La participación de la mujer en algunos aspectos de la religión y, sobre todo, en el culto funerario, se remonta a épocas lejanas y se refiere a ocupaciones concernientes a deleitar al dios, con funciones que básica y tradicionalmente estaban acordes con su sexo, es decir, como cantantes, músicas, bailarinas, etc. Heródoto dice respecto a su colaboración en las actividades de los santuarios: "Ninguna mujer ejerce el sacerdocio de dios o diosa alguno; los hombres, en cambio, ejercen el de todos los dioses y diosas". Pese a esta aseveración, sabemos que algunas pertenecieron a las escuelas sacerdotales de dioses y diosas y que, en diversos templos de divinidades femeninas, llegaron a tener una importancia especial. En este caso se encontraban los santuarios encomendados, por ejemplo, a Hathor, Neit, Bastet, Pajet, etc., donde también oficiaban los hombres. Concretamente, el culto a la leona Pajet y la parte más importante de su clero femenino estaba en la actual ciudad de Beni Hasan. Aquí se han hallado grandes necrópolis con gatos embalsamados, símbolo de la diosa. Durante el Imperio Antiguo estaba compuesto principalmente por personal masculino y sacerdotisas que eran, en su mayoría, las hijas de algunos reyes o personajes de la nobleza, mientras que en la Dinastía XII pasó a las manos de las mujeres de los nomarcas de esta localidad. Durante el Imperio Antiguo es cuando, con más frecuencia, se puede encontrar a la mujer ejerciendo trabajos de la máxima responsabilidad, como por ejemplo Vigilante del Tesoro. Destacan, sobre todo, en los ya mencionados servicios a Hathor, Neit o Pajet. Podemos citar, por ejemplo, a una hija de un noble provincial de Beni Hasan que, en la Dinastía V, fue nombrada Gran Sacerdotisa de Hathor, con idéntica función que la que hubiera desempeñado un varón, ya que en las Dinastías IV y V se aprecia un culto predominante a esta diosa. Precisamente fue en los templos pertenecientes a divinidades femeninas donde las mujeres ejercieron papeles más importantes, pero en ellos, también oficiaban un gran número de sacerdotes masculinos que, generalmente, dominaban casi todos los aspectos directivos. En Egipto no existió ningún santuario donde sólo hubiera una escuela sacerdotal femenina. La mujer, desde el Imperio Antiguo, jugó un importante papel en servicios de dioses masculinos (Thot, Min, Anubis, etc.), actuando como Profetas o Sacerdotisas Femeninas del Dios, llamadas por los antiguos egipcios Hemet-Neter. Los textos y relieves de la tumba de Meresanj III, nieta de Jufu (Keops) y de la reina Merytytes, situada en Guiza, no dejan lugar a dudas. Ella profesó en el sacerdocio de Thot ejerciendo el cargo de Sumo Sacerdote y en el culto funerario de su madre Heteferes II, según se desprende de la inscripción inscrita en su sarcófago y en la cámara principal de su tumba. En su enterramiento se hizo representar del modo tradicional, es decir, vistiendo la piel de pantera que utilizó en las ceremonias y que indicaba su pertenencia al clero. Además, como es costumbre, sobre los muros hizo grabar su curriculum sacerdotal y puede leerse el texto siguiente:
"Señora de Dendera, Sacerdotisa de Bapefy, Sacerdotisa de Thot, Sacerdotisa de Hathor [...]
[...] La Hija de su Cuerpo, Hija del Rey, La Que Ve a Horus y a Seth, Meresanj, Gran favorita, Enormemente Elogiada, Sacerdotisa de Thot, Compañera de Horus, Su Consorte, Aquella que es querida por las Dos Señoras, Esposa del Querido Rey. Meresanj".
Ella, como otras mujeres destacadas de la época, gozó de un culto funerario, llevado a cabo por sacerdotes que debían concentrar sus esfuerzos en que la difunta tuviera diariamente todo lo que podía precisar en el Más Allá. A partir de la Dinastía IV las sacerdotisas fueron escogidas entre los miembros de la alta sociedad, integrándose al final del Imperio Antiguo en la rama del clero que se encargaba del servicio funerario (Hemut-Ka). Un ejemplo de este tipo es el de Neferhetepes, una hija de Dyedefra, monarca de esta dinastía, que ejerció el cargo de sacerdotisa en el culto funerario de su propio padre. Los puestos comenzaron no siendo hereditarios, pero, poco a poco, como en el clero masculino, sufrieron un proceso irrevocable. Primero se hizo costumbre que los descendientes directos desempeñaran la función del progenitor o la madre, para más tarde transmitirse por herencia, bien por ser hija de una sacerdotisa o por ser esposa o hija de un sacerdote del clero masculino situado en cualquier lugar de la jerarquía. Sólo en el Imperio Nuevo se incluirían clases más bajas en el desempeño de estas funciones. El cargo de Sacerdotisa, tanto en el Imperio Antiguo como en periodos posteriores, era un puesto codiciado, ya que toda mujer poseedora de un título relacionado con el clero alcanzaba un status superior en relación a sus iguales. Los empleos más altos recibían, en compensación, no sólo el privilegio de servir al dios, sino también cosas mucho más materiales, como puede ser 1,5 Ha. de terreno, que podían cultivar y parte de las ofrendas o dádivas que recibía el colectivo en el que desempeñaran sus servicios. Durante el Imperio Medio los cargos directivos de las mujeres, dentro del clero, fueron perdiéndose, aunque se siguió manteniendo el de sacerdotisa, que cobró un nuevo y creciente impulso a partir del Imperio Nuevo. Sin embargo, existieron casos tan excepcionales como el de Taniy que, en tiempos de Amenemhat II, participó en misterios tan importantes y exclusivos como los de Osiris en Abidos. Una estela, depositada de forma devota en la ciudad del dios del Más Allá, ha sido la que nos ha ofrecido una riquísima información de la personalidad y las actividades de esta mujer en el rito, ya que, como era costumbre, quiso pasar a la inmortalidad dejando patente los hechos destacables, de los que podía sentirse orgullosa a lo largo de su vida. Las reinas, desde el Imperio Antiguo hasta la Dinastía XI, frecuentemente trabajaban al servicio del culto de la diosa Hathor, y sobre todo durante la Baja Época jugaron un importante papel religioso dentro de las escuelas sacerdotales encomendadas a los dioses. Las ocupaciones menores se cubrían con mujeres de más baja alcurnia. En el Imperio Nuevo las mujeres de la capa social más alta y, sobre todo, las esposas de algunos sacerdotes, trabajaban en esta rama del clero mediante un trabajo voluntario, que podía no ser remunerado, pero la administración estaba llevada prácticamente en su totalidad por hombres. Estaban divididas en cuatro Phylaes, como el clero masculino, pero, a diferencia de ellos, no debían de servir obligatoriamente durante un periodo de un mes, sino que se las llamaba cuando eran necesarias en el ritual. En concreto, en la Dinastía XVIII los cargos sacerdotales vinculados con la mujer sufrieron un lento proceso que llevó a convertirlos en cargos hereditarios. Esta metamorfosis venía produciéndose desde períodos anteriores. Al igual que sus maridos, premiados con títulos que los relacionaban con el clero, ellas disfrutaban del beneficio de un nombramiento conexionado con el culto al dios. Así, durante el Imperio Nuevo, generalmente la mujer del Gran Sacerdote de Amón era la encargada de las Sacerdotisas, transcrito en algunos textos como Concubinas, y de la supervisión de los Músicos Femeninos. Un ejemplo de este tipo, aunque algo tardío, es el de Nesjonsu, la cual, de entre sus numerosísimos títulos, llevaba el de Jefe del Harén de Músicos de Amón, también traducido como Cabeza del Harén. Además fue Sacerdotisa de Amón, de Jnum, Señor del Distrito de la Catarata, de Jnum, Señor de Gehesti, de Nebet-hotep de Seruedet y de Hathor, Señora de Aagana. Tenemos constancia de que algunas mujeres llevaron el titulo de Guardianas del Santuario, que eran las encargadas de recibir al rey o a las procesiones con música y danza. El término de Concubina (Jekeref) ha servido para designar a aquellas mujeres adscritas al Cuerpo Musical Sagrado de Amón y no corresponde, en absoluto, a la idea que hoy tenemos del mismo, es decir, la mujer que hace vida matrimonial con un hombre que no es su marido. Se puede afirmar que las relaciones con el dios eran únicamente místicas y en ningún caso físicas. Los títulos, de orden puramente simbólico, facultaban tanto a la Esposa del Dios como a las sacerdotisas a llevar una vida normal sin tener que prostituirse al servicio de la divinidad, como en otras culturas del mundo antiguo, pese a que en algunas ocasiones encontremos términos que puedan prestarse al equívoco, tales como Las Reclusas del Templo de Luxor o Las que Aman (Sacerdotisas que representaban a la diosa de la música, Meret). Lo mismo ocurre con el harén. Entre las atribuciones de aquellas de rango superior, encontramos la presentación de ofrendas, tanto materiales, sólidas, líquidas, como fumigaciones de incienso. Era necesario que se sometieran a la purificación ritual, ya que iban a estar indirectamente en contacto con la divinidad. Generalmente su influencia distaba mucho de la que poseían sus homónimos masculinos, dentro o fuera del santuario, y ellas, generalmente, no ejercían ningún papel en las labores administrativas o intelectuales del templo, excepción hecha, claro está, de casos puntuales o de las Divinas Adoratrices de Época Tardía. Precisamente, una de estas excepciones fue la del puesto de Directora de los Trabajos en el Terreno del Dios. Se tiene conocimiento de cargos inferiores, relacionados con la buena marcha del santuario aunque, presumiblemente, sin una conexión directa con el clero, tales como las mujeres que se encargaban de la supervisión de los asuntos relacionados con la vida cotidiana del templo, trabajadoras menores y artesanas; por ejemplo, las Supervisoras de las Tejedoras cuya evidencia se localiza al menos durante el Imperio Nuevo. A la cabeza del clero femenino se encontraba la Directora Jefe de todo el Personal Femenino de los Templos del Alto Egipto y Nubia, un título que, según algunos autores, podría ser una variación del de Virrey de Kush. Posiblemente tenía su homónima en el Bajo Egipto. Como los hombres, ellas también podían desempeñar cargos distintos en las variadas escuelas sacerdotales de dioses y diosas, aunque éstas no tuvieran una conexión aparente, a modo de sacerdotisas de mayor o menor grado. Se sabe que en Edfú y Dendera, además de los empleos comunes en otros templos, existía un grupo formado por siete mujeres que representaban a las Siete Hathor, un conjunto de "hadas" que encarnaban a la diosa y que este puesto era muy codiciado. Su cargo parece encontrarse a caballo entre el clero y las seglares. En este lugar existían también Las Mujeres de Buto y Busiris, que tenían el privilegio de representar a aquellas féminas mitológicas de estas importantes ciudades santas, encargándose de entonar unos cánticos específicos de protección bajo el mando de un personaje femenino. A comienzos de la Dinastía XVIII aconteció un hecho excepcional y fue la renuncia del puesto de Segundo Profeta de Amón por parte de la reina Ahmose Nefertari, para hacerse cargo de la institución de la Esposa del Dios, organismo que, a partir de ese momento, iba a poseer una Directora o Director de la Casa de la Esposa del Dios, tierras, sacerdotisas, empleados, obreros, etc., y que se emplazó en la orilla occidental de Tebas, cerca de Gurnah. Igualmente, en la Dinastía XXVI, las Divinas Adoratrices Ajnesneferibra y Nitocris II, fueron Primeros Profetas del Dios Amón, ya que en aquellos tiempos éste había caído en decadencia y había pasado a manos femeninas. De acuerdo con Saphinaz-Amal Naguib (1990), se presenta la estructura general de los títulos sacerdotales femeninos o aquellos que indirectamente podrían guardar relación con él, distinguiéndolos del modo siguiente:
- Títulos puramente honorificos, que son designaciones de rango social.
- Títulos estrictamente religiosos (dotados o no de una función efectiva).
- Títulos correspondientes a una función real.
- Títulos femeninos con connotaciones religiosas.
La mujer, en el Antiguo Egipto, tenía realmente una condición privilegiada si la comparamos con las féminas de civilizaciones coetáneas. Alcanzaron atribuciones y derechos que jamás sus congéneres extranjeras llegaron a imaginar. Es más, en este país, algunas llegaron a gobernar. Entre ellas podemos destacar a: Nitrocris, Sobeknefrura, Hatshepsut, Tausert o la célebre Cleopatra VII. No es descabellado pensar que cuando una mujer ascendía al trono de las Dos Tierras, y sobre todo bajo la potestad de Hatshepsut, las mujeres cobraran una mayor importancia en los aspectos sacerdotales. Igualmente, las fuentes indican que personajes femeninos tan importantes e influyentes como Tiy, hija de un Gran Sacerdote de Min, llamado Yuya, y esposa de Amenhotep III, Nefertiti, esposa de Amenhotep IV y Nefertari, esposa de Ramsés II, otorgaron ciertas prerrogativas a sus escogidas, impulsándolas dentro de la carrera sacerdotal. Es conveniente recordar que en Egipto hombres y mujeres tenían igualdad ante la ley y por lo tanto las sacerdotisas también podían tener tierras, vender, comerciar, heredar o legar como los hombres. Se pueden encontrar mujeres médicos, escribas, sacerdotisas con funciones concretas, etc. Por ello, hay que recordar que, dentro de la sociedad egipcia, hubo también casos puntuales de mujeres que en los textos aparecen desempeñando altísimas responsabilidades. Por ejemplo Nebet, suegra de Pepi I, en la Dinastía VI, Berenice II, cónyuge de Ptolomeo III o Cleopatra I, esposa de Ptolomeo VI, tienen en sus titulaturas el cargo de Visir y la misma Nebet, ya mencionada, fue Juez. Este título no vuelve a aparecer en manos de una fémina hasta Ajnesneferibra, hija de Psámetico II, en la dinastía XXVI, es decir unos 1.681 años más tarde. Como en el clero masculino, algunos de los cargos relacionados con el clero femenino no han podido ser situados en la jerarquía. Muchos matices, quizá de un mismo empleo, pueden llegar a confundirnos con gran facilidad. Conviene hacer una última puntualización. Se encuentran a menudo puestos que se se identifican con distintas diosas, como por ejemplo Hathor, Mut, Sejmet, Tefnut, Bastet, Isis y Nefris o Meret, entre otras muchas. Ellas, aunque son deidades independientes, pueden considerarse aspectos distintos de una sola entidad femenina, que dependiendo del carácter que se quiera enfatizar y de la historia mitológica que represente, se denominan de distinto modo. Lo mismo ocurre con los dioses masculinos. La estructura del clero femenino estaba dividida en un grupo directivo, formado por la reina y por personajes de alta alcurnia (lo que en el sacerdocio masculino era el Alto Clero) y un gran número de sacerdotisas de orden menor, (como el Bajo Clero masculino). A la cabeza de cada una de las cuatro Phylaes existía el cargo de Supervisora. El titulo de Primera y Segunda Sacerdotisa de Amón-Ra, Rey de los Dioses, encontrado en determinadas ocasiones, induce a pensar que la estructura del clero femenino se correspondía, casi fidedignamente, con el clero masculino, es decir, cuatro máximas sacerdotisas (Alto Clero) y el conjunto de las demás mujeres encuadradas en las cuatro Phylaes (Bajo Clero).