o Méroe. En egipcio antiguo Beruat, Meruat o Meruy, en árabe Meraui. Nombre de una vasta estepa (hoy, Butana) que se extiende por la ribera derecha del Nilo, al sur del río Atbara. Capital de los reyes kushitas desde el siglo VI a.C., entre la 5ª y 6ª cataratas, a 200 km al noreste de Jartum, cerca de Begrauiya (Sudán). En esta región de Butana, rodeada hasta tal punto de corrientes de agua que los antiguos viajeros la consideraban una isla, Meroe, era un centro floreciente ya en al siglo VIII antes de nuestra era. Se convierte definitivamente, en el siglo III, en la capital que aquello que los griegos denominaron Etiopía. Hay numerosas lagunas en nuestro conocimiento sobre la civilización y la historia meroíticas, pero es indudable que el reinado de Meroe desempeñó un importante papel, al menos en la Baja Nubia hasta Assuán, en los primeros momentos de la dominación de los lágidas. Diodoro de Sicilia evoca a un tal Ergamenes que se ha interpretado como Arnekhamani, el constructor del templo consagrada al león Apedemak en Mussawarat es-Sofra. Fue, sin duda, este soberano filoheleno el que introdujo en Meroe el arte alejandrino, del que encontramos huellas en las excavaciones. Es probable, asimismo, que Meroe interviniese en las sublevaciones del Alto Egipto contra Ptolomeo V. La "isla de Meroe" se convierte en leyenda en la literatura clásica, que la concibe como un lugar inaccesible en donde la civilización de los faraones habría conservado su pureza original. La arqueología revela, sin embargo, que a partir del siglo II antes de nuestra era, los rasgos indígenas predominan. Los meroítas abandonan la lengua egipcia para utilizar la del país, que ha permanecido transcrita con ayuda de los signos jeroglíficos derivados del demótico. Adoptan, también, un régimen político matriarcal de tipo africano y sitúan a la cabeza a una reina, la Candace. Una de estas reinas se enfrentará al prefecto Petronio, durante el reinado de Augusto, logrando así preservar su reino contra el invasor romano. A pesar de haberse realizado una expedición en época de Nerón, los datos que tenemos sobre este reino, que en este momento está en su apogeo, son muy vagos. Las relaciones con Roma, aunque esporádicas, se mantendrán hasta el siglo IV de nuestra era, pero no serán suficientes para deshacer la confusión entre Etiopía y la India, fomentada por la novela griega que no dudará en vincular a ambas civilizaciones de cara a un público ávido de exotismo. El reino de Meroe tuvo una duración semejante al de Egipto ya que no se hundirá hasta el 350 después de Jesucristo, ante los ataques de los axumitas que extenderán la religión cristiana hasta el vecino país de los nubas. La civilización que se instala entonces en el antiguo reino es mal conocida. Retorna a las raíces de la cultura de los bedjas, los temibles blemios que fueron los últimos fieles del templo de Isis en Filas hasta la época de Justiniano. Esta civilización asociará reminiscencias egipcias y meroíticas y este extraño ensamblaje resistirá mucho más tiempo contra el cristianismo que la civilización egipcia puesto que no cederá definitivamente hasta mediados del siglo VI antes de Jesucristo. Los meroítas estaban tan convencidos como los lágidas de ser los herederos de los faraones. Sin embargo, hasta la más pequeña obra de arte producida por ambas culturas revela que, si por una parte ambas son herederas de la cultura egipcia, por otra, cada una aportó elementos propios que las diferencian del modelo original. Cuando Pi(ankb)y conquistó Egipto, se sentía, y no sin razón, egipcio y no nubio, puesto que la civilización que él representaba no fue sino el fruto de una aculturación llevada hasta su último extremo. A pesar de las excavaciones de J. Garstang en 1909-14 y G.A. Reisner en 1922-25, la extensa región de asentamientos y necrópolis está insuficientemente estudiada. Determinan la gran impresión de Meroe los campos de pirámides, en las que se enterraba desde muy temprano a los miembros de la casa reinante y a los propios reyes, sólo desde el siglo III a.C.. A pesar de que siempre se mantuvo evidente la semejanza formal con el arte egipcio, nació en Meroe una cultura propia, que floreció hasta el siglo III de nuestra era. Hoy, Kabuchía.