Los griegos contaron a la muerte entre sus divinidades. Hija de la Noche, sin reconocer padre, hermana del Sueño y enemiga implacable de la especie humana, tenía su trono y su domicilio, según los poetas griegos y entre otros Hesíodo, en los horrores del Tártaro. Virgilio sin embargo, la coloca en las puertas de los Infiernos, y en estos lóbregos lugares, fue donde la encadenó Hércules con cadenas de diamantes cuando vino a liberar a Alcestes. Grecia la nombraba muy rara vez, pues la creencia temía despertar una idea espantosa, recordando al espíritu, la imagen de nuestra destrucción. Nada nos ha trasmitido la historia acerca de su culto: tan sólo sabemos que los eleos y los lacedemonios la honraban como una divinidad, y que estos últimos, como refiere Pausanias, habían colocado su estatua al lado de la de su hermano, el Sueño. El mismo escritor habla de una estatua de la Noche que tenía entre sus brazos a sus dos hijos, el Sueño y la Muerte, el uno que dormía profundamente, la otra afectando estar dormida. Roma erigió también altares a la diosa de los sepulcros; pero Hispania y Fenicia parece quisieron distinguirse en tributarle honores. La primera le edificó un templo en la isla de Gadira, y subsistió por poco tiempo. La Muerte, dice Hesíodo, tiene corazón de hierro y entrañas de cobre. Los griegos la representaban a menudo bajo la figura de un niño negro, con los pies torcidos y acariciado por la Noche, su madre. Algunas veces los pies, sin ser deformes, se ven tan sólo cruzados, alegoría natural de la postura en que se ven los muertos en el sepulcro. Horacio le da alas negras, y la arma con una red, con la cual envuelve la cabeza de sus víctimas. Se presenta sentada en los grabados antiguos, con el rostro pálido y desfigurado, los ojos cerrados, cubierta de un velo y teniendo una hoz en la mano, como el Tiempo. Este atributo espantoso anunciaba a todos que, semejantes a aquellas débiles y ligeras plantas que el menor soplo hace inclinar y desfallecer, los mortales son heridos con fuerza, por esta divinidad, y arrancados a montones del mundo. Los escultores y pintores han conservado la costumbre de dar la hoz a la muerte y parece se han complacido en pintarla bajo las figuras más feas. Por lo regular la representan bajo la forma de un esqueleto. Los etruscos pintaban también a la Muerte con un rostro horrible. Ya le daban la cabeza de la Gorgona, a quien Perseo había quitado la vida, llena de serpientes, ya la de un monstruo fabuloso llamado Voltar, que tenía la forma de un lobo furioso. Buonaroti describe una urna fúnebre, encontrada cerca de Perusa, donde se ve este monstruo con la boca abierta, emblema de la ferocidad con que la muerte viene a veces a tragarnos. Se consagraba a esta divinidad el tejo, el ciprés y el gallo, porque el canto de esta ave parece turbar el silencio que debe reinar en los sepulcros. En Verona está pintada la muerte furiosa. Se ve vestida de negro y tiene una hoz, con la cual ha privado de la vida a una multitud de hombres que están tendidos a sus pies. Los atributos comunes a la Noche y a la Muerte son las alas, y la antorcha vuelta al revés: sin embargo a veces se ve ésta, distinguida de la otra, por una urna y una mariposa. En el Gabinete de las antigüedades, en París, se ve grabado un pie alado cerca de un caduceo de Mercurio y encima se deja ver una mariposa volando, emblema de la esperanza de la otra vida: el pie alado indica la rapidez con que se pasa de la existencia a la muerte; el caduceo parece avisar a los mortales que estemos prontos para ser conducidos por Mercurio delante de los jueces infernales; la mariposa es, en fin, el alma libre de los lazos del cuerpo que se eleva a las regiones celestiales. Cuando los antiguos querían representar la muerte prematura de un joven príncipe, objeto de sus pesares, pintaban a Hilas arrebatado por las Ninfas; a Jacinto robado por Apolo; o a la Aurora ocultando a Céfalo. Una rosa cuya frescura ha desaparecido con su belleza, era para ellos otro emblema de la Muerte. La vida que se nos concedió para disfrutar un instante, era para ellos el brillo y la duración de esta flor. En el salón de 1781, M. Bartelemi se ha conformado a estas ideas antiguas, rehusando la fealdad de la diosa de los sepulcros. Apolo mandó a esta divinidad y al sueño que llevasen a Licia el cuerpo de Sarpedón; y el ilustre artista, dando a esta un color fresco y encarnado, se ha contentado con representar a la muerte por una mujer pálida, con los labios descoloridos y los ojos estugnidos y cerrados. Se ha personificado también a la muerte por un esqueleto cubierto con un rico manto de brocado, rechazando su rostro feo colocándole una máscara que oculta su deformidad. Ver, Thánatos.