Helena es la esposa de Menelao, por la cual los griegos lucharon durante diez años ante Troya. Su leyenda, extraordinariamente compleja, ha evolucionado mucho desde la epopeya homérica, y se ha visto sobrecargada con elementos muy diversos, que han ido recubriendo el relato primitivo. En la época homérica, su genealogia es aún clara: hija de Zeus y de Leda, tiene por padre "humano" a Tindáreo, y por hermanos, a los Dioscuros Cástor y Pólux; su hermana es Clitemestra. Pero desde muy pronto, Helena pasó por hija de Zeus y Némesis (Ver). Némesis, huyendo de Zeus, habría recorrido el mundo entero, adoptando mil formas distintas, hasta que, al fin, se transformó en oca. El dios se metamorfoseó en cisne, y bajo este disfraz se unió a ella en Ramnunte (Ática). A consecuencia de esta cópula, Némesis puso un huevo, que abandonó en un bosque sagrado. Un pastor lo encontró y lo llevó a Leda. Ésta lo depositó en una cesta, y cuando el huevo, a su tiempo, se abrió, nació Helena, a quien Leda crío como si fuese su propia hija. La tradición que considera a Leda como la madre de Helena contaba, de modo análogo, que Zeus se había unido a ella en figura de cisne, y que ella había puesto un huevo del que había salido su hija. O bien, que había puesto dos huevos, de los que habian nacido, por una parte, Helena y Pólux, y por otra, Clitemestra y Cástor. A menos que, como pretenden algunos, Helena, Cástor y Pólux procedieran de un mismo huevo, y Clitemestra, hija de Tindáreo, naciera de modo natural. Otras tradiciones presentan a Helena como la hija de Océano o bien de Afrodita. Y como hermanas se le atribuyen aún, además de Clitemestra, a Timandra y Filónoe. Una leyenda, ignorada por Homero, menciona el rapto de Helena por Teseo y su amigo Pirítoo, cuando ésta, todavía una muchacha, se hallaba ofreciendo un sacrificio a Ártemis, en Laconia. Teseo y Pirítoo la echaron a suertes, y Helena correspondió al primero. Como los atenienses se negasen a recibir a la joven en su ciudad, Teseo la condujo a Afidna, donde la confió a su madre Etra. Pero los Dioscuros acudieron a liberarla mientras Teseo y Pirítoo se habían marchado a los Infiernos a raptar a Perséfone. Los habitantes de Decelia revelaron a los Dioscuros el lugar donde se ocultaba Helena (Ver, Décelo), si bien otras versiones atribuyen este papel al héroe Academo (Ver). Cástor y Pólux atacaron Afidna, tomaron la ciudad y lleváronse a su hermana, así como a la madre de Teseo, que condujeron a Lacedemonia (Ver, Etra). A veces se decía que Teseo había respetado a la muchacha; otras, por el contrario, que ésta le había dado una hija, que no era sino Ifigenia (Ver). Cuando hubo regresado a Lacedemonia, Tíndáreo pensó que había llegado el momento de casarla. Se presentó una multitud de pretendientes; acudieron casi todos los príncipes de Grecia, cuyos nombres han conservado los mitógrafos. Los más célebres eran Ulises, hijo de Laertes; Antíloco, hijo de Néstor; Esténelo, hijo de Capaneo; Diómedes, hijo de Tideo; Anfímaco, hijo de Ctéato; Magnes, hijo de Fileo; Agapenor, hijo de Anceo; Talpio, hijo de Éurito; Mnesteo, hijo de Péteo; Esquedio, hijo de Ífito; Políxeno, hijo de Agástenes, Anfíloco, hijo de Anfiarao; Ascálafo y Yálmeno, hijos de Marte; Áyax, hijo de Oileo; Eumelo, hijo de Admeto; Poliperto, hijo de Pirítoo; Elefenor, hijo de Calcodón; Podalirio y Macaón, hijos de Esculapio; Leonteo, hijo de Corono; Filocleto, hijo de Peán; Protesilao, hijo de Ificlo; Eurípilo, hijo de Evemón; Áyax y Teucro, hijos de Telamón, Patroclo, hijo de Menecio; Menelao hijo de Atreo; Toas (Toante), Idomeneo y Merión. Su número varía, según los autores, entre veintinueve y noventa y nueve. Aquiles es casi el único héroe de su tiempo que no figura entre ellos, sin duda porque era demasiado joven para que se pensara en casarlo. Perplejo ante esta afluencia de pretendientes, Tindáreo temió que, al elegir a uno, quedaran descontentos los restantes, con lo cual correría el riesgo de una guerra. Por eso escuchó de buena gana el consejo de Ulises: el de comprometer, por juramento, a todos los presentes a acatar la decisión de Helena y acudir en auxilio del elegido en caso de que su esposa le fuese disputada. Este juramento fue recordado por Menelao algunos años después, y obligó a los jefes griegos a partir para la guerra de Troya. Ulises, como recompensa al favor que su consejo significó para Tindáreo, recibió la mano de Penélope (Ver, Icario). Helena eligió a Menelao, y los demás pretendientes se sometieron. Pronto Helena dio una hija a su marido: Hermíone. Según ciertas tradiciones, tuvo también de él un hijo, Nicóstrato. Mas, al parecer, éste no nació hasta el retorno de Troya. En este momento se sitúa el rapto de Helena. Helena era a la sazón la mujer más hermosa del mundo, y Afrodita había prometido dársela a Paris si éste le confería el premio de la belleza (Ver, Paris). Siguiendo sus consejos, Paris se embarcó y se trasladó a Amiclas, donde fue huésped de los Tindáridas, y luego a Esparta, donde lo recibió Menelao. Pero cuando éste tuvo que marchar a Creta para asistir a los funerales de Catreo (Ver), Helena hubo de reemplazar a Menelao en las funciones de anfitrión. De este modo se encontró con Paris, el cual no tardó en raptarla. La mayoría de los autores posteriores a Homero consideran que Helena consintió en el rapto, pero algunos tratan de justificarla y aseguran que cedió a la fuerza. Otros, finalmente, afirman que fue Tindáreo quien, en ausencia de Menelao, otorgó a Paris la mano de Helena. Incluso hay quien ha llegado a asegurar que Afrodita prestó a Paris la figura y forma de Menelao para permitirle seducir a Helena. Lo más corriente, empero, es atribuir a la belleza de Paris y a su riqueza la acción decisiva en el rapto. Helena no se marchó con las manos vacías. Llevóse tesoros, así como a sus esclavas, éntre las cuales figuraba la cautiva Etra, madre de Teseo. Pero dejó a Hermíone en Esparta. Sobre el viaje de los dos amantes, las tradiciones discrepan también. Los poemas homéricos nada dicen a este respecto. La versión más antigua y, a la vez la más simple, cuenta que vientos favorables permitieron a Paris llegar en tres días al Asia Menor. Pero existe otra según la cual la nave de Paris fue desviada por una tempestad (provocada por Hera) hasta Sidón, en Fenicia. La Ilíada alude a este episodio, que luego fue ampliado: Paris habría tomado la ciudad, pese a haber sido acogido amistosamente por su rey. Después, habría saqueado el palacio y se habría hecho de nuevo a la mar, perseguido por los fenicios, contra los cuales habría sostenido una sangrienta batalla. Finalmente, habría llegado a Troya con Helena. Una tradición afín contaba que por temor a ser perseguido, Paris se entretuvo largo plazo, cuando tuvo la certeza de que Menelao no había de inquietarlo. En todas estas versiones retiene a Helena junto a sí. Pero éxisten otras más extrañas. En efecto, Hera, enojada por haberse visto preterida a Afrodita, en el juicio en que se debatió sobre su belleza, decidió arrebatar a Paris el amor de Helena. Al efecto, fabricó una nube muy parecida a Helena, y se la dio a Paris, mientras la verdadera Helena era transportada a Egipto por Hermes y confiada a la custodia del rey Proteo. O bien el propio Zeus envió a Troya un fantasma de Helena con objeto de provocar una guerra. Heródoto prescinde de toda intervención divina. Según él, cuando Helena y Paris llegaron a Egipto, camino de Troya, el rey Proteo les dio hospitalidad. Pero al conocer las relaciones que había entre ellos, expulsó indignado a Paris de su reino, y conservó a Helena como prisionera hasta que Menelao fuese a buscarla. Finalmente, autores posteriores añadían que Proteo, para no despedir a Paris sin compañía, fabricó, mediante sus artes mágicas, un fantasma de Helena y se lo dio por compañera. Por este fantasma se habría desencadenado la guerra de Troya. Al parecer, la finalidad de todas estas leyendas es exonerar a Helena, presentarla como el instrumento de un destino que está por encima de su voluntad. Probablemente se remontan a la "palinodia" de Estesícoro, del siglo VI antes de Jesucristo. En efecto, el poeta Estesícoro había censurado en sus versos la conducta de Helena, y Pausanias cuenta que había quedado ciego. Pero, al ir un tal Leónimo de Crotona a visitar la isla Blanca, en el Ponto Euxino, donde se decía que Helena vivía una vida eterna junto a Aquiles, una voz le ordenó que navegase rumbo a Hímera, la ciudad de Estesícoro, y revelase al poeta que su ceguera tenía por causa la cólera de Helena. Para que ésta se apaciguase debía componer una retractación de sus "calumnias". Estesícoro obedeció y recuperó la vista (Ver, Autoleonte). En la tradición homérica, Helena vivió realmente en Troya mientras duró la guerra. Fue acogida por Príamo y Hécuba, que quedaron maravillados ante su belleza. Pero no tardaron en llegar embajadores de Grecia, reclamando a la fugitiva: Ulises y Menelao, o bien Acamante y Diomedes. Sin embargo, todas estas embajadas carecieron de resultado positivo, y pronto estalló la guerra. Helena vive con Paris, y es considerada por todos como su esposa, pero generalmente es detestada por el pueblo troyano, que la considera la causa de la contienda. Sólo Héctor y el anciano Príamo saben que el verdadero motivo de la guerra está en la voluntad de los dioses; por eso se muestran benévolos con ella. En la Ilíada vemos a Helena en la muralla, indicando a los troyanos los principales príncipes griegos, a los cuales conoce bien. Más tarde, cuando el caballo de madera habrá sido introducido en la ciudad, Helena, que no ignora lo que encierran sus ijares, irá a su lado a imitar la voz de las mujeres de los jefes griegos, hasta el extremo de que uno de ellos habrá de hacer un gran esfuerzo para no responderle. Su situación es bastante falsa: es compatriota de los enemigos, y todos saben que siente por ellos simpatía. Los troyanos con razón desconfían de ella. Helena es la mujer que, constantemente amenazada, sortea las dificultades y sabe que su hermosura la sacará de todos los malos pasos. Una leyenda ignorada por la Ilíada cuenta cómo Aquiles, que jamás la había visto, sintió deseos de conocerla, y cómo las diosas Tetis y Afrodita arreglaron una entrevista entre los dos. A veces se coloca esta entrevista con anterioridad al comienzo de las hostilidades, pero lo más corriente es situarla poco tiempo antes de la muerte de Aquiles. Es posible que durante la visita Aquiles se uniera a ella; por lo menos así lo pretenden los mitógrafos que atribuyen cinco "maridos" a Helena, en cuyo caso Aquiles habría sido el cuarto, después de Teseo, Menelao y Paris. El quinto, con el cual casó después de la muerte de Paris, fue Deífobo, otro hijo de Príamo. En efecto, desaparecido Paris, Príamo ofreció a Helena "al más valiente". Se presentaron Deífobo y Héleno, así como Idomeneo (también hijo de Príamo); los tres estaban enamorados de ella desde hacia largo tiempo. Obtúvola Deífobo, y Héleno, despechado, fue a refugiarse en el Ida, donde los griegos lo hicieron prisionero (Ver, Héleno). Cuando Ulises se introdujo en la ciudad disfrazado de mendigo, Helena lo reconoció, a pesar del cuidado con que él se había desfigurado pintándose cicatrices en el rostro (se había hecho mutilar por Toante. Ver, Ulises). Pero no llegó a delatarlo. Eurípides cuenta que reveló su presencia a Hécuba, pero ésta se limitó a despedirlo en vez de entregarlo a los troyanos. Más tarde, Ulises volvió a Troya, asimismo disfrazado, y en compañía de Diomedes, para robar el Paladio (Ver). También en esta ocasión fue reconocido por Helena, pero ésta no se limitó a callar, sino que le prestó su ayuda efectiva. Ulises, en el curso de esta temeraria hazaña, o, según otras versiones, de la precedente, se habría puesto de acuerdo con ella acerca de cómo tomar la ciudad, que Helena debía entregarles. Al llegar la noche fatal, Helena, en lo alto de la ciudadela agita la antorcha, que era la señal convenida para el regreso de la flota griega, emboscada a lo largo de la costa de Ténedos. Sustrae las armas de la casa de Deífobo hasta dejarla vacía, con objeto de impedir toda resistencia. Por lo que respecta a su persona, una vez dadas a los griegos todas estas pruebas de amistad, aguarda confiada la llegada de Menelao. Cuéntase que éste, después de dar muerte a Deífobo, se presentó ante ella con la espada en alto, dispuesto también a matarla. Pero Helena se limitó a mostrársele medio desnuda, y ello bastó para que el arma le cayera de su mano. Decíase también que se había refugiado en el templo de Afrodita, y que desde este inviolable asilo negoció la paz con su primer esposo. Pero cuando los griegos vieron que salía de la situación sana y salva, quisieron lapidarla; también en este trance la salvó su belleza: las piedras cayeron de las manos de sus verdugos. El regreso de Helena, junto con Menelao, no resultó más fácil que el de los principales héroes que habían tomado parte en la guerra. Ocho años le costó llegar a Esparta. Anduvo errante por el Mediterráneo oriental, principalmente por Egipto, adonde la había arrojado un naufragio. Varias leyendas se relacionan con esta estancia en Egipto (la segunda, después de su residencia en el país con Paris, cuando se dirigían a Troya). El piloto de su barco, Canobo (o Canopo), murió de la mordedura de una serpiente, y Helena mató el reptil y guardó su veneno. Hizo magníficos funerales al marino, que pasó a ser el héroe epónimo de "Canopo" en la desembocadura del Nilo (Ver, Canopo). Se contaba igualmente que el rey de la vecina ciudad, llamado Ton, o Tonis, había acogido hospitalariamente a Menelao y Helena, pero, seducido por la belleza de ésta, había intentado violentarla, por lo cual Menelao le dio muerte. Una tradición más compleja decía que Menelao, al emprender una expedición a Etiopía, confió su esposa al rey Tonis. Pero Polidamna, esposa de Tonis, al saber que su marido cortejaba a Helena, la envió a la isla de Faros, dándole una hierba para protegerla contra las numerosas serpientes que infestaban dicha isla. Esta hierba es el Helenio (Ver, Polidamna). Se explica todavía esta estancia en Egipto de otro modo. Helena habría huido de Troya antes de la caída de la ciudad, suspirando por Menelao. Se habría ganado la voluntad de un capitán de barco llamado Faro y le habría pedido que la condujese a Lacedemonia; pero una tempestad los arrojó a las costas de Egipto, donde una serpiente mordió a Faro y éste murió. Helena lo enterró y dio su nombre a la isla de "Faros", situada en la desembocadura del Nilo. Más tarde, Menelao habría encontrado a su esposa en Egipto, terminada ya la guerra. Antes de volver a Esparta, Helena y Menelao (según Eurípides) habrían desembarcado primero en Argos, precisamente el día en que Orestes acababa de dar muerte a Clitemestra y Egisto. Menelao, por precaución, introdujo a Helena en el palacio durante la noche. Una y otro ignoraban los acontecimientos que acababan de ocurrir. Cuando Orestes vio a Helena rodeada de sus criadas y ataviada con fasto oriental a la moda troyana, quiso matarla, haciéndola responsable de todas las desgracias que habían caído sobre su casa. Pero, en este momento, por orden de Zeus, Apolo la habría arrebatado y convertido en un ser inmortal. Esta leyenda no está de acuerdo con la tradición más corriente que, desde la Odisea, presenta a Helena de regreso a su hogar, en Esparta, junto a Menelao, y constituyendo un ejemplo de todas las virtudes domésticas. Con todo, la leyenda de la divinización de Helena debió de conservar cierta autoridad, puesto que se conocen gran número de santuarios a ella consagrados, en los que se honra también a Menelao. Éste habría sido divinizado a ruegos de su esposa, que deseaba compensarle de algún modo de los tormentos que le había causado en vida. También se atribuía a sus ruegos la divinización de sus hermanos Cástor y Pólux. Una leyenda rodia citada por Pausanias ofrece un epílogo muy distinto a la vida de Helena. Según dicha leyenda, después de la muerte de Menelao, los dos hijos de éste, Nicóstrato y Megapentes, habrían desterrado a Helena, en castigo de sus faltas. Entonces, ella había buscado refugio en Rodas, junto a su antigua amiga Polixo, cuyo marido había muerto en la guerra de Troya combatiendo en las filas griegas. Polixo simuló acogerla hospitalariamente, pero en su interior resolvió vengarse. Disfrazando a sus criadas de Erinias, les ordenó que atemorizasen a Helena mientras estaba bañándose. Las mujeres la atormentaron de tal manera que ella se ahorcó. Existen todavía otras tradiciones acerca del "castigo" de Helena. Por ejemplo, decíase que había sido sacrificada por Ifigenia, en Táuride (lo cual es una "venganza poética" del sacrificio de Ifigenia en Áulide). O bien que Tetis, enojada por la muerte de Aquiles, caído por culpa de Helena, hizo perecer a ésta durante el viaje de regreso. Entre las leyendas místicas concernientes a Helena, existe una que en que ésta aparece casada con Aquiles y viviendo eternamente en medio de festines en la isla Blanca (Leuke), situada en el mar Negro, en la desembocadura del Danubio. Posidón y los demás dioses han celebrado la boda, y está prohibido a todo mortal entrar en esta isla (sin embargo, ver la leyenda de Estesícoro). Aquiles y Helena habrían tenido un hijo, Euforión, un ser alado que fue amado por Zeus. Helena tuvo hijos de sus varios matrimonios. Sólo su unión con Deífobo fue estéril. Cuéntase que Paris y ella tuvieron una larga discusión sobre el nombre que hablan de imponer a su hija: si Alejandra, como el de su padre, o Helena, como el de su madre. Finalmente, lo jugaron a la taba, y ganó Helena. Dícese que esta hija fue muerta por Hécuba. Sus cuatro hijos varones perecieron aplastados al desplomarse un techo cuando el saqueo de Troya.