o Saqqarah o Sakkara o Saqara. Nombre moderno que designa una parte de los cementerios de la antigua capital, Menfis. De hecho, Saqqara no es sino la parte central de la inmensa necrópolis menfita, que de norte a sur se extiende sobre una longitud de más de 30 Km al occidente del Valle del Nilo, territorio de unos 9 Km2. Los hallazgos de la necrópolis menfita tienen más entidad que los de Menfis. Aquí, la aparición de importantes tumbas privadas a partir del reinado de Amenhotep III, muestran que Menfis se había convertido ya en la segunda corte de Egipto, y las que jalonan los años de los reinados que van de Tutankhamón a Rameses II, entre las que destaca la del propio Horemheb antes de convertírse en rey él mismo, demuestran que la residencia real se trasladó definitivamente a Menfis, y no a Tebas, tras el Período Amarniense. Otros restos importantes en Saqqara son los del Serapeo, o necrópolis hipogea donde eran enterrados los toros Apis desde el Imperio Nuevo, así como los restos de diversos templos de la Baja Época y de tiempos greco-romanos, todos ellos asociados al famoso Serapeo de Menfis. Por otro lado hay que señalar, al margen de los hallazgos arqueológicos, que de la zona de Saqqara era originario Sócares o Sokaris, un dios funerario con cabeza de de halcón, que justifica tal vez la elección originaria del lugar como emplazamiento de la más importante necrópolis menfita. En todo caso, esta divinidad dio lugar, ya en época tardía, a una divinida sincrética de carácter funerario llamada Ptah-Sokar-Osiris. También el toro Apis era originariamente el representante de alguna divinidad local asociada a la fecundidad, que en época tardía se convirtió en animal sagrado del dios Ptah: los Apis difuntos se convertían, a su vez, en Osiris, y de aquí tomó origen en tiempos ptolemaicos Serapis, en cuyo templo menfita se hallaba la necrópolis donde eran enterrados los Apis momificados. A 30 kilómetros de El Cairo, la antigua necrópolis de Saqqara, está situada en un altiplano desértico. Su desarrollo coincide con el inicio de la historia egipcia; es decir, desde que, alrededor del 3.100 a.C., las Dinastías de un Egipto ya unificado eligieron el área, donde el estrecho valle del Nilo se convierte en el Delta, para construir la gran ciudad de Menfis. Heródoto atribuyó el nacimiento de la ciudad al mítico iniciador de las Dinastías egipcias, Menes, que recientes estudios identifican con Aha, un faraón sepultado en la necrópolis de Abido, en el Alto Egipto. Esta necrópolis, indivisa para los antiguos egipcios, ha sido dividida en sectores geográficos modernamente, asignándose a cada sector el nombre de poblaciones árabes próximas, aunque emplazadas en el Valle. Dichos sectores, de norte a sur, son:
)o( Abu Rauash, donde se encuentra una pirámide de Didufri (Dinastía IV)
)o( Guiza, donde se encuentran las tres célebres pirámides de Khéope, Khefrén y Micerino, con sus respectivos templos funerarios y la también célebre Esfinge (Dinastía IV)
)o( Zauiyet el Aryan, donde se encuentra una pirámide atribuída a Jaba (Dinastía III)
)o( Abu Gorab, donde se encuentra el templo solar de Niuserre (Dinastía V)
)o( Abusir, donde se encuentran las pirámides de Sahure, Neferirkare y Niuserre (Dinastía V)
)o( Saqqara, el sector más cercano a la ciudad de Menfis, que a su vez se subdivide en una zona norte y otra zona sur.
)o( Dahshur, donde se encuentran la Pirámide Roja y la Pirámide Romboidal, ambas atribuídas a Esnofru, de la Dinastía IV, así como las pirámides de Amenemes II, Sesostris III y Amenemes III, de la Dinastía XII, ya en el Imperio Medio )o(
A estos sectores, todos sobre la cordillera Líbica y a occidente del Nilo, hay que añadir el de Heluán, a oriente del río y a la altura de Mit Rahina, donde hay una necrópolis civil, ya mencionada, de tiempos de las Dinastías I y II. Todos estos sectores estaban comprendidos dentro de los límites del Nomo Blanco. Si bien algunos hallazgos aislados parecen remontarse a la Dinastía I y aunque los reyes de la Dinastía II construyeran aquí sus grandes mastabas, el centro y núcleo de Saqqara, propiamente dicho, lo forma la monumental pirámide escalonada de Zóser, la primera construcción monumental en piedra de toda la historia de la humanidad. Pero la genialidad del visir Imhotep no se limita con todo a la idea de la pirámide: idéntica importancia tiene la inmortalización pétrea de la residencia real y la ornamentación de las tumbas subterráneas, en la que se fusionaban una ingente cantidad de innovaciones religioso espirituales, artísticas y artesanales. Jean-Philippe Lauer investiga y restaura en este lugar, cuya importancia es realmente incalculable y que ya era admirada en la antigüedad. Es cierto que la idea de la pirámide fue luego desarrollada en Medum y en Dahshur, para ser perfeccionada en Giza, hasta verse más tarde superada por los santuarios solares de Abusir, pero regresó luego a Saqqara, de forma algo más modesta, a partir de finales de la Dinastía V. La pirámide de Una, de aspecto externo poco vistoso, sorprende en su interior por sus bellas y sencillas cámaras, con los primeros textos de las pirámides. Hasta finales del Imperio Antiguo, en Saqqara se construyeron las tumbas piramidales de los reyes, si bien solo un reflejo de las grandes construcciones de Giza. Tan extraordinarias, fueron las mastabas de los máximos dignatarios, construidas durante la Dinastía V. Grandes señores como Ti o Ptahhotep, contrataron la élite del gremio de artistas para su ornamentación. En las tumbas recientemente descubiertas, de dignatarios de segunda categoría, cautiva la riqueza de ideas de las representaciones ornamentales y sus vivos colores, poco duraderos. Si bien es cierto que Tebas y otros centros de residencia real habían superado a Menfis durante el Imperio Medio, también lo es que Saqqara conoció breves pero esplendorosas épocas, como con la tumba que hizo construir el general Haremhab, antes de coronarse rey. Los robos en las tumbas propiciaron que algunos fragmentos emigrasen a diferentes museos durante el siglo XIX, antes de que los arqueólogos hiciesen su descubrimiento en 1975. Imponentes son también los pozos fuenrarios, realmente enormes, correspondientes al período tardío, así como, finalmente, las admiradas galerías sepulcrales de los toros Apis, en torno a los cuales se desarrolló aún un interesante culto y oráculo durante la época helena.