El título de "Divina Adoratriz" o el de "Esposa del Dios", fue sucesivamente llevado por categorías muy diferentes de egipcias de alto rango. De las épocas más antiguas sólo se tienen noticias escasas. En el Imperio Nuevo lo fueron las grandes esposas o las hijas de los faraones. Desde el Tercer Período Intermedio hasta la época saíta, lo fueron las princesas reales, vírgenes consagradas al dios Amón. En todo caso, se trata de sacerdotisas vinculadas a una función cosmogónica. Su unión al demiurgo, al que ellas aseguraban su satisfacción, garantizaba la armonía de la creación. La aparición, a principios de la Dinastía XXI, de un nuevo tipo de Divinas Adoratrices está rodeada de oscuridad, las cuales, consagradas al servicio exclusivo de Amón, se reclutaban por "adopción" en el mismo medio social de las "cantantes de la residencia de Amón", con frecuencia de tía a sobrina. Su relación aparente de "madre a hija" era puramente ficticia, de orden jurídico. La adoptada era más que una presunta heredera; con frecuencia había "corregencias". Las Divinas Adoratrices gozaban de la casi totalidad de los derechos de regalía, incluso el privilegio de la fiesta "sed". Su nombre iba rodeado de cartucho. Podían ir asociadas al faraón mediante la dedicación de ciertos edificios. La más antigua de esas Divinas Adoratrices parece ser Maatkare-Mutemhat, hija de Psusennes. Después, a cada mitad de siglo parece corresponder una princesa. Su longevidad puede explicarse por la vida tranquila de reclusas, libre del riesgo de maternidades repetidas. Primero fueron parientes de los sumos sacerdotes tebanos: Shapenupet I, era hija del rey Osorkón III. Con la conquista de Egipto por los etíopes, tuvo que adoptar a Amenirdis I, hija de Kashta. Esta adoptó a su sobrina Shapenupet II, hija de Peye, la cual, a su vez, adoptó a Amenirdis II la joven, hija de Taharqa. Cuando Psamético I se apoderó del Alto Egipto , en el 656 a.C., las Divinas Adoratrices etíopes adoptaron a la hija del soberano saíta Nitocris y le donaron sus bienes. En el 595 a.C., Nitocris adoptó a Ankhnesneferibre, hija de Psamético II, que tuvo que continuar en funciones hasta la llegada de los persas en el 525 a.C. Desde el reinado de Osorkón III a Psamétiko II, aprovechando la tradición hereditaria que regía en Egipto a través de las reinas, el cargo de Divina Adoratriz de Amón en Tebas adquirió aún mayor importancia e incorporó atribuciones eclesiásticas tales como Jefe de las Reclusas de Amón, llegando a igualar e incluso a eclipsar el de Primer Servidor del Dios, y pretendiendo actuar del mismo modo con el monarca. Ella poseía en sus manos, al menos teóricamente, el poder sobre los Dominios de Amón y, en muchas ocasiones, no dudaron en emplearlo. Sin embargo, su potestad era puramente local. Gracias a una inscripción hallada en el Uadi Gasús, junto al Mar Rojo, podemos afirmar que se extendía hasta este lugar. En la dinastía XXVI y a partir de Psamétiko I, la Divina Adoratriz acaparó también el puesto del Primer Profeta hasta el final de la dinastía. El título fue ocupado por princesas reales célibes, que mediante la adopción, y en ocasiones mediante la corregencia, se iban reemplazando, sustituyendo a la reina en el antiguo cargo de Esposa del Dios. Estaban en estrecha relación con las diosas Mut y Tefnut y más concretamente con la sincretización de ambas, representando a la "madre" fuerte y poderosa. Por ello, a partir de Shepenupet I (Dinastía XXIII) el nombre de estas mujeres se acompañó del título de Madre de... es decir, de la mujer que la sucedería por adopción. El título de Divina Adoratriz casi siempre estuvo acompañado del de La Mano del Dios, recordemos que de este modo se pretendía integrar a su poseedora en el acto de creación heliopolitano en el comienzo de los tiempos. Ella era la materialización de la mano de Atum, que mediante la masturbación extendía su semilla creadora, provocando el nacimiento de todo cuanto existe. Regentes en Tebas, y a la vez Grandes Sacerdotisas, destacaron por su enorme ambición, patente por la forma de llevar a cabo la toma de poderes. La posesión del cargo se celebraba con toda clase de pompa, a modo de una verdadera coronación y a ella asistían los personajes más destacados, civiles y religiosos, para rendir pleitesía a la nueva ocupante del puesto. Los pasajes de esta entronización eran parecidos a los del monarca e incluían la imposición de los atributos y joyas propias de su función. La ceremonia era muy similar a la del rey: la Divina Adoratriz, arrodillada ante Amón, recibía del dios la corona Jepresh, mientras éste posaba la mano en ella. Eran poseedoras de una autoridad paralela o incluso mayor a la del faraón (en el Sur). Así se hicieron representar como su igual, es decir, en su mismo plano, introduciendo sus nombres en un cartucho, se vistieron con un Ureo real en la frente y se hicieron transportar en palanquín, a imitación del soberano. Ajnesneferibra, aunque con sus poderes en decadencia, no sólo adoptó el título de Primer Profeta de Amón, sino que también tomó el de Horus Hembra, prerrogativa que había comenzado a ser empleada por sus antecesoras Shepenupet II y Nitocris I. Teóricamente, la encarnación de este dios en la tierra era únicamente el faraón, desde tiempo inmemorial. Las soberanas Ptolemaicas imitarán esta costumbre (Berenice II, Cleopatra I, III y VII). Las Divinas Adoratrices de Amón fueron realmente el poder en Egipto, usurpado a faraones débiles y como verdaderas regentes locales desempeñaban ritos mágico-religiosos que incumbían la demostración de fuerza, la puntería y la dominación de las fuerzas apotropaicas, etc. Estaban facultadas para llevar a cabo ritos tan importantes como los de fundación, adoración, inauguración de capillas, consagración de ofrendas y oficio en el culto. Llegaron a celebrar (y nos referimos a celebrar y no a participar) Fiestas de Renovación (Heb-Sed), otra de las ceremonias exclusivas del rey. Ejemplos de ello son las llevadas a cabo por Shepenupet I y Amenirdis I, representadas en los muros del templo de Mut, en Karnak. En algunas ocasiones, y gracias a su elevada situación, aprovecharon su fuerza político-religiosa, para intentar influir en el Alto Egipto (lugar donde residían), en favor del Bajo Egipto, (de donde procedían) y donde aún se encontraban sus padres y su familia en un reino realmente venido a menos. El puesto de Divina Adoratriz no era exclusivo del culto a Amón, sino que también, por ejemplo, existía en aquellas mujeres adscritas a Hathor, como se constata sobradamente en la Dinastía XXI, siendo Henuttaui, esposa de Smendes, una de las primeras que lo adoptaron.Ver, Esposa del Dios.