Heracles, a quien los latinos llamaban Hércules, es el héroe más célebre y popular de toda la mitología clásica. Las leyendas en las cuales figura constituyen un ciclo completo, en constante evolución desde la época prehelénica hasta el fin de la antigüedad. Por eso resulta difícil exponer los diferentes episodios siguiendo un orden racional. De estas dificultades se dieron ya cuenta los mitógrafos antiguos, y, siguiendo su ejemplo, adoptaremos una clasificación, artificial sin duda, que distingue tres grandes categorías de leyendas heracleas:
)o( 1ª El ciclo de los Doce Trabajos.
)o( 2ª Las hazañas independientes del ciclo precedente, que comprenden las expediciones realizadas por el héroe al frente de ejércitos (mientras que los Trabajos son efectuados generalmente por Heracles solo o con ayuda de su sobrino Yolao).
)o( 3ª Las aventuras secundarias, que le han acontecido durante la realización de los Trabajos.
Antes de exponer los Trabajos, narramos las leyendas relativas a la infancia y educación del héroe. Ellos son, junto con los episodios referentes a su apoteosis, los únicos elementos del ciclo heracleo susceptibles de ser integrados dentro de una cronología aproximativa.
)o()o( NOMBRE, ORÍGENES E INFANCIA DE HERACLES )o(
Ni siquiera el nombre, dicen los mitógrafos es igual que el que llevó en un principio el héroe: Heracles es un nombre místico que le fue impuesto por Apolo, ya directamente, ya por mediación de la Pitia, en el momento en que pasó a ser servidor de Hera y se vio sometido a los trabajos que ésta ordenó se le impusieran. En sus orígenes, el hijo de Anfitrión y Alcmena se llamaba Alcides, patronímico derivado del nombre de su abuelo Alceo, o incluso Alceo, el nombre mismo de su abuelo. En griego, esta palabra evoca la idea de la fuerza física. Cuando, tras haber dado muerte a los hijos que había tenido de Mégara, el héroe fue a pedir su ""penitencia"" a la Pitia; ésta le ordenó, entre otras cosas, que tomase en adelante el nombre de Heracles, que significa ""la gloria de Hera"", sin duda porque los trabajos que iba a emprender debían redundar en glorificación de la diosa. Con este nombre aparece designado siempre tanto por parte de los autores como en los monumentos. Por su padre ""mortal"", Anfitrión, y por su madre, Alcmena, Heracles pertenece a la raza de los Perseidas. En efecto, sus abuelos paterno y materno, Alceo y Electrión, eran hijos ambos de Perseo y Andrómeda. Es, por tanto, de raza argiva, y sólo accidentalmente nació en Tebas; no obstante, siempre considerará al Peloponeso, y, en especial, la Argólide, como su verdadera patria. Siempre tratará de volver a ella pese a Euristeo (Ver), y a ella sobre todo irán a establecerse sus descendientes (Ver, Heraclidas). Heracles es hijo de Alcmena y Anfitrión, pero su verdadero padre es, en realidad, Zeus, quien, aprovechándose de la ausencia de Anfitrión, que había salido para una expedición contra los telebeos, tomó su forma y aspecto para engañar a Alcmena y engendró al héroe en el curso de una larga noche, prolongada por orden suya. Cuando a la mañana siguiente regresó Anfitrión, se dio a conocer y engendró un segundo hijo, Ificles, hermano gemelo de Heracles y sólo una noche más ""joven"" que él (Ver, Anfitrión y Alcmena). Contábase que, para hacerse reconocer por Alcmena y quitarle a ésta todo asomo de duda, Zeus le había enviado como regalo una copa de oro que había pertenecido a Pterelao, rey de los telebeos. Además, le contó como propias las hazañas realizadas durante la expedición por el verdadero Anfitrión. Cuando éste hubo regresado, Zeus intervino para reconciliar a los esposos, y Anfitrión se resignó, dicese, a no ser más que el padre putativo del niño divino. Incluso antes de que nazca Heracles, empieza a manifestarse la cólera de Hera, celosa de Alcmena. Zeus había afirmado, imprudentemente, que el niño que iba a nacer del linaje de Perseo reinaría en Argos. Inmediatamente, Hera obtuvo de su hija Ilitía, diosa de los alumbramientos, que el nacimiento de Heracles se retrasase, y se adelantase, en cambio, el de su primo Euristeo, hijo de Esténelo (Ver, Alcmena y Euristeo). De este modo, Euristeo nació sietemesino, en tanto que Heracles permaneció diez meses en el seno de su madre (Ver, Galintias, la ""comadreja"", cuya astucia burló los maleficios de Hera y permitió, finalmente, el parto de Alcmena). Existen varias leyendas que cuentan cómo Heracles, tierno niño aún, se amamantó en el seno de Hera, su peor enemiga. Tal era, según se decía, la condición precisa para que el héroe pudiera gozar de la inmortalidad; mas para llenar esta condición fue preciso acudir a un ardid. Según ciertas tradiciones, Hermes acercó el niño al pecho de la diosa dormida. Cuando ésta se despertó, lo arrojó lejos de sí, pero ya era demasiado tarde. La leche que fluyó de su pecho dejó en el cielo una estela: la Vía Láctea. Otra tradición cuenta el episodio de modo distinto: Alcmena, temiendo los celos de Hera, habría expuesto el pequeño Heracles, recién nacido, en los alrededores de Argos, y no de Tebas, como la verosimilitud parecería exigir si esta leyenda estuviese integrada en el ciclo tebano del héroe, en un lugar que en lo sucesivo llevó el nombre de ""Llanura de Heracles"". Atenea y Hera acertaron a pasar. Atenea, admirada ante el vigor y la belleza del recién nacido, pidió a Hera que le diese el pecho. Así lo hizo Hera, pero Heracles chupó con tal violencia, que hirió a la diosa; ésta, entonces, lo rechazó con viveza. Atenea lo recogió, lo entregó a Alcmena y le ordenó que criase sin temor a su hijo. Cuando Heracles tuvo 8 meses, otros dicen 10, Hera intentó perderlo. Un atardecer, Alcmena había acostado a los dos gemelos, Heracles e Ificles, en su cuna, y se había dormido. Hacia medianoche, la diosa introdujo en la habitación dos enormes serpientes, que se enroscaron en el cuerpo de los niños. Ificles se puso a llorar, pero Heracles, intrépido, agarró los reptiles por la garganta, uno en cada mano, y los ahogó. Anfitrión acudió, espada en mano, a los gritos de Ificles, pero no tuvo necesidad de intervenir. Se dio perfecta cuenta de que Heracles era hijo de un dios. Se atribuía a Heracles la educación propia de los niños griegos de la época clásica, parecida también a la que había recibido Aquiles del centauro Quirón. Según parece, su primer maestro fue el músico Lino, el cual le enseñó los rudimentos de las letras y de la música. Seguía sus lecciones junto con Ificles; pero mientras éste se mostraba un alumno dócil y aplicado, Heracles era muy indisciplinado, por lo cual Lino debía reprenderlo, e incluso un día trató de castigarlo. Pero Heracles, en vez de ceder, montó en cólera y, agarrando un taburete (otros dicen una lira), dio con él un golpe tan fuerte a su maestro que le causó la muerte. Heracles hubo de comparecer ante un tribunal, acusado de asesinato. pero se salió del apuro citando una sentencia de Radamantis, según la cual existía el derecho de matar al adversario en caso de legítima defensa. Fue, pues, absuelto. Pero Anfitrión, inquieto y temiendo que su hijo adoptivo fuese presa de nuevos accesos de cólera se apresuró a enviarlo al campo, y lo puso al frente de sus rebaños. Allí, según una tradición, un boyero escita llamado Téutaro continuó su educación, adiestrándolo en el arte de manejar el arco. Sin embargo, se admitia más generalmente que en su formación intervinieron otros maestros: el propio Antitrión le enseñó el modo de conducir el carro de guerra, y Éurito lo inició en el tiro del arco. Según una variante, debió también este último adiestramiento a Radamantis quien, como cretense, era un hábil arquero. El manejo de las armas le fue enseñado por Cástor, que debe identificarse, ya con uno de los Dioscuros, ya con un refugiado de Argos, hijo de un cierto Hípalo. Después de Lino, su infortunado maestro, recibió lecciones de Eumolpo, hijo de Filemón y sobrino de Autólico, quien lo perfeccionó en la música. Heracles, entretanto, crecía y alcanzaba la extraordinaria talla de cuatro codos y un pie. A los 18 años realizó su primera hazaña al matar el león de Citerón. Era éste una fiera de un tamaño y ferocidad tales que producía verdaderas devastaciones en los rebaños de Anfitrión y del rey Tespio (que reinaba en un país vecino de Tebas), sin que ningún cazador se atreviera a acometerle. Heracles resolvió librar a aquellas tierras del monstruo, para lo cual se instaló en casa del rey Tespio; pasaba el día entero cazando, y por la noche iba a dormir a palacio. Al cabo de cincuenta días consiguió dar muerte al león, pero durante este tiempo, Tespio, que había tenido cincuenta hijas de su esposa Megamede, hija de Arneo, y que deseaba tener nietos que fuesen hijos de héroe, se las arreglaba para introducir cada noche en su cama a una de las muchachas. Heracles, en la oscuridad, consumó su unión con todas, y estaba tan cansado de su jornada de cacería, que creía unirse cada noche con la misma. De este modo tuvo cincuenta hijos, los Tespíadas. Ciertos autores sitúan esta primera caza del león, prefiguración de la del de Nemea, no en las laderas del Citerón, sino en el Helicón, o bien en las cercanías de Teumeso. Incluso Pausanias ha recogido una leyenda según la cual el león de Citerón no fue muerto por Heracles, sino por Alcátoo, a quien se atribuye generalmente la muerte del león de Mégara (Ver, Alcátoo). Finalmente, una leyenda local de la isla de Lesbos decía que también allí Heracles había matado un león. Cuando regresaba de cazar el león del Citerón, Heraclés se encontró, cerca de Tebas, con los emisarios del rey de Orcómeno Ergino, que se dirigían a reclamar el tributo que los tebanos pagaban a los habitantes de Orcómeno (sobre los orígenes de este tributo, Ver Ergino). Heracles los ultrajó, les cortó la nariz y las orejas, que enhebró en un cordel, y colgó de su cuello; después les dijo que llevasen este tributo a su señor. Ergino, indignado, marchó contra Tebas, pero fue derrotado por Heracles, el cual impuso a los minias de Orcómeno un tributo doble del que ellos habían impuesto a los tebanos. Anfitrión fue. muerto en la batalla, luchando valerosamente al lado de su hijo. Según otra tradición, Anlitrión no cayó hasta más tarde, después de haber realizado con éxito, junto con Heracles, la expedición contra el rey de Eubea, Calcodonte (Ver) y de haber presenciado la matanza de sus nietos. Heracles habría combatido solo contra Ergino, con armas recibidas de Atenea en persona. Sobre las demás variantes de esta leyenda, Ver Ergino. El rey de Tebas, Creonte, para agradecer dignamente a Heracles el servicio que había prestado a la ciudad, le dio en matrimonio a su hija mayor, Mégara, a la vez que casaba a la menor con Ificles (Ver). Mégara tuvo varios hijos del héroe: ocho, según Píndaro; tres, según Apolodoro, quien cita sus nombres: Terímaco, Creontíades y Deicoonte. Otras tradiciones conocen siete, o cinco (Antímaco, Clímeno, Gleno, Terímaco y Creontíades), o bien cuatro (Ver, Creontíades). Pero muy pronto Heracles dio muerte a sus hijos y a dos de los que había tenido Ificles. Este crimen es relatado por los autores de modo diverso, y ha suministrado a Eurípides y Séneca tema para sendas tragedias. Según unos, y ésta parece ser la tradición más antigua, Heracles arrojó a sus hijos al fuego. Según otros, y especialmente Eurípides, los mató a flechazos; incluso llegó a atacar a su padre Anfitrión, y estaba a punto de matarlo, cuando Atenea, golpeándole en el pecho con una piedra, lo sumió en profundo sueño. Esta serie de asesinatos es explicada generalmente por un acceso de locura que le envió Hera. Según ciertas tradiciones, la diosa quería obligarle a ponerse al servicio de Euristeo, ya produciéndole una mancha que le exigiera someterse a una expiación, ya porque, a pesar del oráculo de Zeus, Heracles no se decidía a trasladarse a Argos y reconocer a Euristeo por su señor. Era una advertencia que le enviaba la diosa. Recobrada la lucidez, Heracles no quiso seguir viviendo con Mégara y la entregó a su sobrino Yolao (pese a ser considerable la diferencia de edad entre ambos, pues, según los cálculos de los mitógrafos antiguos, ella tenía 33 años, y él no pasaba de los 16). Eurípides ha enlazado la leyenda del asesinato de los hijos de Mégara con la de un usurpador llegado de Eubea, Lico, que da muerte al rey Creonte y se apodera del trono de Tebas durante la ausencia de Heracles, que ha descendido a los Infiernos. El héroe vuelve a tiempo y mata a Lico; pero cuando se dispone a ofrecer un sacrificio de acción de gracias en el altar de Zeus, frente al palacio, Hera le envía la Locura, que se apodera de él. Cree que sus hijos son los de Euristeo y les da muerte. Toma a su propio padre por el de Euristeo, Esténelo, y está a punto de matarlo cuando Atenea, golpeándole en el pecho, lo deja dormido. Al despertarse se da cuenta de sus crímenes y quiere suicidarse; pero Teseo, que llega en este momento, le hace desistir de tal propósito y se lo lleva a Atenas. Como se ve, Eurípides ha alterado la cronología tradicional del episodio, situándolo después del descenso a los Infiernos, es decir, intercalándolo entre los Trabajos, en vez de convertirlo en el primer acto de la vida del héroe. Además, hace intervenir a Teseo, el héroe ""filósofo"" por excelencia, símbolo de la prudencia y la mesura áticas frente a la violencia doria.
)o()o( LOS DOCE TRABAJOS )o(
Los doce trabajos son las hazañas que Heracles llevó a cabo a las órdenes de su primo Euristeo. Las tradiciones dan diversas explicaciones de esta sumisión del héroe a un personaje que estaba muy lejos de llegar a su altura y que es unánimemente presentado como un ser despreciable e ""incompleto"" (Ver, Euristeo). La Ilíada narra el ardid de Hera, que cambió en sentido favorable a Euristeo la promesa de Zeus. Pero de ello no se sigue que Heracles estuviese sometido personalmente a su primo, pese a que el retraso de su nacimiento lo convirtiera, de modo muy general, en ""súbdito suyo"". Según Eurípides, Heracles habría deseado volver a Argos, a lo cual Euristeo habría accedido con la condición de que realizase antes ciertas tareas, las principales de las cuales tenían por objeto librar al mundo de cierto número de monstruos. Pero más generalmente se considera esta esclavitud como la expiación del asesinato de los hijos que había tenido de Mégara (crimen involuntario pero que no por ello dejaba de constituir una mancha). Después de esta matanza, Heracles había ido a Delfos a consultar el oráculo de Apolo Pitio. Éste le había ordenado que se pusiese al servicio de su primo por espacio de doce años. Apolo (y Atenea) añadieron que, como premio a sus penalidades. obtendría la inmortalidad. Estas variantes proceden de la reflexión del pensamiento griego sobre el mito, y responden a la necesidad de justificar moralmente las pruebas de un héroe que se quería presentar como el justo por antonomasia. No son primitivas en el mito, compárese la esclavitud de Apolo en casa de Admeto como purificación por la matanza de los Cíclopes, y, dentro del propio ciclo heracleo, la esclavitud del héroe bajo Ónfale como purificación por el asesinato de Ífito. En el pensamiento místico, los trabajos de Heracles vinieron a representar la ""pruebas del alma"" que se libera progresivamente de la servidumbre del cuerpo, así como de las pasiones, hasta la apoteosis final. Una variante adoptada por un poeta alejandrino, Diotimo, presenta a Heracles como amante de Euristeo. Por complacencia de enamorado, el héroe se habría sometido a los caprichos de éste. Los mitógrafos de la época helenística habían establecido un ""canon"" de los Doce Trabajos, clasificándolos en dos series de seis. Los seis primeros tienen como escenario el Peloponeso; los otros seis se distribuyen por el resto del mundo: Creta, Tracia, Escitia, el Occidente extremo, el país de las Hespérides y los Infiernos. Éste es el orden que seguimos aquí. No obstante, existían numerosas variantes, tanto en lo que respecta al orden de los trabajos como a su número (Apolodoro, por ejemplo, sólo reconoce diez).
)o()o( LAS ARMAS DE HERACLES )o(
El arma más característica de Heracles, la maza, fue tallada por él mismo durante su primer ""trabajo"", la caza del león de Nemea. Unas veces se admite que la fabricó en la misma Nemea; otras, en el Helicón; otras, incluso a orillas del golfo Sarónico, con el tronco de un olivo silvestre. Sus otras armas son de origen divino: la espada la recibió de Hermes; el arco y las flechas, de Apolo; Hefesto le había regalado una coraza dorada, y Atenea había añadido un peplo. Pero es de notar que, según ciertas tradiciones, esta diosa le proporcionó todas las armas excepto la maza. Finalmente, los caballos eran un regalo de Posidón.
)o()o( EL LEÓN DE NEMEA )o(
El león de Nemea es un monstruo hijo de Ortro y nieto de Tifón. Su madre es Equidna (Ver). Es hermano de otro monstruo, la Esfinge de Tebas. Hera lo educó, o tal vez la diosa de la Luna, Selene, que lo habría dado en préstamo a Hera, y lo situó en la región de Nemea, donde asolaba el país, devorando sus habitantes y ganados. Este león tenía por guarida una caverna con dos accesos, y era invulnerable. Heracles empezó por dispararle flechas, pero sin resultado; entonces, amenazándolo con la maza, le obligó a entrar en la cueva y obturó una de las entradas. Cogiéndolo luego entre sus brazos, lo ahogó. Muerta ya la fiera, Heracles la despellejó y se revistió con su piel; la cabeza le sirvió de casco. Cuenta Teócrito que el héroe estuvo largo tiempo perplejo ante esta piel, que ni el hierro ni el fuego podían rasgar. Finalmente, ocurriósele la idea de desgarrarla con las propias garras del monstruo, y de este modo consiguió su propósito. En el transcurso de la caza del león de Nemea se sitúa el episodio de Molorco. Molorco era un pobre campesino que habitaba en las cercanías de Nemea y cuyo hijo había sido devorado por el monstruo. Cuando Heracles se encaminaba a luchar con el león, acertó a presentarse en su casa, donde fue objeto de una hospitalaria acogida. Para honrar a su huésped, Molorco quiso sacrificar el único carnero que poseía, todo su bien. Heracles lo disuadió de ello, pidiéndole que lo aguardase por espacio de treinta días, transcurridos los cuales, si no lo veía regresar, podía considerarlo muerto y sacrificar el carnero en memoria suya; pero si antes de expirar el plazo volvía victorioso, el animal sería ofrecido a Zeus Salvador. Pues bien, había llegado el día trigésimo, y Heracles no estaba aún de vuelta. Molorco creyó que había muerto y se dispuso a sacrificar el carnero, como se lo había pedido Heracles; pero antes de que el sacrificio se consumara, vio llegar a Heracles revestido con la piel del león. Ofreció entonces el carnero a Zeus Salvador, y en el lugar mismo del holocausto, Heracles instituyó unos Juegos en honor de Zeus, los Juegos Nemeos, que, más tarde, habrían de ser renovados por los Siete Jefes en su marcha contra Tebas (Ver, Adrasto). Heracles llevó el león a Micenas, y Euristeo quedó tan asustado ante el valor del héroe, capaz de abatir un monstruo semejante, que le prohibió la entrada en la ciudad, ordenándole que, en adelante, dejase su botín ante las puertas de ella. Cuéntase que Zeus puso al león entre las constelaciones, para perpetuar la hazaña de Heracles.
)o()o( LA HIDRA DE LERNA )o(
Lo mismo que el león de Nemea, la hidra de Lerna es un monstruo, hijo de Equidna, y cuyo padre es Tifón. Fue criada por Hera para que sirviese de prueba a Heracles. Se precisa que la diosa la crió debajo de un plátano, cerca de la fuente de Amimone. Se representa esta hidra como una serpiente de varias cabezas, cuyo número varía desde cinco o seis hasta cien, según los autores. A veces, incluso eran tenidas por cabezas humanas. El hálito que salía de sus fauces era sumamente mortal, hasta el punto de que quienquiera que se acercase, incluso mientras el monstruo dormía, moría infaliblemente. Devastaba también las cosechas y los ganados del país. Para combatirla, Heracles recurrió a flechas encendidas; pero también se dice que le cortó las cabezas con una ""harpe"" (especie de cimitarra). Le ayudó en esta hazaña su sobrino Yolao, ayuda tanto más necesaria cuanto que de cada cabeza cortada surgía otra nueva. Para impedir que retoñasen, Heracles pidió a Yolao que incendiase el bosque vecino, y, con auxilio de los tizones quemaba cada vez la herida, imposibilitando así que la carne se reprodujese. A veces se decía que la cabeza del centro era inmortal; sin embargo, Heracles la cortó y la enterró, colocando encima una enorme roca. Finalmente, empapó sus flechas en el veneno (o en la sangre) de la hidra, y de este modo las convirtió en venenosas (Ver, Filoctetes). En su lucha contra Heracles, Hera había enviado a la hidra un aliado en forma de cangrejo gigante que mordió al héroe en el talón; pero éste lo aplastó (Ver, Cárcino). Según Apolodoro, Euristeo se negó a contar este trabajo entre los diez que había de imponer a Heracles: pretextando que le había ayudado Yolao. Los mitógrafos han formulado una interpretación evemerista del mito de la hidra de Lerna. Dicen que la hidra de renacientes cabezas es en realidad el pantano de Lerna, desecado por Heracles. La cabezas son las fuentes, que lograban siempre filtrar, haciendo estériles los esfuerzos del héroe. Otra interpretación pretendía que Lerno era en realidad un rey del país cuya ciudad se llamaba Hidra. Rodeaban a Lerno cincuenta arqueros, y cuando uno caía, era reemplazado por otro en el acto. Esto habría dado origen a la leyenda de las cabezas que volvían a nacer.
)o()o( EL JABALÍ DE ERIMANTO )o(
El tercer trabajo impuesto por Euristeo consistió en traerle vivo un monstruoso jabalí que vivía en el Erimanto. Heracles, con sus gritos, forzó al animal a salir de su bañil, lo impelió hasta una extensión de espesa nieve que cubría el país, consiguió fatigarlo y de este modo lo capturó. Finalmente, cargándoselo sobre sus espaldas, regresó a Micenas. Al verlo, Euristeo, aterrorizado, se ocultó en una jarra que tenía preparada como refugio en caso de peligro. Enseñábanse en Cumas, Campania, los colmillos del jabalí de Erimanto, conservados como exvoto. Durante esta cacería le ocurrieron a Heracles aventuras con el centauro Folo (Ver).
)o()o( LA CIERVA DE CERINIA )o(
El cuarto trabajo que Euristeo impuso a Heracles fue la captura de una cierva que habitaba en Énoe. Eurípides cuenta simplemente que era un animal de gigantesca talla que asolaba las cosechas. Heracles la mató, y consagró su cornamenta en el templo de Ártemis Enoatis. Pero esta versión no sólo es aislada, sino que se halla en contradicción con la leyenda tal como se cuenta generalmente. Tiene por objeto borrar del ciclo lo que parecía un rasgo de impiedad del héroe. Esta cierva, según Calímaco, era una de las cinco que Ártemis había encontrado en otros tiempos paciendo en el monte Liceo. Todas tenían cornamentas doradas y eran más grandes que toros. La diosa se quedó con cuatro, que enganchó a su cuadriga; pero la quinta, por orden de Hera, se refugió en el monte Cerinia, y con el tiempo sirvió como prueba a Heracles. El animal estaba consagrado a Ártemis, y se dice que llevaba un collar con la inscripción: ""Taigeto me ha dedicado a Ártemis"" (Ver, Taigeto). Matarla, e incluso tocarla, era, por tanto, un acto impío. Esta cierva era muy veloz. Heracles la persiguió un año entero sin alcanzarla. Sin embargo, acabó fatigándose y buscó refugio en el monte Artemisio. Como Heracles porfiaba en su persecución, quiso atravesar el río Ladón, en Arcadia. En este momento, el héroe la hirió levemente con una flecha, después de lo cual le fue muy fácil apresarla y cargársela sobre sus hombros. Pero cuando atravesaba Arcadia, encontróse con Ártemis y Apolo; ambas divinidades quisieron quitarle el animal, que les pertenecía. Lo acusaron, además, de haber tratado de darle muerte, lo cual constituía un sacrilegio. Heracles se salió del apuro cargando la responsabilidad a Euristeo, hasta el extremo de que los dioses terminaron devolviéndole la cierva y autorizándolo a proseguir su camino. Píndaro da una versión mística de esta persecución. Según él, Heracles persiguió la cierva hacia el Norte, a través de Istria, el país de los Hiperbóreos, e incluso el de los Bienaventurados, donde Ártemis lo acogió benévolamente.
)o()o( LAS AVES DEL LAGO ESTINFALO )o(
Las aves que vivían en una espesa selva a orillas del lago Estinfalo, en Arcadia, habían huido en otro tiempo ante una invasión de lobos. Se habían multiplicado en proporciones extraordinarias, hasta el punto de convertirse en una plaga para los paises vecinos. Devoraban los frutos de los campos y destruían las cosechas. Por eso Euristeo ordenó a Heracles que acabase con ellas. La dificultad estaba en obligarlas a salir de su tupido bosque. Para conseguirlo, el héroe recurrió a unas castañuelas de bronce, que él mismo se fabricó o acaso le dio Atenea, elaboradas por Hefesto. El ruido de este instrumento las asustó, por lo cual abandonaron la espesura, y Heracles pudo derribarlas fácilmente a flechazos. Otras tradiciones presentan estos animales como aves de rapiña que devoraban incluso a las personas. O bien se decía que sus plumas eran de acero, agudísimas, y que las disparaban como flechas contra sus enemigos. Una interpretación evemerista del mito hace de estas aves las hijas del héroe Estinfalo, a las que Heracles mató porque se habían negado a darle hospitalidad, en tanto que acogían a sus enemigos los Moliónidas.
)o()o( LOS ESTABLOS DEL REY AUGIAS )o(
Augias era un rey de Élide, en el Peloponeso. Era hijo del Sol (Helio). Había heredado de su padre numerosos rebaños, pero no cuidaba de hacer quitar el estiércol que iba depositándose en los establos, quedando así el suelo privado de abonos y viéndose el país condenado a la esterilidad (Ver, Augias). Por orden de Euristeo, que quería humillar al héroe imponiéndole un trabajo servil, Heracles hubo de encargarse de limpiar estos establos. Antes de hacerlo, empero, estipuló con Augias un salario: según unos, el rey se comprometía, si Heracles lograba realizar la limpieza en un día, a entregarle parte de su reino; según otros, tenía que entregarle, en iguales condiciones, la décima parte de sus rebaños. Heracles consiguió realizar la proeza concentrando en el patio del establo, tras de desviarlos, el curso de dos ríos, el Alfeo y el Peneo; sin embargo, Augias le negó el salario convenido, llegando incluso a desterrar al héroe de su reino. Más tarde, éste hubo de emprender una guerra contra él (Ver más adelante). Según Apolodoro, Euristeo tampoco quiso contar este trabajo entre los diez que debía imponerle, arguyendo que Heracles había percibido (o por lo menos pedido) un salario por la limpieza de los establos y que, por consiguiente, había dejado de estar a su servicio aportando su prestación personal.
)o()o( EL TORO DE CRETA )o(
El toro de Creta es el animal que, según unos, había raptado a Europa por cuenta de Zeus, en la versión que no admite la metamorfosis del dios en toro, y, según otros, había sido amante de Pasífae. Finalmente, una tercera tradición lo presenta como un toro milagroso salido del mar un día en que Minos había prometido sacrificar a Posidón lo que apareciese en la superficie de las aguas. Pero Minos, al ver la belleza del toro, lo envió a sus rebaños, y sacrificó al dios otro menos precioso, de lo cual se vengó Posidón volviendo furioso al animal. Este animal, que, como algunos autores aseguran, lanzaba fuego por la nariz, era el que por orden de Euristeo Heracles había de traer vivo. El héroe pasó, pues, a Creta y pidió la ayuda de Minos; éste se la negó, pero lo autorizó a apresarlo a condición de hacerlo solo. Heracles capturó el toro y regresó con él a Grecia, tal vez incluso a nado, a lomos de la bestia, como cuando ésta había llevado a Europa, presentandolo a Euristeo, el cual quiso dedicarlo a Hera. Pero la diosa se negó a aceptar un presente ofrecido en nombre de Heracles y soltó a la bestia, que recorrió la Argólide, cruzó el istmo de Corinto y llegó al Ática (Ver Teseo y la leyenda del toro de Maratón).
)o()o( LAS YEGUAS DE DIOMEDES )o(
Diomedes era un rey de Tracia propietario de unas yeguas que se nutrían de carne humana. Eran cuatro, llamadas Podargo, Lampón, Janto y Deino (Ver, Diomedes). De las dos tradiciones relativas a esta leyenda, la más antigua es la que cuenta que Heracles partió solo para Tracia por vía terrestre y entregó a Diomedes a la voracidad de sus animales, después de lo cual, éstos, saciados, se dejaron conducir sin dificultad. La otra, más reciente, vincula la leyenda a la fundación de la ciudad de Abdera.
)o()o( EL CINTURÓN DE LA REINA HIPÓLITA )o(
A petición de Admete, hija de Euristeo (Ver, Admete), Heracles se dirigió al reino de las Amazonas a la conquista del cinturón de su reina, Hipólita. Este cinturón, se dice, era el del propio Ares, que lo había dado a Hipólita para simbolizar el poder que ella poseía sobre su pueblo. Heracles se embarcó con varios compañeros voluntarios en una sola nave, y, tras numerosas aventuras, llegó al puerto de Temiscira, que es el del país de las. Amazonas. Allí Hipólita consiente de buen grado en cederle su cinturón, pero Hera, disfrazada de amazona, suscita una disputa entre los hombres del séquito de Heracles y las amazonas. Se entabla una batalla campal, y Heracles, creyéndose traicionado, da muerte a Hipólita. Otras tradiciones cuentan, por el contrario, que se rompieron las hostilidades con el desembarco de Heracles y sus compañeros. Una de las amigas (o la hermana) de Hipólita, Melanipa, cayó prisionera en la acción y, para rescatarla, Hipólita concertó una tregua, en la que intercambiaba su cinturón contra la libertad de Melanipa. En el camino de retorno, Heracles se enfrentó aún con nuevas aventuras, especialmente en la costa troyana.
)o()o( LOS BUEYES DE GERIONES )o(
Geriones (Ver), hijo de Crisaor, poseía inmensas manadas de bueyes, que guardaba su pastor Euritión en la isla de Eritia. Euritión tenía como auxiliár al monstruoso perro Ortro, nacido de Tifón y Equidna (Ver). No lejos de allí, Menetes. el pastor de Hades, apacentaba los rebaños de este dios. La isla Eritia estaba situada en el Occidente extremo. Allí Euristeo envió a Heracles con la orden de traerle los preciosos bueyes. La primera dificultad estaba en cruzar el Océano, y, para resolverla, el héroe pidió prestada la ""copa del Sol"". Era ésta una gran copa en la que el Sol se embarcaba todas las noches, cuando había llegado al Océano, para regresar a su palacio situado en el Oriente del mundo (Ver, Helio). Pero el Sol no se la cedió espontáneamente. Mientras el héroe atravesaba el desierto de Libia, el calor solar lo había incomodado hasta tal extremo que había amenazado al astro con dispararle sus flechas. Éste le había pedido que no lo hiciese, y Heracles había accedido a condición de que el otro le prestase su ""copa"" para cruzar el Océano hasta Eritia. El Sol aceptó el trato. Luego, una vez embarcado, el héroe hubo de amenazar al dios Océano con sus flechas, quien, para ponerlo a prueba, lo sacudía con cierta rudeza sobre las olas. Océano tuvo miedo, y la travesía fue tranquila en lo sucesivo, hasta la llegada a Eritia. Allí lo vio el perro Ortro y se lanzó contra él, pero fue abatido de un mazazo por Heracles. Otro tanto le ocurrió al boyero Euritión, que había acudido en auxilio de su perro. Luego partió con los bueyes. Menetes, el pastor, de Hades, testigo presencial de la escena, corrió a avisar a Geriones, quien se presentó al momento, dio alcance a Heracles en las márgenes del río Ántemo y le atacó, pero no tardó en caer bajo las flechas del héroe. Entonces éste embarcó los animales en la copa del Sol y puso proa a la orilla opuesta del Océano, a Tartesos. En el curso del viaje de regreso de Heracles a Grecia con su rebaño se sitúan la mayoría de las aventuras que se le atribuyen en el Occidente mediterráneo. Cuéntase que ya en el viaje de ida, había librado a Libia de gran número de monstruos, y que, en recuerdo de su paso por Tartesos, había erigido dos columnas, una a cada lado del estrecho que separa Libia de Europa: las Columnas de Hércules (el Peñón de Gibraltar y el de Ceuta). Durante el viaje de retorno, el héroe se vio atacado por numerosos bandoleros, que trataron de robarle su rebaño. Contrariamente a su viaje de ida, que fue por el Sur y la costa líbica, regresó ahora por el Norte, contorneando las costas de España y luego las de Galia, Italia y Sicilia, antes de reintegrarse a Grecia. En efecto, esta ruta se hallaba jalonada por santuarios heracleos, a los que estaban vinculadas leyendas locales que se insertaron, más o menos verosímilmente, en el episodio de los bueyes de Geriones. Primeramente se vio atacado, en Liguria, por gran número de indígenas belicosos, hasta el punto de que, después de haber producido una verdadera carnicería con sus flechas, se encontró falto de municiones. Como el suelo se hallaba desprovisto de piedras, Heracles, ante el peligro de verse inerme, dirigió una plegaria a Zeus, quien hizo caer del cielo una lluvia de piedras. Inmediatamente, Heracles, apoderándose de estos proyectiles, puso en fuga al enemigo. Esta hazaña se sitúa en la llanura de la Crau, entre Marsella y el Valle del Ródano (Ver, Ligis). Asimismo, en Liguria, dos bandidos, hijos de Posidón, Alebión y Dercino, pretendieron despojarlo de su botín, pero los mató. Luego prosiguió su camino a través de Tirrenia (Etruria). Al atravesar el lacio, en el mismo lugar donde más tarde se levantaría Roma, hubo de batirse contra Caco para defender sus rebaños (Ver, Caco), y recibió hospitalidad de Evandro (Ver). Pero estas leyendas se relacionan más bien con el Hércules latino que con el Heracles griego (Ver, Hércules). En Regio (Calabria), uno de sus toros escapó, franqueando a nado el estrecho que separa Italia de Sicilia, y, según se afirma, Italia le debe su nombre (de la palabra latina ""uitulus"", que significa becerro). Este toro que había escapado de tal modo, llegó al llano de Érix, al país de los élimos, cuyo rey era a la sazón Érix, epónimo de la ciudad. Éste quiso apoderarse del animal fugitivo, pero terminó muriendo a manos de Heracles (Ver, Érix), mientras Hefesto quedaba. encargado de la guarda del resto del rebaño (Ver, Crotón, Lacinio). Una vez en la ribera helénica del mar Jónico, el rebaño fue atacado por unos tábanos enviados por Hera, lo cual volvió a los animales furiosos. Dispersáronse por los contrafuertes de las montañas de Tracia, y Heracles los persiguió sin que pudiese dar alcance más que a una parte: el resto quedó en estado salvaje, dando origen a las manadas que erraban por los llanos de Escitia. Heracles, cuya persecución se vio estorbada por el rio Estrimón, maldijo a éste y llenó su cauce de rocas, de manera que el río, hasta entonces navegable, convirtióse en un torrente intransitable. Finalmente, al término del viaje, Heracles presentó a Euristeo lo que quedaba del rebaño, y éste lo sacrificó a Hera. Los autores han transmitido ciertos episodios aberrantes de esta leyenda del regreso de Heracles: El héroe habría tomado una ruta aún más septentrional, y habría atravesado los países celtas, incluso la Reino Unido (Ver, Pirene, Celto, a quien engendró con Celtine; Gálata, Equidna, el monstruo de Escitia). Estas leyendas se han ido desarrollando a medida que, en un mundo cada día mejor conocido, los viajeros y mercaderes helenos se encontraban con héroes y dioses locales que asimilaban a Heracles lo mejor posible.
)o()o( EL CAN CERBERO )o(
El undécimo trabajo impuesto a Heracles por Euristeo consistió en enviarle a los Infiernos con la orden de que le trajese de allí el perro Cerbero (Ver). Heracles, pese a su valor, no habría podido salir con bien de esta empresa, si, por mandato de Zeus, no le hubiesen ayudado Hermes y Atenea. Ante todo, se hizo iniciar en los misterios de Eleusis, que enseñaban precisamente a los creyentes la manera de llegar con plena seguridad al otro mundo después de la muerte. Según la tradición más generalmente admitida, Heracles, para bajar a los Infiernos, tomó el camino del Ténaro. Pero los habitantes de Heraclea del Ponto pretendían que había descendido y regresado por una misma boca: la Boca del Infierno, situada cerca de su ciudad. Al verlo llegar a su reino, los muertos sintieron miedo y huyeron; sólo dos le aguardaron: la Gorgona Medusa y el héroe Meleagro. Heracles desenvainó la espada para acometer a la primera, pero Hermes, que le guiaba, le advirtió que era sólo una sombra vana. Contra Meleagro tesó el arco, pero él se le acercó y le relató su fin en términos tan conmovedores que Heracles no pudo contener las lágrimas (Ver, Meleagro). Preguntóle si le quedaba alguna hermana; Meleagro le contestó que Deyanira aún vivía, y el héroe le prometió casarse con ella. Más allá encontró a Teseo y Pirítoo, que estaban vivos, pero a quienes Hades tenía encadenados por haber llegado hasta su mansión para llevarse a Perséfone (Ver, Teseo, Pirítoo). Heracles, con permiso de Perséfone, libertó a Teseo, mas Pirítoo hubo de quedarse en los infiernos, como castigo a su audacia. A continuación, el héroe dio libertad a Ascálafo, quien, desde que cometió su falta (Ver), permanecía aprisionado por un enorme bloque. Cierto es que Deméter lo transformó pronto en lechuza, con lo cual varió su suplicio. Para dar sangre a los muertos, que, mediante libaciones sangrientas, pueden recuperar un poco de vida, Heracles ideó sacrificar algunos animales sacados de los rebaños de Hades. Al verlo, el pastor Menetes trató de oponerse, pero Heracles lo agarró por la cintura y le quebró varias costillas, y lo habría matado de no interceder Perséfone por él. Finalmente, Heracles llegó a presencia de Hades y le pidió autorización para llevarse a Cerbero. El dios accedió, pero con la condición de que había de dominar al animal sin recurrir a sus armas habituales, revestido simplemente con su coraza y su piel de león. El héroe atacó a Cerbero, lo agarró por el cuello y, a pesar de que el rabo del perro, que acababa en una especie de dardo como el de un escorpión, le picó repetidas veces, no soltó la presa hasta que la tuvo dominada. Subió luego a la tierra con su botín, saliendo por la boca del Infierno situada en Trecén. Al ver a Cerbero, Euristeo experimentó tal terror que corrió a ocultarse en su jarra, su habitual refugio. No sabiendo qué hacer con el perro, Heracles lo devolvió a su dueño, Hades. Una leyenda de Olimpia contaba que Heracles había traído del Infierno el álamo blanco, la única madera de que estaba permitido servirse para los sacrificios ofrecidos a Zeus de Olimpia. Existía una interpretación evemerista de la leyenda de Cerbero: Éste, junto con Ortro, habría sido uno de los perros guardianes de los rebaños de Geriones. Heracles habría matado a Ortro, pero se habría llevado consigo a Cerbero, entregándolo a Euristeo. Sin embargo, un vecino de éste, llamado Molotos, había robado el perro, encerrándolo en una cueva de la montaña con varias perras, para lograr que se reprodujese. Entonces Euristeo había encargado a Heracles que le buscase su perro. El héroe recorrió todo el Peloponeso, hasta encontrar el can, que devolvió finalmente a su amo.
)o()o( LAS MANZANAS DE ORO DE LAS HESPÉRIDES )o(
Cuando la boda de Hera con Zeus, la Tierra, Gea, había dado a la diosa, como presente nupcial, unas manzanas de oro, que Hera encontró maravillosas, hasta el punto de haberlas mandado plantar en su jardín de las inmediaciones del monte Atlas. Como las hijas de Atlante solían ir a saquear este jardín, la diosa había confiado la custodia de las manzanas y el árbol maravilloso que las producía a un dragón inmortal de cien cabezas, nacido de Tifón y Equidna. Asimismo, había colocado como guardianas a tres ninfas del atardecer, las Hespérides, llamadas Egle, Eritia y Hesperaretusa, es decir, la ""Resplandeciente"", la ""Roja"" y ""la Aretusa de Poniente"", nombres que recuerdan los matices del cielo cuando el Sol va hacia el ocaso (Ver, Hespérides). Éstas eran las manzanas de oro que Euristeo ordenó a Heracles le trajese. El Jardín de las Hespérides se ubica ya al oeste de Libia, ya al pie del Atlas, ya en el país de los Hiperboreos. La primera preocupación de Heracles fue la de informarse del camino que conducia al país de las Hespérides. Para ello partió en dirección Norte, a través de Macedonia. Primero se encontró con Cicno, hijo de Ares, al que derrotó en las márgenes del Equedoro (Ver, Cicno). Adentróse luego en Iliria, hasta las orillas del Erídano, donde le salieron al paso las ninfas del río, hijas de Temis y Zeus, que vivían en una caverna. A las preguntas del héroe, ellas contestaron que sólo el dios marino Nereo podría informarle sobre el país que buscaba. Lo llevaron ante Nereo mientras éste dormía, y, aunque el dios adoptó toda clase de formas, Heracles lo amarró sólidamente y no consintió en soltarlo hasta que le hubo revelado el lugar donde se hallaba el Jardín de las Hespérides. Desde este momento, el itinerario del héroe se hace poco inteligible. Apolodoro cuenta que desde las orillas del Erídano pasó a Libia es decir, el norte de África, donde se batió con el gigante Anteo (Ver). Recorrió luego Egipto, donde estuvo a punto de ser sacrificado por Busiris (Ver). De allí pasó al Asia y luego a Arabia, donde dio muerte a Ematión, hijo de Titono. Después marchó a través de Libia, hasta el ""Mar Exterior"". Allí se embarcó en la ""copa del Sol"", para abordar, en la ribera opuesta, al pie del Cáucaso. Durante la ascensión de esta montaña, liberó a Prometeo, cuyo hígado devoraba un águila y se regeneraba al momento (Ver, Prometeo). Agradecido, el gigante le aconsejó que no cogiera por su propia mano las manzanas maravillosas, y que encomendara esta misión a Atlante. Heracles prosiguió su camino y llegó finalmente al país de los Hiperbóreos. Fue al encuentro del gigante Atlante, que sostenía el Cielo sobre sus hombros, y le ofreció aliviarlo de su carga el tiempo que necesitara para ir a recoger tres manzanas de oro en el Jardín de las Hespérides que se hallaba contiguo. Atlante asintió de buen grado; pero, a su regreso, declaró a Heracles que él mismo llevaría los frutos a Euristeo, y entretanto el héroe seguiría sosteniendo la bóveda celeste. Éste simuló consentir en ello; sólo pidió a Atlante que lo descargase por un momento, el tiempo necesario para ponerse una almohada en los hombros. El gigante aceptó sin recelo, pero Heracles tan pronto se vio libre, cogió las manzanas que Atlante había dejado en el suelo y emprendió la fuga. Según otras tradiciones, Heracles no necesitó la ayuda de Atlante; mató al dragón de las Hespérides, o lo durmió, y se apoderó de los áureos frutos. También se cuenta que, desesperadas por haber perdido las manzanas cuya custodia tenían confiada, las Hespérides se transformaron en árboles: un olmo, un sauce y un álamo, a cuya sombra se refugiaron más tarde los Argonautas. El dragón fue transportado al cielo, donde se convirtió en constelación: la Serpiente. Sea de ello lo que fuere, Heracles, una vez en posesión de las manzanas de oro, las llevó fielmente a Euristeo. Pero éste, cuando las tuvo en sus manos, no supo qué hacer con ellas y las devolvió al héroe, quien las ofreció a Atenea. La diosa las restituyó al Jardín de las Hespérides, pues la ley divina prohibía que aquellos frutos estuviesen en otro lugar que no fuese en el Jardín de los dioses.
)o( Sigue en el registro Heracles 2, con Expediciones de Heracles )o(