a cualquier otro dios que quisiese, inmolando una víctima, o por medio de alguna ofrenda. Si el soldado sacrificado por su general perecía, todo al parecer se consumaba felizmente. Si, por el contrario, escapaba con vida, se enterraba una estatua de más de siete pies de altura y se le ofrecía un sacrificio expiatorio. Esta estatua era en apariencia la del soldado consagrado a la tierra, y la ceremonia de enterrarla era el cumplimiento místico del voto no cumplido. Estaba prohibido a los magistrados romanos que asistían a estas ceremonias, descender al hoyo donde debía ser enterrada la estatua, para que el aire infectado de aquel lugar maldito no manchase la pureza de su ministerio. El dardo que el cónsul tenía bajo sus pies, al hacer el sacrificio, debía guardarse cuidadosamente, para que no cayese en manos de los enemigos, lo que hubiera sido un funesto presagio. Si a pesar de todas las precauciones esto sucedía, no había otro remedio que hacer en honor de Marte el sacrificio llamado Suovetaurilia. Las leyes sacrificaban también a los criminales a la muerte. Tal fue lo que hizo Rómulo contra los patrones que defendían mal a sus clientes. Cuando el culpable era sacrificado públicamente, todo el mundo tenía libertad de matarle. La lisonja introdujo en tiempo de Augusto, otra nueva especie de sacrificio. Un tribuno de la plebe, llamado Acuvio, dio el primer ejemplo, sacrificándose a la manera de los pueblos bárbaros, para obedecer las órdenes del príncipe, aún a costa de su vida. Este ejemplo fue imitado, y apesar de que Augusto pareció avergonzarse de este exceso de vil adulación, no dejo de recompensar a su autor. Ver, Sacrum, Thysía, Devotio, Sacrificios.