No solamente había divinidades que presidían sus aguas. Ella misma era una gran divinidad personificada bajo el nombre de Océano, a la cual se hacían frecuentes libaciones. Cuando los Argonautas estuvieron para hacerse a la vela, Jasón ordenó un sacrificio solemne, y cada uno se apresuró a satisfacer sus designios. Se erigió un altar en la playa y después de las oblaciones ordinarias, el sacerdote derramó encima del altar flor de harina mezclada con miel y aceite, inmoló dos bueyes a los dioses del mar y les rogó que les fuesen favorables durante su navegación. Este culto estaba fundado en la utilidad que se sacaba de él, y en las maravillas que se veían en el mar: la incorruptibilidad de sus aguas, su flujo y reflujo, la variedad y magnitud de los monstruos que cría, todo esto producía la adoración de los dioses que se suponía gobernaban este elemento. El sacrificio que se ofrecía al mar, es decir al Océano y a Neptuno, para reconocer su soberano poder sobre las olas, consistía, según Homero, cuando estaba agitado, en un toro negro, así que a la tempestad, y al lago Averno, como dice Festo. Cuando el mar estaba en calma se le sacrificaba, según el mismo poeta, un cordero o un puerco. Sin embargo, Virgilio dice que el toro era la víctima que por lo regular se inmolaba a los dioses del mar. Algunas veces se le ofrecían sacrificios de caballos; siendo testigo Mistríades, que para hacérselo favorable, hizo precipitar en él carros uncidos con cuatro caballos. Cuando el sacrificio se hacía en las orillas del mar, se acostumbraba a recoger la sangre en vasos, la cual se derramaba en seguida, recitando las oraciones convenientes. Si el sacrificio se celebraba a bordo de alguna nave, se dejaba caer al mar la sangre de la víctima, como lo observa Apolonio de Rodas. Virgilio añade a esta ceremonia la de arrojar a las aguas las entrañas de la víctima, haciendo libaciones de vino; y así, según Tito Livio, lo hizo Escipión al partir de Sicilia para África. Pero el sacrificio que Cirene hizo al Océano, en medio del palacio de Peneo, en la fuente de este río, derramó el vino, tres veces seguidas, en la llama del fuego que ardía sobre el altar. Se derramaba también incienso, en estos sacrificios, acompañado siempre de votos y oraciones. En los mismos sacrificios se ofrecían también diferentes especies de frutos. En la columna Trajana se ve una pirámide, representada sobre el altar, delante de la cual el emperador, con una fuente en la mano, hace degollar un toro a bordo de su nave. Sin embargo, Justino nos dice que Alejandro el Grande, de vuelta de sus expediciones, queriendo granjearse el favor del Océano, se contentó con hacerle libaciones, sin ningún sacrificio; y según refiere Tucídides, Alcibíades, Nicias y Lárnaco, generales de la armada ateniense, al salir del puerto del Pireo, tampoco habían hecho más que simples libaciones de vino al mar, en copas de oro y plata, entonando cánticos. En cuanto a los egipcios, aborrecían al mar, porque creían que era Tifón uno de sus antiguos tiranos. Ver, Neptuno, Tifón, Ponto.