Las Furias son, en las primitivas creencias populares de Roma, demonios del mundo infernal. Se asimilaron muy rápidamente a las Erinias griegas, cuyos mitos se apropiaron. Eran consideradas como los ministros de la venganza de los dioses contra los malvados y encargadas de ejecutar las sentencias que contra ellos proferían los dioses del infierno. Este nombre se deriva del furor que inspiran. Apolodoro supone que fueron formadas en el mar de sangre que salió de la herida que Saturno hizo a Celo. Hesíodo las supone hijas de la Tierra y de la sangre de Saturno. En otra parte las hace hijas de la Discordia y nacidas el día quinto de la luna. Licofrón y Esquilo pretenden que fueron hijas de la Noche y del Aqueronte. El autor del himno dirigido a las Euménides asegura que lo fueron de Plutón y Prosérpina. Sófocles dice que salieron de la Tierra y las Tinieblas, y Epiménides las supone hermanas de Venus, y de las Parcas, e hijas de Saturno y Erónima. Se conocen tres y sus nombres son Tisífone, Megara y Alecto. Eurípides, añade a éstas la diosa Lisa. Plutarco no reconoce más que una, llamada Adratia. Virgilio parece añadir a las Harpías a, quienes pinta del mismo modo; y los habitantes de Esmirna las juntan con las Némesis. Las Furias infundían el terror en las almas de los culpables y los atormentaban con crueles remordimientos y visiones espantosas, arrojándolos en un negro extravío del cual muchas veces sólo salían con la muerte. Eurípides, Virgilio, Ovidio y Estacio nos pintan sus venganzas con los colores más enérgicos. Los dioses les encargaban a veces a que castigasen a los hombres con enfermedades, guerras y otros azotes de la celeste ira. Unas diosas tan temibles se granjearon homenajes particulares. El respeto de algunos pueblos antiguos por ellas, era tan grande, que casi no se atrevían a nombrarlas ni a mirar sus templos. Los había en muchos lugares de Grecia, en Sicione, Cerina, Mirinunto, ciudad de Ática, en Miconos, Megalópolis, Potnia, Atenas, etc.. Estos templos servían de asilo inviolable a los criminales. Todos los que se presentaban al Areópago tenían que ofrecer un sacrificio en el templo de las Furias, el cual estaba inmediato a aquel lugar, y jurar sobre sus altares que dirían verdad en cuanto hablaran. Se les ofrecía en sacrificio el narciso, el azafrán, el nebrino, el cargo, el yesgo, y se quemaba en su altar madera de cedro, de álamo y de ciprés. Se les inmolaban también ovejas preñadas, carneros y tórtolas. Esquilo, añadió las serpientes a la caballera de las Furias, caracterizadas antes por antorchas encendidas y puñales. Su idea fue aceptada, y en los templos y en los teatros sólo se vieron en adelante estas diosas temibles, con un rostro severo y un aire amenazador, la boca abierta, los vestidos negros y ensangrentados, las alas de murciélago, algunas serpientes entrelazadas alrededor de su cabeza, en una mano una antorcha encendida y en la otra un látigo de serpientes, o un garfio, y por compañeras, el Terror, la Rabia, la Palidez y la Muerte. De este modo, sentadas alrededor del trono del rey de los infiernos, esperan sus órdenes con una impaciencia que atestigua su furor. Sobre una medalla de Sabino se ve a las tres Furias representadas por tres cabezas adornadas con ciertas medidas y puestas sobre un solo cuerpo que termina en un estuche del cual salen tres brazos armados con tres antorchas. Pero el más curioso de los monumentos antiguos es una antigua pintura etrusca, con una furia que tiene una serpiente y un hierro aguzado con el cual hiere a un criminal que eleva hacia el cielo sus manos suplicantes. Delante de él hay otra que se prepara a quemarlo con la tea que arde en sus manos. Esta última lleva sobre las espaldas una alforja llena en una parte y vacía de la otra, alusión a la fábula de Esopo. Ver, Erinias.