o Lectisternio. Ceremonia religiosa que se practicaba en Roma en tiempos de calamidades públicas, y cuyo objeto era apaciguar a los dioses. Consistía en un festín que se daba durante muchos días a nombre y expensas de la República, a las principales divinidades, y en uno de sus templos, imaginándose que ellas tomarían efectivamente parte en estas ceremonias, porque se había convidado a sus estatuas y se les había presentado. A pesar de que los ministros de la religión no tenían el honor de asistir a dichos festines, sacaban todo el provecho regalándose muy bien a expensas de los supersticiosos. Se ponía una gran mesa, rodeada de camas y lechos cubiertos con los más ricos tapices o hierbas odoríferas, sobre las cuales se colocaban las estatuas de los dioses convidados al festín. Para las diosas no se ponían más que sillas. Todo el tiempo que duraba la fiesta, que solía ser de ocho días, se servía diariamente una comida espléndida que los sacerdotes cuidaban de preparar en la víspera. La primera lectisterna se celebró en Roma en el año 556 de su fundación. Habiéndose seguido un cruel invierno a otro muy riguroso, en el cual la peste hizo perecer un gran número de animales de todas especies, y como el mal no tenía remedio y no podía encontrarse su causa, ni el fin, un decreto del senado mandó que se consultasen los libros de las Sibilas. Los decenviros sibilinos refirieron que, para hacer cesar este azote, era menester hacer una fiesta con banquetes a seis divinidades que nombraron, a saber: Apolo, Latona, Diana, Hércules, Mercurio y Neptuno. Se celebró pues esta fiesta por espacio de ocho días, cuyo cuidado y ordenanza se confió a los decenviros, y en los sucesivo se les sustituyó con los epulones. Los ciudadanos particulares que asistían a esta fiesta, debían dejar sus casas abiertas, con libertad a cada uno de servirse de todo lo de dentro. Se ejerció la hospitalidad con toda clase de gente, conocida, desconocida, y extranjera. Desapareció al mismo tiempo toda animosidad: los que tenían enemigos conversaron y comieron con ellos, como si hubiesen estado siempre en la más perfecta armonía: finalizaron toda especie de procesos y disenciones: se soltaron los prisioneros; y por principio de religión, no se volvieron a las prisiones a los que habían libertado los dioses. Tito Livio, que refiere las circunstancia de esta fiesta, no nos dice si esta primera lectisterna produjo el efecto que se deseaba; era por lo menos siempre un medio para distraerse durante aquellos tiempos en que a vista de las calamidades públicas la imaginación forma las ideas más tristes. Sin embargo, el mismo historiador refiere que, la tercera vez que se celebró la lectisterna para obtener de los inmortales la cesación de la peste, fue tan poco eficaz esta ceremonia que se recurrió a otro género de devoción, que fue la institución de los juegos escénicos, con la esperanza de que no habiendo aparecido aun en Roma, serían más agradables a los dioses. Valerio Máximo hace mención de una lectisterna celebrada en honra de sólo tres divinidades, Júpiter, Mercurio y Juno. Hubo también alguna en que la estatua Juno fue puesta en el lecho, mientras que las de Júpiter y Mercurio eran colocadas en las sillas. Arnobio hace también mención de una lectisterna, preparada tan sólo para Ceres. La lectisterna no es, como. se creyó hasta el tiempo de Gasaubon, de institución romana; pues este sabio crítico ha hecho ver que estaba en uso ya en Grecia. En efecto, Pausanias habla en muchos lugares de esta clase de almohadas, pulvinaria, que se ponían debajo de las estatuas de los dioses y de los héroes. Spon, en su viaje a Grecia, dice que se veía aún en Atenas la lectisterna de Isis y de Serapis. Consistía ésta en un pequeño lecho de mármol de dos pies de largo sobre uno de altura, sobre el cual se veían estas dos divinidades sentadas. Por este ejemplo, se puede juzgar de la forma de las antiguas lectisternas. El nombre de la ceremonia esta tomado de la acción de preparar los lechos. Esta ceremonia se ve representada en muchas medallas romanas. Ver, Selisternios.