(latín, Hispania Citerior Tarraconensis). Provincia romana y después visigoda de Hispania. Su capital fue la Colonia Julia Vrbs Triumphalis Tarraco, la actual Tarragona, de la que tomaba su nombre. La provincia, en su momento de mayor extensión, abarcaba las dos terceras partes de la península Ibérica, y comprendía las regiones al norte y al sur del Ebro, desde los Pirineos al norte hasta Sagunto al sur, el valle de Duero, excepto la zona de su orilla meridional entre el Tormes y su desembocadura en Cale (hoy, Oporto, Portugal), los valles del Tajo y del Guadiana hasta los límites con la Lusitania, y el extremo oriental de Andalucía, al este de la frontera de la Bética que discurría desde Cástulo (Linares), pasando por Acci (hoy, Guadix) hasta la bahía de Almería, quedando estas zonas (que durante varios años pertenecieron a la Bética) en territorio tarraconense; al este limitaba con el mar Mediterráneo, y al oeste con el océano Atlántico y al norte con el Cantábrico y la cordillera de los Pirineos, que la separaba del sur de la Galia, es decir, de las provincias romanas de Aquitania y Galia Narbonense. De la Tarraconensis, fueron escindidas posteriormente la Gallaecia y la Cartaginensis, ambas en el siglo III, y la Balearica de la Cartaginensis, a finales del siglo IV, siendo transformadas en provincias independientes. Por decisión de Augusto en 27 a.C., la Tarraconensis fue una provincia imperial, al igual que la Lusitania, mientras que la Bética fue senatorial; la Tarraconensis tenía rango consular, mientras que las otras dos provincias eran de rango pretorio. Al frente de la Tarraconensis se encontraba el Gobernador de la provincia "Legatus Augusti pro Praetore Provinciae Hispaniae Citerioris Tarraconensis", cuyo officcium se encontraba en la capital provincial, la colonia Tarraco. En época de Augusto y Tiberio, según indica Estrabón, tenía como subordinados a tres legados al frente de tres legiones, que fueron reduciéndose a dos bajo Calígula y a uno a partir de Nerón. Las grandes dimensiones de la provincia determinaron que, en algún momento entre Tiberio y Claudio, el gobernador recibiese como auxiliares en la administración de justicia a siete legados, llamados legati iuridici (sing. legatus iuridicus), al frente de sendos conventus iuridicus. Estos legati eran nombrados directamente por el emperador. Los siete conventos jurídicos de la provicia eran:
)o()o( Lucensis, con capital en el ¿Municipium? Lucus Augusti (Lugo)
)o()o( Bracarensis, con capital en el Municipium Bracara Augusta (Braga)
)o()o( Asturicensis, con capital en el Municipium Asturica Augusta (Astorga)
)o()o( Cluniensis, con capital en la colonia Clunia Sulpicia (Coruña del Conde)
)o()o( Carthaginensis, con capital en la colonia Carthago Nova (Cartagena)
)o()o( Caesaraugustanus, con capital en la colonia Caesar Augusta (Zaragoza)
)o()o( Tarraconensis, con capital en la colonia de Tarraco (Tarragona) )o(
En cada una de las sedes conventuales, se organizó el culto imperial, dedicado a los genii imperatoris y a los emperadores divinizados, con un sacerdocio propio masculino "flamines augusti" y femenino "flaminicae augusti", elegidos de entre las élites de las comunidades privilegiadas "coloniae el municipia" de la provincia. Anualmente, se designaba de entre ellos a un flamen y una flaminica", no era extraño que fuesen matrimonio, para ocuparse del culto imperial a nivel provincial, desempeñando sus funciones en el foro provincial de la capital de la provincia, Tarraco. La administración financiera de la Tarraconensis, por su parte, dependía de un procurador imperial "procurator Caesaris", nombrado directamente por el emperador de entre los miembros del ordo equester, cuyo officium también tenía su sede en la capital de la provincia. Sin embargo, a partir de finales del siglo I o comienzos del siglo II, la zona de minería aurífera del noroeste de la provincia empezó a ser administrada por un procurador específico "procurator metallorum", cargo desempeñado normalmente por un liberto imperial, que tenía la sede de su officum en Asturica Augusta, capital del conventus Asturicensis. Los procuratores dependían directamente del emperador y no del gobernador provincial, aunque ambos cargos debían colaborar para la correcta administración de la provincia. Según los geógrafos antiguos Estrabón, Plinio, quien fue procurator de la provincia, y Ptolomeo, el número de ciudades de la Tarraconensis era considerable, sobre todo en el valle del Ebro y la costa del Mediterraneo. Sin contar las Islas Baleares, y siguiendo a Plinio, en los 7 conventos jurídicos de la provincia existían 472 ciudades o comunidades, de las cuales 293 eran populi (comunidades no urbanas) y las otras 179 estaban divididas en 12 colonias, 13 ciudades con pleno derecho de ciudadanía "oppida civium Romanorum", 18 municipios de derecho latino antiguo, una ciudad federada (aliada sin derecho de ciudadanía) y 135 ciudades tributarias o estipendiarías. En el año 74, Vespasiano otorgó la ciudadanía latina menor "ius latii minor" a todas los comunidades de Hispania, lo que permitía obtener la ciudadanía romana a todas aquellas personas que hubieran desempeñado magistraturas municipales, duovirato o edilidad, en su comunidad, una vez que fuera transformada en municipio por orden imperial, mientras que el resto de los habitantes adquirían la ciudadanía latina, que les permitía gozar legalmente del derecho de hacer negocios de acuerdo con la ley romana "ius comercii" y de casarse a la romana "ius connubii", en iustae nuptiae. La concesión de este derecho fue aprovechada por bastantes comunidades estipendiarias de la Tarraconensis para transformarse en municipios, como es el caso de Nova Augusta, Bergidum Flavium, Segovia, Duratón o Aquae Flaviae, por citar unas pocas. Los ciudadanos romanos así promocionados en todos estos nuevos municipios fueron adscritos a la tribu Quirina, y así lo hacían constar en la "origo" dentro de su nombre. La provincia Hispania citerior Tarraconensis de época augustea nació como directa sucesora de la provincia Hispana Citerior de época republicana. Sus antecedentes, como el de toda la reorganización augustea de Hispana, hay que buscarlos en la división entre los tres legados de Pompeyo en Hispania en el momento final de la República, inmediatamente antes de la guerra civil con César. Aunque el gobernador de las dos provincias hispanas era Pompeyo, como resultado de los acuerdos del primer triunvirato con César y Craso, prefirió permanecer en Roma controlando los asuntos de la Vrbs, por lo que delegó en tres legati:
)o( Lucio Afranio en la Hispana Citerior, con tres legiones
)o( Marco Petreyo en la parte oriental de Hispania Ulterior con dos legiones
)o( Marco Terencio Varrón Lúculo en el occidente de la Hispana Ulterior, con dos legiones )o(
Terminadas las guerras civiles, esta división ensayada por Pompeyo, fue consolidada por Augusto en el año 27 a.C., que estableció formalmente las tres provincias con los nombres de Hispania Citerior Tarraconensis, Hispania Ulterior Lusitania, y Hispania Ulterior Bética. Las dos primeras eran provincias imperiales y la tercera era una provincia senatorial. La creación de estas nuevas provincias fue realizada para poder afrontar la incorporación al territorio romano de las últimas zonas independientes de la Península, habitadas por galaicos, cántabros y astures, de forma que Augusto se reservó para su mando directo las zonas limítrofes a las de estos pueblos, aunque, en el caso de la Tarraconense engañó al Senado al incluir en una provincia militarizada y con serias amenazas bélicas una serie de comarcas pacificadas desde hacia más de 50 años, e intensamente urbanizadas y romanizadas, formadas por el valle del Ebro, las costas del Levante, y las zonas de Andalucía no pertenencientes al valle del Betis. La provincia Tarraconense sirvió así como base para la anexión al Imperio de los cántabros durante las guerras astur-cántabras entre 27 a.C. y 19 a.C., residiendo el propio Augusto en 27-26 a.C. en Segisama y en Tarraco, donde llegó a recibir una embajada procedente de la India. Durante esta estancia peninsular, estuvo acompañado por su hijastro y futuro emperador Tiberio, quien sirvió como tribuno militar en el frente cántabro, iniciando con esta campaña su dilatada carrera de armas. El nombre de la provincia le fue dado por el de su capital, la Colonia Vrbs Triumphale Tarrraco. Sus límites fueron corregidos en 12 a.C., al incorporar las zonas de galaicos y astures procedentes de la provincia Lusitania, y la zona minera en torno a Castulo, procedente de la provincia senatorial Bética. El objetivo de Augusto con esta reorganización fue el de conseguir que todas las tropas romanas de guarnición en Hispania estuviesen al mando de un solo legado Imperial, el de la Tarraconensis, y que las principales zonas mineras que proporcionaban al tesoro imperial metales preciosos, -oro del macizo galaico-leonés y plata de Sierr Morena, estuviesen bajo directo control de la administración imperial, con un fácil acceso marítimo hacia Italia y Roma, lugar en el que se encontraban los talleres de amonedación, puesto que la emisión de aureus de oro y denarii de plata era exclusivo privilegio imperial. Augusto, además de crear la provincia y definir sus límites, siguiendo las directrices fijadas por su tío y padre adoptivo Julio César, concedió a numerosas comunidades de esta provincia el estatuto privilegiado, bien de colonia, las menos, bien de municipio, romano o latino antiguo, especialmente en la costa del Levante, la zona procedente de la Bética añadida a la provincia en 12 a.C., y en el Valle del Ebro, con algunas fundaciones en las dos submesetas y las zona noroeste, mientras que regularizó la situación del resto de las entidades políticas no privilegiadas como civitates o como populi que tenían la condicón de stipendiarium o comunidades tributarias, con una organización interna susceptible de ser intervenida directamente por el gobernador provincial. Esta política fue continuada por Tiberio, quien, aumentó el número de municipios privilegiados en la submeseta norte. Desde Augusto hasta Nerón, las intervenciones imperiales permitieron la regularización de los viejos caminos prerromanos y su conversión en vías perfectamente señalizadas, que vertebraron el territorio provincial, y permitieron a sus habitantes el contacto con la cultura romana (el latín se transforma en la lengua común provincial rápidamente, y se hablaba ya casi exclusivamente a mediados del siglo I) y el acceso a circuitos económicos más desarrollados, con economía monetaria y la llegada de productos de importación, como cerámicas de lujo aretinas bajo Augusto y Tiberio o Terra Sigillata subgálica entre Calígula y Vespasiano. Los resultados de la labor imperial en la provincia fueron los de una progresiva pacificación, sólo rota bajo Nerón con un conato de rebelión de los astures, fácilmente sofocada por el primus pilus de la Legio VI Victrix, lo que permitió reducir progresivamente la guarnición legionaria de la provincia. En el año 68, la provincia estaba gobernada por Servio Sulpicio Galba, que se proclamo emperador en Clunia, y, contando con el apoyo del gobernador de la Lusitania, el futuro emperador Otón, como primera medida, procedió a reforzar el ejército de la provincia para partir después hacia Roma y ocupar el poder. Asesinado Galba, la provincia fue partidaria sucesivamente de Otón y de Vitelio, y, por último de Vespasiano. Bajo éste, el grado de romanización de la provincia, y de toda Hispana era tal, que este emperador pudo promulgar el edicto de latinidad de 74, lo que permitió a numerosas comunidades urbanas de la provincia transformarse en municipios de derecho latino durante su reinado y el de sus hijos y sucesores, Tito y Domiciano. Vespasiano decidió también, que la provincia debía mantener una reducida guarnición militar, formada por la Legio VII Gemina Felix y sus unidades auxiliares, orientada fundamentalmente al apoyo de las labores del gobierno provincial, a labores policiales, y a la ayuda técnica y custodia de las explotaciones de metales preciosos de la provincia. A lo largo de los siglos I y II, la provincia proporcionó una importante aportación de metales preciosos al tesoro imperial, a través de las explotaciones auríferas del noroeste, fundamentalmente de El Bierzo y del norte de Portugal, y de las argentíferas de Castulo y Sierra Morena, el antiguo Mons Marianum, explotaciones de las que también se obtenía plomo, remitido a Italia en lingotes junto con los metales preciosos. También merece la pena reseñar la explotación de los yacimientos de hierro del País Vasco y de Navarra, y del Sistema Ibérico. Así mismo, los romanos explotaron los yacimientos de cinabrio de Sisapo (Ciudad Real) para obtener mercurio, destinado, entre otros usos, a la fabricación de cosméticos, y también las canteras de lapis specularis, una variante de yeso traslúcido susceptible de ser cortado en láminas para servir como vidrios de ventanas, de la zona de Segobriga (Saelices, Cuenca). El capítulo de materias primas se cierra con la explotación de salinas, como, por ejemplo, en Poza de la Sal (Burgos), Peralta (Huesca) o Atienza (Guadalajara. A partir de los años 70, en la zona de La Rioja, con centro en el Municipium Tritium Magallum, la provincia mantuvo un importantísimo centro de producción alfarera, que perduraría hasta bien entrado el siglo VI, fabricando la cerámica de lujo terra sigillata Hispana, que fue distribuida por toda la Península, el norte de África, la Galia, Britannia y el limes renano. El movimiento económico generado fue tan importante que en Tricio existió un partorium para recaudar el impuesto llamado centessima rerum venalium. En el capítulo de la producción cerámica, merece la pena reseñar también los alfares de cerámica común de Melgar de Tera (Zamora), que empezaron a funcionar en el siglo I en relación con el abastecimiento de las tropas imperiales acantonadas en Petavonium, y con la venta de alfarería a la población civil del entorno. Sus producciones alcanzaron Legio y estuvieron en funcionamiento hasta el siglo IV. También destacaron las instalaciones de producción de Terra Sigilata Hispana y cerámica pintada de tradición celtibérica de Uxama argaela, cuya distribución abarcó todo el valle del Duero y la parte oriental del Valle del Ebro. La agricultura de tipo mediterráneo (olivar, viñedo y cereal) fue especialmente floreciente en todas las comunidades de la zona levantina, destacando la articulación de una importante zona de regadío en la parte media del valle del Ebro, entre Vareia y Caesar Augusta, como prueban el Bronce de Agón y los importantes restos de infraestructuras hidraúlicas documentados en toda esta zona. En la zona de las dos submesetas, por su parte, el cultivo predominante fue el cerealístico, junto con la ganadería trashumante, que hundía sus raíces en época prerromana. La explotación agrícola mejoró notablemente respecto a la época anterior gracias a la abundancia de hierro y de herramientas hechas con este material, aperos que desplazaron a los mucho más primitivos prerromanos. A ello se sumaba la explotación del bosque original de la zona, principalmente encinares y pinares, que fueron masivamente talados para proporcionar materiales de construcción y combustible, y para roturar nuevas superficies cultivables. En torno a Carthago Nova continuó practicándose el cultivo del esparto, utilizado para la fabricación de cordámenes para diversos usos, entre otros, el de los barcos, por lo que la ciuda era conocida como Carthago Spartaria. También fue importante la industria de salazones localizada arqueológicamente en el actual Parque del Castro en Vigo, la antigua Vicus Spacorum, y en el yacimiento de la Campa de Torres en el actual Gijón, la antigua Gigia, ya que la producción de la salsa llamada garum fue una de las principales actividades económicas del litoral atlántico peninsular, siendo estos establecimientos vigués y gijonés los más septentrionales. A lo largo de los dos primeros siglos del Imperio, toda la provincia fue vertebrada con la construcción de numerosas calzadas. En muchos casos, la intervención imperial consistía en pavimentar, levantar puentes, y mejorar el trazado de antiquísimas vías de comunicación prerromanas, que, muchas veces, se remontaban a la edad del Bronce. El trazado de las vías era encargado por el emperador a través del gobernador provincial a ingenieros y soldados pertenecientes a la guarnición de la provincia, y su ejecución se encomendaba a militares y obreros civiles en proporción desconocida, permitiendo a determinadas ciudades de la provincia sufragar en todo o en parte algunas grandes obras, como los puentes, como ocurre en Aquae Flaviae con el puente sobre el río Támega. Posteriormente a su construcción, las vías eran mantenidas regularmente y, a veces, especialmente en el siglo II, se realizaban intervenciones mayores, que quedaban reflejadas en los miliarios con las expresiones refecit o restituit. Las vías secundarias, a veces pavimentadas, solían ser ejecutadas por las comunidades limítrofes beneficiadas por ellas, aunque tampoco era extraña la intervención del poder imperial, a través del legado de la provincia, en su mejora y construcción. Las tres vías más importantes de la Tarraconensis fueron:
)o( La vía que unía Asturica Augusta con Tarraco, la capital provincial, por el valle del Ebro.
)o( La Vía Ab Asturica Burdigalam que unía Asturica Augusta con Burdigala por Oiasso.
)o( La importante Vía Augusta, que comenzaba en los Pirineos, en Iuncaria (La Junquera, Gerona), enlazando con la Vía Domitia de la Galia Narbonense y descendía por toda la costa levantina en dirección a la Bética. También destacaban un ramal de la calzada de Asturica a Tarraco que seguía el valle del Duero y buscaba el del Ebro por la depresión del Jalón, la calzada que comunicaba Tarraco con Emerita Augusta a través de Compluturn, las tres vías que comunicaban Asturica Augusta con Bracara Augusta y con Lucus Augusti, la calzada paralela a la costa Cantábrica, desde Brigantium hasta Oiasso, la vía que unía Caesar Augusta con Summo Pirianeo (Somport, Huesca), y buena parte de la vía de la Plata, desde su origen en Asturica Augusta hasta el límite con la provincia Lusitania. )o(
Por su parte, el importante comercio marítimo en el Mare Nostrum, con dirección a la Galia Narbonense, Italia y el oriente del Imperio, utilizó, fundamentalmente, los siguientes puertos:
)o( Tarraco, la capital provincial.
)o( Dertosa, a través del cual se enviaba a Roma el oro obtenido en la provincia, y donde la Classis Misenate mantuvo una estación permanente, y en el que concluía la navegación fluvial del valle del Ebro, que comenzaba en Vareia y permitía enlazar con el Cantábrico a través de la vía de las cinco villas.
)o( Carthago Nova, a través del cual se remitía a Italia la plata y el plomo de Sierra Morena. )o(
En el Cantábrico, el puerto más importante fue el de Oiasso, a través del cual se transportaban los productos del Valle del Ebro y el hierro de los montes vascos hacia la Galia, Britannia y Germania. La prueba de la existencia de un importante tráfico marítimo por este mar, tanto local, como procedente de la vecina provincia Lusitania, fue la construcción junto al Municipium Flavium Brigantium de un importante y monumental Faro, que conocemos con el nombre de Torre de Hércules. La provincia Tarraconensis también aportó numerosas unidades auxiliares al ejército imperial, reclutadas normalmente de entre los pueblos de la submeseta norte, y el noroeste, como arévacos, vascones, cántabros, astures o galaicos, o, de forma más general e imprecisa, llamadas con el apelativo de hispanorum, que formaron numerosas cohortes peditatae y equitatae y alae de caballería, especialmente bajo los Julio-Claudios y los Flavios. Bastantes municipia y coloniae de la provincia emitieron moneda de bronce (ases, dupondios y semises) con permiso imperial bajo los emperadores Augusto, Tiberio y Calígula, y, ya como monedas de imitación o falsificaciones toleradas, bajo Claudio I, lo que indica una profundización temprana de la economía monetarizada en toda la provincia. Esta monetarización se ve corroborada por la gran cantidad de moneda imperial que aparece en los diferentes yacimientos arqueológicos de la provincia, cuya cronología empieza con los inicios del Imperio hasta el reinado de los emperadores Teodosio I, Honorio y Arcadio, lo que indica una importante circulación monetaria, que se corresponde con una actividad económica floreciente e intensa, aunque de mayor importancia en el valle del Ebro y Levante que en el resto de la provincia. En 193, asesinados Pertinax y Didio Juliano, la guarnición de la provincia y su gobernador se proclamaron partidarios de Clodio Albino, hasta que en 195 abandonaron su causa y se pasaron a Septimio Severo, quien realizó una dura represión entre los partidarios de Albino, fundamentalmente en las ciudades privilegiadas del valle del Ebro y el Levante, para lo cual designó como gobernador de la provincia a Tiberius Claudius Candido, un experto militar, que había apoyado la sublevación de Septimio Severo en Pannonia, y que había dirigido en Roma a los peregrini o policía secreta imperial, adscrita a la Prefectura del Pretorio. En esta época, las dificultades administrativo-económicas de numerosas ciudades de la provincia condujeron al nombramiento de un asesor imperial, un caballero o senador, curator, que aconsejara a los senados locales y a los magistrados como mejorar su administración, intentando eludir su quiebra e intentando garantizar la recaudación de tributos en favor del estado. Hacia 210, el emperador Caracalla decidió modificar los límites de la provincia Tarraconense, para lo cual desgajó los tres conventos jurídicos del noroeste, el Asturicense, el Lucense y el Bracaraugustano, para crear una nueva, y efímera, provincia, la provincia Nova Hispana Citerior Antoniana, con capital en Asturica Augusta, con la intención de reactivar las explotaciones auríferas del noroeste, prácticamente agotadas a finales del siglo II. La provincia desapareció nada más morir Caracalla, aunque sirvió como precedente para la futura provincia Gallaecia del Bajo Imperio. En general, las convulsiones políticas y militares que padeció el Imperio entre el asesinato de Alejandro Severo en 235 y la subida al trono de Diocleciano en 298, afectaron poco a Hispania y, en concreto a la Tarraconense. Sin embargo, la crisis económica del estado romano se dejó sentir en la provincia, lo que se aprecia en una disminución de las intervenciones imperiales en la reparación de las calzadas y en la aparición de numerario de mala calidad, que generó una fuerte inflacción y terminó por arruinar las ya precarias economías de las ciudades, produciéndose un progresivo proceso de ruralización social y económica, que culminaría dos siglos más tarde. En el año 254 el limes de la Germania Superior fue atravesado por los germanos de la otra orilla del Rhin, y hacia el año 259 se produjó la incursión de importantes contingentes bárbaros en la Galia Belgique, penetrando profundamente en el resto de las provincias galas, logrando algunos de estos grupos alcanzar los Pirineos y entrar en Hispania, y así, Tarraco fue saqueada por los francos en 258. En época de Valeriano y Galieno, la provincia prestó fidelidad al Imperio Gálico de Tétrico y Victorino, aunque fue una de las primeras en volver a ser leales al emperador legítimo, ya bajo Claudio II y Aureliano. Entre los años 268 y 278 el interior de la Galia fue saqueado, hasta que a comienzos de 278 la frontera fue restablecida por el emperador Probo. Como consecuencia, y dentro de una tendencia que afectaba a todas las ciudades del Imperio, varios núcleos urbanos de la provincia, como Barcino, Emporiae, Asturica Augusta, Legio o Lucus Augusti reformaron su cinturón de murallas, muy deteriorado con el paso del tiempo, y lo convirtieron en una defensa eficaz ante las posibles amenazas provenientes del otro lado de los Pirineos. Con la llegada al trono imperial de Diocleciano en 284, y la creación del sistema de la Tetrarquía, este emperador procedió a reorganizar el sistema administrativo del Imperio. Para ello, las provincias heredadas del Alto Imperio fueron divididas en otras menores, que a su vez fueron agrupadas en una nueva entidad llamada diócesis, supervisada por un vicarius directamente designado por el emperador. Hispania fue atribuida al Augusto de occidente, Maximiano, y asignada a su César, Constancio Cloro, como Diocesis Hispaniarum, con capital en Emerita Augusta. La antigua provincia Tarraconense fue dividida en varias provincias, la Gallaecia a partir de los conventos Bracaraugustano, Lucense, Asturicense y parte del Cluniense, la Carthaginense con los conventos Cartaginense, parte del Cluniense y las Baleares, y la nueva provincia Tarraconense, que comprendía los antiguos conventos Tarraconense, Caesarugustano y parte del Cluniense. Esta nueva Tarraconense tenía rango pretorio y estaba dirigida por un praeses o gobernador. En época de Constantino I, la Diocesis Hispaniarum fue integrada dentro de la Prefectura del Pretorio de las Galias y se le añadió la provincia norteafricana Mauretania Tingitana. La última división se produjo a mediados del siglo IV, cuando las Islas Baleares fueron segradas de la Carthaginensis y convertidas en la nueva provincia Baleárica. A lo largo del siglo IV, la provincia permaneció en una situación de tranquilidad y seguridad, alejada de los conflictos fronterizos e internos del Imperio, manteniéndose leales sus gobernadores al emperador de occidente, excepto a finales del siglo durante la época de los usurpadores de Magno Clemente Máximo (383/388) y Flavio Eugenio (392/394), a quienes juraron lealtad, aunque tras las derrotas que sufrieron a manos de Teodosio I, la provincia se reintegró al poder legítimo sin necesidad de ser invadida. Esta tranquilidad se tradujo en un alto grado de prosperidad económica, manteniendo las líneas maestras diseñadas durante el Alto Imperio, pero con la novedad de la implantación de numerosas villae por toda la provincia, especialmente en el valle del Ebro y el Levante. Estas villas eran, prioritariamente, unidades de explotación agraria tipo latifundio, pero también lujosas mansiones decoradas con suntuosos pavimentos de mosaico, pinturas al fresco en sus paredes, y estatuas de mármol y otros objetos de lujo. A la par, la circulación monetaria fue abundante, especialmente en moneda fiduciaria, hasta principios del siglo V, aunque en la provincia no funcionó ninguna ceca, procediendo la mayor parte de la moneda de cecas occidentales: Roma, Tréveris, Arles, Milán... y algunos ejemplos orientales. A la muerte de Teodosio I, la provincia, junto con todo occidente, fue asignada a Honorio, su hijo primogénito, bajo la tutela de Estilicón. A partir del año 400, la situación del Imperio Romano de Occidente se había vuelto crítica, ya que la actuación de Estilicón para contener a los visigodos de Alarico se había conseguido a costa de reducir las guarniciones del ejército imperial sobre el Rhin por debajo del mínimo necesario para garantizar la seguridad fronteriza, de manera que vándalos, suevos y alanos, consiguieron perforar la frontera imperial e invadir la Galia en 406. El gobierno de Honorio en Rávena fue incapaz de responder a esta nueva amenaza, y el gobernador de Britannia se proclamó emperador como Constantino III y, con sus tropas, entró en la Galia. Los pueblos bárbaros mencionados, en 409, presionados por este último ejército romano organizado, a pesar de los esfuerzos de Dídimo y Veriniano, parientes de Teodosio, Honorio y Arcadio, ayudados por Geroncio, general del usurpador Constantino, entraron en la Península por los Pirineos occidentales. El usurpador Constantino III envió a Hispania a su general Geroncio, responsable último de la invasión de 406 y del fin de la Hispana romana. La Tarraconense fue la única provincia que no fue directamente afectada por suevos, vándalos y alanos, pero, poco después, los visigodos, convertidos en federados del Imperio e instalados en el sur de la Galia, con Tolosa como capital, dirigidos por su rey Ataúlfo, entraron en Hispania para someter a la autoridad imperial las zonas ocupadas por los pueblos anteriores, y también para reprimir el bandidaje local de los bagaudas en la zona del valle del Ebro, en torno a Caesaraugusta. Aunque los visigodos actuaban en nombre de la corte imperial de Rávena, consiguieron asentar bases sólidas en la Península, actuando en nombre propio y ya no abandonarían jamás el suelo hispano. Prueba de la salida de la Tarraconense, y de toda Hispania de la órbita imperial es la detención de la llegada de monedas imperiales, ya que los últimos ejemplares que se encuentran en la Península corresponden a los primeros años de Honorio en Occidente y a Arcadio en Oriente. Poco después, el rey Eurico, ante la debilidad de la corte de Rávena, volvió a entrar en la Península para incorporar el territorio a su reino, realizando una campaña brutal, con numerosas matanzas y saqueos, fielmente relatado por Hidacio de Chaves, de manera que hacia 456 la Tarraconense se convirtió en una parte más del reino visigodo, y el Imperio tuvo que ampliar su foedus con este pueblo, reconociendo de facto su independencia y la salida de la Tarraconense y de toda Hispania de la órbita imperial. En 459 el emperador Mayoriano visitó la provincia, camino de Carthago Nova, donde estaba reuniéndose una flota del Imperio de Occidente y del Imperio de Oriente, que incluía aliados visigodos, para atacar a los vándalos de Genserico en el norte de África, expedición que fracasó al ser destruida la flota imperial por los vándalos. A partir de este momento, la influencia de la corte de Rávena sobre la provincia Tarraconense y, en general, sobre todo lo que había sido la Diocesis Hispaniarum, desapareció, de manera que, cuando el Imperio de Occidente fue abolido entre 476 y 485, el Reino Visigodo vio reafirmada su independencia. A lo largo del siglo VI y del siglo VII, la provincia Tarraconense sufrió numerosos ataques promovidos por los diferentes reinos francos del otro lado del Pirineo, y sirvió de base a los diferentes reyes visigodos de Toledo para defender sus posesiones de la Gallia Narbonensis. Así mismo, los reyes visigodos utilizaron la provincia como punto de partida para penetrar y conquistar los territorios de Cantabria y de los vascones, que se habían independizado al desaparecer el poder romano en la Península. Con la invasión musulmana de 711 y la destrucción del reino visigodo, el sistema de administración territorial de la península Ibérica heredado de Roma, desapareció, y con el la provincia Tarraconense, integrándose su territorio en la nueva región fronteriza del emirato de Córdoba, como marca militar con capital en Zaragoza, bajo la dirección de la familia de conversos Banu-Qasi. Ver, Hispania.