"… esos rostros en los que resplandece la llama de la vida inmortal", son el legado pictórico más extraordinario de la antigüedad. Bajo el dominio romano, los egipcios siguieron momificando a sus difuntos. Un retrato, realizado en madera o sobre las vendas de lino, se disponía sobre el rostro de la momia una vez finalizado el rito funerario. Los retratos más bellos y famosos del mundo antiguo se pintaron en Egipto y proceden de la necrópolis de El Fayum, en el desierto líbico. Se trata de una numerosísima galería de personajes inmortalizados por maravillosos pinceles que, con un gran realismo, ofrecen noticias de una época en la que convivieron en el país del Nilo razas, lenguas y culturas diversas. El Fayum es una llanura exuberante que se extiende al oeste del Nilo, unos 60 km al sur de El Cairo, a lo largo de la margen oriental del desierto líbico. Allí, desde época helenística, los habitantes de la región enterraban a sus muertos, utilizando las alturas en las que el valle del Nilo contacta con el desierto y está, por tanto, a salvo de las aguas que todos los años inundaban las zonas bajas. Durante los tres primeros ss. de la era cristiana, las familias ricas del Egipto romano mantuvieron la tradición de momificar a sus muertos y debió ser práctica corriente retratar al difunto, que podía ser pintado directamente sobre el sudario o sobre una delgada tabla, que era colocada a la altura del rostro del cadáver. Se conocen más de mil retratos y es como si una muchedumbre de hace casi dos milenios viniera a nuestro encuentro, con una intensidad en la mirada igual a la que podríamos hallar en un álbum fotográfico familiar. Frente a estos retratos que emergen de las sombras de los siglos y de la muerte, se experimenta una fuerte emoción, por la belleza y por la intensidad de los rasgos y, sobre todo, porque tras estas pinturas se puede imaginar la vida. Y esto se logra gracias a los artistas y a quienes de esa forma quisieron inmortalizar su aspecto, superando incluso sus propias expectativas. Los retratos de El Fayum son el corpus pictórico más extraordinario que nos ha legado el mundo antiguo. Su valor documental, por cuanto dice del contexto socio-psicológico de su época y por la calidad artística de la mayor parte de ellos, es impresionante. Sin embargo, por algún extraño motivo, han sido olvidados por los historiadores del Arte y son casi desconocidos para el gran público. Para explicar este hecho, es posible avanzar algunas hipótesis. En primer lugar, los retratos son "víctimas del anonimato", al no ser atribuibles a ning£n pintor de nombre conocido. En segundo lugar, porque se hallan dispersos en distintas partes del mundo y en las secciones más diversas de los museos, pudiendo encontrarse inditerentemente junto con el arte egipcio, con el grecorromano o con
el copto. Finalmente, porque Theodor Graf, el comerciante austríaco que adquirió una gran cantidad de ellos, los dató en época ptolemaica, es decir, tres ss. antes de su realización, haciendo que se acabase por considerarlos falsos -a lo que contribuía su extraordinaria conservación natural- o producto de excesivas restauraciones. Pero, ¿Quiénes eran las personas que nos miran con tanta viveza desde esos retratos? Sigue siendo difícil hallar para ellos un lugar adecuado en la Historia del Arte: ¿deben ser considerados egipcios, griegos o romanos? No cabe duda de que estaban sobre personas momificadas al estilo egipcio, pero el peinado, el vestido y las joyas les adscriben a la cultura romana, si bien es cierto que en el caso de los más bellos podría decirse que son puros ejemplares de arte griego, herederos de la escuela de Alejandría. En Alejandr¡a, la ciudad más importante del mundo helenístico, se mantuvo viva la tradición artística de los griegos e, incluso ya bajo dominaci¢n romana, el arte y la lengua oficial siguieron siendo griegos. La sociedad egipcia del siglo II d. J.C., época en que fue realizada la mayor parte de los retratos funerarios, era multiétnica y estratificada: los griegos y los romanos -los últimos en llegar- gozaban de los mayores privilegios. En los yacimientos de El Fayum se da un feliz encuentro entre civilizaciones diversas: griega es la invención del retrato naturalista, mientras que típicamente egipcios son el rito de la momificación y la identificación de los difuntos con el dios Osiris y la diosa Isis. En ningún otro campo como en el de la religión es tan visible el entrelazamiento de las culturas egipcia, griega y romana; pero se advierte una preponderancia egipcia tanto en el importantísimo ámbito de las tradiciones funerarias como en el número de las divinidades híbridas. Ello se explica por el poder que la casta sacerdotal había conseguido en el antiguo Egipto. En el culto egipcio a los muertos, los retratos de El Fayum eran necesariamente objeto de veneración pues, al ser parte de la momia sobre la que se hallaban, eran considerados como la sustitución inmortal del difunto y, por ello, tenidos por objetos sagrados. Los difuntos de sexo masculino eran identificados con Osiris y estaban, por tanto, penetrados de la divinidad del dios, mientras que las mujeres eran vinculadas a Isis y acaso también a Hathor, la diosa vaca. Estas momias con retrato eran denominadas con el nombre del dios y se las citaba como Osiris, Isis o Hathor. El dualismo estilístico y cultural de estos objetos permanece como un fenómeno extraordinario: se trata, en efecto de retratos griegos sobre momias egipcias. Y si la momificación (modo de preservar el cuerpo, esencial para la vida de ultratumba) pertenece indiscutiblemente al ritual religioso egipcio, los retratos forman parte de la tradición pictórica naturalista griega, importada de Macedonia por los egipcios: una tradición extranjera, nunca hasta entonces asociada a un fin religioso. Parece que durante los primeros años del reinado de Tiberio (14-37 d. J.C.) y por razones que todavía nos son desconocidas, comenzó a ser colocado sobre las momias el retrato pintado, en lugar de la tradicional máscara funeraria egipcia que era tridimensional. En el caso del retrato, se trataba de una superficie plana, pintada con las facciones del difunto: una genial innovación que refleja la gran estima de que gozaba en aquella sociedad la pintura ilusionista griega y la importancia que había ido adquiriendo la identidad individual -diríase, casi, la cotidianeidad humana- con respecto a la abstracción y a la homologación sobre el modelo regio, que habían sido características de los sarcófagos egipcios. A los pintores se les confíaba, pues, una función nada efímera. El hallazgo, en 1615, del primer retrato de El Fayum se debe al italiano Pietro della Valle, peo solamente a finales del siglo XIX comenzó a circular, en Europa y en Estados Unidos, una gran cantidad de espléndidos retratos procedentes de Egipto, en particular del oasis de El Fayum. En 1888 había comenzado a excavar la zona de Hawara -la ciudad más importante de El Fayum- el arqueólogo inglés Sir William Matthew Flinders Petrie, quien pronto vio recompensados sus esfuerzos con maravillosos resultados. Realizó numerosos hallazgos de gran interés, entre ellos el papiro manuscrito del II libro de la Ilíada y -algo que más tarde tendría una gran importancia- el primer retrato enmarcado que nos ha llegado de la antigüedad. También sacó a la luz la tumba de un pintor, con sus frascos de pintura y su propio cráneo, así como un gran depósito de retratos funerarios. Se trataba de pinturas naturalistas de estilo griego, en cera sobre tablillas de madera, de época romana y, sobre todo, de los ss. II y III d. J.C.. Actualmente se conoce cerca de un millar, pero hubo un tiempo en que apenas circulaba por los museos y las colecciones particulares una veintena de ellos. Como se apuntaba, el primero de esos retratos había sido hallado hace casi tres ss. por un viajero italiano, Pietro della Valle. Pero los saqueadores de tumbas deberían tener bastantes de estos retratos en sus escondrijos, puesto que, en 1887, Theodor Graf, un comerciante austriaco, compró una partida de ellos, casi todos del mismo período, aunque en muchos casos se trataba de témperas y no de ceras, lo que reducía su interés. Una de las circunstancias que maravillaron a Petrie fue el hallazgo, en la mayor parte de los casos, de retratos magníficos y cuidadosamente realizados en sepulturas prácticamente abandonadas. El arqueólogo dedujo que el uso funerario debía consistir en exponer durante un cierto tiempo a la momia con su retrato en un lugar visitable para amigos y parientes. Lo que sucedía después, transcurrida ya esta fase del ritual fúnebre, debía ser menos importante y eso explicaría el precario estado de las sepulturas. Por otra parte, las condiciones, a menudo precarias, del envoltorio de cartón piedra -en algún caso con dibujos infantiles o plagado de cortes y fracturas- confirman la teoría según la cual las momias se conservaban insepultas por un largo período -incluso dos generaciones- de modo que parientes y amigos pudieran rendirles homenaje. La decoración de las momias, por tanto, tenía una función religiosa, pero también un valor estético y social: si el sentido de la decoración no era solamente la piedad por el muerto sino el placer estético para el vivo, se explica por qué la industria funeraria dio tanto impulso a la producción artística. La enorme viveza -y, probablemente, el realismo- de los retratos compensaba de alguna manera la pérdida de la persona querida y la familia podía visitar a sus muertos tantas veces como quisiera. Aunque la religión cristiana lo desaprobara, la costumbre de momificar a los muertos continuó en el Egipto romano paleocristiano y se difundió también entre los cristianos, al menos en lo referente a las pinturas halladas en Antinoópolis sobre sudarios del siglo III d. J.C., donde se representan los símbolos de la nueva fe, como la cruz ansada, la paloma y la granada. Uno de los mayores méritos de sir Petrie se halla en haber elaborado un método de datación de los retratos basado en un atento análisis del estilo de los peinados femeninos y de la presencia o ausencia de barbas masculinas. Él consolidó esta hipótesis gracias a las informaciones que podían obtenerse del estilo decorativo de las momias y de las joyas que éstas ostentaban. Sus hipótesis le llevaron también a defender una evolución (o, mejor dicho, una involución tipológica): desde la notable calidad de los primeros retratos hasta la manifiestamente inferior de las pinturas de época más tardía. El sistema adoptado por Petrie tropezó en múltiples ocasiones con el escepticismo y el debate entre los expertos en datación se prolongó durante casi un siglo con golpes de efecto e improvisadas intuiciones capaces de poner en duda la teoría. Por citar un ejemplo, los estudiosos demostraron que el peinado llamado de turbante de los tiempos de Adriano se había puesto de moda de nuevo en la época de Constantino. El método más seguro es el de tomar como referencia los peinados femeninos, pero siempre relacionándolos con el de la retratística romana contemporánea en mármol, para la cual se cuenta con dataciones fldedignas. Por tanto, se puede concluir afirmando que los primeros retratos femeninos fueron pintados durante el mandato de Tiberio, mientras que los últimos coinciden con el estilo de peinado de las emperatrices de los Severos (como por ejemplo Julia Mamea, fallecida en el 235 y con el de las posteriores. Para los hombres el último estilo a destacar es el del corte militar, que puede hallarse ya en el siglo II, pero que no se hace común hasta la época de Caracalla y de Geta (en la primera década del siglo III d. J.C.). Tras la máxima expansión, en el siglo II, la producción de retratos funerarios disminuyó lentamente hasta desaparecer hacia mediados del siglo III. Entre las causas determinantes pueden citarse el declive económico y la difusión del cristianismo, dos hechos que, a su vez, fueron manifestaciones de un cambio más general, iniciado en tiempo de los Severos, Este cambio afectó a todos los aspectos de la sociedad y condujo al abandono de una costumbre funeraria que se había observado durante 250 años. Por paradójico que parezca, la retratística de El Fayum, uno de los géneros antiguos más atractivos y accesibles para el hombre moderno, apenas ha recibido atención especializada en el campo específico de la Historia del Arte. Alineadas en los libros o en las vitrinas, las tablas reciben idéntica valoración, como testimonios que son de una época y sus costumbres, y lo único que se plantea, ante las evidentes diferencias de estilo, es su valor como referente social, cronológico o cultural, discutiendo si las formas planas de algunas son huellas de la tradición egipcia o pasos hacia el arte paleocristiano. Sin embargo, basta una mirada a cualquier colección para apreciar las enormes diferencias de calidad que separan unos retratos de otros: mientras que unos nos contemplan con ojos difíciles de olvidar, y su carga de vida se impone en formas perfectarnente conjuntadas, otros denotan hallazgos parciales en detalles concretos, pero carecen de verdadera unidad orgánica y no faltan, finalmente, los que caen en el nivel artístico del mero aficionado carente de dotes y de inspiración. Estas diferencias cualitativas, lógicas en cualquier manifestación artística de cierto arraigo social, pueden deberse a varias razones. Algo pudo contar la riqueza del retratado y su familia, pero probablemente no fue éste un factor determinante: el hecho de que sólo el uno o dos por ciento de las momias de época romana imperial llevasen retratos pintados supone que los compradores pertenecían la clase adinerada de los metropolitas, propietarios que formaban en El Fayum y otras regiones egipcias una burguesía griega o muy helenizada, capaz de pagar el precio de un pequeño retrato. Contaban, por tanto, mucho más el gusto y el interés de cada persona. Se supone, sin duda con razón, que los mejores artistas estarían instalados en las ciudades donde competirían por la clientela más acaudalada-, y que los metropolitas de las poblaciones menores aprovecharían sus visitas a las capitales -Alejandría, Menfis, Antinoópolis, Tebas, para posar y llevarse los retratos que, años después, los acompañarían a sus tumbas. Sólo las personas menos preocupadas por su sepelio, o las que morían de forma casual a una edad temprana, dejaban cierto campo a pintores menos ambiciosos e instalados junto a las necrópolis de las aldeas. Por tanto, es probable que las obras más logradas -muchas de ellas, fieles testimonios del gusto aristocrático común a Roma y a las grandes urbes de su Imperio- deban atribuirse a un número no muy grande de artistas, anónimos para nosotros pero relativamente famosos en el Egipto de su época. Apenas se ha intentado, hasta hoy, buscar obras adscribibles a una misma mano o a un mismo taller, que pueden haber acabado en necrópolis muy distantes; pero éste es sin duda un camino a seguir. En un futuro, es posible que aparezca ante nosotros todo un ambiente artístico comparable al de otras épocas y ámbitos de la Historia. Ver, Pintura, Pintores.