Los egipcios imaginaron el Más Allá, si hemos de hacer caso a los textos y representaciones plásticas que nos han llegado, perfectamente organizado. Y esto tanto desde el punto de vista topográfico (islas, canales, ríos, campos), como desde contenidos mentales racionales y religiosos. Aunque no lo ubicaron en una región concreta, parece ser que el firmamento estrellado fue la zona creída como el lugar de residencia de los muertos. A dicho lugar le dieron, entre otros, los nombres de Amentit, que equivale a Occidente, a lugar oculto, y de Duat, término expresado pictográficamente mediante una estrella inscrita en un círculo y que venía a ser una región, a la vez subterránea y celeste, donde residían los difuntos. Ese Más Allá, y agrupamos aquí la diversidad de creencias que sobre la Ultratumba desarrollaron de acuerdo con los ciclos míticos de Osiris y de Re, presentaba un doble aspecto al basarse en la idea de una retribución o castigo posteriores a la muerte. Para los justificados, declarados maa-kheru, se trataba de un lugar placentero, favorable, de campos fértiles recorridos por riachuelos y canales, en el que desarrollaban sin ningún problema sus actividades. Para los declarados culpables (isefety), en cambio, era un lugar tenebroso y ardiente, en donde sufrían justo castigo. De capital importancia para hacer frente a los posibles peligros que en el Más Allá amenazasen al difunto eran los instrumentos que los podrían neutralizar y que no eran otra cosa que las fórmulas mágicas. El gran poder que la palabra encerraba podía, si se utilizaba correctamente, hacer frente a cualquier obstáculo o emergencia que se presentase. De ahí la importancia que tuvieron dichas fórmulas, muy pronto recogidas convenientemente por escrito y colocadas cerca del difunto, bien en su pirámide, bien en su sarcófago o entre sus propias vendas funerarias. La descripción de las distintas regiones o zonas del Más Allá aparecen explicitadas en los nuevos textos funerarios del Imperio Nuevo y se enuncian en otras colecciones de fórmulas de épocas anteriores. Básicamente, se trata de regiones que se corresponden a las horas que tardaba la barca de Re en recorrer el submundo y renacer con el nuevo sol a un nuevo día. Los difuntos justificados, tras purificarse en el agua primordial de la Duat, en donde reinaba Sokaris, contemplaban a Re en el horizonte y aclamaban a Amón o disfrutaban recorriendo los hermosos senderos del Campo de las Juncias o del de las Ofrendas como verdaderos espíritus, o bien trabajaban en las mismas actividades que habían desempeñado en su vida terrena. Podían navegar en la barca solar, junto a Re, ganándose así la eternidad, y silo deseaban podian reaparecer en la tierra, en su tumba, cuando su bai o alma se unía al cuerpo enterrado o a la estatua que lo representaba (ka). Lo más hermoso de todo, sin embargo, era la posibilidad de confundirse con los diferentes dioses. Y ello de modo eterno. Para el faraón, ese Más Allá todavía era más feliz, pues ascendía al cielo como un halcón o como una grulla y pasaba a residir en la parte nordeste en calidad de Estrella indestructible. O se confundía con Horus, Re o el propio Osiris. Es muy difícil, dadas las creencias y el eclecticismo religioso egipcio, establecer una sucesión coherente de las posibles actividades que el difunto podría desarrollar en la Ultratumba. De día podía trabajar en la tierra, visitar sus lugares predilectos o evitar acciones nefastas contra sus despojos y memoria o disfrutar de los alimentos de su tumba. De noche, estaba en el cielo, en la barca de Re, realizando el viaje subterráneo por aquel submundo en compañía de los demás bienaventurados. En cambio, para los declarados enemigos en el juicio que había tenido lugar ante el tribunal de Osiris, su vida en el Más Allá era totalmente terrorífica y desgraciada. Los textos y algunas pinturas y dibujos nos describen o figuran tormentos corporales, siendo los más frecuentes las mutilaciones y la cremación por el fuego o la metamorfosis en animales impuros. También la privación de la luz del sol era un terrible suplicio. Y se entendía no como la falta del calor o de la luz, sino como la exclusión de la presencia divina. Privado de esta presencia, ríos de fuego, fosas ardientes, demonios terroríficos se abatían sobre los desgraciados que había transgredido en su vida terrena el orden de las cosas. Hay que decir, sin embargo, que para los culpables, para los declarados enemigos de Osiris, no existía el suplicio eterno, sino algo infinitamente peor: la aniquilación total tras las torturas, la no existencia.