El ritual y la creencia de ultratumba hacía que los egipcios fueran enterrados con la mayor y mejor cantidad de bienes materiales posibles (ajuar). El clima particularmente seco del Alto Egipto nos ha conservado bellísimas piezas, y las tumbas conservan representaciones de muebles o modelos reducidos de piezas de ebanistería y carpintería. Destacan la cerámica, las joyas y el mobiliario. La gente de condición mediana o humilde se contentaba con manufacturas realizadas con material del país para sus muebles: acacia, sicómoro o tamarisco. Los reyes, altos dignatarios y la nobleza utilizaban los metales nobles, el lapislázuli y los muebles realizados con pinos, abetos, enebros o maderas ricas como el ébano y los cedros del Líbano. Se fabricaban también cofres de caña. Los carpinteros y ebanistas no clavaban las piezas, sino que las ensamblaban mediante mechas y muescas. También pegaban los trozos que había que unir, y practicaban la incrustación. Ciertas patas de sillón y de cama, de un trabajo muy hermoso, demuestran que los tinitas habían realizado ya obras maestras. Mientras que en el Imperio Antiguo y Medio destaca la severidad de los estilos, en el Imperio Nuevo sobresalen la riqueza, la fastuosidad y hasta la perfección en joyas y mobiliario, el cual sorprende por sus relieves e incrustaciones con piedras preciosas, semipreciosas, oro y marfil. En la Dinastía IV, el ajuar funerario de la reina Hetepheres, madre de Khéope, se componía, entre otras cosas, de un baldaquino, una silla de mano, una cama, un sillón y un arcón. Ciertos bordes de oro o ciertas inscripciones en oro sobre un fondo de ébano dan a esos muebles una lujosa distinción. Pero el estilo se mantiene muy sobrio y de una severa elegancia. Esta severidad del estilo sigue manifestándose en el Imperio Medio; no obstante, es difícil juzgar, careciendo de ajuar real como carecemos y disponiendo sólo de ajuar privado. En el Imperio Nuevo enriquecen los museos gran cantidad de muebles privados y reales. Sillas y cofres, taraceados o pintados, camas y cabeceras, finamente labradas, de los tiempos de Tutmosis IV o de Amenofis III, dan una impresión de sobriedad cuando se les compara con el lujo de los cofres con marfil o incrustaciones de piedras semipreciosas y vidrios de color reproduciendo escenas de la vida real, del ajuar de Tutankhamon. Es un arte lleno de belleza y de hechizo, pero algo falto de nervio, como debilitado por una vida fastuosa y excesivamente fácil. El ajuar de la época tardía es más bien mediocre, pero abundante y variado.