Espíritus de los muertos romanos. A veces se atribuía a los manes un antecesor común, la diosa Mania, o Madre de los manes. Hesíodo les da por padres los hombres que vivieron en la edad de plata. Pero su verdadero origen, según algunos mitógrafos, debe buscarse en la opinión que entonces reinaba, de que todo el mundo estaba lleno de genios. Los había para los vivos y para los muertos. Unos eran buenos y los otros malos. Los primeros se llamaban Lares y los segundos Larves o Lemures. Los antiguos no tenían ideas bien fijas acerca los Manes. Ya los tomaban por almas separadas de los cuerpos, ya por dioses infernales, o simplemente por los dioses o genios tutelares de los muertos. Algunos, como refiere Servio, han querido que los grandes dioses celestiales fueran las almas de los muertos; que no ejercían su imperio sino en las tinieblas de la noche a la cuales presidían, lo que da lugar a llamarlos mañana, mane. El nombre Manes ha sido tomado también algunas veces por los infiernos en general. Se han dado varias etimologías a este nombre: 1º manare, manar o fluir, porque los Manes habitan el aire de donde bajan para atormentar a los hombres, o mejor porque por esta vía descubren los males o los bienes de la vida privada: 2º manus, antiguo nombre latino que equivale a bonus, y según esta idea los manes son deidades bienechoras, que toman parte y se interesan por la felicidad de los hombres con los cuales han tenido durante su vida relaciones o de amistad o de sangre; 3º mann, hombre, y en este caso esta palabra significa hombres por excelencia, porque tan solo las almas virtuosas pueden esperar el llegar a ser divinidades capaces de hacer bien a los que aman la virtud; 4º Moun, raíz oriental, de donde se han formado los nombres moan, man, imágen, fantasma, etc.. Los persas, los egipcios, los fenicios, los asirios y todas las naciones del Asia honran las sombras. Los bitinios, al enterrar los muertos, les suplican en alta voz que no les abandonen enteramente y que algunas veces vuelvan entre ellos, y hasta pueblos bárbaros del interior del África conocieron y practicaron este culto. Orfeo fue el primero que trajo a Grecia la costumbre de invocar los Manes y los tesprotos les dedicaron un templo en el lugar en que se creía había evocado la sombra de Eurídice. Este templo se hizo muy famoso, y muchos siglos después, Periandro vino a él para consultar la sombra de su mujer Melisa. El culto de estos dioses se extendió por todo el Peloponeso y se les hacían rogativas en las desgracias públicas. Según Homero, Ulises les ofreció un sacrificio para obtener un feliz regreso a sus estados. De todos los sacerdotes griegos, los tesalios eran los más adelantados en el arte de evocar los Manes. Cuando los espartanos hicieron perecer a Pausanias en el templo de Minerva, se vieron obligados a hacer venir sacerdotes de Tesalia para evocar su sombra. En un campo cerca de Maratón se veían los sepulcros de los guerreros atenienses muertos peleando contra los persas. Con frecuencia, dice Pausanias, salían de ellos gritos espantosos que llenaban de terror los viajeros. A veces se oía tan sólo un sordo ruido semejante al murmullo de hombres que combaten. Los que lo escuchaban con atención eran maltratados de los Manes; pero los pasajeros que sin pretender averiguar la causa, proseguían su camino, sin pararse, no experimentaban ningún obstáculo. Para apaciguar los Manes irritados de aquél a quien un homicidio o algún accidente había privado de la vida, se le inmolaban víctimas humanas erigiéndole una estatua. Así queriendo los éforos satisfacer los Manes de Pausanias, le erigieron estatuas de metal delante de las cuales se ofrecían todos los años sacrificios (Ver, Eutimo). Los atenienses celebraban una fiesta solemne en honor de los Manes, en el mes Antesterión, durante la cual nadie podía casarse (Ver, Yálemo). Los plateos tributaban un culto religioso a los muertos. Ofrecían sacrificios sobre sus tumbas y la víctima coronada de mirto y de ciprés, era inmolada al son de flautas y de los más lúgubres instrumentos. Celebraban también una fiesta general, en la cual todos los más principales del país, venían cerca de los sepulcros a ofrecer incienso a los dioses del infierno. El mayor de entre ellos inmolaba con un hachazo un toro negro, y se rogaba a los Manes que saliesen de sus habitaciones para sorber la sangre del animal (Ver, Silicerno). Tanto los griegos como los romanos invocaban los Manes en Italia. En las creencias romanas los manes son las almas de los muertos. Se les nombra por antífrasis, como las Erinias, pues manes es un antiguo vocablo latino que significa "los Benévolos". De este modo, por medio de una inocente lisonja, la gente se los congraciaba con sólo nombrarlos. En realidad eran temidos a causa de la malignidad que se les atribuía. Se les erigían altares y se les ofrecían toros para empeñarlos a proteger los campos y a espantar los ladrones de los frutos. Catón nos ha conservado la fórmula con que se mandaba a las víctimas a quienes se sacrificaban en los campos a velar en su conservación (Ver, Novemdiales, Terento). Desde Roma pasó el culto de los Manes a todas las comarcas de Italia. Por todas partes se les erigieron altares, pusiéronse los sepulcros bajo su protección, y cada epitafio llevaba en cabecera, Dis Manibus. Estos dioses podían salir de los infiernos con permiso de Summanus, su soberano, y más de una vez creían distinguirlos en medio de las tinieblas. Los lugares destinados a la sepultura de los muertos, y que estaban dedicados a los dioses infernales, dii inferis, eran llamados loca sacra. Los altares que se elevaban a los Manes, en la Lucania, Etruria y Calabria, eran siempre en número de dos, y colocados el uno cerca del otro. Se les rodeaba de ramos de ciprés y sólo se inmolaba la víctima cuando tenía los ojos clavados en tierra. Sus entrañas, arrastradas tres veces alrededor del recinto sagrado, se arrojaban a las llamas, que avivaban más y más derramando en ellas aceite; era necesario que se consumiese todo el animal, los lazos que los ataban y toda la madera del sacrificio. Debía empezar la ceremonia al anochecer. Los que tenían devoción a los Manes y querían conservar con ellos un comercio particular se quedaban a dormir cerca de los sepulcros, a fin de tener sueños proféticos por la intercesión de las almas de los difuntos. Había dos fiestas especialmente consagradas a ellos: las rosaria (o violaria), en que se adornaban las tumbas con rosas o violetas, y las parentalia, celebradas del 18 al 21 de febrero. Se creía que la costumbre de las parentalia había sido introducida en Italia por Eneas, el cual había instituido esta fiesta en honor de su padre Anquises. También se contaba que en determinado año se olvidaron en Roma de celebrar la festividad de los muertos, y éstos se vengaron invadiendo la ciudad. Saliendo de sus tumbas, se esparcieron por todas partes, y sólo la celebración de los ritos consiguió aplacarlos. Junto con los Lemures, se conjuraban en los Lemuria (9, 11 y 12 de mayo). El ciprés era el árbol consagrado a los dioses Manes. Se les representaba én los monumentos, unas veces sosteniendo los árboles funerarios, otras dando hachazos, y esforzándose en derribar un ciprés, porque este árbol, una vez cortado, no da renuevos, y para indicar que después que la muerte nos ha dado el golpe no debemos esperar ya renacer. El número 9 les estaba dedicado, como el último término de la progresión numérica; por cuya razón se le consideraba como el emblema del término de la vida. Las habas, que según los antiguos se parecen a las puertas de los infiernos, les estaban también consagradas. El sonido del bronce y del hierro les era insoportable y les ahuyentaba lo mismo que a las sombras infernales; pero les era grata la vista del fuego, por cuyo motivo casi todos los pueblos de Italia solían poner una lámpara en las urnas o sepulcros. Los ricos confiaban a los esclavos el cuidado de encenderlas y conservarlas. Era un crimen el apagarlas, y las leyes romanas castigaban severamente a los que violaban la santidad de la tumba. En los monumentos antiguos los dioses manes son llamados tan pronto Dii sacri, dioses sagrados, como Dii patrii, dioses protectores de la familia. En los tiempos heroicos era opinión común que los Manes de los que habían muerto en tierra extranjera andaban errantes buscando el camino de su patria. Los llamados Dii manes (dioses manes) eran las divinidades del mundo inferior, que correspondían a Plutón, Proserpina y Hécate. Ver, Fiestas romanas.