(121-180). Marco Annius Catilius Severus, después Marcus Aurelius Antoninus (Imperator Caesar Marcus Aurelius Antoninus Augustus), hijo de Marco Annius Verus, nacido el 26 de abril del 121 en Roma. Murió en Vindobona (hoy, Viena) el 17 de marzo del 180. Entre esas dos fechas, interdistantes casi sesenta años, y esos dos escenarios geográficos, una acomodada mansión patricia en la metrópolis imperial y, al otro lado, un campamento militar en la turbulenta frontera danubiana, está enmarcada la vida de este extraño personaje, filósofo y emperador. Estuvo al frente del Imperio Romano veinte años y fue un gran gobernante, el último emperador de lo que historiadores próximos consideraron como la Edad de Oro del Imperio. En su formación, Marco Aurelio podía distinguir tres influencias graduales: la amable atención de su abuelo Vero en su niñez; la constante preocupación de su madre y, tras ella, de su bisabuelo L. Catilio Severo, por su educación intelectual; y luego, la de la presencia ejemplar de su padre adoptivo, T. Aurelio Antonino. Marco Aurelio expresa su admiración sin reservas por su antecesor en el trono, Antonino Pío, al dedicarle el capítulo más largo y detallado de sus recuerdos. Antonino, casado con Ania Faustina, hermana única del padre de Marco Aurelio, fue, por tanto, tío político, padre adoptivo (desde 138) y suegro (desde 145) de su sucesor, y antes, colaborador asiduo en el trono imperial. A los diecisiete años es designado futuro emperador. La educación juvenil de Marco Aurelio fue muy esmerada, con los mejores maestros particulares. Sus preceptores fueron Diogneto, Rústico, Apolonio, Sexto, Alejandro el Gramático, Frontón, Alejandro el Platónico, Catulo, Severo, Máximo. La familia de su padre era de origen hispano, al igual que la de Adriano. Heredó de su madre Domicia Lucila, una gran fábrica de tejas cerca de Roma. Llamó muy pronto la atención de Adriano, que lo apodó Verissimus (el más verdadero), la forma superlativa de su nombre, Vero. En el 136, con quince años, Marco Aurelio fue prometido por Adriano a Elia, la hija de Lucio Elio, a quien había nombrado su heredero. Tras la muerte de Lucio Elio, el 1 de enero del 138, Adriano hizo que Antonino, ahora su hijo adoptivo y heredero, adoptara a Marco Aurelio junto con Lucio Elio, su futuro cuñado. Marco Aurelio fue conocido entonces como M. Elio Aurelio Vero César, y Lucio Elio, como L. Elio Vero. De hecho, Antonino casó a Marco Aurelio con su hija Faustina la joven en el 145. Antonino había promocionado a Marco Aurelio al consulado como su colega en el 140, y cuando Faustina dio a luz a una hija en el 146, Marco Aurelio recibió el poder tribunicio y el mando proconsular: de los dos hijos adoptivos del emperador, Marco Aurelio, diez años mayor, detentaba claramente un rango superior. Marco Aurelio mantuvo una muy estrecha y feliz relación con Antonino. Cuando, tras la muerte de Antonino, en marzo del 161, Marco Aurelio se convirtió en emperador, con el nombre de Marco Aurelio Antonino, pidió al Senado que designara a su hermano adoptivo su socio e igual en el poder. Lucio estaba prometido con la hija de Marco Aurelio, Lucila, que tenía entonces quince años. En 161, a la muerte de Antonino Pío, Marco Aurelio heredó el cargo de Emperador. Así estaba previsto desde mucho atrás, por obra y gracia de Adriano. Ahora tomó el nombre de Marcus Aurelius Antoninus, definitivamente. Tenía cuarenta años. Había ocupado las más altas magistraturas: aquel año desempeñaba su tercer consulado. Como su antecesor, no había luchado por el poder. Aquel año, su esposa Faustina dio a luz una hermosa pareja de gemelos, uno de los cuales moriría a los pocos años. El otro, el único varón superviviente de su descendencia, sería el sucesor de Marco Aurelio: Cómodo, una calamidad para el futuro del Imperio. El primer acto importante del Emperador fue asociar, como colega en el trono, con sus mismos títulos, a Lucio Aurelio Vero. Este coemperador, unos diez años más joven que él, era hijo de L. Ceionio Cómodo, el malogrado César que Adriano designara en el 138 como candidato al trono. Luego, Antonino Pío había adoptado al joven Lucio, junto con Marco Aurelio. Esta corregencia o diarquía había sido diseñada por Adriano. Ambos compartieron durante varios años casi los mismos honores imperiales en un contexto que las leyendas monetales saludan como concordia augustorum. Pero es notoria su diferente formación. En efecto, aunque descendiente de familia senatorial de origen hispano, Marco, el después llamado "emperador-filósofo", había recibido una cuidada educación en las artes oratorias y las corrientes de pensamiento de la época. Lucio, en cambio, se había preocupado más de su preparación física. Ninguno de ellos, sin embargo, había tenido experiencia militar, problema que intentaría paliarse con el asesoramiento de expertos generales. El largo reinado de Marco Aurelio estuvo lleno de tribulaciones desde sus comienzos, enfrentándose con los problemas que Antonino no hizo nada por solucionar. Primero fue la guerra en Oriente: los partos invadieron Armenia en 162, bajo Vologeses III. Lucio Vero fue enviado con un fuerte ejército en el 162 para solucionar la situación. Vero procedió a ello lentamente, llegando allí en el 163, pero Estacio Prisco ya había recuperado Armenia, y Avidio Casio, para asegurar la frontera de Siria, había invadido Mesopotamia, que se sometió a la influencia romana: se instaló una guarnición romana en Carras. De este modo, Casio, que nominalmente estaba bajo el mando de L. Vero, había conseguido una útil consolidación de las fronteras orientales. En el 165, Vero regresó con sus tropas a Italia, pero sus hombres ya se habían infectado de la peste más destructiva que sufrió nunca la antigua Roma. Más tarde, los bárbaros del limes danubiano, inquietos ya desde años atrás, invadieron la Retia, la Nórica y la Pannonia, y llegaron amenazadores a las puertas mismas de Aquilea (166). El emperador actuó con decisión, reclutando rápidamente dos nuevas legiones de entre todas las clases, incluidos gladiadores y esclavos, y liberó a Italia de la amenaza. La situación económica es crítica, y Marco Aurelio se ve obligado a condonar impuestos y a vender todos los objetos de lujo de su propiedad, los tesoros del palacio imperial, en pública subasta, para hacer frente a los gastos de la campaña. Al regresar a Roma, en el 169, muere repentinamente Lucio Vero de un ataque de apoplejía, fortaleciéndose la autoridad de Marco Aurelio. De nuevo los bárbaros del noreste invaden las fronteras, y Marco Aurelio debe emprender una guerra a fondo contra esas tribus belicosas. Contra los marcomanos, los cuados, los sármatas y los yáziges, combates interminables en dos largos períodos (de 169 a 175 y de 177 a 180) ocupan a Marco Aurelio, de natural sedentario y pacífico, convertido por las urgencias del mando en un emperador viajero y militar. Cuando en el 175 parece haber obtenido la victoria, mientras trata de organizar las nuevas provincias de Marcomania y Sarmacia, llega de Oriente una terrible noticia: Avidio Casio se ha proclamado emperador en Siria. Por fortuna para Marco Aurelio, que se preparaba a combatirle, sus propios soldados asesinaron a este duro y ambicioso soldado a los tres meses de su rebelión, y le trajeron la cabeza del usurpador. Aunque el peligro remitía con ello, la tentativa era un golpe brutal para la confianza del emperador. Marco Aurelio perdona a los conjurados y prefiere silenciar los nombres de los comprometidos en este complot, ordenando destruir las pruebas del mismo. Se dirige a Oriente, visitando Antioquía, Alejandría y llegando hasta Tarso. En el camino de vuelta muere su mujer (en Halala, luego Faustinópolis, en el 176). En septiembre del mismo año 176, Marco Aurelio visita Atenas, donde funda cuatro cátedras de filosofía (una para cada una de las grandes escuelas: la platónica, la aristotélica, la epicúrea y la estoica) y se inicia en los misterios de Eleusis. A su regreso, Marco Aurelio obtuvo una acogida triunfal en Roma. En el 177, Marco Aurelio tomó medidas acerca de su sucesión, rompiendo con la feliz tradición de nombrar al mejor hombre por medio de la adopción y asociando a su hijo Cómodo al trono: le concedió los títulos de césar y augusto y los poderes del emperador. Dos sucesos importantes de la misma época fueron la reapertura de hostilidades en el limes y la matanza de cristianos en Lyón. La represión del cristianismo, conducida con rigor feroz en algunas provincias, es un hecho sorprendente de la política de este emperador filósofo y humanitario. (Tanto más, al parangonarla con su indulgencia para con otros cultos, por ejemplo, con las prácticas de Alejandro de Abonutico). Muchos son los que han considerado extraña esta intransigencia oficial contra una secta ilegal, pero tolerada por los emperadores anteriores, desde la época de Nerva. Marco Aurelio había recibido algunas apologías del cristianismo, como las de Atenágoras y Justino (condenado a muerte en Roma en el 165, cuando Rústico, el estoico, era prefecto de la ciudad). No sabemos si las leyó. La única referencia a los cristianos en sus apuntes, habla de su desprecio de la muerte por mera obstinación. La oposición del estoico a la secta cristiana, que tiene en esta época y los decenios siguientes una escandalosa difusión, con progresiva propaganda en los altos círculos, es sintomática. Al parecer, Marco Aurelio consideraba a los cristianos una secta de fanáticos, necrófilos y extravagantes enemigos del Estado. Por ello, cedió a la excitación popular, soliviantada en circunstancias penosas, en los sucesos crueles de la Galia Lugdunense en el 177. En el 178 se traslada de nuevo al frente del Danubio. Se repiten las marchas, los combates, las victorias cruentas. Y, al fin, el 17 de marzo del 180, la peste da muerte al emperador en Vindobona (Viena), tras siete días de agonía. Es deificado a su muerte. Herodiano da cuenta de su último discurso oficial, en el que confía el mando a su hijo Cómodo y se despide de sus generales estoicamente. Poco más tarde, Cómodo, hastiado de la guerra, firmará con los bárbaros una paz vergonzante y regresará a Roma para escandalizar al Senado con sus caprichos y excesos.
Por una ironía del destino, Marco Aurelio pasó la mayor parte de su gobierno empeñado en esas guerras interminables contra los bárbaros. Ouien había recibido tan esmerada educación intelectual se vio envejecer en los frentes de campañas, en aquellos combates para los que nadie le había adiestrado. Tras un largo periodo de paz, las convulsiones de los partos y de los germanos, preludio amenazador de las futuras invasiones que descuartizarán el Imperio Romano, le obligaron a asumir ese papel militar. Recibió los títulos de Armeniacus, Medicus, Parthicus, Germanicus y Sarmaticus por las victorias de las tropas, él que prefería otros títulos más sencillos. Supo continuar la labor jurídica de Antonino Pío. Como él, trabajó asiduamente en la organización de los servicios públicos. Hizo redactar alrededor de 300 textos legales, de los cuales más de la mitad tienden a mejorar la condición de los esclavos, de las mujeres y de los niños. Mejoró el sistema judicial en Italia nombrando jueces de distrito. Nombró oficiales permanentes para supervisar la distribución de comida, el erario y el cuidado de los niños: los niños nacidos libres debían ser registrados. El servicio civil trabajó sin dificultades y apaciblemente, y se respetó al Senado concediéndosele la posibilidad de tomar la iniciativa. Pero las largas guerras y la peste causaron un descenso de población y el declive económico del imperio: las quiebras se convirtieron en un serio problema y se llegó al estancamiento y a la recesión económica. Habían pasado ya más de 200 años desde que Augusto fundase el principado y proporcionase a Roma un gobierno fuerte. El año 180 marca el final de la "segunda serie" de gobernantes muy beneficiosos y eficaces que había comenzado con Nerva y Trajano. Este fue el período más estable en la larga historia de Roma. Estaba por llegar una monarquía más despótica y una caótica y peligrosa pérdida del control en el siglo siguiente. Marco Aurelio es el único de los emperadores romanos que dejó escritos que aún hoy son influyentes. Sus Cartas a Frontón no aportan gran cosa; sin embargo, las Meditaciones siguen siendo un monumento a sus virtudes. Tienen la apariencia de anotaciones tomadas durante sus campañas, puestas al día, sin cambios sustanciales, tras su muerte. Aunque el pensamiento que expresan no es original, su mensaje es a menudo profundo y poderoso, con una gran deuda con la filosofía estoica, en la que Marco Aurelio creía fervientemente, tal y como había sido reformada por la obra de Posidonio. En algunos bustos, de varia época, en algunos excelentes relieves de su Columna y de su Arco de Triunfo (reliquias de esta construcción, hoy destruida) y en su broncínea estatua ecuestre (hoy en la colina del Capitolio), se puede ver la fisonomía del emperador. La imagen mejor es la de la gran estatua de bronce (conservada tal vez porque los cristianos la respetaron al creerla de Constantino). Marco Aurelio avanza con solemnidad. Cubierto de su armadura, como imperator, con la mano alzada en un gesto dominante y pacificador. El rostro barbado le da la prestancia de un viejo filósofo. La mirada serena se adivina perdida a lo lejos, sobrepasando la escena inmediata, ensimismado tal vez. Sus representaciones confirman su actitud, y esa voluntad romana y estoica de cumplir con el deber asignado por la divinidad. En su caso, el de luchar por el Imperio, amenazado interiormente por su anquilosada estructura social y sus agravadas crisis económicas, y en el exterior, por las presiones de los bárbaros. "El arte de vivir, escribe Marco Aurelio, se acerca más al de la lucha que al de la danza".