Libro de. Libro de la Biblia relacionado con la figura del primero de los grandes profetas de Israel, Isaías (ss. VIII-VII a.C.), que vivió en Jerusalén, seguramente como profeta de la corte. El libro, en su estado actual, presenta claras señales de la composición que se llevó a cabo en diversas épocas, y está ya muy aceptada la distinción de tres secciones bien delimitadas. En la primera, capítulos 1-39, se han recopilado varias colecciones de oráculos y relatos procedentes de la actividad del profeta Isaías, con anuncios de castigo para Judá y amenazas contra otros pueblos, junto a vaticinios de los tiempos mesiánicos. Es particularmente conocida la sección del llamado "Libro de Emanuel" (capítulos 7-12), con el "signo" del "niño nacido". Como es habitual en esta literatura, el profeta protesta contra los desórdenes éticos y sociales y anuncia que los pecados de Judá atraerán sobre ella el castigo divino; es, en consecuencia, una llamada a la conversión. Hay también adiciones posteriores, como el "apocalipsis de Isaías", de los capítulos 24 al 27, elaborado en un ambiente muy distinto, de círculos apocalípticos formados después del destierro. La segunda y tercera sección, contiene dichos de otros dos profetas, que, dado el desconocimiento que se tiene de sus nombres, suelen denominarse Deutero-Isaías y Trito-lsaías. El Deutero-Isaías (capítulos 40-55), refleja una época muy posterior,cuando el Templo ha sido ya destruido (siglo VI a.C.) y el pueblo se encuentra en el destierro; su profeta vivió en el exilio babilónico hacia el 550 a.C.. Su obra, un mensaje de esperanza a sus compañeros en el exilio, incluye muchos de los pasajes más inspirados de todo el Antiguo Testamento. En ella trata de ofrecer consuelo ("consolad, consolad a mi pueblo", son las palabras con las que comienza) y hablando por medio de "la voz que clama en el desierto", promete el advenimiento de un personaje que trazará una calzada real que conducirá de Babilonia a Jerusalén. Pero la cosa no quedaba ahí: Jerusalén sería reconstruida en todo su esplendor, el propio Dios subiría al trono, los hijos de Israel recuperarían su posición central entre las naciones de la tierra, y la mantendrían ya para siempre, y todas las religiones rivales desaparecerían. El texto del Deutero-Isaías pertenece, sin duda, a la categoría de los sueños que son demasiado buenos para ser ciertos, sin embargo, contiene cuatro pasajes cuya influencia sería bastante más duradera. Tratan todos ellos de un misterioso siervo (capítulos 42, 49, 50 y 52), que vendría a ser una especie de vicario de Dios en la tierra, cuya luz irradiaría hasta los confines del mundo y que (en unos términos fácilmente aplicables a Jesús) moriría y sería sepultado, para volver finalmente a resucitar. El Trito-Isaías (capítulos 56-66) resulta, por el contrario, bastante más sobrio. Profeta algo más tardío, aunque pertenezca igualmente al siglo VI es probable que formara parte del primer contingente de judíos que regresó a Jerusalén tras el Cautiverio en Babilonia. Su problemática es propia de la época que sigue al exilio, bajo dominio persa, y puede proceder de círculos proféticos próximos a los anteriores. Es, ante todo, un mensaje de consolación y de anuncio de los tiempos de salud. Se mantiene fiel a la tradición profética de censura moral y deplora la suntuosa restauración del Templo, por entender que no era eso lo que Dios quería. La fusión de las tres secciones y la redacción final son, por lo tanto, bastante tardías (siglo V o IV a.C.). Algunas de las páginas de Isaías destacan por el calor de sus imágenes, consideradas entre las más bellas de la Biblia desde el punto de vista literario.