(del latín, indiges "originario del país, oriundo"). En Roma, los "dioses indigetes" constituyen una categoría de divinidades numerosísimas, que comprende todas aquellas cuya función se limita al cumplimiento de un acto determinado y que, fuera de él, no suelen tener existencia. Por ejemplo, son las "potencias" que acompañan al ser humano desde el nacimiento, e incluso desde la concepción, hasta la muerte, desde Consevius, el dios de la concepción, a Nenia la diosa de la lamentación fúnebre. Hay la divinidad que enseña al niño a caminar, Abeona, que guía sus primeros pasos lejos del hogar de la familia, y Adeona, que lo vuelve a él; Potina, la diosa que le da de beber, etc.. Asimismo, toda la serie de "dioses agrestes" que presiden las diferentes fases del cultivo y la vegetación: en el campo, por ejemplo, había una diosa Rusina que velaba sobre los campos, un dios Juganitus que tutelaba las cimas (juga) de los montes, una diosa Valona que protegía los valles. Las semillas de trigo que habían sido prantadas estaban bajo la protección de la diosa Seia, los tallos y las espigas bajo la de Segetia, Lacturnus, que hace subir la "leche", en la espiga en formación, los granos recolectados bajo la de Tutelina. Pero Segetia no era la única que velaba por el crecimiento del trigo, sino que era ayudada en su tarea por otras dos diosas, Prosérpina y Volutina, y por un dios, Nodutus, cada uno de los cuales tenía encomendado el cuidado de una parte de la planta. Algunas de estas divinidades, tales como Flora, Prosérpina, adquirieron poco a poco una personalidad más relevante, particularmente bajo el influjo de la mitología helénica (Ver, Flora, Prosérpina-Perséfone). En el medio urbano, tres divinidades protegían la entrada de las casas, Forculus, que velaba los batientes de las puertas; Cardea, que protegía los goznes, y Limentinus, encargado de velar el umbral. Estos dioses, que constituían un auténtico hervidero de pequeñas fuerzas protectoras, estaban, por tanto, en todas partes. Otras divinidades indigetes guardan relación con lugares: Janus o Jano con las puertas; Cliuicola, con las calles en declive; Cardea, con los goznes (cardines). Había dioses de esta clase en todos los lugares: en las cocinas, en las cárceles y en otros muchos. Otras cuidaban de guiar al viajero, impidiéndole tomar un camino errado. Según los Padres de la Iglesia, que nos han conservado principalmente el recuerdo de los "dioses indigetes", se trataba de una "polvareda de dioses", de una multitud innumerable, que consideraban envilecedora de la majestad divina. Con estas divinidades se está aún muy cerca de la "mentalidad mágica", que exige la presencia de un principio sobrenatural eficaz en todo acto que se realiza. En la época clásica, esto es sólo una supervivencia en el derecho, esencialmente conservador, de los pontífices y un objeto de interés para historiadores como Varrón, cuyas obras son la fuente de los autores cristianos. Su estudio corresponde más bien a la historia de las religiones que a la mitología. Ver, Infancia.