Fiesta o juego que los griegos celebraban cada cuatro años, en honor a Zeus, en la antigua ciudad de Olimpia. No ha sido posible determinar el origen real de estos juegos; la referencia más antigua se debe a Homero y los sitúa en el 1.370 a.C.. En lo que sí parecen coincidir las diversas fuentes es que a partir del 884 a.C. se convirtieron en una semana de paz, una tregua en las guerras que asolaban Grecia. En el 776 a.C., según la cronología tradicional adoptada por el historiador Timeo de Taormina, que extendió el uso del cómputo por olimpíadas, adquirieron rango de fiesta panhelénica, convirtiéndose en los juegos más importantes entre los panhelénicos (Juegos Píticos, Juegos Nemeos y Juegos Ístmicos). Las olimpíadas sirvieron de base para el cómputo cronológico desde el solsticio de verano del año 776 a.C. hasta el año 393, año en el que fueron suspendidos por orden de Teodosio I por considerarlos inmorales y ateos. En la época clásica, las fiestas duraban siete días. Desde 572 estaban patrocinados por los eleos, que dominaban la región y que designaban entre ellos el colegio de los Helanódicos o "jueces de los griegos", encargados de organizar los juegos. De este modo vemos que incluso una ceremonia panhelénica, es decir, abierta a todos los griegos, quedaba sometida a la responsabilidad de un solo pueblo, conforme a la concepción política y religiosa que lo subordinaba todo a la ciudad. Estos juegos fueron algunas veces interrumpidos o suspendidos hasta el tiempo de Pélope, quien los restableció en honor de Zeus, con más pompa y aparato que ninguno de sus predecesores. Después cayeron otra vez en decadencia y aun casi se había perdido su recuerdo, hasta que Ifito, contemporáneo de Licurgo, el legislador, restableció los juegos olímpicos por los motivos siguientes: Grecia gemía entonces destrozada por las guerras intestinas y desolada por la peste. Ifito pasó a Delfos a consultar con el oráculo sobre los males que tanto les afligían. La contestación de la Pitia fue que del restablecimiento de los juegos olímpicos pendía la salud de Grecia, encargándole que trabajase en ello en unión con los eleos. Desde ese momento se dedicaron en recordar los ejercicios de estos juegos, y a medida que les venía a la memoria alguno de ellos, lo añadían a los demás. Esto es lo que se desprende de la continuación de las olimpíadas; pues desde la primera se propuso un premio a la carrera, que lo ganó Corebo, eleo; en la 14 se añadió la carrera del estadio doble; en la 18 se restableció del todo el Pentatlón; el combate del cesto se puso en uso en la olimpiada 23; en la 25 la carrera del carro tirado por dos caballos; en la 28 el combate para los niños, a pesar de no haber habido ejemplo de ello en la antigüedad, así es que en la 37 olimpíada hubo premios propuestos a los niños por la carrera y la lucha; en la 38 se les permitió el Pentatlón entero, pero los inconvenientes que resultaron de ello obligaron a que los niños fuesen excluidos, en lo sucesivo, de todo ejercicio violento; en la 65 se introdujo aún otra novedad: gentes de a pie, completamente armados, disputaron el premio de la carrera, algo muy conveniente a los pueblos belicosos. En la 98 se hacían carreras con caballos de mano, en la carrera; y en 99 se uncieron dos potros jóvenes en un carro. Algún tiempo después se disputó una corrida de potros llevados por la mano y otra corrida de potros montados como los caballos de sillas. En cuanto al orden y a la policía de los juegos olímpicos, según el historiador citado supra, se observaba lo siguiente: primero se tributaba un sacrificio a Zeus. Luego se iniciaba la apertura por el Pentatlón, seguía la corrida a pie, después la carrera de los caballos que no se verificaba en el mismo día. Los eleos casi siempre llevaban la dirección de estos juegos y nombraban cierto número de jueces para presidirlos, mantener el orden e impedir que se usase fraude o superchería para ganar el premio. En la olimpíada 102 habiendo comprado Calíope el ateniense a sus antagonistas el premio del Pentatlón, los jueces eleos condenaron a la multa correspondiente al transgresor y a sus cómplices. Los atenienses pidieron gracia en favor de los culpables y no habiéndolo podido obtener, prohibieron que pagasen esta multa, pero fueron excluidos de los juegos olímpicos, hasta que consultado el oráculo de Delfos, se les declaró que el dios nada tenía que contestar, mediante que no hubiesen dado satisfacción a los eleos; entonces se sometieron a la multa. Los atletas luchaban desnudos desde la Olimpíada treinta y dos, de resultas de lo que acaeció a uno llamado Orcipo, que a poco más pierde la victoria por habérsele desatado un calzoncillo, embarazándole y privándole de la libertad de los movimientos. Este reglamento exigió otra providencia; tal fue la de prohibir a las mujeres y a las doncellas, bajo pena de la vida, asistir a los juegos y aún pasar al Alfeo mientras duraba el tiempo de su celebración. Esta prohibición se observó con tanta exactitud que no hubo ejemplo de que ni una sola mujer violase la ley. La pena impuesta consistía en precipitar a las mujeres, que la hubiesen infringido, de una roca que se hallaba más allá del Alfeo. En la misma ciudad celebraban las doncellas una fiesta particular en honor de Hera, haciéndolas correr por el estadio distribuidas en tres clases. Las más jóvenes eran las primeras, seguían luego las de una edad menos tierna y después las otras de mayor edad. En consideración a su sexo no se daban más que quinientos pies de largo al estadio, en lugar de los ochocientos pies que era su extensión ordinaria. Algún tiempo antes de la apertura de los juegos, unos diputados, los espondóforos, eran enviados a todas las ciudades griegas para anunciar el acontecimiento. En honor de Zeus, se observaba entonces una tregua sagrada que suspendía las guerras intestinas por la duración de las fiestas olímpicas. Atletas y curiosos tomaban el camino de la Élida, donde estaban previstas instalaciones materiales para recibirlos: una ciudad de tiendas y de barracones se elevaba por algunas semanas en torno al santuario. El primer día de los juegos estaba consagrado a los sacrificios y a la prestación del juramento olímpico por los concurrentes. Éstos debían ser griegos, libres de nacimiento e indemnes de toda contaminación. Más que exigencias morales o políticas, hay que ver en ello exigencias religiosas; los juegos forman parte del culto y no se puede participar plenamente en el culto si no se pertenece a una comunidad cívica y si no se está puro de toda mancha. He ahí por qué los bárbaros, los esclavos y los condenados están excluidos. Es también una práctica religiosa la que prohíbe a las mujeres la entrada en el santuario y la asistencia a las competiciones; una sola excepción se hace en favor de la sacerdotisa de Deméter Caminea, índice revelador del carácter sagrado de la prohibición. La prestación del juramento era particularmente solemne. Tenía lugar en el altar de Zeus Horkios, protector de los juramentos, cuya estatua se elevaba en el Buleuterión (lugar del Senado local) y tenía un rayo en cada mano, para fulminar a los perjuros. Sobre los trozos de un verraco sacrificado en esta ocasión, los atletas, sus padres y sus hermanos, ligados por la vieja solidaridad del clan familiar, juraban respetar el reglamento del concurso. Pausanias, al que debemos esas informaciones, añade una observación sintomática: "No he tenido idea de preguntar qué se hacía del verraco después del juramento de los atletas; es una regla establecida desde los tiempos más antiguos que una víctima sobre la cual se ha pronunciado un juramento no debe servir para el consumo humano". Al pie de la estatua de Zeus Horkios se podía leer en una tableta de bronce un poema en dísticos elegíacos que recordaba el castigo reservado a los perjuros. En caso de fraude, los Helanódicos castigaban al culpable con una fuerte multa y lo excluían de los juegos perpetuamente. Con el producto de la multa erigían una estatua de Zeus en bronce; esos Zeus, los Zanes, como se los llamaba en el dialecto dórico local, estaban alineados en el santuario, cerca de la entrada del estadio, al pie de la terraza de los Tesoros. Se pueden ver todavía en este lugar algunas de las bases que los sustentaban. Después de la terminación de las competiciones, que duraban cinco días, la última jornada estaba consagrada a la distribución de las recompensas. En presencia de una multitud inmensa que los aclamaba, los vencedores, que eran llamados los olimpiónicos, avanzaban al ser llamados por su nombre para recibir su premio: una simple corona de olivo silvestre, tejida con las hojas del árbol sagrado, que Heracles, nos dice Píndaro, había traído del país de los Hiperbóreos para plantarlo en Olimpia. Esas coronas estaban colocadas en una suntuosa mesa de ofrendas incrustada de marfil y oro, obra de Colotes, discípulo y colaborador de Fidias. Esta mesa figura como motivo del reverso de una de las monedas conmemorativas acuñadas por los eleos en 133 de nuestra era, bajo el emperador Adriano. A los ojos de los griegos no existía honor más grande que la corona olímpica, conseguida ante la Grecia reunida en el santuario del rey de los dioses. El deseo de gloria, el apetito de elogios, el orgullo nacional y la piedad sincera hacia el dios excitaban a la vez el ardor de los concurrentes. Los espectadores estaban impulsados, además, por la curiosidad de ver de cerca hombres célebres, pues a los atletas se juntaban escritores, filósofos, retóricos o artistas, deseosos de aprovecharse de esa gran multitud popular para hacer conocer sus obras por medio de lecturas públicas o para obtener encargos. La animación, el hacinamiento, las transacciones comerciales acompañaban necesariamente el desarrollo de las pruebas deportivas y las ceremonias sagradas. En el recinto del Altis, el terreno consagrado a Zeus, se oían hablar todos los dialectos griegos. Tenían conciencia de una solidaridad profunda por encima de los intereses o las rivalidades que separaban sus respectivas ciudades. En un principio sólo participaban atletas griegos y en sucesivas celebraciones se fueron incorporando atletas de toda la zona mediterránea. Se disputaban pruebas de carreras, saltos, lanzamiento, hípica y lucha, al tiempo que se celebraban ceremonias religiosas y concursos de poesía y oratoria. El interés por Olimpia se despertó en el Renacimiento con la difusión, gracias a la imprenta, de las obras de los grandes maestros griegos, llegándose a celebrar en Inglaterra, en 1604, unos Olimpic Games. Pero fue a finales del siglo XVIII cuando, tras las excavaciones que realizaron franceses y alemanes, llegó al máximo el interés por Olimpia y los juegos que allí se celebraron. Ver, Juegos Panhelénicos, Decálogo Olímpico, Antigua periodos, Fiestas griegas, Olimpiada.
)o( MITOLOGÍA.- Según los eleos, Crono fue el primero que reinó en el cielo, y desde la edad de oro tenía ya un templo en el Olimpo. Habiendo venido Zeus al mundo, su madre Rea confió su educación a cinco Dáctilos del monte Ida, que hizo venir de Creta a Élida. Heracles, el primogénito de los cinco hermanos, propuso ejercitarse en la carrera y ver quien ganaba el premio, que consistía en una corona de olivo. De esto se deduce que Heracles Ideo tuvo la gloria de inventar estos juegos, a los cuales llamó Olímpicos; y a causa de que eran cinco hermanos, quiso que estos juegos se celebrasen cada cinco años. Algunos suponen que Zeus y Crono lucharon juntos en Olimpia y que el premio de la victoria era el imperio del mundo. Otros pretenden que, habiendo Zeus triunfado de los Titanes, instituyó por sí mismo estos juegos, donde Apolo entre otros se señaló por su habilidad, ganando el premio de la carrera en competencia con Hermes: y este es el motivo, dicen ellos, por el que aquellos que se distinguían en el Pentatlón danzaban al son de flautas que tocaban las Pitias, porque éstas eran consagradas a Apolo, y que este dios fuese el primero que obtuvo la corona en los Juegos Olímpicos.