Minerva es la diosa romana identificada con la Atenea helénica. Hija de Júpiter, diosa de la sabiduría, la guerra, las ciencias y las artes. No parece pertenecer a las antiquísimas divinidades del panteón del Lacio, lo que explica el hecho de que no intervenga en ninguna leyenda propiamente romana (Ver, sin embargo, Nerio, Anna Perenna). La encontramos por primera vez en Etruria, y fue introducida en la llamada "triada capitolina", donde figuraba al lado de Júpiter y Juno. Fue la deidad protectora de la ciudad de Roma y, en especial, diosa de los artesanos y del trabajo industrial. Uno de sus templos más antiguos se levantaba en el monte Celio, la colina donde, según se decía, se había establecido en otro tiempo el contingente etrusco venido en auxilio de Rómulo, a las órdenes de Cele Vibenna. Este templo se llamaba Minerva Capta (Minerva cautiva), y es posible que fuese erigido para guardar una Minerva capturada en Falerios cuando los romanos conquistaron la ciudad. La tradición afirmaba que Minerva era una de las divinidades introducidas en Roma por Numa. La festividad de Minerva se celebraba el 19 de marzo, en las Quincuatrias. En este día, las escuelas estaban cerradas. Los antiguos han reconocido muchas Minervas. Cicerón admite cinco: una madre de Apolo; otra nacida del Nilo, honrada en Sais, en Egipto; la tercera hija de Júpiter; la cuarta hija de Júpiter y Corifea, hija del Océano, llamada Coria por los arcadios y a la cual se debe la invención de los carros de cuatro caballos de frente; la quinta, a quien se pinta con taloneras, tuvo por padre a Palas, al cual se dice que mató porque quiso violarla. San Clemente de Alejandría cuenta también cinco: la primera ateniense, e hija de Vulcano; la segunda egipcia, hija del Nilo; la tercera hija de Saturno, inventora del arte de la guerra; la cuarta de Júpiter; y la quinta de Palas y Tibanis, hija del Océano, que después de haber matado a su padre le quitó la piel y se cubrió con ella (ver, Palas). Pausanias habla de una Minerva, hija de Neptuno y Tritonia, ninfa del lago Tritón; la pinta con ojos azules, como su padre, dice que se hizo célebre por las obras de lana que inventó. Seguiremos pues la opinión más generalmente recibida. Después de haber Jupiter devorado a Metis, sintiendo un gran dolor de cabeza, recurrió a Vulcano, quien se la abrió de un hachazo, y de su cerebro nació Minerva, toda armada y en una edad que le permitió socorrer a su padre en la guerra de los gigantes, en la cual se distinguió mucho. Uno de los hechos más famosos de la historia de Minerva son sus disputas con Neptuno para dar nombre a la ciudad de Atenas. Los doce dioses de primer orden, elegidos por árbitros, decidieron que aquel de los dioses que produjera una cosa más útil para la ciudad, le daría nombre. Neptuno dio un golpe con su tridente e hizo nacer un caballo, y Minerva un olivo, lo que le aseguró la victoria. Varrón nos dice que dio lugar a esta fábula, el que, edificando Cécrope los muros de Atenas, encontró un olivo y una fuente; que consultando el oráculo de Delfos confirió a Minerva y Neptuno el derecho de dar nombre a la nueva ciudad, y que el pueblo y asamblea decidieron a favor de la diosa. Vosio ve en esta fábula una disputa de los marineros, que reconocían a Neptuno por su jefe, con el pueblo unido al senado, gobernado por Minerva, y la preferencia dada a la vida campestre sobre la piratería. Quizá sería más natural explicar esta fábula, muy válida ente los corintios y los argivos, por la introducción de un nuevo culto que se establecía con detrimento de otro más antiguo. Puede decirse que los antiguos tenían a esta diosa como la más noble obra de Júpiter; así es que ella fue la única que mereció el participar en las prerrogativas de la divinidad suprema. Esto es lo que nos enseña el himno de "Calímaco sobre los baños de Minerva". En él se ve que esta diosa concede el don de profecía, que prolonga a su voluntad los días de los mortales; que procura la felicidad después de la muerte; que todo lo autoriza con un signo de cabeza es irrevocable; y que lo que promete, se cumple infaliblemente; porque, añade el poeta, ella es la única en el cielo, a quien Júpiter ha concedido el glorioso privilegio de ser en todas las cosas como él, y de gozar de las mismas prerrogativas. Ya guía a Ulises en su viajes, ya se digna enseñar a las hijas de Pándaro el arte de representar flores y combates en las obras de tapicería. Ella es la que embellece con sus propias manos el manto de Juno. En fin, construye la nave de los Argonautas, donde traza un dibujo, y coloca en la proa la madera que hablaba, cortada en el bosque de Dodona, la cual dirigía su navegación, les avisaba de los peligros e indicaba el modo de evitarlos: lenguaje figurado bajo el cual se reconoce fácilmente el timón. Muchas ciudades se distinguieron por el culto que daban a Minerva, entre otras, Sais, en Egipto, que lo disputaba a todas las demás ciudades del mundo. La diosa tenía en él un templo magnífico. Los rodios se habían puesto bajo su protección y se dice que el día de su nacimiento cayó una lluvia de oro; pero que después, enojada porque se habían olvidado una vez de llevar fuego a uno de sus sacrificios, la diosa olvidó la moradas de Rodas, para darse enteramente a los atenienses. En efecto, estos republicanos le erigieron un templo magnífico y celebraron fiestas en su honor, cuya solemnidad atraía a Atenas espectadores de toda Grecia (ver, Atenea). En los diferentes epítetos de Minerva se ven los lugares donde era particularmente venerada. En sus estatuas y pinturas se representa hermosa, sin afectación, sencilla, modesta, con un aire grave y lleno de fuerza y majestad. Trae ordinariamente casco, una pica en una mano, un escudo en la otra, y la égida sobre el pecho. La égida de Minerva era su coraza, en medio de la cual se veía la cabeza de Medusa. Hay autores que querrían que estuviese hecha de la piel del gigante Palas, a quien había matado defendiéndose de sus persecuciones. Algunas veces, aunque raras, se toma el escudo por la égida de Minerva. Casi todos los monumentos antiguos que representan a esta diosa concuerdan en darle la égida por coraza, y el error de tomar el escudo por la égida, ha nacido, según parece, de contener el uno y la otra, la cabeza de Medusa. Heródoto dice que los griegos tomaron a unas mujeres africanas los vestidos y la égida con que acostumbraban cubrir a Minerva. Comúnmente la representan sentada; y el mochuelo y el dragón que la acompañan le estaban particularmente consagrados. Esto dio margen a que, viéndose Demóstenes desterrado, exclamase que Minerva se complacía de vivir en compañía de tres bestias ruines o malas: el mochuelo, el dragón y el pueblo. Minerva, según los griegos, permaneció virgen; pero no según los egipcios, que la consideraban esposa de Vulcano. La estatua de esta diosa, obra de Fidias, tenía en la mano una pica, debajo de la cual había un dragón, para demostrar, dice Plutarco, que la virginidad necesitaba ser custodiada. Los galos representan a Minerva como inventora de las artes, revestida con una túnica sencilla, sin mangas, cubierta con una especie de capa, sin lanza ni égida, adornado el casco con una garzota, los pies cruzados y la cabeza apoyada sobre la mano derecha, en actitud de meditar. Los artistas modernos la caracterizan por diversos instrumentos de música, pintura y matemáticas, que ponen a su lado y que dan a conocer a la diosa de la ciencias y las artes. Minerva o Palas era también el símbolo de la providencia divina. Se la suponía virgen porque la prudencia no comete faltas,o porque, según Diodoro, representaba la incorruptibilidad de su naturaleza, siendo la opinión de San Agustín que los antiguos veían en Minerva el aire más sutil o la luna. La Chausse dio a conocer una piedra antigua representando a Mercurio abrazado con Minerva, alegoría ingeniosa que indica que la ciencia para agradar, debe ir acompañada de la persuasión. Los antiguos hacían sacrificios en común a estas dos divinidades. Minerva lleva generalmente el casco alado para expresar la rapidez de las concepciones del espíritu. Se le atribuía también la invención de la astronomía. En Velletri se descubrió una estatua de Minerva, que se asegura es la más hermosa de las conocidas de esta diosa. En el Esquilino existía una capilla dedicada a Minerva Sanadora, "Minerva Medica", donde se han encontrado exvotos demostrativos de que su culto estaba aún vivo durante el Imperio.