La honda era ya conocida en el Próximo Oriente al menos desde hace unos nueve o diez mil años, al comienzo del Neolítico, y es probable que su uso se remonte aún más atrás en el tiempo. Desde la antigüedad, se conoce prácticamente en todas las regiones habitadas por el hombre. Su estructura es la simplicidad misma, pero la habilidad en su empleo requiere una práctica constante, a ser posible desde la infancia, como recuerdan a menudo las fuentes clásicas. Tradicionalmente, ha sido en el Mediterráneo un arma de pastores, un utensilio sencillo y barato, pero eficaz para cazar y ahuyentar predadores cuadrúpedos o bípedos. Arma pobre, que sólo requiere un trozo de cuero y una piedra, no puede imaginarse nada más alejado de la panoplia completa de un guerrero aristocrático protegido por casco, coraza, grebas y escudo, y armado con espada y lanza. Es la vieja historia del noble bien armado y protegido, preparado para el combate cuerpo a cuerpo, y la del despreciado pelagatos que, desprovisto de costosas armaduras con que protegerse, había de recurrir a las armas arrojadizas: jabalinas, flechas, hondas o simples piedras arrojadas con la mano. Armas, a menudo despreciadas, pero cuya utilidad llevó a su adopción creciente por los ejércitos. Aunque los relieves de Nínive prueban la existencia de grupos de honderos ya entre los asirios, fue entre los ejércitos de la antigüedad clásica cuando se formaron unidades muy especializadas, integradas por mercenarios procedentes de regiones concretas, normalmente pobres y agrestes, donde la honda era empleada por sus habitantes desde la más tierna infancia. Así, fueron famosas en el Mediterráneo antiguo las pequeñas unidades de honderos rodios, que combatieron al servicio de diferentes Estados griegos; y, en el otro extremo, las de honderos baleares, que rindieron señalados servicios a los cartagineses. Tal fama alcanzaron que algunas fuentes antiguas, como Servio Gramático, les atribuyen su invención y Timeo afirmaba (sin base alguna) que el propio nombre de Baleares deriva del verbo griego balein, arrojar. En su Anábasis (el relato de la retirada de un contingente de diez mil hoplitas mercenarios griegos abandonados a su suerte en el corazón de Persia en 401 a.C.), Jenofonte ofrece una interesante anécdota sobre la eficacia de la honda. En los primeros días de marcha, el ejército griego, hostigado por los arqueros persas, apenas si lograba avanzar; entonces a Jenofonte se le ocurrió la inusitada idea de extraer, de entre los pesadamente armados hoplitas, a quienes supieran trenzar y manejar la honda y crear así, de la nada, un contingente de doscientos rodios (honderos natos) capaces de competir con los arqueros persas, e incluso de superarles. Según Jenofonte, las hondas y arcos persas tenían más alcance que los arcos cretenses, pero que a su vez las balas de plomo (que los rodios podían fabricar fácilmente "liberando" metal de los poblados que atravesaban) tenían mucho más alcance que las piedras "del tamaño de una mano" de los honderos persas. La honda consta de una tira de cuero o tela, o a menudo de lana o junco trenzado, de longitud variable, con un ensanchamiento central para alojar el proyectil. Un extremo se anuda formando un anillo que se sujeta a cualquiera de los dedos de la mano del lanzador, mientras que el otro libre, se sujeta entre el pulgar y el índice. El hondero, tras colocar el proyectil en el seno de la honda, da tres o cuatro rápidas vueltas a la misma (aunque Vegecio recomienda sólo una, para agilizar el juego), usando más la muñeca que el hombro, y luego suelta el extremo libre. Una variante de la honda era el fustíbalo, honda sujeta a ún palo largo que se sujetaba con las dos manos. Desde la remota antigüedad se emplearon fundamentalmente dos tipos de proyectiles: cantos rodados o piedras someramente pulidas y proyectiles de arcilla cocidos o sin cocer, fabricados sin desgrasantes y, por tanto, de una materia más densa que la de la cerámica cocida. Su forma solía ser esférica u ovoide y los tamaños oscilaban entre los tres y ocho centímetros en su eje mayor. A partir del siglo V a.C., se fueron imponiendo en Grecia, y luego en el resto del Mediterráneo, los proyectiles de plomo, un material mucho más denso y fácil de fundir a 327 ºC. Además, las glandes de plomo (así llamadas en los textos latinos por su semejanza con las bellotas) se podían fabricar con pesos estandarizados, facilitando el trabajo de los honderos para calcular alcance, trayectoria, puntería y potencia (Tito Livio). La mayoría de las glandes de plomo, en el mundo griego tanto como en el romano, adoptaba una forma bicónica o almendrada, oscilando entre los treinta y los ochenta gramos de peso, aunque Diodoro afirma que los baleares usaban en 311 a.C. piedras de hasta una mina, unos 400 gramos. Ocasionalmente, podían calentarse al rojo para su uso como proyectiles incendiarios, según cuenta César que hicieron sus enemigos galos. Exactamente igual que en la moderna aviación suelen escribirse grafitos sobre las bombas, con mensajes de carácter insultante o burlesco dirigidos al enemigo, las bolas de arcilla y las glandes de plomo antiguas (púnicas, griegas, romanas e incluso ibéricas) a menudo presentan inscripciones en relieve (creadas por tanto en los moldes) con diversos mensajes. Hay glandes de honda con inscripciones que tienen un carácter oficial e incluso claramente propagandístico, sobre todo en el mundo romano. Éstas iban desde el dibujo de los rayos de Júpiter o el numeral de la legión a la que pertenecía la unidad de honderos, hasta el nombre del general del ejército o incluso mensajes ideológicamente más complejos, como Q. Sertor. Procos/ Pietas, que alude a la pietas del procónsul Quinto Sertorio en su lucha hispana contra el Senado romano. Otro caso es el de proyectiles que se empleaban en asedios para enviar mensajes, incluso cifrados, bien documentados por las fuentes que narran las guerras civiles del final de la República romana. El debate sobre el alcance de la honda y su comparación con los diversos tipos de arco lleva décadas sin hallar una solución satisfactoria, dadas las contradicciones de las fuentes antiguas e, incluso, de los resultados de los experimentos modernos. Pero, sobre todo, por la dificultad que entraña distinguir entre alcance máximo y efectivo por parte de individuos entrenados en condiciones de paz, y entre los mismos valores en condiciones de batalla por unidades completas. Con todo, parece claro que el alcance de la honda en manos de tropas experimentadas superaba al del arco simple, e incluso al del compuesto. Un individuo en un campo de tiro podía lanzar una glande a trescientos cincuenta metros o más. El disparo efectivo a distancias en la horquilla de los 200-300 metros era posible para unidades especializadas en buenas condiciones climáticas; sin embargo, el alcance en combate debía oscilar más bien entre 50-200 metros, con diferente efectividad según la protección del enemigo. César (Guerra civil 3, 62-63) cuenta que los soldados de Pompeyo se ponían protecciones de mimbre sobre sus cascos metálicos para amortiguar los contundentes golpes de las hondas, lo que, si bien debía resultar algo cómico, no dejaría de ser efectivo. Aparte de su alcance, la honda tiene varias ventajas sobre el arco: en caso necesario, casi cualquier piedra puede servir como proyectil; incluso el plomo fundido se puede verter en agujeros hechos en el suelo con un dedo para obtener glandes en pocos segundos. Además, Onasandro recuerda que los proyectiles de honda no se ven venir, y por tanto tampoco esquivar o detener con un escudo. Por último, las heridas de honda eran por lo general más peligrosas que las de flecha. Entre sus desventajas, se cuenta el largo período de entrenamiento que se requiere para formar a un buen hondero, mayor incluso que el del arquero, y en consecuencia, el pequeño tamaño de las unidades especializadas. La modesta honda fue también empleada durante la Edad Media, aunque la creciente protección de los guerreros con armaduras metálicas de placas hizo disminuir gradualmente su eficacia. Sin embargo, alcanzó cierta resurrección en los asedios de la Edad de la Pólvora, cuando fue a veces empleada para arrojar explosivos a distancias mucho mayores que las que permitía el brazo.