Todo el mundo sabe que los pitagóricos aplicaron las propiedades aritméticas de los números a las ciencias más abstractas y más profundas. En pocas palabras, se verá si su sistema merece la admiración que ha causado y si el título pomposo de Teología aritmética, que le ha dado Nicómaco, le conviene. No constando la unidad de partes, debe menos pasar por un número que por el principio generador de los números. De ahí sacan los pitagóricos que ha venido a ser como el atributo esencial, el caráter sublime, el sello mismo de Dios. Se le llama con admiración el que es Uno; único título que le conviene, y que le distingue de todos los otros seres que cambian sin cesar y sin rodeo. Cuando se describe un imperio floreciente, se dice que reina en él un mismo espíritu, que una misma alma lo vivifica y que le remueve un mismo resorte. El número 2, siguiendo a Pitágoras, designa el mal principio y, por consecuencia el desorden, la confusión y la mudanza. El odio que se tiene al número 2 se extiende a todos los que empiezan con este guarismo, como 20, 200, 2000, etc. Siguiendo esta antigua creencia, los romanos dedicaron a Plutón el segundo mes del año; y en el segundo día del mismo mes expiaban las almas de los muertos. Varias gentes suspersticiosas, para apoyar esta doctrina han observado que este segundo día del mes ha sido fatal a muchísimos lugares y a grandes hombres, como si estas mismas fatalidades no hubiesen acaecido igualmente en otros días. Pero el número 3 agradaba extraordinariamente a los pitagóricos, porque encontraban en este guarismo sublimes misterios de los cuales se vanagloriaban poseer la llave; llamaban a este número la armonía perfecta. Un italiano canónigo, de Bérgamo, se ha entretenido en recoger las singularidades que pertenecen a este número, entre ellas se cuentan filosóficas, poéticas, fabulosas y aun devotas; en una palabra es una compilación tan extraña, como curiosa. El número 4 estaba en gran veneración entre los discípulos de Pitágoras, porque decían que encerraba toda la religión del juramento y que recordaba la idea de Dios, y de su poder infinito en el arreglo del Universo. Juno, que presidía las bodas, protegía, según Pitágoras, el número 5 porque se compone de 2, primer número par, y de 3, primer numero impar; pues estos dos números reunidos, juntos par e impar, forman 5, que es un emblema o una imagen del casamiento. Además añadían que el número 5 es potable, porque puede multiplicarse por sí mismo; esto es, 5 por 5, resultando siempre un número 5 a la derecha del producido. El número 6, según Vitruvio, debe todo su mérito al uso que hacían los geómetras antiguos, de dividir todas las figuras, ya porque terminasen en líneas rectas, o ya en líneas curvas de seis partes iguales; y como la exactitud del juicio y la rigidez del método son esenciales en la geometría, los pitagóricos, que habían emprendido con intéres esta ciencia, tomaron el número 6 para caracterizar la justicia, que marchando siempre con un paso igual, no se deja seducir ni por la calidad de las personas, ni por el brillo de las dignidades, ni por el atractivo, comúnmente vencedor, de las riquezas. Ningún número ha tenido mejor acogida que el 7; los médicos creían descubrir en él las continuas vicisitudes de la vida humana, y de allí derivaron su año climatérico. Fra Paolo, en su historia del concilio tridentino, ha ridiculizado graciosamente todas las pretendidas ventajas del número 7. Los pitagóricos veneraban particularmente el número 8, porque designaba, según ellos, la ley natural, esta ley primitiva y sagrada, que supone a todos los hombres iguales. Miraban con temor el número 9 porque designaba la fragilidad de las fortunas humanas, tan pronto destruídas como establecidas, por cuyo motivo aconsejaban evitar todos los números donde dominase el 9 y principalmente el 81, que es el producto del 9 multiplicado por sí mismo. Finalmente, los discípulos de Pitágoras juntaban el número 10, como el cuadro de las maravillas del Universo, conteniendo eminentemente las prerrogativas de los números que le preceden. Para demostrar que una cosa aventajaba con mucho a otra, los pitagóricos decían, que era diez veces más grande, diez veces más admirable. Para manifestar simplemente una sola cosa, decían que tenían diez grados de hermosura. Este número pasaba también por signo de amistad, de paz, de benevolencia; y la razón que se daba a los discípulos de Pitágoras era que, cuando dos personas quieren unirse estrechamente, se toman mutuamente las manos y se dan un apretón en prueba de unión recíproca; pues decían ellos que dos manos unidas forman por medio de los dedos el número 10.