(ca.490-ca.427 a.C.). Historiador de las Guerras Médicas, originario de Halicarnaso (hoy, Bodrum), en Caria. Su ciudad natal era doria, pero de cultura jonia, y él siguió la convención de escribir en dialecto jonio, que estaba firmemente establecido como la lengua de la investigación y la filosofía. Por aquella época, Halicarnaso pertenecía al Imperio Persa y sus habitantes griegos contraían matrimonio con la población local caria. Heródoto era hijo de Lixes y Drió, y sobrino del poeta épico Paniasis, junto con el cual se opuso (ca. 465) al gobierno del tirano Ligdamis, hijo de Artemisa, nombrado gobernador por los persas; por este hecho, Heródoto fue desterrado y Paniasis asesinado. Se trasladó a Samos, en donde vivió hasta el 444, fecha en la que se unió a la expedición ateniense de colonización de Turios, en el sur de Italia, junto a las ruinas de Síbaris, con otros notables personajes de su tiempo, entre otros Pericles. No se sabe si Heródoto formó parte de la primera expedición fundadora, pero sí que obtuvo la ciudadanía de la colonia. No regresó a Halicarnaso después de que, hacia el 450, la ciudad fuera liberada por la Liga Delia. Probablemente viajó mucho durante esos años y pasó algún tiempo en Atenas, en donde se hizo amigo del poeta Sófocles, que se interesó mucho por él. Sintió una gran admiración por los atenienses y se dice que leyó los primeros borradores de su libro ante audiencias atenienses; también se afirma, cosa que es poco creíble, que fue recompensado por la Asamblea con la suma de diez talentos como forma de mostrar aprecio a su obra. Para adquirir la experiencia que le capacitara para componer sus Historias (literalmente "investigaciones", "indagaciones"), de acuerdo con los patrones de exactitud que él mismo se había fijado, viajó mucho y buscó para interrogarlas a tantas autoridades como pudo, tanto a las personas que habían participado en sucesos recientes como a sus hijos y nietos. Parece que era lo suficientemente rico como para financiarse él mismo los viajes; no hay evidencia que lo vincule a actividades comerciales. Como solo conocía la lengua griega, se sirvió de intérpretes en contextos egipcios y persas. También empleó, de forma crítica, obras de historiadores anteriores, refiriéndose en varias ocasiones a Hecateo, cuyo mapamundi veía con desconfianza. En su obra deja muy clara la distinción entre lo que él ha visto y aquello que solo ha oído. Viajó mucho por Grecia y Asia Menor. Fue a Egipto, en donde siguió el Nilo hasta la isla Elefantina, cerca de Asuán, y también visitó Cirene, en Libia. Recorrió la región del mar Negro, incluyendo Escitia, y llegó hasta Babilonia. Estuvo en Fenicia y en Gaza. En donde podía, tenía la precaución de entrevistar a la gente del lugar, sobre todo a sacerdotes y guardianes de monumentos. Partió para conocer el sur de Italia y quizá Sicilia, después de su emigración a Turio, y allí permaneció hasta su muerte, que se produjo antes del 420; también allí compuso el grueso de sus escritos históricos. Su obra era conocida en Atenas hacia el 425, pues Aristófanes la parodia en Los acarnienses. Pudo haberla finalizado hacia el 430, ya que no contiene ningún acontecimiento posterior a esta fecha. La historia que escribió fue convenientemente dividida tras su muerte en nueve libros, a los que se puso el nombre de las nueve musas. Es la primera obra literaria o histórica europea importante que se escribió en prosa. Su propósito, expuesto en el prefacio, era no solo ofrecer una exposición del conflicto entre griegos y persas, sino también trazar los orígenes y las causas de la guerra y enmarcarla en su contexto geográfico, sociológico y etnográfico. Por lo tanto, su obra está llena de toda clase de hechos destacados y de temas interesantes: era muy aficionado a añadir detalles biográficos. Al comienzo del libro I, después de una breve digresión por los antecedentes míticos del conflicto entre este y oeste, Heródoto pone el punto de partida de su investigación en el reino de Creso de Lidia. Relata la conquista de los griegos de Anatolia por parte de Creso, su amistad con Solón de Atenas y su imprudente ataque al Imperio Persa. Heródoto trata la dominación persa sobre los griegos orientales y ofrece un relato del nacimiento del Estado persa y de su expansión hasta la muerte de Ciro, en el 530. El libro II es un resumen de la naturaleza y la historia de Egipto, que fue conquistado por el hijo de Ciro, Cambises. En el libro III continúa la historia de Persia, incluyendo el intento de Cambises de invadir Etiopía, las consecuencias de su muerte, el ascenso de Darío I y sus reformas; la campaña contra Polícrates de Samos pone fin a este relato. El libro IV describe las fallidas invasiones persas de Tracia y Escitia, así como su expansión hacia Libia. El libro V describe la Revuelta Jonia y su fracaso, y el apoyo ateniense a la causa jonia. En los libros VI a IX relata el subsiguiente intento persa de castigar a los griegos, en especial a los atenienses, por su intervención en los asuntos del Imperio Persa. El libro VI describe la campaña de Maratón; el libro VII, la ascensión de Jerjes, sus vastos preparativos y la expedición contra Grecia, que condujo a las batallas de Artemision y Las Termópilas; el libro VIII relata la invasión persa del sur de Grecia, los preparativos para la resistencia, la batalla de Salamina, la partida de Jerjes y las negociaciones en el invierno del 480-479. El libro IX completa la guerra con las campañas finales de Platea y Mícala. Aunque la narrativa es continua y cronológicamente secuencial, en varios lugares de los primeros libros, menos frecuentemente en los últimos, Heródoto proporciona una nota a pie de página dentro del texto para dar información sobre ciudades o sobre otras cuestiones que van a figurar en lo que sigue después. El estilo de Heródoto es muy directo, personal y de fácil lectura, incluso emocionante, y sin manierismos. Junto a la narración principal, que comienza de una forma en cierto modo fortuita, pero que se desarrolla como un gran río (símil con el que los escritores romanos Cicerón y Quintiliano hacen referencia a él) que fluye hacia una corriente más suave con la grandeza de un poderoso poema épico, junto a esa narración hay todo tipo de digresiones e inserciones, sobre todo en la mitad más antigua de la obra; estas digresiones hacen la función de notas a pie de página de los temas principales, pero el autor las contempla como algo esencial. Heródoto ama poner frente a su audiencia a grandes figuras, hombres que influyeron profundamente en el curso de los acontecimientos: Solón, Creso, Ciro, Polícrates, Cleómenes I, Jerjes y Temístocles. Estaba profundamente convencido de la influencia de la divinidad en los asuntos humanos, y creía en la veracidad de los oráculos, aunque rechazaba los que tenía por falsos. Por otra parte, Heródoto era poseedor, ante todo, de una mente abierta, y estaba preparado para aceptar la sinceridad de las creencias de otros pueblos, así como el poder de la experiencia religiosa de Asia y Egipto, que situaba al mismo nivel que la experiencia religiosa griega. Era equitativo en su tratamiento de griegos y extranjeros, y daba crédito a los bárbaros cuando se trataba de causas nobles. Creía firmemente en la incertidumbre del destino y en la inseguridad de la prosperidad humana. En los asuntos humanos era partidario del principio de reciprocidad, de acuerdo con el cual cada uno de nosotros recibe un tipo de justicia acorde con los actos que ha llevado a cabo en relación con los demás. Comprobó que este principio actuaba en los asuntos humanos más como origen de acontecimientos que como fuente de culpa. Siempre insiste en la importancia de las pruebas, y cuando no está seguro de ellas, lo advierte, e incluso siembra la duda sobre lo que ya ha dicho, dejando abierta la posibilidad de que el lector juzgue por sí mismo. No trata de que los hechos encajen con una percepción preconcebida de la historia. Antes bien, ofrece sus opiniones sobre las pruebas, pero dice abiertamente que encuentra dicha evidencia difícil de aceptar. En algunas ocasiones se equivoca, por ejemplo, cuando cree erróneamente que en el sur de África el sol está al norte, pero ofrece pruebas para refutar su propio punto de vista. A menudo las pruebas proporcionadas por la arqueología han dado la razón a un punto de vista de Heródoto que con posterioridad a él no se había aceptado. Su estilo al escribir es tan fácil y cómodo para el lector, que su éxito y su belleza se dan por sentados con demasiada facilidad, y el impacto de sus descripciones de grandes hechos y situaciones importantes puede estar malinterpretado. Era muy aficionado a expresar comentarios de advertencia en relación con hechos humanos, comentarios acompañados de breves sentencias generales (gnómai); dichos comentarios no tienen nada que ver con una filosofía de la historia, sino que más bien reflejan su sentido del orden en los acontecimientos. A partir de su obra obtenemos un panorama de la concepción que tenía Heródoto del acontecimiento portentoso y del temor, que pueden hacer que un hombre de la grandeza de Jerjes llore ante la visión de sus propias tropas; todo ello dentro de una reflexión sobre la brevedad de la vida. Fue Homero quien ejerció la influencia más importante sobre el estilo de Heródoto, que parece deber poco a los historiadores anteriores: aunque conoció y se sirvió de la obra de Hecateo, su estilo está mucho más consumado que el de este y el de los prosistas (logógraphoi) anteriores, que, según se deduce de los fragmentos que conservamos de ellos, eran mucho más simples y con un sentido histórico más primitivo: mezclaban de una forma no crítica mito e historia. Heródoto aparece a través de su obra como un hombre curioso, observador y siempre dispuesto a escuchar, cualidades que combinaba con una gran formación enciclopédica y erudita, pero no siempre fue apreciado como se merecía. Tucídides fue su primer crítico adverso: sugirió que no era más que un narrador de historias, un romántico dispuesto a captar la atención del lector corriente. Sin embargo, Tucídides comienza su narración introductoria en el punto en el que Heródoto deja su relato. A Heródoto se le acusó de fraude; fue sobre todo Plutarco, que escribió un ensayo titulado La malevolencia de Heródoto. La crítica provenía probablemente del hecho de que Tebas, la ciudad natal de Plutarco, había tenido muy mala prensa en manos del historiador de Halicarnaso. Algunos críticos adversos más recientes exageran. En definitiva, el epitafio "Padre de la historia" es más convincente y justo con Heródoto que el calificativo perverso de "Padre de las mentiras".