o Yehoshua o Iesous o Iesus o Christós (7/6 a.C.-30/35). Llamado también Cristo o Jesucristo, de donde proviene el nombre de cristianos. Las fechas de su nacimiento y de su muerte siguen siendo inciertas. Nació en Belén de Judea durante el reinado de Herodes el Grande (que falleció en el 4 a.C.), un año en que se realizó un censo en todo el imperio romano. Las investigaciones más recientes apuntan a que pudo ser el 12 a.C., una fecha que coincide a la perfección con otro dato histórico conocido: la aparición del cometa Halley. No obstante, se han propuesto también otras fechas con criterios igualmente rigurosos. Jesús fue condenado a morir crucificado en Jerusalén durante el mandato del gobernador Poncio Pilato (27-36). La fecha de su crucifixión se suele situar entre el 30 y el 35. María, la madre de Jesús y esposa virgen de José de Nazaret, recibió en Galilea el anuncio del arcángel Gabriel, que le comunicó que concebiría y engendraría un hijo del Espíritu Santo al que habría de llamar Jesús. Debido al censo, José, que descendía del linaje regio de David, marchó a Belén, donde María tuvo que dar a luz en un pesebre al no haber encontrado alojamiento en las posadas. Tras el nacimiento de Jesús, José y su familia abandonaron Belén y huyeron a Egipto, escapando así a los designios criminales de Herodes, que había ordenado que se matara a todos los niños nacidos por aquellas fechas. Permanecieron en Egipto hasta que la muerte de Herodes les permitió regresar a Galilea sin peligro. Si bien la mayor parte de los eruditos cristianos consideran que los datos referidos a la infancia y primera madurez de Jesús poseen un carácter legendario, la historia de su visita al Templo de Jerusalén, durante la cual quedó tan impresionado que a duras penas consiguieron sacarle de allí, tiene tintes de verosimilitud. Esta inclinación por lo religioso anuncia ya lo que habría de ser una carrera dedicada por entero a la predicación, que se desarrollaría fundamentalmente en Galilea y en algunas zonas adyacentes, aunque concluiría más al sur, en Judea. Jesús fue bautizado por su primo, Juan el Bautista que, a pesar de ser sólo unos meses mayor que Jesús, ya había alcanzado notoriedad por su extravagante fervor religioso. Tras su bautismo, Jesús se retiró cuarenta días al desierto, donde rechazó por tres veces la tentación de Satanás, que le prometía poderes mágicos y el dominio del mundo. No tardó mucho en labrarse una reputación como predicador ambulante en Galilea y pronto comenzó a congregar grandes multitudes. Eligió un selecto grupo de seguidores que, con el tiempo, se convertirían en los doce apóstoles, la punta de lanza de la expansión misionera de su doctrina. Su elocuencia natural se veía reforzada por las curas que realizaba y los milagros que hacía. Espoleado por su celo misionero, o motivado quizá por el temor a correr la misma suerte que Juan el Bautista (que había sido decapitado por orden del tetrarca de Galilea), Jesús abandonó Galilea y se dirigió primero al oeste, hacia la costa filistea, y luego al este, en dirección a Decápolis, zona situada al sur de Galilea a caballo entre las dos orillas del Jordán. Los seguidores que se encontraban más unidos a él, Pedro especialmente, adivinaron que se trataba del Mesías, es decir, el redentor que según las profecías había de restaurar el poder y la fortuna secular de los judíos bajo la égida de su único Dios. Jesús reconoció ante ellos que era el Hijo de Dios, pero les encareció que no lo difundieran. La confirmación de tal aserto, si es que era necesaria, se produjo cuando se retiró a un lugar apartado, donde los tres apóstoles que le acompañaron pudieron asistir a su espectacular transfiguración en una figura de resplandeciente blancura que departía con Moisés y Elías. Según las imaginativas narraciones de su vida escritas algunas décadas más tarde, los Evangelios, Jesús predicaba la llegada inminente del "Reino de los Cielos". La imagen que nos ofrecen de Jesús los Evangelios es la de un profeta, sanador, exorcista y hacedor de milagros que proclamaba la llegada inminente de un nuevo reino y que desafiaba a sus oyentes a afrontar que no estaban preparados para la nueva era. Esto estaba dentro del marco de la tradición judía y era especialmente practicado por los fariseos, pero Jesús ofrecía interpretaciones más libres de la ley judía, que le condujeron a un enfrentamiento con las autoridades religiosas oficiales. Jesús se hizo tremendamente popular y reunió a un gran número de discípulos y oyentes, incluidas muchas mujeres, aunque él, aparentemente, no estaba casado. Su relación con notorios pecadores y con los odiados recaudadores de impuestos, considerados agentes de Roma, fue juzgada escandalosa por sus detractores, los escribas y los fariseos. Puede que Jesús esperara una intervención divina (el "Día del Señor"), por la cual Dios habría expulsado milagrosamente a los romanos y habría establecido un Estado puramente judío, con Jesús como su gobernante. La forma preferida para transmitir sus enseñanzas eran las parábolas, de las que se han conservado más de treinta. La parábola es un relato breve, compuesto con materiales cotidianos y con no más de uno o dos personajes, cuyo objetivo es comunicar una enseñanza mediante un paralelismo común pero inesperado. En un primer momento su electo puede resultar desconcertante o turbador, por lo que exige mucha atención e invita a una ulterior explicación. Tal y como fueron utilizadas por Jesús, las parábolas eran, ante todo, fábulas morales: sus elementos, por más corrientes que sean, están siempre al servicio de un mensaje de carácter moral. Aunque Jesús se había educado en la tradición judía (probablemente no conoció ninguna otra) y respetaba la Ley y los profetas, sus enseñanzas transmitían de forma insistente, e incluso subversiva, el mensaje de que la Ley y los profetas no eran suficientes. De hecho, igual que hicieron algunos profetas, exigía algo más que el conocimiento pormenorizado de la Ley y la estricta observancia de sus preceptos, pues, a su modo de ver, éstos debían subordinarse a un código de comportamiento de valor superior. Esto hacía que a los ojos de sacerdotes y doctos Jesús resultara un hombre peligroso y, cuanto más entusiasmo popular iba despertando su persona, más se fueron convenciendo los guardianes de la Ley de que era un peligro. Aunque su popularidad se asentaba sobre todo en sus actos (en sus milagros principalmente), fueron sus palabras las que más ofendieron a las autoridades judías y romanas. Al tratar la Ley como un punto de partida más que como un conjunto de normas inamovible y autosuficiente, no sólo desafió las creencias establecidas sino que puso igualmente en entredicho la autoridad de los intérpretes y defensores de tales creencias (los fariseos y los saduceos), a la vez que perturbaba la tranquilidad de las autoridades romanas que, ante todo, querían evitarse conflictos. Pero Jesús también conmocionó las convenciones de su tiempo y lugar, de otras maneras. Se empeñaba en hablar bien de los marginados, fueran éstos prostitutas, leprosos, publicanos o samaritanos. Sus enemigos fruncían el ceño al ver la compañía de la que se rodeaba y lo que decía de ellos. Y si bien no hizo de menos los pecados tradicionales, no por ello dejó de señalar que cada pecador concreto podía tener igualmente virtudes que pesaran aún más que sus pecados. Emparentada con este punto de vista tan impopular, ha de situarse su tendencia a defender la causa de las personas de más baja extracción social, a las que dio esperanzas, llegando a decir que bien podía suceder que los que eran superiores a ellos en las jerarquías de la propiedad y el poder terminaran por descubrir que su amor por las riquezas era incompatible con la salvación. No menos original era su condena de la violencia. Fue tajante en la reprimenda que soltó a Pedro por haber cortado la oreja de Malco y condenó de forma global todo recurso a la espada. A diferencia de Juan el Bautista, no era un eremita que pasara la mayor parte de su vida en el desierto, por lo que sorprende comprobar hasta qué punto se hallaba desvinculado de esa parte de la tradición comunitana judía que se gloriaba de las hazañas guerreras de los jueces, los reyes de Israel y Judá o los Macabeos. Su idealismo sin concesiones (que, dos mil años después, sigue pareciendo poco práctico, aunque continúe vivo y siendo objeto de debate) queda perfectamente reflejado en el Sermón de la Montaña. Si bien es probable que dicho sermón nunca llegara a pronunciarse en los términos en que figura en el Evangelio de Mateo (que debió de recopilarlo partiendo de diversos dichos de Jesús), su autenticidad está garantizada por su alejamiento tanto de las doctrinas convencionales como de la denuncia profética al uso. Paz, amor, justicia y oración: éstos serían los rasgos distintivos de ese Reino de Dios cuya llegada se anunciaba. A pesar de considerarse un heraldo de dicho reino, Jesús nunca dijo cuándo habría de producirse su advenimiento (de hecho, dijo no saberlo), de tal modo que el carácter apremiante de su mensaje no venía motivado por la inminencia de esta imprecisa transformación de la sociedad sino por la incertidumbre sobre el momento en que habría de tener lugar. En cualquier caso, la certeza de que tal transformación llegaría, constituye la piedra angular de su enseñanza. El éxito que tuvo Jesús entre el pueblo se debió más a sus actos que a sus palabras. Las gentes se arremolinaban a su alrededor por lo que hacía y por lo que se decía que podía hacer. Los milagros de Jesús, además de ser muy numerosos, fueron en algunos casos bastante espectaculares. Muchos de ellos eran de carácter terapéutico: curación de enfermedades, recuperación de la vista y, como se decía en el lenguaje de la época, expulsión de demonios, causa y síntoma a la vez de algún mal. En alguna ocasión este poder curativo alcanzaba también a la muerte, permitiéndole devolver la vida a personas ya fallecidas, como sucedió con la hija de Jairo, el hijo de la viuda de Naím y Lázaro. Algunas historias milagrosas, sin embargo, no guardan relación alguna con la enfermedad o la muerte. Tal sería el caso de la facultad de caminar sobre las aguas, de hacer amainar una tormenta, de alimentar a una multitud con un número insignificante de panes y peces o de transformar el agua en vino, como sucedió en las bodas de Caná. Los cuatro evangelistas narran de forma pormenorizada una serie de milagros, además de hacer referencia de modo más general a muchos otros más. El propósito de todos ellos era dejar claro que Jesús no era un hombre común o un profeta más, sino el verdadero Mesías. Todos los Evangelios culminan con el procesamiento y la muerte de Jesús y sus redactores hicieron avanzar su narración hacia esos sucesos terribles mediante una acumulación de actos milagrosos que, además de ofrecer un ejemplo de la atracción que ejercía Jesús sobre las multitudes, servían para demostrar el carácter excepcional de su vida y, por consiguiente, de su muerte. Los milagros eran algo más que una serie de relatos extraordinarios, constituían una parte esencial de la defensa del carácter mesiánico de Jesucristo y, tras la Resurrección, de la propia defensa de la preeminencia cristiana. Estos dos aspectos dificultarían enormemente el entendimiento entre los judíos cristianos y el resto de la comunidad judía, a cuyos líderes los cristianos acusaban de deicidio (esta acusación que, más adelante, la lglesia cristiana hizo extensiva al conjunto de la comunidad judía se convirtió en un componente fundamental del antisemitismo cristiano). Los últimos episodios de la vida de Jesús se desarrollaron en Jerusalén. Aunque los evangelistas difieren sobre el número de veces que estuvo Jesús en Jerusalén antes de su visita final, todos coinciden en dar el máximo relieve a esta última. Era lógico que así lo hicieran, pues, aparte del innegable dramatismo de los acontecimientos que allí sucedieron, de haberse producido la muerte de Jesús en algún otro lugar jamás habría alcanzado tanta resonancia. Judea y su capital, Jerusalén, constituían el punto cardinal de una sociedad, para la cual Galilea, el lugar donde Jesús había pasado la mayor parte de su vida, era poco más que una zona provinciana. Si bien es cierto que Galilea era un territorio que, gracias sobre todo a sus pesquerías y su producción olivarera, gozaba de un aceptable grado de prosperidad, no era ni un centro religioso ni la sede de la administración y el poder romanos. Cuando un Jesús lleno de premoniciones, pero con plena determinación, marchó a Jerusalén, sabía el peligro. Su entrada en la ciudad se convirtió en una procesión triunfal y, por lo tanto, en un acto de desafío; una circunstancia que se vería agravada por la violencia (nada habitual en él) con que se comportó en el Templo, donde fustigó a los que se dedicaban a la tarea, nada piadosa, sin duda, pero absolutamente legal, de la compraventa y cambio de moneda. Durante las conversaciones que mantuvo con sus discípulos en privado puso el máximo empeño en prepararles para vivir sin su presencia, en hacerles asumir sus futuras responsabilidades y (particularmente durante la última cena que celebraron juntos) en solemnizar los lazos que les unían con él y con la futura comunidad cristiana. Por su parte, las autoridades del Templo y los romanos no tardaron mucho en ponerse de acuerdo. Llegado el momento, uno de los doce (Judas Iscariote) acudió a los sacerdotes para traicionar a Jesús y, según lo acordado, lo hizo identificándole mediante un beso en el huerto de Getsemaní, el lugar adonde Jesús se había retirado a rezar. Todo ello ocurrió de noche, quizá porque los sacerdotes tenían miedo de arrestar a Jesús a pleno día. Jesús fue arrestado en un huerto a las afueras de la ciudad por los hombres del sumo sacerdote o por una unidad de soldados romanos dirigidos por un tribuno militar. El sumo sacerdote, Caifás, y un grupo informal de miembros de su consejo oficial, el Sanedrín, lo enviaron al prefecto romano de Judea, Poncio Pilatos, para que lo juzgara y ejecutara por alborotador y rebelde en potencia. Estos temían la cólera de los romanos si permitían las aparentes amenazas de Jesús sin detenerlas: era también sospechoso de ser el líder de una banda de galileos que tenían fama de rebeldes. Tanto los Evangelios como muchas otras tradiciones cristianas nos presentan a un gobernador, Poncio Pilato, que actúa bajo la presión de unos sacerdotes que serían los que verdaderamente querían eliminar a Jesús. Sin embargo, conviene no olvidar que también los romanos tenían motivos para temer a Jesús, pues, por escaso que fuera el interés que tenían por su doctrina o por sus disputas con fariseos y saduceos, no podían dejar de advertir que Jesús reivindicaba para sí el trono de una provincia que acababan de anexionarse y que estaba resultando bastante conflictiva. Jesús fue conducido en primer lugar al Consejo del Sanedrín, que en aquel entonces presidía el sumo sacerdote Caifás. Juan, no obstante, menciona un encuentro secreto anterior con Anás, antiguo sumo sacerdote y suegro de Caifás. Los sacerdotes trataron de tenderle una trampa para que hiciera alguna declaración blasfema, pues no estaba muy claro que su afirmación de que las hubiera hecho antes fuera cierta. En cualquier caso, carecían de autoridad para condenar a un reo a muerte y, por lo tanto, fue enviado al tribunal del gobernador Pilato, que quizá se sintiera atrapado entre la presión de los sacerdotes y el apoyo popular con que contaba Jesús. Ateniéndose a una vieja costumbre, que le confería la facultad de soltar a un preso a petición popular durante la festividad de la Pascua judía, ofreció la libertad de Jesús. Dio a escoger a la multitud entre Jesús y un delincuente convicto, de nombre Barrabás, pero la multitud (influenciada por los sacerdotes o por los partidarios de Barrabás) escogió a este último y, a partir de ese momento, Pilato se lavó las manos de todo aquel asunto y se puso en marcha el truculento y parsimonioso procedimiento de una ejecución romana: la flagelación, el vilipendio y, finalmente, la muerte lenta en la cruz. Jesús fue crucificado en un sitio próximo a Jerusalén, denominado Gólgota, "el lugar de la calavera". Un transeúnte, Simón de Cirene, fue obligado a ayudar a Jesús a cargar con la cruz, en la que, a modo de burla, se le describía como rey de los judíos. A uno y otro lado de él murieron crucificados dos ladrones. Mientras agonizaba, se produjeron una serie de fenómenos sobrenaturales, que sólo eran explicables dando por supuesto que aquel hombre era efectivamente el Hijo de Dios. Por reclamar ser el rey de los judíos, y por tanto un rebelde contra Roma, Jesús fue crucificado (el castigo romano habitual para los criminales sin derecho a voto) probablemente el 30 de marzo del 36, un día antes de la Pascua (Evangelio según san Juan). Ninguno de sus discípulos compartió el castigo, lo que sugiere que las autoridades se dieron por satisfechas con haber hecho frente a la amenaza que Jesús representaba. Uno de sus seguidores, José de Arimatea, pidió a Pilato que le entregara el cuerpo de Jesús para enterrarlo en un huerto cercano. Una vez allí, el cadáver fue colocado en una cueva, cuya entrada quedó sellada con una piedra; una medida que, según una versión de los acontecimientos, fue tomada por los sacerdotes por miedo a que los seguidores de Jesús robaran el cadáver para asegurar después que había resucitado. Fue en esta tumba donde, recién finalizado el Sábat, un grupo de mujeres realizaron un descubrimiento de capital importancia. A diferencia de sus seguidores masculinos, que habían optado por la huída, estas mujeres (a las que la Biblia pone distintos nombres) habían acompañado a Jesús en el momento de la crucifixión y habían permanecido al pie de la cruz hasta su muerte. Cuando dos días después fueron al sepulcro, la piedra había sido retirada y la tumba estaba vacía. Según el relato más vívido de los hechos (el de Juan), fue María Magdalena quien hizo el descubrimiento y, tras llamar a dos de los apóstoles, vio a Jesús en persona, si bien en un primer momento lo confundió con el encargado de cuidar el huerto. Jesús también se apareció a otras personas (de camino a la aldea de Emaús y en Galilea) y, una vez quedó demostrado que había resucitado de entre los muertos, ascendió a los cielos. Hay una gran discrepancia entre los cuatro Evangelios sobre los detalles de los hechos acaecidos durante los últimos días de su vida. Su hermano Santiago, que se había mantenido alejado de la misión de Jesús, se convirtió en el líder de sus seguidores judíos, y la rama de Jerusalén de este movimiento continuó como una secta judía (los nazarenos o ebionitas) hasta que Adriano expulsó a los judíos de Judea en el 134. Durante su vida activa en la tierra, la mayoría de las personas que conocieron a Jesús lo vieron bien como el Mesías, una figura con una sólida tradición dentro del judaísmo, o bien como un impostor. Sin embargo, los dos polos entre los que se desarrolló su vida (la Encarnación al principio de la misma y la Resurrección al final) no figuran en dicha tradición. El Mesías judío no era una encarnación de la divinidad ni se esperaba de él que resucitara. Cuando, poco después de la muerte de Jesús, estos dos hechos pasaron a convertirse en creencias firmemente establecidas, nació una nueva religión. No hay ninguna referencia contemporánea sobre la existencia de Jesús: aparte de una alusión breve y compasiva de Josefo (contaminada por un interpolador cristiano) escrita en las antigüedades judías cincuenta años más tarde, los primeros documentos sobre él son cristianos. Algunos miembros de las primeras comunidades cristianas, ya separadas del judaísmo, escribieron relatos sobre él: se trata de los cuatro Evangelios y de los Hechos de los Apóstoles, escritos del ca. 70 en adelante. No fueron escritos por ni para historiadores, sino para extender una ideología religiosa. Otros testimonios y cartas abiertas, a menudo bajo seudónimo y de tono antisemita, fueron escritos unos cuarenta años después de su muerte. Al considerar la vida de Jesús, es muy difícil separar los hechos de los mitos. Su importancia histórica reside en el efecto de la extensión de una fe redentora centrada en su vida y en su muerte, basada en los relatos ofrecidos por los Evangelios y en la conversión de no judíos como Pablo de Tarso y otros, que compitió y finalmente, tras la conversión de Constantino I, sustituyó a las demás religiones y filosofías del Bajo Imperio Romano. El siglo posterior a la separación de la Iglesia (ahora en gran parte gentil) del judaísmo, un cambio producido por Pablo de Tarso y otros misioneros cristianos y acelerado por la caída de Jerusalén por Tito en el 70, contempló un gran desarrollo en la naturaleza del cristianismo. Posteriormente, la Iglesia se organizó como un Estado paralelo, siguiendo una línea territorial basada en los distritos administrativos romanos e incorporando bastante filosofía griega a su teología. Paradójicamente, buena parte de la cultura del mundo clásico se conservó a través de la fortaleza de las Iglesias romana y bizantina, aunque los cristianos también censuraron y destruyeron muchas cosas valiosas, como los documentos relativos al epicureísmo y otras filosofías, obras cómicas y poesía erótica, como los poemas de Safo. Las primeras referencias a la persona de Jesús en documentos no cristianos, aparecen en fuentes tardías tanto judías (Flavio Josefo y el Talmud) como paganas (Tácito y Suetonio). Ver, María, Cleofás, Eusebio, Gregorio, Hermas, Atanasio, Basilio, Clemente, Justino, Orígenes.