Flavio Claudio (Flavius Claudius Iulianus) (331-363). Nació en Constantinopla y murió en Mesopotamia. Hijo de Julio Constancio, un hermanastro del emperador Constantino el Grande, y de su esposa Basilina; nieto de Constancio Cloro. Juliano fue educado en el cristianismo: tras el asesinato de su padre, en el 337, su primo Constancio II lo recluyó junto a su hermanastro Galo en un remoto castillo en Capadocia, donde recibieron educación cristiana. Pero Juliano leyó también mucha literatura clásica, influenciado por su tutor, el eunuco Mardonio, y adquirió una pasión secreta por la antigua religión. Cuando en el 351 su hermano Galo fue nombrado césar (lugarteniente del emperador), Juliano marchó a Éfeso para estudiar con el filósofo neoplatónico Máximo y fue iniciado como sacerdote de los ritos de esa disciplina. Más adelante, Juliano fue a estudiar a Atenas, manteniendo su conversión en secreto, pero de todas formas, en noviembre del 355, Juliano se convirtió en una figura pública cuando Constancio II lo convocó en Milán, lo casó con su hermana Helena y lo nombró César con jurisdicción sobre la Galia y Britannia; Juliano reemplazó así a Galo, que había sido ejecutado el año anterior. Juliano se ganó rápidamente la admiración de sus tropas y obtuvo una sonada victoria en Argentoratum (hoy, Estrasburgo). En las campañas siguientes de los años 356-359, Juliano consiguió reducir a los francos y a los alamanes, con lo que se restituyeron las fronteras del Rhin. Cuando Constancio II, celoso de su poder, preparaba su expedición contra Persia, ordenó a Juliano que le enviara algunas unidades de élite. En estas circunstancias, el ejército se amotinó y proclamó "Augusto" a Juliano, levantándolo sobre un escudo a la manera de los galos. Juliano aceptó el título y ofreció el acostumbrado donativo a sus tropas. En 361, cuando su ejército se disponía a marchar hacia el este para enfrentarse a las tropas de Constancio II (que no había aceptado el nombramiento), éste murió de repente antes de llegar a Constantinopla. El nuevo y efímero emperador (361-363) quiso aprovechar la debilidad interna de la Iglesia para rehabilitar la tradición y cultos paganos, que habían intentado ya suprimir sus predecesores. Pero probablemente Juliano no pretendía restaurar el paganismo tradicional, sino más bien imponer una nueva religión oficial ligada a las costumbres religiosas de los griegos y romanos. Este componente helénico es importante para comprender la política religiosa de "el Apóstata", como luego se le llamó en la historiografía cristiana por haber renegado de la religión cristiana y haberse convertido de nuevo "en secreto" al paganismo, cuando éste ya se perseguía. A pesar de las leyes contra los paganos dictadas por Constantino y sus hijos, es evidente que la simbología pagana estaba aún presente en las instituciones del Estado y, particularmente, en el Senado romano "occidental", en el que se concentraba la más rica aristocracia del Imperio. Pero paradójicamente la obra político-religiosa de Juliano se centró en la "parte" oriental del Imperio, en teoría más cristianizada que la occidental. La razón de esta aparente contradicción radica en el hecho de que las poblaciones orientales estaban más próximas a la cultura helénica que el resto y, en consecuencia, el mensaje del emperador sería captado mejor. Esta era una de las razones, pero sin duda hubo otras. No es la menor creer que la depuración de elementos cristianos del ejército y la administración, incluido el comitatus, constituyó una de las primeras medidas políticas adoptadas por el nuevo emperador. A ellas siguieron luego la privación de la inmunidad fiscal a la Iglesia de Constantinopla, privilegio que ostentaba desde Constantino, y, en cambio, redujo a casi la cuarta parte (de 25 a 7 solidi) la cuantía del impuesto de la Galia. Confiscó los bienes de la Iglesia y devolvió a los templos paganos los anteriormente confiscados y, curiosamente, redujo de forma drástica el número de notarii, protectores, y, ante todo, agentes in rebus. Finalmente repuso la estatua de la Victoria en su Altar en la Curia y prohibió a los pedagogos cristianos que ejercieran su magisterio en las escuelas. A principios del 363 decidió reconstruir el famoso templo de Jerusalén, de acuerdo con sus ideas de favorecer la religión judía frente a los galileos, como genuina representante de la religión nacional de aquel pueblo frente a las innovaciones revolucionarias del cristianismo; encargó a Alipio la dirección, cuyo costo iría a cargo del Estado. A poco de comenzar las obras, la zona padeció un ligero terremoto que dio al traste con las mismas. Entre las reformas civiles, hay que mencionar su intento de revivir las antiguas estructuras municipales, intentando dotarlas de autonomía. Las curias municipales habían perdido desde hacía tiempo toda iniciativa real y, además, se encontraban medio desiertas, porque el impuesto inherente a la función curial era una pesada carga sin contrapartida positiva. Juliano hizo que entraran en las curias todos aquellos que económicamente eran realmente capaces, estableciendo fuertes multas para los que intentaran defraudar esta obligación y estableciendo ciertas exenciones para los médicos municipales, los notarios imperiales tras quince años de servicios, los domiciliados secundariamente en una ciudad, los padres de trece o más hijos, etc.. Las curias recuperaron el derecho de imponer impuestos, al tiempo que se establecían duras penas contra los funcionarios indignos. Ordenó también que las propiedades públicas confiscadas o usurpadas fueran restituidas a las ciudades, perdonando, en ciertos casos, a algunas el pago de impuestos atrasados para aliviar su situación. Es en este intento de devolver una vida plena a los municipios en el que hay que situar sus cartas a diversas ciudades, empezando por las escritas en Iliria antes de la muerte de Constancio, así como su interés por asistir a las sesiones del Senado y su gusto en recordarles las glorias pasadas. También favoreció a los municipios el mayor control que Juliano impuso en la utilización de la posta pública, pues su uso abusivo traía consigo el mal estado de los caminos y estaciones cuyo arreglo corría a cargo de las curias correspondientes. En materia de justicia se esforzó por agilizar su aplicación, al tiempo que restauraba ciertas leyes tradicionales frente a las innovaciones de sus predecesores. En cuanto al ejército, empezó por conseguir que el soldado recibiese su paga regularmente y en efectivo, no en especies, y con su propio ejemplo intentó fortalecer la disciplina y dureza del soldado, evitando una larga ociosidad. También por aquí intentó descargar a los municipios de algunas de las cargas que tenían con respecto al aprovisionamiento de los ejércitos que pasaban por sus límites. Sin embargo, el gran error de Juliano fue intentar completar la campaña contra los persas que ya había iniciado su predecesor. Tras pasar seis meses en Constantinopla, Juliano se trasladó a Antioquía, su trampolín para el ataque al imperio persa del rey Sapor II. Los habitantes de esta ciudad, en su mayoría cristianos, mostraron su oposición a Juliano durante su estancia, y el concejo boicoteó sus esfuerzos para acabar con una hambruna. Juliano escribió una defensa satírica de su posición titulada El enemigo de la barba (El enemigo del filósofo). Se marchó de Antioquía en marzo del 362 a la cabeza de su ejército y obtuvo una victoria sobre el ejército de Sapor II en Ectesifón. Pero en adelante tuvo poco éxito: su ejército fue acosado por los veloces batallones persas, y en junio del 363, Juliano murió asesinado en una refriega. Su esposa había muerto en el 360 y Juliano no dejó ningún heredero. El trono fue ocupado por su segundo en el mando, Joviano. Su amigo Libanio pronunció su discurso fúnebre. Su lugarteniente Procopio, que llegará poco después, será el encargado de trasladar sus restos e inhumarlos en Tarso. Juliano fue un erudito y un asceta, además de un capacitado administrador con mucha habilidad financiera. Sus obras, muchas de las cuales se han conservado, muestran su educación y su destreza literaria. Tenemos unas ochenta cartas suyas, algunas de las cuales nos ofrecen un retrato del hombre y de su vida. Juliano fue un satírico: su Banquete es una descripción cómica de la llegada de Constantino entre los dioses del Olimpo. Solo se conservan algunos fragmentos de su tratado Contra los galileos, en el que se opone a los cristianos. Hay además ocho Discursos. Parece que el compromiso personal de Juliano fue con el dios único y universal de los neoplatónicos, según lo enseñaba Jámblico. Ver, Constancio II.