De todos los dioses antiguos, éste es a quien la fábula atribuye más funciones. Los griegos le llaman Hermes, intérprete o mensajero. Según Festo, su nombre latino venía de las mercancías, "a mercibus", y según otros, de "medius currere, queasi medieurius", como inventor de la palabra, intérprete de los pensamientos de los hombres. Intérprete y ministro fiel de los otros dioses, y en particular de Júpiter, su padre, les servía con un celo infatigable y aun en comisiones poco honestas. Cuidaba de todos sus negocios, tanto de los tocantes a la paz como de los pertenecientes a la guerra, y así mismo, del interior del Olimpo: de abastecerles y servirles ambrosía, de presidir los juegos y las asambleas, escuchar los discursos públicos y responder a ellos, etc.. Estaba encargado también de conducir a los infiernos las almas de los muertos, y de sacarlas de ellos, y nadie podía morir sino cuando este dios había roto del todo los lazos que unían el alma al cuerpo. Era además el dios de la elocuencia, la oratoria, los viajeros, los comerciantes, y hasta de los ladrones. Embajador plenipotenciario de los dioses, asistía a todos sus tratados de paz y de alianza. Ya se le ve acompañar a Juno, o para guardarla o para velar sobre su conducta, ya es enviado por Júpiter para entablar una intriga amorosa con otra amante. Aquí traslada a Cástor y Pólux a Penene; en otra parte acompaña el carro de Plutón cuando éste roba a Prosérpina. Embarazados los dioses con la disputa iniciada entre tres diosas sobre cual de ellas era la más hermosa, aquéllos le envían con éstas al pastor Paris. En fin, era invocado en los matrimonios, para hacer la felicidad de los esposos. Tan diferentes funciones hacen creer que hubieron varios Mercurios, y que dieron al hijo de Júpiter atributos que debieran haberse dividido entre muchos dioses del mismo nombre. Los mitólogos reconocen en efecto muchos Mercurios. Lactancio el Gramático cuenta cuatro: el uno hijo de Júpiter y Maia: el segundo del Cielo y el Día; el tercero de Liber y Prosérpina, el cuarto de Júpiter y Cilene, que como dicen los griegos, mató a Argos y huyó a Egipto, donde llevó el conocimiento de las letras. Según Cicerón había cinco: el uno hijo del Cielo y el Día; el otro del Valor y de Foronis, el cual era el que habitaba en la tierra y se llamaba Trofonio. El tercero era hijo de Júpiter y Maia, el cuarto del Nilo, que los egipcios creían estaba prohibido nombrar; el quinto, honrado por los feneates, era el matador de Argos. Todos estos Mercurios pueden reducirse a dos: el antiguo Mercurio o Thot, o Thant de los egipcios, contemporáneo de Osiris; y el que Hesíodo llama hijo de Júpiter y Maia. Los tiempos heroicos no tienen un personaje más célebre que el Mercurio egipcio. Era el alma del consejo de Osiris, quien se servía de él en los negocios más delicados, y que antes de partir para la conquista de las Indias dejó a Isis, a la cual había nombrado regenta, como su más hábil ministro. Se aplicó, en efecto a hacer florecer el comercio y las artes en todo Egipto. Ocupado en los conocimientos más sublimes, enseñó a sus gobernados el modo de medir las tierras, cuyos límites eran frecuentemente alterados por las crecidas del Nilo. En fin, pocas ciencias hubo en que no hiciese los más rápidos progresos; siendo él, en particular, el inventor de los caracteres misteriosos llamados jeroglíficos. Diodoro de Sicilia añade que Osiris le honró mucho, porque le había dotado de un talento extraordinario para todo lo que puede contribuir a la perfección de la sociedad. En efecto, Mercurio fue el primero que creo un idioma exacto y regular, de los dialectos inciertos y toscos que se usaban entonces, puso nombre a una infinidad de cosas nuevas y usuales, inventó los primeros caracteres, arregló hasta la armonía de las frases, instituyó muchas prácticas religiosas y dio a los hombres los primeros rudimentos de astronomía. Luego les enseñó la lucha, la danza, como también la fuerza y la gracia que el cuerpo humano puede obtener con estos ejercicios. Inventó la lira, a la cual puso tres cuerdas, aludiendo a las tres estaciones del año. En fin, él fue, según los egipcios, el que plantó el olivo que los griegos creen deber a Minerva. El segundo Mercurio, hijo de Júpiter y Maia, se hizo célebre entre los príncipes de los Titanes. Después de la muerte de su padre, le tocó en herencia Italia, las Galias y España, de donde fue dueño absoluto después de la muerte de su tío Plutón; y de los mauritanos, al fallecer su abuelo Atlante. Era un príncipe astuto, artificioso y simulador: viajó más de una vez por Egipto para instruirse en las costumbres de este antiguo pueblo, y para aprender en él la teología, y sobre todo la magia, que entonces estaba muy en auge, y en cuya ciencia se aventajó después. Por lo mismo fue tenido como gran augur de los príncipes de los titanes, quienes le consultaban continuamente. Su elocuencia y habilidad en las negociaciones, de las cuales Júpiter sacó gran provecho en las guerras que tuvo con los príncipes de su familia, le hicieron tener por mensajero de los dioses. Sus defectos no fueron menores que sus bellas cualidades y su conducta artificiosa y humor inquieto obligaron a los demás hijos de Júpiter a declararle la guerra, durante la cual vencido muchas veces, tomó por último el partido de retirarse a Egipto, donde murió. Otros creen que terminó sus días en España, donde se veía su sepulcro. Tal es la historia de Mercurio, alterada por los griegos y mezcIada con muchas fábulas; porque en primer lugar, parece que dieron su nombre a muchos príncipes que tuvieron algunas de sus cualidades y en segundo estas mismas cualidades han dado lugar a muchas alegorías. Por ejemplo, la cadena de oro que salía de su boca y que terminaba en los oídos de los que quería conducir, significaba que encadenaba los corazones y los espíritus con la dulzura de su elocuencia. Si se le pintaba con medio rostro claro, y el otro negro y sombrío, es porque se creía que conducía las almas a los infiernos y que por lo tanto tan pronto se hallaba en el cielo, como en la tierra, como en el reino de las tinieblas. Si los egipcios le representaban con cabeza de perro era, dice Servio, para significar su vigilancia y su sagacidad. En cualidad de dios de los ladrones y mercaderes se atribuyen a Mercurio muchas Picardies y sabemos por Luciano que siendo aun niño robó el tridente a Neptuno, las flechas de Apolo, la espada de Marte y el cinturón de Venus, lo que parece indicar que era hábil navegante, diestro en el tiro con arco, valiente en los combates, y que unía a estas cualidades todas las gracias del discurso. Apolodoro hace mención de otro robo que hizo a Apolo siendo aún pastor. Salió, dice este autor, de su cuna para robar los bueyes de Apolo y los hizo caminar atrás para hacer perder sus pisadas. El dios vino a pedir sus bueyes, encontró a Mercurio en la cuna, disputó con él y lo amenazó. En fin, como compensación, Mercurio regaló a Apolo el nuevo instrumento que había inventado, y Apolo le cedió los bueyes. Esta fábula se encuentra representada en un monumento, en el cual se ve a Mercurio presentando a un buey un puñado de hierbas. A pesar de sus buenas cualidades y de los beneficios hechos a Júpiter, Mercurio no conservó siempre la amistad con este dios, quien arrojó del cielo y redujo a guardar ganados, en tiempos en que Apolo, en su desgracia, tuvo que acudir al mismo recurso. El culto de Mercurio nada tenía de particular, sino el que se le ofrecían las lenguas de las víctimas, emblema de su elocuencia. Por esta misma razón se le ofrecía miel y leche. El primer higo que se cogía, se ponía delante de la imagen de Mercurio, que lo cogia cuando quería; de donde vino el proverbio griego, Ficus ad Mercurium, para denotar una cosa que es presa del primer ocupante. Se le inmolaban también becerros y gallos. Era especialmente honrado en las Galias, donde le ofrecían víctimas humanas. En Egipto, donde los sacerdotes le consagraban la cigüeña, animal famosísimo entre ellos después del buey; en Creta, como ciudad comerciante; en Cilene, en Elida, porque se creía que había nacido en el monte del mismo nombre, situado cerca de esta ciudad. Había en el monte una estatua colocada en un pedestal en postura indecente, símbolo de la fecundidad. Tenía también un oráculo en Acaia, que sólo ofrecía por las tardes. Después de muchas ceremonias se hablaba al dios al oído, para pedirle lo que se quería. Luego se salía del templo con los oídos tapados con las manos, y las primeras palabras que se oían eran la respuesta del dios. Anfión fue el primero que le erigió un altar. En Italia fue puesto en el número de las ocho divinidades principales, llamadas Dii selecti. Se le concedió el sexto lugar, porque se le atribuía el gobierno del sexto planeta. Los crotoniates, quienes habían adoptado el sistema egipcio, renovado por Pitágoras, él cual atribuía al curso de cada planeta un sonido musical, creían que Mercurio dejaba oir el "ut" y la Luna el "sí". Los ex-votos, que los viajeros le ofrecían de vuelta de un largo y penoso viaje, eran pies alados. Los comerciantes romanos celebraban una fiesta en su honor el 15 de mayo, en cuyo día se le había dedicado un templo en el Gran Circo, en el año 675 de la fundación de Roma, Sacrificaban a este dios una marrana preñada y se rociaban con el agua de una fuente llamada Agua Mercurii, a la cual atribuían una virtud divina, rogando a Mercurio que les fuese propicio en sus tráficos, y que les perdonase, dice Ovidio, sus pequeñas trapisondas. Como a su divinidad tutelar, le pintaban por lo regular con una bolsa en la mano. Algunos monumentos lo representan con la bolsa en la mano izquierda, y en la otra un ramo de olivo y una clava, símbolos el uno de la paz, útil al comercio; el otro de la fuerza y de la virtud, necesarias al tráfico. En calidad de negociante de los dioses, lleva el caduceo, emblema de la paz, que además tiene la virtud de conducir a los párpados, el sueño y los sueños. Las alas de su gorro, de sus pies, y de su caduceo, denotan su ligereza en ejecutar las órdenes de los dioses, sobre todo en conducir y sacar de los infiernos las almas de los muertos, de estas alas unas son negras y otras blancas. Las primeras anuncian al Mercurio celeste y las otras le sirven para penetrar en los infiernos. La vigilancia que exige tantos deberes, hace que se le de un gallo por símbolo. En un monumento se le ve caminando delante de un gallo, mucho más grande que él, y que lleva una espiga en el pico, símbolo quizá de que la sola vigilancia produce la abundancia de las cosas necesarias a la vida. Como los pastores le tomaban por patrono, se le ve algunas veces con un carnero. La tortuga que hay cerca de él denota que es inventor de la lira, en latín testudo. Se le pinta joven, hermoso, de una estatura elevada, ya desnudo, ya con una capa en las espaldas, que sólo le cubre la mitad. Cuando se le da barba larga y figura de anciano, se le rodea con una larga capa que le baja hasta los pies. De este modo, se ve en un mosaico de Herculano. Los griegos entonces le hicieron presidir como Príapo, los placeres desordenados de los sentidos. Algunas veces trae lanza, una pértiga armada de garfios o un tridente. Bajo estos atributos protegía el comercio marítimo. Se le concedía el tridente, según Macrobio, porque en la distribución que hizo Júpiter de los elementos entre varios dioses, Apolo tuvo el encargo de cuidar del fuego, Febo de la tierra, Venus del aire y Mercurio del agua. Fue considerado en lo sucesivo como inventor de la clepsidra. Los griegos, que designaban el guia divino de cada planeta por una letra de su alfabeto, la Luna por alpha, Venus por eta, el Sol por iota, Marte por omicrón, Júpiter por la ipsilon, Saturno por omega, figuraron jeroglificamente a Mercurio por épsilon. Así en las medallas griegas la A y la E indican con frecuencia una invocación a la Luna y a Mercurio. Algunas veces se ve cerca del dios la cabeza de Argos, como un trofeo de su victoria. En otras tiene ambos sexos, porque se le atribuía el poder transformarse a su voluntad en uno u otro. Se le representa también con un manto medio negro y medio blanco, porque como emblema del sol no ilumina más que la mitad del globo, y con su ausencia hace suceder las tinieblas a la luz. En algunos monumentos, Cupido pone alas a los talones de Mercurio; en otros, aparece al lado de Venus, emblema ingenioso de que los placeres del amor no tienen precio sino cuando el placer sabe apreciarlos. Mercurio se ve también cerca de Pitágoras, porque este filósofo enseñó la inmortalidad de las almas, y que el dios era su conductor. Una estatua de bronce del gabinete del rey de Prusia, da a Mercurio atributos que no le son ordinarios. Está colocado en medio de dos cuernos de la abundancia, y sobre el petaso que le cubre se levanta una cabeza de cisne. El cuerno de Amaltea representa la abundancia que lleva consigo el comercio, y el cisne indica los discursos del dios en la elocuencia. Como conductor de las sombras va desnudo, tiene en una mano el caduceo, y en la otra una antorcha para guiarle en la morada de las tinieblas. Por esta razón se encuentra su nombre en las urnas sepulcrales. Y por la misma se imaginaban que aquellos que creían verle en sueños, debían morir luego. Entre otras estatuas de este dios se distinguen las cuatro siguientes. La primera es un Hermes que se ve en los jardines de Versalles. La esculpió Lerambert, y Le Pautre la ha grabado. El dios lleva el petaso alado y los cabellos replegados bajo este gorro. Tiene la frente espaciosa como la que pintan los griegos. Al pie del busto se ven dos caduceos cruzados, en bajorrelieve. La segunda es una estatua antigua de cuatro pies y medio de alto que se ve en las Tullerías. El dios lleva un petaso con las alas encorvadas y replegadas. Está casi desnudo y tan sólo cubre su espalda una simple capa. En una mano tiene una bolsa y en la otra un caduceo sin alas, entrelazado con dos serpientes. Esta estatua ha sido grabada por Mellana. La tercera de Pigal, fue expuesta en el salón, obtuvo los más lisonjeros elogios. La cuarta de Pajou, en mármol blanco, trabajada en 1.780, es de seis pies de proporción y representa a Mercurio como protector del comercio. Entre los pintores modernos, se distingue Julio Romano, que en su historia de Psiquis ha representado al dios preparando el banquete de bodas. Un cuadro de Pierre ofrece a Mercurio enamorado de Herse, y transformando a Aglauro en piedra. Otro de Lagraneo, el joven, expuesto en el salón, en 1.781, presenta a Mercurio protector del comercio, derramando sobre Francia los tesoros que manan de esta rica fuente. Una de las obras maestras de la antigüedad, conocida anteriormente bajo el nombre de Antinoo del Belvedere, y que enriquecía el Museo de París, representa un Mercurio griego. Esta admirable estatua, de mármol blanco, es de proporción heroica. He aquí la nomenclatura de los principales atributos dados a este dios: alas en la cabeza y en los pies, a veces una negra y otra blanca, balanza, bastón, carnero, bolsa, o palo enroscado con dos serpientes y con alas, cadena de oro, gallo, cuerno de la abundancia, higo, antorcha, manto, a veces medio negro o medio blanco, clava, fuente, petaso, coronado con una cabeza de cisne, ramo de olivo, cabeza de Argos, cabeza de adormidera, tortuga, tridente, etcétera. Antes de terminar este artículo, no debemos olvidarnos de observar que las fábulas de Mercurio no han parecido a los sabios más distinguidos sino alegorías del curso del sol y de los fenómenos que produce este astro. El Mercurio celeste representa al sol o solsticio de verano. El Mercurio infernal es el sol de invierno. Si mata un gigante, es un lago que se deseca. Por otra parte, Argos no es más que el emblema del cielo, donde brillan cien ojos, esto es, innumerables estrellas; e Io lo es de la tierra representada por una vaca, animal terrestre utilísimo. Si Juno, esto es, la lluvia, persigue a Io hasta Egipto, el sol, más ardiente en las orillas del Nilo, disipa la niebla y hace más fértil la tierra. Si Mercurio desciende por fin a los infiernos para sacar las sombras, es el sol ocultándose en el horizonte; y su nacimiento parece lanzar de su alrededor a las tinieblas y los fantasmas, hijos de la noche. El autor del Mundo primitivo, y el sabio Dupuis, han llegado a demostrar esta opinión. En este caso el caduceo, que Homero llama verga dorada, no es más que un rayo solar que disipa la noche y las tinieblas, y siendo la serpiente entre todas las naciones el símbolo de la vida, se une su representación a la del rayo solar para significar que el astro del día, que fecunda la tierra, es el padre de la vegetación y parece dar vida a toda la naturaleza. Se dice que Apolo había dado el caduceo a Mercurio, lo que demuestra una vez más que era un rayo solar. Estos dioses, en efecto han sido confundidos muchas veces. Mercurio tiene, como Apolo, la cabeza radiante. Si este último ha inventado la lira, hace nacer los útiles necesarios para la medicina y es considerado como dios de los poetas, el primero ha inventado el laúd, es el mejor médico de su siglo y el dios de los oradores. Así ambos tenían un altar común en el templo de Júpiter Olímpico. Por todas partes se celebraban las fiestas principales de este dios a principios de mayo, porque entonces sus fuegos son más activos y resplandecientes. Una estatua del gabinete Cospiano representa a Mercurio con un capacete alado que le cubre casi enteramente las orejas. Va revestido con un ropaje que le baja hasta los pies. Detrás de su cabeza se ven escapar muchos rayos solares que indican claramente la faz del día. El primer templo de Mercurio en Roma fue edificado en el valle del Circo Máximo, en las laderas del Aventino y no lejos del puerto de Roma, que era el centro del tráfico. La fecha que se asigna tradicionalmente a la fundación de este templo es el año 496 antes de nuestra Era. El templo de Mercurio es anterior en tres años al de Ceres, erigido en sus cercanías. Ambos santuarios fueron construidos fuera del Pomerium (el recinto sagrado de la ciudad), lo cual parece indicar un origen extranjero del dios,.o, por lo menos, de su culto. Como Hermes, los atributos de Mercurio son el caduceo, el sombrero de alas anchas y las sandalias aladas; finalmente, lleva también una bolsa, símbolo de las ganancias que proporciona el comercio. Era el patrón de los mercados, de los mercaderes y de las ganancias. Como la mayoría de las divinidades romanas, Mercurio carece de mito propiamente dicho. Cuando interviene en la leyenda aparece como "traducción" de Hermes. Por ejemplo, en las tradiciones que lo presentan como el padre de Evandro (Ver). Pasa también por ser padre de los lares (Ver, Lara). Esta leyenda se explica tal vez por la circunstancia de que los lares, como Mercurio-Hermes, son los dioses de las encrucijadas.