La religión romana, desde sus inicios, se desarrolló como una típica religión de campesinos. La palabra latina religio no designaba originariamente el culto a la divinidad ni el sentimiento de la fe, sino la relación general de los hombres con la esfera de lo "sagrado" y, especialmente, la impresión de encontrarse continuamente ante una serie de peligros de orden sobrenatural. Esta actitud, típica de una mentalidad agrícola, dominada por la idea de un universo incomprensible y sometido al capricho de fuerzas invisibles y misteriosas, se basaba en la creencia de fuerzas sobrenaturales, los numina o "espíritus", presentes por todas partes, que actuaban sobre la tierra, a veces, para ayudar a los hombres y, más a menudo, para atormentarlos. Por ello, las formas de expresión del sentimiento religioso, en forma de ritos, sacrificios y plegarias, con un rígido formalismo, tenían como finalidad la protección contra estas fuerzas. La actitud religiosa fundamental de los romanos estaba dictada por el reconocimiento del poder de los dioses y de los lazos que los unían con los hombres, la pietas. Era necesario conocer su voluntad y tratar de mantener su favor con sacrificios y plegarias. Pero se trataba de una relación de ataduras recíprocas, con obligaciones mutuas, semejante a la que mantenía el cliente con su patronus y expresada en el principio del "do ut des", "te doy para que me des". Esta relación con los dioses no era sólamente una cuestión privada, sino también política y estatal. La más alta obligación del Estado, ante cualquier asunto político de importancia, era indagar la voluntad de los dioses, mediante la observación del cielo, el vuelo de las aves o el examen de las víctimas de los sacrificios. De igual modo, competía al Estado mostrarles su agradecimiento, en forma de sacrificios, juegos sagrados y construcción de templos en su honor. La relación del individuo con la divinidad no se producía de modo directo, sino a través de intermediarios. En el seno de la familia, la célula fundamental de la sociedad, era el pater familias el responsable de esta relación; en el Estado, sacerdotes oficiales (pontifices, augures, salii), se encargaban de llevar a cabo este contacto con los dioses. En consecuencia, existía una estrecha interdependencia entre religión y Estado, sin posibilidad de separar el ámbito sacral del profano, correspondiente a la política. Los romanos compartían la opinión común del antiguo politeismo de que los dioses de las comunidades extranjeras existían realmente y eran tan poderosos como los propios. De acuerdo con ello, la conquista de una comunidad ajena incluía la aceptación de sus dioses, lo que condujo a un continuo incremento de nuevas divinidades. Así, en época muy temprana, fueron asimilados dioses, cultos y ritos tanto del mundo etrusco (de los que, sin duda, es el más significativo el arte adivinatorio de los harúspices), como de los pueblos itálicos. Pero, sin duda, fueron los griegos quienes más influyeron en la religión romana. La temprana relación con las ciudades griegas de Campania y, en concreto, con Cumas, favoreció la introducción en Roma del culto a Apolo y de los libros sibilinos. Un colegio sacerdotal fue encargado de custodiar los libros de oráculos, de interrogarlos para conocer la voluntad divina, en especial, en lo relativo a la introducción de nuevas divinidades griegas, y de supervisar los nuevos cultos aceptados. La proliferación de estos cultos griegos, con sus formas de expresión típicas (fiestas, procesiones, juegos, representaciones teatrales) modificaron la vida religiosa romana de forma sustancial. La participación popular en estas ceremonias, frente al rígido culto romano, practicado en exclusiva por los sacerdotes oficiales, venía a llenar un íntimo deseo de los fieles. Así, la helenización de la religión romana contribuyó a su maduración. La gran conmoción de la segunda guerra púnica favoreció especialmente la extensión de ritos extranjeros. En el 204 a.C., se introdujo el culto frigio de la diosa Cibeles; unos años después de la guerra, se difundieron, con sorprendente rapidez, no sólo en Roma, sino en toda Italia, los misterios dionisíacos. Estos cultos, con la evidente fascinación de sus desordenadas formas de expresión, orgiásticas y extáticas, arrastraron a millares de fieles, pero también la suspicacia de los círculos dirigentes tradicionales. El Senado se vio obligado a intervenir y emanó, en el año 186 a.C., un famoso decreto, cuyo original conservamos grabado en una tabla de bronce, en el que se prohibían, bajo pena de muerte, las reuniones para participar en este culto (Senatus consultum de Bacchanalibus). Aunque era muy grande la tolerancia del estado romano hacia los cultos extranjeros, siempre reaccionó enérgicamente contra todo lo que pudiera suponer un peligro para la tradición, las costumbres y el orden público. La influencia helenística no hizo sino aumentar a lo largo del siglo II a.C., como consecuencia de un más continuado y profundo contacto con Oriente. Y, aunque el racionalismo y el escepticismo filosófico griegos imponían fuertes objeciones a la fe en los dioses, el estado romano mantuvo su política conservadora de respeto a la religión tradicional, que sólo las convulsiones de la tardía República pondrán en entredicho, hasta la restauración religiosa impulsada por Augusto.