Lucio Cornelio (Lucio Cornelius Sulla Felix) (137-77 a.C.). Célebre dictador romano. Sila pertenecía a un importante clan patricio, la gens Cornelia, que proporcionó más de un centenar de nombres ilustres durante la República y que junto con los Valerii, Fabii, Claudii y Aemilii constituyeron una auténtica facción dentro de la nobilitas. Se dedicó con ahínco durante su juventud a los estudios y, en especial, a la lengua y la cultura griegas. Las fuentes insisten en algunos defectos, como su gusto excesivo por el vino o por las mujeres. A pesar de sus orígenes, inició sus pasos en la carrera política a la sombra de Mario, siendo cuestor en África en 107 durante la guerra contra Yugurta. Se ganó el resquemor de su comandante cuando, gracias a las habilidades diplomáticas de Sila, Bocco le entregó a Jugurta. Pese a ello, Sila permaneció al servicio de Mario. A su regreso de África, Sila luchó como legado, siempre a las órdenes de Mario, en la guerra contra los teutones (104), dirigiendo con éxito una expedición contra los tectosagos. Poco después, como tribuno militar, destacaría también, en el ejército de Lutacio Catulo, contra los cimbrios en Vercellae, en el norte de Italia, dando muestras al mismo tiempo de su capacidad organizativa. Hasta el 97 no desempeñó la pretura, pero al año siguiente recibió ya una delicada misión como propretor en Oriente: mediar en la disputa entre el rey parto Arsaces VIII y el rey de Capadocia Ariobarzanes, reponiendo en el trono a este último. La acción de Sila fue bastante efímera, pues, a pesar de cumplir su misión, la restitución de Ariobarzanes apenas duró un año, expulsado nuevamente por Mitrídates VI. Mientras permanecía allí, fue visitado por una delegación del rey de Partia que solicitó la amistad de Roma. Sila regresó a Roma ca. 91 y fue procesado infructuosamente por su actuación en Cilicia. Se enfrentó de nuevo con Mario por la propuesta de permitir que Bocco erigiera una estatua en el Capitolio conmemorando la rendición de Jugurta. La guerra social (91-88) fue, sin embargo, la que proporcionaría a Sila su mayor gloria y el inicio de su irresistible ascensión política, abriéndose así, aún más, las diferencias con Mario, que también jugó un eficaz papel en las operaciones militares. El mayor éxito lo obtuvo como legado, en la región costera de la Campania y, poco después, en el Samnio, donde logró sorprender al general samnita Papio Mutilo y conquistar la ciudad de Bovianum. Como premio por sus acciones fue elevado al consulado (88), con ayuda de los poderosos Metelos, concluyendo victoriosamente la guerra al conquistar Nola. Su colega fue Q. Pompeyo Rufo, cuyo hijo se casó con la hija de Sila. El propio Sila tomó como su segunda esposa a Cecilia Metela, la viuda de Escauro y sobrina de Q. Cecilio Metelo. El Senado concedió entonces a Sila el mando en la guerra contra Mitrídates VI. Sin embargo, para entonces, los populares, apoyados por los caballeros, preparaban la reaparición política de Mario; el tribuno P. Sulpicio Rufo, como representante de esos intereses y esperando el favor de Mario, propuso, en un acto de ilegalidad constitucional, entregar el mando de la guerra contra Mitrídates a Mario. Tras un tumulto que puso en peligro su vida, Sila se sometió brevemente a los planes de Mario. Siendo bien consciente de que tenía un fuerte apoyo entre las seis legiones destinadas a luchar contra Mitrídates, a las que él había dirigido en las guerras sociales, huyó a Campania para reunirse con ellas. A continuación marchó sobre Roma, franqueando sus murallas al frente de su ejército (cometiendo así una grave falta religiosa: la violación del pomerium) y conquistándola sin dificultad, en la primera guerra civil romana. Sila llevó a cabo purgas entre la oposición, asesinando a Sulpicio y haciendo huir a Mario a África. Con la fuerza de las armas obligó a aprobar medidas para transferir los poderes legislativos de la Asamblea de tribus a los Comitia Centuriata, que estaban sujetos al veto senatorial. Redujo el interés máximo a pagar por los deudores al 10 por ciento. Hizo que Lucio Cinna, el cónsul electo, jurase mantener estos cambios y partió hacia el este con su ejército. Aun así, Sila fue declarado fuera de la ley y sus medidas fueron rechazadas, pero ningún romano tenía fuerza suficiente para molestarlo. Los populares, como venganza, llevaron a cabo numerosas masacres (verano 87). Desde los primeros momentos, Sila, pese a la inferioridad numérica de sus efectivos, la ausencia de una potente flota y la falta de dinero, actuó con energía en Grecia, sumada a la causa de Mitrídates VI del Ponto conquistando Atenas y el Pireo, defendida por Arquelao, general de Mitrídates (marzo 86). Un ejército que se estima cuatro veces superior al de Sila se enfrentó a los romanos en Queronea; Sila salió vencedor pero aún tuvo que celebrarse un segundo encuentro para decidir la suerte de Grecia. Este tuvo lugar en las llanuras de Orcómenos (Beocia), donde de nuevo los efectivos silanos se mostraron superiores a los de Mitrídates. Al frente de los políticos populares, muerto Mario en enero del 86, fue elegido L. Cornelio Cinna (cónsul en el 87). En el 85 avanzó lentamente hacia el Helesponto, mientras su legado Lúculo recorría el Mediterráneo oriental en busca de barcos y dinero. A continuación cruzó al interior de Asia. Sila, deseoso de acaparar todo el protagonismo en solitario, había desaprovechado la posibilidad de unirse a Flavio Fimbria para derrotar a Mitrídates en un encuentro probablemente decisivo. Deseoso de llegar a Roma, donde la situación era alarmante, Sila firmó con Mitrídates la paz en Dárdanos (agosto del 85); en ella, Mitrídates se comprometía a retirarse de los territorios ocupados en Asia Menor, las islas y Europa. Sila podía ahora dirigir su atención a cualquier otra parte. En el 84, Sila persiguió a Fimbria hasta Thyatira, donde se apoderó de las tropas de este. Ocupó la provincia de Asia con esas fuerzas e impuso una gran multa a la provincia, incluidos cinco años de tributos y el coste de la guerra. En el 83, con Cinna muerto, Sila se embarcó hacia Italia, dejando a su legado Murena encargado de gobernar Asia en su nombre. Llevaba consigo un gran botín que incluía la biblioteca de Apelicón y una multa a Mitrídates de 2.000 talentos, Sila desembarcó en Brundisium. Se le unió un buen número de aristócratas desilusionados, incluidos Q. Metelo Pío, Marco Licinio Craso y un joven Cn. Pompeyo. Durante los años 83 y 82 tuvo lugar la que podríamos considerar primera guerra civil entre los romanos. Sila trató de llegar a un compromiso con los itálicos, permitiéndoles conservar sus derechos duramente obtenidos, pero fue duro con aquellos que se resistieron. En su marcha a través de Italia derrotó a ambos cónsules, a Lucio Escipión y a Cayo Norbano en el monte Tifata (83), en Campania. A principios del 82 se precipitó hacia el norte, a pesar de la preparación muy superior de sus enemigos, y tras derrotar a C. Mario en Sacriportus, cerca de Praeneste, entró en Roma y a continuación se dirigió rápidamente hacia Etruria, donde le aguardaba el ejército de Carbón. Aquí Sila obtuvo una rotunda victoria sobre aquel, pero fue perseguido por una gran fuerza compuesta sobre todo por itálicos bajo el mando del líder samnita Poncio Telesino, que se habían escapado y que intentaban liberar Praeneste. A continuación marcharon sobre Roma, donde Sila se enfrentó a ellos en las cercanías de las murallas de la ciudad, junto a la Puerta Collina (octubre 82). Tras una ardua batalla en la que el contingente samnita, incluidos los que se habían rendido, fue masacrado hombre a hombre, se puso virtualmente fin a la resistencia a Sila. Los silanos tuvieron, que someter aún, en los siguientes meses, algunas ciudades de Italia como Praeneste (donde el hijo de Mario se había refugiado) o Volterra, en Etruria, que se defendió con éxito hasta el 79; mientras, Pompeyo hacía lo propio en Sicilia y África. Aunque Sila contaba con grandes apoyos entre la nobilitas como los de Q. Cecilio Metelo (con quien había entroncado mediante su matrimonio en el 88 con Cecilia Metela), Cneo Pompeyo Estrabón (el padre de Pompeyo Magno) y M. Licinio Craso (el célebre "millonario" de la época), 40 senadores fueron proscritos y sus parientes relegados de las responsabilidades públicas, sus bienes confiscados para pagar los gastos de su ejército y recompensar a sus amigos y para asentar a sus soldados licenciados. Pero la proscripción afectó ante todo a unos 1.600 equites y no menos de 4.000 ciudadanos, que habían apoyado a Mario y Cinna. Finalmente una Lex Valeria del 82, debida a C. Valerio Flaco, proclamó a Sila dictator con poder para promulgar leyes (legibus scribundis), organizar el Estado (rei publicae constituendae), y concediéndole además la inmunidad por cualquier acto ilegal, pasado o futuro, que pudiera cometer. Esto incluía las proscripciones que había comenzado contra sus oponentes. A principios del 81 celebró un magnífico triunfo por sus victorias sobre Mitrídates. Adoptó el cognomen Felix y dio a Pompeyo el de Magnus. Convirtió en provincia romana la Galia Cisalpina. Acuñó moneda con su imagen por su autoridad y derogó el derecho de los pobres a adquirir grano a precio reducido. Los esclavos de los proscripti, unos 10.000, libertos de Sila, actuaron, además de como guardia del dictador, como una verdadera policía política. Una intensa actividad "colonial" proporcionó tierras a unos 120.000 veteranos del ejército en Etruria y Campania. Pero las proscripciones silanas, que, en muchos casos, sólo sirvieron para enriquecer a los responsables (Craso amasó una gran fortuna), empañaron su imagen política en las décadas siguientes. Las masacres cesaron oficialmente el 1 de junio del 81 pero la lex de maiestate permitió ulteriores ejecuciones. Las reformas institucionales y políticas llevadas a cabo por Sila durante su dictadura, se pueden resumir así: ante todo, devolver al Senado la autoridad absoluta (perdida durante el mandato de los populares); el número de sus miembros pasó de 300 a 600 con la inclusión de la élite de los caballeros, pero perdiendo las competencias judiciales que se le habían asignado en décadas anteriores, aunque estableció nuevas quaestiones perpetuae para juzgar casos de asesinato, soborno o traición durante el cargo. Los patres monopolizaron los tribunales; ninguna rogatio podía ser sometida a los comicios sin su acuerdo previo (lo que suponía la abrogación de la lex Hortensia del 287 a.C.); el reclutamiento del nuevo Senado (a base de ex-cuestores) hizo inútil el ejercicio de la censura. Eliminó el cargo de líder del Senado, que había sido primordial en la política republicana. Las magistraturas también fueron reformadas: el número de titulares fue aumentado. Reformó la carrera política senatorial haciendo que el haber desempeñado tanto la cuestura como el pretorado fuera condición necesaria para acceder al consulado, cuya edad mínima pasaba a ser de cuarenta y dos años; un segundo consulado sólo podía desempeñarse pasado un período de diez años. Las magistraturas cum imperium limitadas a Italia fueron privadas del imperium militiae. Pero las instituciones más perjudicadas fueron, sin duda, el tribunado de la plebe y el ordo ecuestre, que se vio privado de formar parte de los tribunales y de recaudar los impuestos de Asia. En lo referente al tribunado, se establecía el ejercicio del tribunado de la plebe como terminus en la carrera política y su poder quedaba profundamente debilitado al perder el derecho de intercessio. Se restringieron además los poderes de los tribunos, al privarlos de algunos de sus poderes de veto y del derecho a procesar a los altos magistrados. En lo que concierne a otras magistraturas, se aumentó el número de pretores a 8, el de cuestores a 20, que pasaban a ser automáticamente miembros del Senado en cuanto completaban su año en el cargo; el de pontífices y augures pasó de 9 a 15 y el colegio de los decemviri se convertió en uno de quindecimviri, esto es, de 15 miembros; además, en adelante los mandatos provinciales serían cubiertos por magistrados proconsules o propraetores. Tomó una medida de especial transcendencia al ampliar el ámbito del pomerium, que él mismo había violado repetidamente, hasta los cursos del Arno y el Rubicón, evitando de esta forma un ataque sorpresa sobre Roma. Sin embargo, sus adversarios políticos buscaron otros escenarios de guerra: Sertorio se levantó en Hispania; M. Perperna, en Sicilia; en fin, Cneo Domicio Ahenobarbo, en África, que serían sofocados por sus seguidores. Convencido de que la "república oligárquica" había sido restablecida mediante el control del tribunado y de los "equites" en la vida política, y a pesar de haber sido nombrado "dictador a perpetuidad", en el 79 abdicó y se retiró a su villa de Puteoli, Campania, después de haber realizado una completa modelación del Estado. Influyó en su decisión una profecía que había escuchado mucho tiempo atrás en Cilicia, según la cual moriría en la cumbre de su poder. En su retiro vivió una vida tranquila, aunque extravagante, dedicada al estudio y al placer, escribiendo sus memorias en veintidós libros, completadas más tarde por su liberto Cornelio Epicado, que fueron editados por Lúculo y que no han llegado hasta nosotros. Murió al año siguiente (78), siendo uno de los primeros jefes políticos en recibir un funus publicum, esto es, honras fúnebres costeadas por el Estado, siendo una demostración de poder de sus veteranos. Su Constitución, que había sido más práctica que constructiva, fue en su mayor parte deshecha en los años posteriores y derogada finalmente por Pompeyo y Craso en el 70. Esta legislación no tuvo éxito en fortalecer a la aristocracia senatorial ni en ahorrar a Roma futuras guerras civiles. Sus cambios administrativos duraron, por el contrario, bastante tiempo.