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Matrimonio romano

La práctica y la ley romana arcaica era muy similar a la griega. Durante largo tiempo el fundamento de la sociedad romana fue la familia. Es útil, pues preguntarnos cómo evolucionó en el curso de la historia de la civilización romana, la vida familiar y en qué medida permaneció fiel a los viejos imperativos o bien si consiguió separarse de ellos. Primitivamente, la vida familiar estaba dominada por el poder absoluto del padre, que lo ejercía legalmente sobre esclavos de la casa pero también sobre su mujer y sus hijos. El pater familias puede, según su gusto, reconocer a los hijos que le da su mujer (entonces, en el momento del nacimiento, toma el niño en sus brazos y lo eleva con un gesto que le confiere la legitimidad), o bien exponerlos fuera de la casa, abandonándolos a quien los quisiera, lo que, en la práctica, equivalía a condenarlos a muerte o, en el mejor de los casos, a la esclavitud. Además, incluso el hijo reconocido por su padre podía ser expulsado de la casa; entonces era vendido "al otro lado del Tíber", pero el hijo que de esta manera había sido vendido tres veces se encontraba legalmente emancipado de la patria potestas. En los casos particularmente graves, el padre podía matar a sus hijos y a su mujer, pero la tradición requería que tan atroz decisión fuese tomada en un consejo de familia expresamente reunido al efecto. Se sabe que esta vieja práctica persistía aún en los tiempos de Nerón, ya que un senador cuya mujer había sido acusada de "supersticiones extrañas" hubo de reunir un tribunal para juzgarla. El Estado mantiene hasta el final la mayor repugnancia a intervenir en el seno de la familia y, por consiguiente, a limitar la autoridad del padre. De hecho, no obstante, las costumbres no tardaron en suavizar las consecuencias de este estado jurídico. Cada vez fue más excepcional que un padre vendiese a su hijo como esclavo. Se admitía que un hijo vendido en esta forma permanecía libre a los ojos de la Ley, y que, a diferencia de los otros esclavos, podía hacer legalmente testamento e incluso intentar una acción contra su nuevo amo. Por otra parte, si el pater familias era siempre, en derecho, el representante legal de sus hijos y de su mujer, si debía dar su autorización para que fuese válido todo acto jurídico efectuado por ellos, a partir del siglo II a.C. se promulgó un procedimiento de emancipación que sustraía en la práctica a sus beneficiarios de la tutela del padre: el hijo o la mujer emancipados no dejaban de formar parte de la familia pero adquirían el derecho de poseer personalmente y de administrar sus bienes de manera autónoma. Se concibe que en una sociedad en que la célula familiar era tan fuerte, el matrimonio fuese considerado como un acto particularmente grave, ya que tenía por resultado introducir en la familia un elemento extraño necesario para su perennidad. El matrimonio era decidido por el padre de familia y las inclinaciones de los interesados eran raramente consultadas. Otras consideraciones estimadas más importantes determinaban la elección. Las alianzas políticas tenían un gran papel, por lo menos en la aristocracia. Se celebraban esponsales, que constituían un compromiso solemne y religioso entre las familias. Consultados los dioses, si los augurios eran favorables, se cambiaban los anillos, que tenían un valor simbólico. A veces estaban formados por dos juncos unidos entre sí por un nudo. Cuando el junco era simple llevaba grabados sobre el engaste dos bustos, el de la novia y el del novio, u otras imágenes expresando la unión de los esposos. Todos los amigos de la familia estaban presentes en los esponsales: eran los testigos del compromiso. La asistencia a los esponsales formaba parte de los múltiples officia del romano, de las obligaciones de la vida social a las cuales no se podía sustraer sin falta grave. Al mismo tiempo que al cambio de anillos se procedía a la firma del contrato matrimonial, estipulando la naturaleza y el montante de la dote aportada por la joven. Dichos esponsales tenían consecuencias jurídicas; si el casamiento no era luego celebrado debidamente, aquella de las dos partes que no había obtenido satisfacción podía intentar contra la otra una acción en reparación de los daños causados. Quienquiera que ya desposado se desposase una segunda vez, era considerado como bígamo. De igual modo, una desposada infiel era asimilada a una mujer adúltera, aunque su compromiso no era perpetuo. Si su desposado no se había casado con ella en un tiempo convenido, era libre de contraer matrimonio con otro. Pero a veces sucedía que el alcance de los desposorios fuese muy largo, pues se introdujo la costumbre de desposar a niños de corta edad y en tales casos había que esperar largos años para que el casamiento pudiese ser celebrado. A los ojos de la ley, solamente los ciudadanos romanos tenían derecho a contraer matrimonio. El ius connubii era uno de los privilegios inherentes a la ciudadanía romana. En la época clásica no existía ninguna limitación a este derecho, pero la tradición ha conservado el recuerdo de tiempos en que los patricios no podían casarse con una plebeya, prohibición caída pronto en desuso. Teóricamente los jóvenes eran considerados como aptos para el casamiento desde la edad de catorce años, y las muchachas como núbiles a los doce años. En los primeros siglos de la República existían al mismo tiempo dos formas de casamiento: la confarreatio, que era propia de los patricios, y la coemptio, que era el casamiento plebeyo. La confarreatio consistía esencialmente en una ceremonia religiosa celebrada delante del altar doméstico: una sopa de harina hecha con espelta (una especie de trigo, far) se derramaba sobre la víctima inmolada, y una torta, también de espelta, era partida entre los esposos, que la comían. El carácter rústico y sin duda propiamente latino de este rito es evidente. Constituía el momento solemne de las bodas, pero estaba precedido y seguido de toda una serie de prácticas pintorescas que nos describen los autores antiguos. La víspera del casamiento la novia ofrecía sus muñecas a los lares de la casa paterna. El mismo día se revestía de una túnica blanca (tunica recta), cuya tela era tejida siguiendo un procedimiento arcaico y que ajustaba a la cintura con un doble nudo. Su cabello era peinado con la ayuda de un instrumento especial (hasta caelibaris); se dividía el cabello en seis mechones que se rodeaban de cintas para reunirlos en un moño. Después, sobre el cabello así dispuesto, se colocaba un velo de color anaranjado (flammeum) y sobre la túnica un manto (palla), especie de amplio chal que rodeaba la mitad superior del cuerpo. A veces se añadía una corona de flores y diversas joyas, un collar de oro, brazaletes. En los pies, la novia llevaba sandalias del mismo color que el flammeum. Al día siguiente por la mañana, desde el amanecer, comenzaba la ceremonia con la consulta de los auspicios (el casamiento no podía celebrarse sino ciertos días considerados "fastos"); después se procedía a la firma definitiva del contrato, en el cual diez testigos ponían su nombre. Entonces, una mujer de edad (pronuba) y que no hubiese tenido más que un solo marido (lo que era un feliz augurio para el destino de los jóvenes esposos) tomaba en sus manos las de los dos novios y las unía. Esta unión de las manos (dextrarum junctio) tenía lugar en la casa de la novia y era seguida de una gran comida ofrecida por el padre de aquélla, en la que se servían ciertos manjares tradicionales. Llegada la noche, cuando brillaba la primera estrella, la novia era conducida en cortejo a la casa de su esposo. Esto daba lugar a ciertos gestos rituales representando un verdadero pequeño drama: la novia hacia ademán de refugiarse en los brazos de su madre, de los que era arrancada y arrastrada aparentemente a la fuerza. Después la procesión se formaba. Se encendían antorchas cuya luz proporcionaba presagios; una llama viva anunciaba un marido amoroso, una llama languideciente no presagiaba nada bueno. Por esto los portadores de las antorchas las agitaban tan fuerte como les era posible para avivar la llama. Los amigos de la familia estaban allí, la cabeza coronada de hojas, así como la pronuba y los niños acompañantes, tres niños con padre y madre todavía vivos; dos de ellos llevaban de la mano a la novia, y el tercero, delante de ella, portaba una antorcha de madera de espino blanco encendida en el hogar doméstico. Músicos, sobre todo flautistas, acompañaban al cortejo, mientras los espectadores, a lo largo del camino, lanzaban gritos de buen augurio, tales como aquel misterioso thalassio del que nadie conocía exactamente el sentido. La costumbre quería también que se cantasen canciones groseras, violentamente obscenas (sin duda para apartar "el mal de ojo" como para asegurar la fecundidad de la joven pareja). Entre tanto el novio tiraba a los niños asistentes pequeñas monedas y también nueces, otro símbolo de la fecundidad. En la puerta de la casa de la cual ella iba a ser de ahora en adelante la dueña, la novia debía aún someterse a todo un ritual. Para conciliarse con los dioses del umbral adornaba éste de flores y de cintas de lana y untaba de aceite las jambas. Terminada esta ofrenda, dos amigos del marido levantaban a la novia en sus brazos y la pasaban por encima del umbral; de esta manera se evitaba el temible accidente religioso que habría amenazado la vida de la joven pareja si a su entrada en la casa la esposa hubiese tropezado con la piedra del umbral. En cuanto al lecho nupcial, estaba alzado en el atrium o en el tablinum y es allí donde la pronuba conducía a la novia para la consumación del casamiento, que a veces no tenía lugar sino al cabo de varios días. Este ritual del matrimonio era sensiblemente el mismo, cualquiera que fuese la clase de él. El matrimonio plebeyo tomaba la de la coemptio, simulacro de compra mutua y recíproca de los esposos. Existía, por último, una tercera forma, derivada de la coemptio: el matrimonio per usum, que resultaba de un estado de hecho; si una mujer vivía durante un año en casa de un hombre, se reputaba ser su esposa a la terminación de dicho período, pero era preciso que la cohabitación hubiese sido continua; tres noches consecutivas de ausencia llevaban consigo la nulidad. Tenemos aquí una aplicación del principio jurídico según el cual, y bajo ciertas condiciones, posesión equivale a título (usucapio). A estas tres formas de matrimonio se sobrepuso, poco a poco, otra que se hizo habitual hacia el fin de la República y bajo el Imperio. El carácter fundamental de los primeros era el paso jurídico de la joven bajo el manus del marido. Con la evolución de las costumbres, que repugnaban cada vez más al hecho de mantener a las mujeres en esta especie de servidumbre legal, fue imaginado un matrimonio sine manu, en el cual la esposa quedaba teóricamente puesta bajo la autoridad del padre, las más veces sustituida por la de un tutor legítimo. Si el marido conservaba la gestión de la dote, la esposa era libre de adquirir bienes personales y de administrarlos a su gusto; la tutela legal era en realidad poco más que una ficción, la cual, por otro lado, no podía producir ninguna dificultad veradadera a la mujer casada, pues, a su demanda, el pretor podía autorizaría escoger otro tutor cuando el que le había sido dado no se mostraba bastante complaciente. Yendo más lejos, la legislación de Augusto dispensó incluso completamente de tutela, en ciertos casos, a las mujeres que hubiesen tenido tres hijos. Las dificultades legales se aflojan cada vez más y la mujer adquiere una personalidad libre, hasta el punto de que los padres ya no casan a sus hijas contra su voluntad. De las formas jurídicas del matrimonio no subsiste casi nada de lo que estaba destinado primitivamente a salvaguardar la posición privilegiada del pater familias y a mantener su autoridad legal. En lugar de una unión impuesta a los esposos, concluida por medio de un contrato ajeno a su voluntad, encontramos un matrimonio, fundado en el consenso mutuo de dos seres, que dura solamente por la voluntad común de prolongar sus efectos. Como todos los contratos, el matrimonio era revocable. Primitivamente, el derecho de revocarlo pertenecía únicamente al marido; éste no tenía sino que reclamar a su mujer delante de testigo las llaves de la casa y decirle o hacerle decir por un tercero: "tuas res habeto" (toma tus cosas). Esta fórmula disolvía la unión. De todas maneras, la costumbre tendía a que esta repudiación sólo se realizase con el parecer del consejo de familia llamado en consulta. Si este tribunal doméstico decidía que la mujer era culpable, era devuelta a su padre, mientras su dote era retenida. En principio, el matrimonio patricio por confarreatio era indisoluble, pero el espíritu inventivo de los romanos imaginó una ceremonia que llamaron difarreatio, de efectos contrarios a la primera. No obstante, durante largo tiempo el divorcio fue una cosa excepcional. Se cita el caso de un cierto P. Sempronius Rufus que había repudiado a su mujer porque había ido a los Juegos sin su permiso, y el de Sp. Cardilius Ruga, un senador que había repudiado a la suya porque era estéril. No obstante, esta estabilidad de hecho del matrimonio (los historiadores modernos se inclinan a pensar que la realidad fue menos idílica de lo que asegura la tradición) no fue duradera. A partir de la segunda mitad del siglo II a.C., las costumbres se transformaron hasta el punto de que, hacia finales de la República, el divorcio había llegado a ser extremadamente frecuente y constituía una seria amenaza para la estabilidad de las familias. Los autores antiguos nos han conservado el recuerdo de ciertos divorcios, particularmente escandalosos, que no tenían otro objeto que asegurar a la esposa una libertad de vida total. Se conoce la frase de Séneca sobre cierta mujer "que contaba los años no por el nombre de los cónsules, sino por el nombre de sus maridos" y la anécdota conservada por San Jerónimo de una mujer que había tenido, en Roma, veintidós maridos antes de casarse otra vez todavía (!y con un hombre que había tenido ya veinte esposas!). Por otro lado, las cuestiones de interés parecen haber tomado un papel más importante todavía en la multiplicación de los divorcios que el deseo de gozar de la vida. Prácticamente dueñas de su fortuna, las mujeres se preocupaban poco de beneficiar con ella a un hombre que, con frecuencia, era menos rico que ellas. Preferían buscar un compañero del que podían esperar que las haría dentro de poco tiempo herederas, o cuya fortuna personal les asegurase aún más lujo. Parece también que las mujeres romanas bajo el Imperio hayan sentido repugnancia por las molestias y las fatigas de la maternidad. Lo que facilitaba la ruptura de uniones que no eran más que temporales, ya que su duración no se había hecho necesaria por la existencia de hijos. También se vio frecuentemente bajo el Imperio no ya a los maridos repudiar a sus mujeres, sino éstas a sus maridos. Los textos jurídicos nos facilitan sobre este punto testimonios bien singulares. Conocemos, por ejemplo, el caso de una dama romana que habiendo tenido dificultades de dinero lo pidió en préstamo a su marido. Éste consintió en prestar el dinero, ¡pero con la condición expresa de que su mujer se comprometía a no repudiarlo!. En otro caso, es una suegra quien hace un legado a su nuera bajo la condición siguiente: el legado será suprimido si la mujer despide a su marido. Una vez muerta la suegra y logrado el legado, la dama se apresuró a repudiar al marido. Sería posible multiplicar estos ejemplos, pero es difícil considerar estos archivos de jurisconsultos como reflejo fiel de una sociedad. En todas las épocas los archivos de los tribunales, como los legajos de los abogados, han conocido historias de familias por lo menos tan tristes. Oponiendo ejemplo a ejemplo, es posible al historiador evocar otros retratos de mujeres bien diferentes, y tan verdaderos como aquéllos. No solamente Tácito celebra en sus Annales toda una galería de esposas heroicas, tal como Arria, mujer de Caecina Paetus, que quiso morir al mismo tiempo que su marido, condenado a muerte por Claudio, o aun Paulina, la mujer de Séneca, que en las mismas circunstancias se abrió las venas y sólo debió su salvación a la intervención de los soldados, pero las inscripciones nos cuentan historias conmovedoras de devoción conyugal. Se conoce el nombre de Turia, aquella esposa modelo cuyo afecto se extendió a todos los que su marido amaba; cuando éste fue desterrado y se vio obligado a ocultarse, lo ayudó en su huida y aseguró su salvación; en fin, supremo sacrificio, como sabía que no podía darle hijos, le ofreció espontáneamente ceder su lugar a una mujer más afortunada, sin abandonar una casa de la que consentía en no ser ya la dueña. La inscripción funeraria que nos perpetúa esta historia, añade que el marido se negó a aceptar un sacrificio semejante. Turia, al ofrecer a su marido sacrificarse para permitirle asegurar su descendencia, se mostraba fiel al verdadero espíritu del matrimonio romano. La finalidad de la unión de los esposos es en efecto la procreación de los hijos, completada con su educación, que aseguraba la permanencia moral y material de la ciudad. Todo debe inclinarse, hasta el matrimonio mismo, ante ese imperioso deber. Con este espíritu hay que comprender la singular aventura de Catón de Útica y de su esposa Marcia, tal como nos la cuenta la Farsalia de Lucano. Marcia, hija del orador L. Marcius Philippus, era la segunda mujer de Catón, del que había tenido tres hijos. Ahora bien, aconteció que Hortensius, el célebre orador, amigo de Catón, sintiéndose ya viejo, no quiso morir sin dejar un hijo. Hizo a su amigo confidente de su deseo y Catón aceptó prestarle a Marcia, cuya fecundidad era indudable. Marcia, consultada, aceptó; se divorció y en segundas nupcias se casó con Hortensius, al que aseguró una posteridad. Después, fallecido su segundo marido, volvió a Catón y se casó de nuevo con él. Lucano nos describe la escena de este segundo matrimonio de Catón y Marcia e insiste sobre la austeridad de estas bodas que no trajeron una renovación de la unión carnal entre los esposos. Cada uno de ellos había seguido el camino de lo que había considerado como su deber; sus sentimientos personales y menos aún la satisfacción de sus sentidos no ocupaban ningún lugar en su conducta. Historia asombrosa, que desconcierta el espíritu de los modernos, pero que está muy de acuerdo con esa virtus, esa disciplina de sí mismo, que nos ha parecido ser el fundamento más profundo de la moral romana. En el fondo del matrimonio romano permanece vivo el sentimiento expresado por la fórmula del compromiso que pronunciaba, según se dice, la desposada mientras su mano se unía con la de su marido: Ubi tu Gaius, ego Gaia (Donde tú seas Gauis, yo seré Gaia), fórmula de identificación absoluta de las voluntades, de los seres mismos, mientras dure la unión. Ver, Pater familias, Ritus nuptiarum, Adulterio, Ciudadanía romana, Mujer romana, Confarreación, Esponsales, Deductio in domum, Impensae dotales, Osculo interviniente, Ritus nuptiarum, Tempus lugendi, Uxor in manu.

Matrinus

Río del Piceno. Hoy, posiblemente el río Saline, provincia de Teramo, región de Abruzzo, Italia.

Matris de Tebas

(siglo III a.C.). Rétor griego que escribió un "Encomio de Heracles", siguiendo las formas del asianismo.

Matrona

Nombre galés de un asentamiento de la Galia Aquitania. Hoy, Meyronne, departamento de Lot, región de Occitania, Francia.

Matrona

Nombre latino de un río de la Galia Belgique, afluente por la derecha del Sequana. Hoy, Marne, que vierte sus aguas en el Sena, cerca de París.

Matrona

Materfamilias, esposa de un ciudadano romano. Debía aparecer en público de forma honorable, con apropiados vestidos de señora, que llevaban una stola bordada en púrpura que indicaba su estado. Las matronas y las doncellas no podían vestirse o disfrazarse de esclavas o meretrices, pues en ese caso no se consideraba que cometía iniuria el que atentara contra su pudor (Ulpiano). Ver, Materfamilias.

Matrona

Nombre de Juno, protectora de las casadas que estaban embarazadas.

Matronalia

Fiesta en honor de Juno Lucina, cuyo culto era antiquísimo, celebrada por las matronas romanas en las calendas de marzo (1 de Marzo), con la finalidad de lograr un fructífero matrimonio. Ovidio señala cinco causas de la institución de esta fiesta: 1º el modo con que las sabinas terminaron la guerra entre sabinos y romanos; 2º el deseo de obtener de Marte la misma felicidad que había concedido a sus hijos Remo y Rómulo; 3º para que las damas romanas disfrutasen la misma fecundidad que tienen las tierras en el mes de marzo; 4º la dedicación de un templo a Juno Lucina en el monte Esquilino, hecha en las calendas de este mes; 5º porque Marte, hijo de Juno, era hijo de la diosa que presidía las bodas y los partos. Se celebraba esta fiesta con tanta pompa como placer. Las mujeres iban por la mañana al templo de Juno, y le presentaban flores, que se coronaban ellas mismas. De vuelta a sus casas pasaban lo restante del día en extremo adornadas, y recibían las felicitaciones y los regalos que sus amigos o esposos les enviaban, en memoria de la feliz mediación de las sabinas. En la mañana del mismo día los casados iban al templo de Juno para ofrecerle también sacrificios. Terminaba la solemnidad con los suntuosos banquetes que los esposos daban a sus esposas. En esta fiesta las matronas concedían a sus sirvientas los privilegios que gozaban los esclavos en las Saturnales. Ver, Materfamilias, Juno.

Matronas

Nombre de las Parcas. Ver, Matres.

Matroneum

Matronio (galería destinada a las mujeres en la basílica paleocristiana. Se abre a la nave central y va sobre las laterales).

Matronio

o Matroneum. Galería destinada a las mujeres en la basílica paleocristiana. Se abre a la nave central y va sobre las laterales. En Italia pervivió largo tiempo.

Matrópolis

Metrópolis (ciudad del interior de Acarnania situada al sur de Estrato, en el camino desde esa ciudad a Conope, en Etolia. En el siglo ….).

Matroum

Sonido de la flauta inventado, según se dice, por Marsias. Se servían de él en la fiesta de la madre de los dioses, de donde tomó su nombre.

Mattan

(siglo VI a.C.). Uno de los dos suffetes (562-559) fenicios de Tiro, colega de Gerastratos. Ambos administraron la ciudad después de su toma por Nabucodonosor II.

Mattan I

(siglo IX a.C.). Rey (ca.850-821) fenicio de Tiro, sucesor de Baal-ma'zer II. Según Justino y Servio habría sido el padre de Elisa (la Dido latina), legendaria princesa, hermana de Pigmalión y esposa de Sicharbas. Tras Mattan I gobernó Pigmalión (Pumayyaton).

Mattan II

(siglo VIII a.C.). Rey (ca.730-729) fenicio de Tiro, segundo de su nombre, sucesor de Hiram II. La única referencia que se posee de tal personaje es el tributo de 150 talentos de oro que hubo de pagar a Tiglat-Pileser III, fortísima indemnización que le aseguró su independencia, más bien nominal, en su ciudad y su permanencia en el trono. Le sucedió Luli I, rey también que fue de Sidón.

Mattan III

(ss. VI-V a.C.). Rey (ca.483) fenicio de Tiro e hijo de Hiram IV, en época de Jerjes I. Mattan III es mencionado por Heródoto entre los componentes de la flota fenicio-persa.

Mattanbaal I

(siglo IX a.C.). Rey (ca.855) fenicio de Arwad. Participó en la gran coalición antiasiria que logró detener en el 853 a Salmanasar III en Qarqar, si bien el rey asirio se consideró vencedor.

Mattanbaal II

(siglo VIII a.C.). Rey (ca.735) fenicio de Arwad, tributario del asirio Tiglat-Pileser III, a quien pagó vasallaje.

Mattanbaal III

(siglo VII a.C.). Rey (ca.675) fenicio de Arwad, sucesor de Abdileti y coetáneo del rey asirio Assarhaddón. Hubo de contribuir en el 673 con materiales para la construcción del nuevo palacio de Nínive junto con otros 21 reyes, según sabemos por unos prismas que conmemoran el hecho arquitectónico. Fue sucedido por Yakinlu.

Mattanías

Sedecías ((ss. VII-VI a.C.). Último rey (598-587) de Judá, originariamente de nombre Mattanías. Su genealogía presenta dificultades, ya que difieren sobre la misma las ….).

Matti-el

Mati'ilu ((siglo VIII a.C.). Rey (ca.754-740) arameo de Arpad, capital de Bit Agusi (Siria del norte). Sucedió en el reino a su padre Atarshumki y se sabe de él por ….).

Mattiaca

Sobrenombre de Diana, venerada en Aquae Mattiacae como la diosa de la curación.

Mattiacorum

Aquae Mattiacae (aunque hay pruebas de asentamientos en el lugar que se remontan al Neolítico ….).

Mattiacorum Vicus Aquae

Aquae Mattiacae (aunque hay pruebas de asentamientos en el lugar que se remontan al Neolítico ….).

Mattio

o Mattium. Capital de los catos en el territorio de la actual Hessen, en el emplazamiento de Wiesbaden, Alemania. Ver, Matiacos.

Mattium

Mattio (capital de los catos en el territorio de la actual Hessen, en el emplazamiento de Wiesbaden, Alemania).

Mattiwaza

(siglo XIV a.C.). Rey (1.336-1.335) del Segundo Imperio hitita. Hijo de Tushratta. Príncipe y luego rey de Mitanni, cuyo nombre hurrita era Kili-Teshup. Su derecho al trono le fue arrebatado por su tío Artatama II de Hurri, quien había puesto como regente de Mitanni a su propio hijo Shuttarna III, el cual además de dilapidar el tesoro real y hacer concesiones a los asirios, atentó contra su primo. En un ambiente de verdadera guerra civil, Mattiwaza (nombre también leído como Shattiwaza o Kurttiwaza) junto con un grupo de nobles hurritas huyó a Babilonia, país que no le prestó ayuda (Burnaburiash II le negó el asilo). De allí logró pasar a Hatti, en donde pidió auxilio a Suppiluliuma I, rey que le acogió muy favorablemente. La presencia de Mattiwaza permitió nuevamente al rey hitita intervenir en los asuntos mitannios: para ello le concedió al fugitivo la mano de su hija, en un matrimonio de índole política y dinástica, además de firmar un tratado. Asimismo, le facilitó tropas para la recuperación de su trono. Junto con un hijo de Suppiluliuma I, llamado Pijassili, rey a la sazón de Karkemish, Mattiwaza pudo derrotar a Shuttarna III, aunque no logró recuperar todo el territorio, que quedó escindido en dos sectores: uno occidental, Mitanni, controlado por él y bajo la protección de Hatti, y otro oriental, Khannigalbat, en manos de Shuttarna III que contaba con la ayuda asiria. Al parecer, Mattiwaza en sus últimos años se sublevó contra los hititas, sus protectores. Se desconoce cómo acabó su reinado, si bien su territorio pasó a manos del asirio Assur-uballit I. Ver, Artatama II, Reyes de Mitanni, Reino Nuevo hitita.

Matucalum

Población romana de Noricum. Hoy, Treibach, Austria.

Matuix

Epíteto de Apolo en la Galia.

Maturna

Diosa romana que se invocaba cuando los trigales llegaban a la madurez. Ver, Agricultura.

Matusalén

(ca.siglo XIV a.C.). Personaje bíblico, patriarca hebreo de la estirpe de Set. Su nombre, que significa "el hombre de la jabalina", es sinónimo de longevidad. Llegó a vivir 969 años, según la Biblia. Su primer hijo, Lámek, que sería el padre de Noé, nació cuando Matusalén tenía 187. Suyo es el récord de edad en la Biblia, pues, por tan sólo 19 años, Noé no llegó a alcanzar la edad de su abuelo. Aunque se han dado muchas explicaciones sobre la increíble duración de la vida de los patriarcas, lo cierto es que ninguna de ellas resulta demasiado convincente.

Matusaro

Mansio de Hispania mencionada en el Itinerario XIV. Hoy, tal vez en Monforte o Monte Figueira, Arronches, Portugal..

Matuta

Nombre romano de la diosa griega Ino Leucotea. Ver, Mater Matuta.

Matuta

Bajo este nombre tenía Juno un templo en Roma en el mercado de las hierbas.

Matutino

Epíteto de Jano como dios iniciador del día; su apelativo exacto era Pater Matutinus.

Maty Sura Zemlia

Nombre con el que los rusos veneraban a la Tierra Madre. Esta divinidad era tan importante para los eslavos, que los juramentos y promesas se pronunciaban invocando su nombre.

Matzo

Pan ázimo que se come en la Pesach judía. Ver, Comida y bebida.

Mauretania

Mauritania ("país de moros". El Reino de Mauritania (siglo IV a.C.- 40), fue un estado de la antigüedad constituido como una federación de tribus mauritanas, de cultura púnica, ubicado en ….).

Mauri

Pueblo que da nombre a Mauritania, región que venía a cubrir las extensiones actuales de Marruecos y mitad occidental de Argelia. Eran reputados soldados empleados en los ejércitos romanos, especialmente como caballería ligera.

Mauricianus

Iunius (siglo II). Jurista romano que escribió un comentario en seis libros "Ad legem Iuliam et Papiam", una obra de notas a los digestos de Juliano y dos libros De poenis.

Mauricio

(san) (siglo III). Comandante de la legendaria Legión Tebana, integrada sólo por cristianos procedentes de Egipto. Recibió órdenes de partir hacia la Galia para auxiliar al emperador Maximiano. Aunque combatieron bien, rehusaron obedecer la orden imperial de perseguir a los cristianos, por lo que fueron diezmados. Al negarse por segunda vez, todos los integrantes de la Legión Tebana fueron ejecutados. Mauricio murió martirizado. Su fiesta se celebra el 22 de setiembre. El lugar en que supuestamente tuvieron lugar estos hechos, conocido como Agaunum, es ahora sede de la abadía de Saint Maurice, en el cantón suizo de Valais.

Mauringo

Mauringus (asentamiento de la Galia Narbonensis).

Mauringus

o Mauringo. Asentamiento de la Galia Narbonensis. Hoy, Maurens-Scopont, departamento de Tarn, región de Occitania, Francia.

Mauritania

o Mauretania "país de moros". El Reino de Mauritania (siglo IV a.C.- 40), fue un estado de la antigüedad constituido como una federación de tribus mauritanas, de cultura púnica, ubicado en el norte de África, actual Marruecos y Argelia, con capital en Iol Cesarea. Sus habitantes nativos, pastores seminómadas de etnia beréber, fueron conocidos por los romanos como mauri y masaselios. El Reino de Mauritania está estrechamente vinculados con el reino de Numidia, tanto en cultura como en historia. Las primeras civilizaciones de ganaderos y agricultores durante el Neolítico se conocen por los restos de hallazgos arqueologicos de varias cuevas, con cerámicas de tipo impreso y cardial, que muestran relaciones con la colonización neolítica de todo el litoral del Mediterráneo occidental, pero en contra de lo que se creía hasta hace poco estas culturas apenas influyeron en los pueblos contemporáneos de la península Ibérica. Las corrientes que motivan el nacimiento de las civilizaciones del bronce no llegaron o no dejaron huella en el territorio mauritano durante el tercer y segundo milenio a.C.. Hasta la llegada de los fenicios en el siglo VII a.C. a las costas de Mauritania y Numidia, fueron una región apartada de la civilización, escasamente poblada, sin grandes asentamientos. Tras la caída de Tiro ante los asirios en el siglo VI a.C. Cartago tomó el relevo de la Metrópoli y es entonces cuando la influencia púnica tiene gran penetración en las costas de la antigua Mauritania. El establecimiento de factorías y colonias fenicias representó el primer contacto con una cultura superior. Los fenicios establecieron una ciudad colonial importante en la costa atlántica, Lixus, en la desembocadura del río Lucus, junto a la actual Larache, y varias factorías cubriendo todo el litoral mediterráneo y atlántico hasta Mogador, en cuyo islote aparecen los testimonios geográficamente más remotos de la acción colonial fenicia. El momento inicial de este proceso es incierto, pero en los siglos VII y VI a.C. ya estaban presentes en Mogador, y Lixus era ya una ciudad importante. A través de la acción fenicia penetra en el litoral mauritano y numida la vida urbana, el uso del hierro, se conoce la moneda, se introduce la vid y probablemente el olivo. Cartago desde su fundación tuvo una intensa relación con las tierras del norte de África, obligada a pagar a los pueblos libios, sobre cuyos territorios se había asentado, una especie de canon o tributo. En el siglo V a.C. organizaron dos expediciones para reconocer las costas mauritanas, convirtiéndose en territorios de dominio cartaginés. Cartago, gobernada por ricos aristócratas, creó un imperio comercial, impulsando la creación de nuevas colonias, en las costas de los actuales Marruecos y Argelia, buscando nuevos recursos naturales, iniciando la explotación de los recursos pesqueros de los litorales, y fabricando salazones y salinas para exportar el garum. Se crearon numerosas factorías y colonias, exportando marfil, oro, estaño, púrpura y esclavos, e importando entre los indígenas sus mercancías, vidrios, cerámicas, objetos de bronce o hierro, y tejidos de púrpura. Cartago terminará por moldear el territorio norafricano, con la asimilación de la cultura púnica, como el alfabeto, la lengua y la religión, preservando cierta autonomía. Durante el período de influencia púnica, Numidia sufrió una silenciosa revolución, extendiéndose los cultivos de la vid, el olivo, el trigo o la higuera.Todo ello propició un aumento gradual del desarrollo económico y cultural. El lenguaje, el púnico, se convertirá en la lengua oficial bajo Massinissa y seguirá hablándose cuatro siglos después por los mismos sacerdotes de la diócesis de Hippona en sus prédicas. El legado de Cartago al mundo agrícola es evidente en aportaciones tan definitivas como un modelo de arado de reja triangular, forjado en hierro, mucho más eficaz que el milenario arado beréber una simple punta aguzada de madera que abría un mal surco o la misma aportación que supone el cultivo del olivo, que habrán de adoptar los propios romanos. Cartago reclutó mercenarios entre los númidas. Paulatinamente, el uso de la escritura púnica se unió, aunque no lo sustituyó, al del líbico. El dominio cartaginense en el norte de África se caracterizó a diferencia de otras zonas, por la realización de alianzas con los jefes indígenas y el mantenimiento de la hegemonía en el mar. Esta relación propició la asimilación de la cultura púnica, como el alfabeto, la lengua y la religión, preservando cierta autonomía. Durante el período de influencia púnica, Mauritania sufrió una silenciosa revolución, extendiéndose los cultivos de la vid, el olivo, el trigo o la higuera.Todo ello propició un aumento gradual del desarrollo económico y cultural. A partir del siglo IV a.C., el poder los jefes nativos se fue consolidando, por la creación de federaciones de pueblos y tribus indígenas que dieron nacimiento a dos reinos en la región de Mauritania, dependientes directamente de Cartago separados por el río Moulouya, el reino del oeste adquirió el nombre de Reino de Mauritania, siendo la Mauritania nuclear. Durante las guerras púnicas los reinos beréberes de Mauritania y de Numidia oscilaron de una a otra potencia, luchando entre sí por no ser absorbidos. Tras la segunda guerra púnica, Numidia fue unificada por Masinissa, aliado de Roma, iniciando una etapa de dominación númida sobre Mauritania, logrando dominar Mauritania, Numidia, Libia y la Cirenaica. A su muerte Roma dividió sus dominios entre sus hijos. Yugurta uno de los hijos de Masinissa, intentó reunificar el reino de Numidia, dividido en tres, siendo denotado por Cayo Mario,y obligado a huir al reino de Mauritania de Boco I, de quien era yerno, siendo entregado a Roma posteriormente por éste, quien inició un acercamiento político a Roma, gracias al cual consolidó y expandió los dominios de su reino hasta la frontera de la región de Numidia. Boco I, tras su muerte dividió su reino entre sus hijos Boco II y Bogud, este y oeste respectivamente. Los dos hermanos participaron en la Segunda Guerra Civil a favor de Julio César, invadiendo el Reino de Numidia,y conquistando su capital Cirta. Tras la guerra, Boco II amplió su reino y Numidia se integró como provincia romana. Posteriormente en la Tercera Guerra Civil, Boco II apoya a Octavio frente a Marco Antonio, en cambio su hermano apoya a Marco Antonio. Tras la victoria octaviana, Boco II reunifica de nuevo Mauritania. Tras su muerte, sin herederos el reino pasó a ser controlado directamente por Roma, creándose gran cantidad de colonias de veteranos. En el año 25 a.C. Octavio designó a Juba II, hijo de Juba I de Numidia como rey de Mauritania. Juba II renombró su capital Iol como Cesarea, en honor de Octavio, y la convirtió en un gran centro cultural helénico y romano. Juba II ejerció una buena política de gobierno, fomentó y apoyó las artes escénicas, la investigación científica, el conocimiento de la historia natural, y estimuló el comercio mauritano. Mauritania comerció con todo el Mediterráneo, en especial con Hispania e Italia, exportando pescado, uvas, perlas, higos, grano, madera para muebles y tinte púrpura. Igualmente el valor y la calidad de la moneda mauritana era reconocida en el mundo antiguo. El historiador griego Plutarco le describe como uno de los mejores estadistas de su tiempo. En el 19, Juba II nombró a su hijo Ptolomeo co-regente, antes de morir en el año 23, siendo enterrado junto a su primera mujer. Ptolomeo reinaría hasta el 40, cuando su primo segundo, el emperador Calígula, mandó asesinarle en una visita a Roma. Mauritania fue entonces anexionada al Imperio, convirtiéndose en provincia romana de Mauritania. Para terminar con una reseña a la cultura, durante el siglo III a.C. se estableció una cultura llamada púnico-mauritana, de gran influencia fenicio-cartaginesa hasta la incorporación de Mauritania al Imperio romano en el 42. Como consecuencia de las influencias recibidas a través de ciudades y factorías fenicias litorales, que con el tiempo se transforman en ciudades más o menos autónomas, después de la caída de Cartago en el 146 a.C., el país adquiere mayor desarrollo, sobre todo en las zonas litorales, ya que el interior sigue poblado por pastores nómadas, ajenos a las corrientes civilizadoras. Aparece un sistema propio de escritura, el llamado alfabeto líbico con el que se escriben textos en la lengua indígena, beréber, y cuya última fase ha sido el alfabeto tifinag empleado en el Sahara hasta casi nuestros días. En suma, se crea una civilización autóctona, aunque derivada de los estímulos coloniales, que duró hasta la romanización. Ver, África.

Mauritania Cesariense

Mauritania Cesariensis (en el siglo I, el emperador Claudio dividió el recientemente anexionado reino de Mauritania en dos provincias).

Mauritania Cesariensis

o Mauritania Cesariense. En el siglo I, el emperador Claudio dividió el recientemente anexionado reino de Mauritania en dos provincias: Mauritania Tingitana, con capital en Tingis, al oeste, y Mauritania Cesariensis, con capital en Iol Caesarea, la antigua capital real al este. Mauritania Cesariense ocupaba pues el norte del actual territorio argelino, al norte de la cordillera del Atlas, limitando al este con la provincia de Numidia. Las principales exportaciones de la provincia eran los tintes púrpura y las maderas nobles. Los mauri eran también reputados soldados empleados en los ejércitos romanos, especialmente como caballería ligera. Las reformas de Diocleciano en 285 tuvieron dos efectos importantes en la provincia. El primero fue la escisión de la parte más oriental de la provincia, para formar una nueva provincia, Mauritania Sitifense (Mauretania Sitifensis), con capital en Sitifis, una ciudad interior, con un importante puerto en Saldae. El segundo efecto fue la asignación de ambas provincias a la diócesis de África, perteneciente a la prefectura de Italia y África. Mauritania Tingitana fue, en cambio, asignada a la diócesis de Hispania, dentro de la prefectura de las Galias. Para el año 330, Iol Caesarea se había convertido en una ciudad con una importante población judía, y Sitifis uno de los centros del culto de Mitra. El cristianismo se extendió por la zona durante los siglos IV y V. Mauritania Cesariensis se convirtió en parte del reino de los vándalos con sede en Cartago, cuando en 430 cruzaron el estrecho de Gibraltar desde Hispania y conquistaron las provincias del África romana. Alrededor de 533, el reino vándalo desaparece ante el empuje de los ejércitos bizantinos liderados por el conde Belisario. Los territorios bizantinos norteafricanos se integrarían en una nueva prefectura de África, más tarde transformada en el Exarcado de Cartago, que fue conquistado por los Omeyas a finales del siglo VII, poniendo fin a la cultura romana cristiana en esta zona. La provincia deo al imperio uno de los mejores generales de Trajano, Quinto Lucio Quieto, y un emperador, Macrino.

Mauritania Sitifense

Mauritania Sitifensis (provincia romana formada con la parte oriental de la provincia de Mauritania Cesariensis).

Mauritania Sitifensis

o Mauritania Sitifense. Provincia romana formada con la parte oriental de la provincia de Mauritania Cesariensis. La capital fue Sitifis. Se formó con la reorganización de Diocleciano en el 294, y va a existir hasta la conquista de los vándalos en el 429. El nuevo territorio fue recuperado por el Imperio Bizantino en la segunda mitad del siglo VI y agregado a la provincia de Mauritania Primera en la reunificación con la antigua Cesariensis en el 534. Fue ocupada por los árabes en el 700. Ver, Mauritania Cesariensis.

Mauritania Tingitana

Provincia romana situada en el extremo occidental de la costa africana del mar Mediterráneo. Se correspondía aproximadamente con la parte noroeste del actual Marruecos. Limitaba al este con Mauritania Cesariense y al oeste con el océano Atlántico, si bien el territorio bajo su jurisdicción varió a lo largo de la vida del imperio, permaneciendo los territorios al sur de la provincia en manos de tribus mauri locales. Se incorporó relativamente tarde al Imperio Romano, en el año 40, cuando Calígula ordenó asesinar al monarca legítimo del reino de Mauritania, Ptolomeo, convirtiéndose su reino en una provincia romana más. Tras estallar una sublevación encabezada por Aedemon, liberto de Ptolomeo, que fue sofocada, el emperador Claudio, sucesor de Calígula, la dividiría en dos provincias en el 42, tomando como límite entre ambas el río Mulucha, situado a unos 60 km al oeste de donde se está actualmente Orán: en la parte occidental, Mauritania Tingitana, con capital en Tingis y en la oriental, Mauritania Cesariense, con capital en la antigua capital del reino Cesarea o Iol Cesarea. El territorio provincial ocupado efectivamente por Roma fue el comprendido en el triangulo formado por Tingis, la capital de la provincia, la Colonia Sala, en la costa atlántica y Volubilis, en el interior, comprendiendo también la pequeña franja de tierra situada entre el Mediterráneo y la cordillera del Rif hasta el río Mulucha, frontera con la Cesariense. La práctica totalidad de las fuentes atestiguan la existencia de la provincia de Mauritania Tingitana desde su creación en el año 42 hasta su desaparición tras la invasión de los vándalos. Las relaciones con la Bética fueron de naturaleza económica, de hecho, llegó a depender económicamente de aquella hasta la incorporación de la provincia a la diócesis de Hispania tras la reforma diocleciana, por lo que fue llamada también Hispania Transfrentana. Las relaciones entre ambas Mauritanias fueron también frecuentes, especialmente en el plano militar. Según cuenta Tácito en el libro primero de sus "Historias", en el año 68, Albino fue nombrado por Nerón gobernador de Mauritania Cesariense. Posteriormente, Galba le concedió el gobierno también de la Tingitana, pero al morir aquel tomó el partido de Otón, y empezó a amenazar Hispania, por lo que fue eliminado por partidarios de Vitelio. Posteriormente en varias ocasiones, el mando militar de ambas provincias fue unificado, no así el civil, debido a los continuos enfrentamientos con las tribus mauri de la zona. Durante el reinado de Marco Aurelio, se produjeron diversas incursiones de tribus mauri en la Bética. Con carácter excepcional, esta parece ser la primera vez en la que se anexiona la provincia a la península a efectos de control militar. Una inscripción menciona para este período la denominación Nova Hispania Ulterior Tingitana. Pasada la crisis militar, la provincia dejó de estar vinculada a la península hasta la creación de la diócesis de Hispania. Hacia 285, Diocleciano decidió abandonar el territorio provincial situado al sur de Lixus, junto al actual Larache, lo que incluía el abandono de Volubilis, y la provincia pasó a formar parte de la diocesis Hispaniarum, y por lo tanto de la prefectura de las Galias, constituyendo una de sus provincias. Con la reforma diocleciana, lo que quedaba de la provincia se convirtió en el limes de la diócesis, con dos fines: controlar el estrecho e impedir las incursiones bereberes en las ricas provincias de Hispania. Así permaneció hasta su conquista por los vándalos en 429. Los vándalos se habían establecido en la Bética en 422 liderados por su rey Gunderico, y desde allí parecen haber realizado incursiones sobre Mauretania Tingitana. En 427, el entonces Comes Africae (conde de la diócesis de África), Bonifacio rechazó una orden de cese del emperador Valentiniano III, y derrotó al ejército enviado contra él. Fue menos afortunado cuando una segunda fuerza fue enviada en 428, año en el que Gunderico fue sucedido por Genserico. Bonifacio invitó a Genserico a África, proporcionándole una flota para permitir el paso de los vándalos a Tingis en 429. La intención de Bonifacio era confinar a los vándalos en Mauritania, pero una vez pasado el estrecho rechazaron cualquier control y que marcharon hacia Cartago, arrasando todo a su paso en las provincias de Mauritania. Con el hundimiento del poder romano en la zona, esta pasó a ser virtualmente independiente, en manos de jefes locales mauri. En 533, Belisario reconquistó la diócesis de África de manos de los vándalos en nombre del emperador Justiniano. Algunas posiciones serían recuperadas por los bizantinos el 534. Después, en una fecha entre 552 y el 564, ocuparon territorios al sur de Hispania que unieron a las posiciones del norte de África de la antigua Tingitana, dando a todo el territorio el nombre de Mauritania Secunda. Así se reestableció un Dux Mauretaniae (duque de Mauretania), el cual mantenía una unidad militar en Septem. Las ciudades más importantes de la provincia eran la propia Tingis, Volubilis y Rusadir. Las exportaciones principales de la Tingitana eran tintes púrpuras, maderas nobles y aceite. Los habitantes de la zona, los mauri (término del que procede el actual "moro"), fueron altamente apreciados por los romanos como soldados, especialmente como caballería ligera. La influencia romana estaba confinada sobre todo a la costa, y Roma gobernó el interior a través de caudillos mauri locales. El cristianismo se extendió rápidamente por la región. Según la tradición, el martirio de San Marcelo ocurrió el 28 de julio de 298 en Tingis. Los yacimientos arqueológicos romanos más importantes son Volubilis, Lixus y Zilil. Ver, Mauritania.

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