Aparte de los recientes avances en el terreno de la arqueología, la historia del mundo griego antiguo se ha enriquecido también con aportaciones de carácter lingüístico relativas a lo que se ha denominado sustrato común indoeuropeo o, simplemente, grupo IE. El conocimiento de la distribución dialectal griega de época histórica ha servido a menudo para trazar, en retrospectiva histórica, las líneas generales de evolución de lenguas y grupos de pueblos portadores de las mismas desde época temprana. En este sentido, tradicionalmente se ha supuesto que los cambios fundamentales de la primitiva historia de Grecia se corresponden con las sucesivas llegadas de pueblos del grupo IE a los Balcanes, las tradicionales oleadas o invasiones indoeuropeas. La primera de estas oleadas habría ocurrido hacia el 2100 a.C. Estos grupos pasarían posteriormente a Creta e implantarían en la isla la llamada "civilización minoica" hacia el 2000, esto es al comienzo del MM. Dos ss. después, un nuevo grupo IE se establecería en el Peloponeso implantando la civilización micénica que acabaría por absorber a la minoica hacia el 1450, esto es al comienzo del HR II. Aunque la teoría de las migraciones sea cada vez más discutible, no cabe duda que estos grupos IE hablaban lenguas diferentes, a juzgar por los testimonios escritos conservados. Dicho de otro modo, los "primeros" IE no hablaban con seguridad griego sino otra lengua, mientras que los "segundos", en el caso de que no lo hablaran, dejaron constancia escrita en "griego" o "submicénico", si se quiere, en una lengua muy próxima a lo que fue el griego de época histórica. Por tanto, el fenómeno conocido tradicionalmente como "la llegada de los griegos" no puede reducirse a una cuestión de diferenciación étnica ni tampoco de asimilación lingüística. En realidad, con los "griegos" ocurre un fenómeno similar al conocido para los "indoeuropeos". En ambos casos se pretende identificar el "grupo lingüístico" correspondiente con el "elemento étnico" respectivo, pero es muy discutible que lenguas y etnias hayan conservado su "pureza" originaria o que, en caso extremo, ésta haya existido en algún momento. Por el contrario, parece claro que estos grupos de pueblos en sus periódicos desplazamientos fueron asimilando elementos nuevos que, al término de la evolución, acentuaron aún más las diferencias ya existentes entre ellos. Aunque pertenecientes a un supuesto sustrato común originario, hacia el 2000 a.C. estos grupos de pueblos se vieron inmersos en un proceso de cambio que no culminaría hasta época histórica, dado que tanto en Anatolia como en Grecia e Italia serían los auténticos introductores de una nueva "era" basada en el uso y difusión del hierro, que significó el fin de las sociedades prehistóricas. No obstante, el mapa lingüístico del grupo IE presenta una variedad tal que es difícil sustraerse a la idea de que entre estos grupos haya existido un vínculo común. Lenguas tan dispares como el sánscrito en India, hitita en Anatolia, griego en los Balcanes, grupos de lenguas itálicas o germánicas y eslavas o célticas, además del persa, armenio, frigio, ilirio, lituano, rumano, luvita, albano, etc., constituyen parte de las piezas de este enorme mosaico etnolíngüístico. Si esta era la situación del bloque IE euroasiático, en el "espacio egeo", propiamente dicho, tampoco existía homogeneidad, sobre todo si se tiene en cuenta que en el trascurso del II milenio parecen haber coexistido tres culturas diferentes, con numerosos elementos comunes, pero también con importantes diferencias tipológicas entre sí. Todo ello refuerza la hipótesis de una configuración in situ de las respectivas lenguas, que adaptaron a su uso elementos del sustrato lingüístico preexistente. Si la hipótesis es correcta no sería necesario enfatizar que la lengua expresada en la "Lineal A" no es la griega, pero tampoco suponer, como se ha hecho, que se trate de una lengua semítica, es decir, perteneciente a un grupo no-IE. De todos modos el carácter todavía enigmático de esta escritura deriva del hecho de que, contra lo que suponía Evans, no existe al parecer relación con la "jeroglífica" cretense anterior, pero tampoco con la "Lineal B" sólo cronológicamente posterior. Además, se trata de un testimonio muy limitado espacialmente: no hay restos de "Lineal A" en Grecia peninsular aunque al parecer sí en algunas islas y, en Creta, por el momento se circunscribe a los archivos del palacio de Cnossos. A esto se añade el escaso número de tablillas halladas, poco más de 4.000, por lo que resulta difícil establecer las asociaciones necesarias que permitirían conocer el valor silábico de los signos en cada caso. Otro argumento de la hipótesis lingüística se refiere a las analogías y diferencias que la escritura micénica, el "Lineal B", presenta con el griego, y a las implicaciones históricas que pueden inferirse a partir de estas constataciones. En efecto, desde el desciframiento del "Lineal B" por M. Ventris en 1952, la práctica totalidad de los investigadores ha reconocido que la lengua expresada en las tablillas micénicas a finales del siglo XIII a.C. no es otra que "el griego". Pero esto no significa que se resuelvan todos los problemas planteados, ni siquiera los lingüísticos. Antes al contrario, la interpretación histórica del hecho ha desencadenado una larga e intensa controversia interdisciplinar en la que están implicados arqueólogos, historiadores y filólogos, entre otros. No hay acuerdo sobre qué nivel lingüístico se corresponde más estrechamente con el protogriego o submicénico, ya sea el protodorio, tambien llamado griego del noroeste, o, simplemente, el dorio. Lo que sí parece claro sin embargo es que el lenguaje de las tablillas no es el micénico propiamente dicho, sino una variante dialectal del griego histórico, constituido por la coexistencia de diversos dialectos con sus correspondientes préstamos y elementos comunes de habla ("isoglosas") entre sí. Al menos en época histórica, entre los dialectos básicos del griego (eolio, dorio, jonio) había tantas similitudes formales como diferencias de carácter fonético y morfológico, que se advierten incluso en las variantes dialectológicas, por ejemplo, del "ático" respecto al jonio, y del "arcadio-chipriota" respecto al dorio. En consecuencia, aislar las características gramaticales de estas variantes constituye el primer paso para identificar el "griego" que se usa en las tablillas y, por tanto, el grupo o pueblo protogriego integrado ya en la estructura micénica. Chadwick cree encontrar mayores analogías entre el submicénico y el dorio que con el resto de los dialectos; en cambio Risch y Moralejo sostienen que las analogías son asimismo extensivas a los otros dialectos. El problema, por tanto, de la identificación del submicénico permanece irresuelto en términos lingüísticos. Ver, Escritura silábica.