En el corazón de la Élide, inmerso en la del pequeño valle que forman la confluencia del Alfeo con el Cladeo, al pie del monte Cronión, protegido por una suave colina cubierta de pinos y arbustos que, en los días calurosos del verano, inundan el lugar con aromas resinosos, se extiende el recinto arqueológico de Olimpia, el antiguo santuario de Zeus en el que todos los griegos se unían para venerar a sus dioses y celebrar su identidad étnica y cultural, superando las divisiones políticas entre ciudades-estado. Los orígenes de este centro de culto con funciones de santuario no oracular y de punto de convergencia pacífico de toda la Hélade durante los Juegos Olímpicos cuatrienales, se remontan a finales del segundo milenio a.C.. Los Juegos Olímpicos representaban un momento de tregua sagrada durante la que se intentaba buscar soluciones a conflictos y diferencias entre las distintas poleis valiéndose de la razón que Zeus inspiraba a los hombres, a diferencia de lo que ocurría en Delfos, donde Apolo hablaba con mística ambigüedad a través de la boca de la pitonisa. Sin embargo, existen indicios para afirmar que desde el 2800 a.C. ya había una comunidad instalada en la colina del Cronión y en el área del Altis, el bosque sagrado de plátanos, olivos silvestres, pinos, encinas y sauces, a cuyo alrededor se desarrolló el témenos, el recinto cultural. Quizá debido a este origen tan remoto, Olimpia, al igual que muchos santuarios, fue un lugar donde convergían múltiples cultos y mitos que relacionaban varias figuras con la de Zeus: Heracles, que trajo aquí el olivo sagrado desde la fabulosa región de los Hiperbóreos y que instituyó los Juegos Olímpicos en memoria de la empresa de Pélope y en honor a Zeus; el dios-río Alfeo, cuya historia de amor con la ninfa Aretusa, que tuvo lugar en Siracusa, muestra la unión ideal con los griegos de Occidente; el héroe Pélope, venido desde Oriente para simbolizar el sólido nexo entre el santuario y esas lejanas tierras, colonizadas por los griegos antes de la conquista de las costas itálicas y sículas, para retar al cruel rey Enomao a una carrera de carros y afirmar los valores de la justicia, la humanidad y el respeto de las leyes divinas, dejando impreso su nombre en la región, Peloponeso, que significa "isla de Pélope"; Hera, la esposa de Zeus, a la que se erigió un templo cuando el rey del Olimpo aún no era venerado, siguiendo la costumbre protohistórica, en el sagrado bosquecillo del Altis, sobre un altar al aire libre, del que no queda vestigio alguno. La planimetría de los edificios sacros y del complejo circundante de estructuras y estancias destinadas a albergar a los atletas, visitantes, peregrinos y delegaciones, que no sólo acudían con ocasión de los Juegos Olímpicos, no posee la espectacular escenografia del santuario de Apolo en Delfos. La importancia del complejo quedó reflejada en sus enormes dimensiones y en la monumentalldad de determinados edificios, obras de arte, exvotos, capillas y tesoros diseminados en toda el área entre los ss. VII y IV a.C., cuando el emperador romano Teodosio I decretó la muerte de Olimpia con la prohibición de los cultos paganos y la supresión de los juegos. Las reconstrucciones a escala del santuario, realizadas hace unos decenios permiten intuir la grandiosidad de ciertas estructuras. Estas se encuentran expuestas en el renovado y atractivo museo local, inaugurado recientemente junto a las ruinas del estadio, un rectángulo muy extenso, cerrado mediante cuatro alas porticadas, el antiguo centro de entrenamiento de los atletas. Puesto que un santuario antiguo es el producto de una compacta estratificación horizontal de intervenciones urbanísticas en la que, a diferencia de las ciudades con una cada vez mayor planificación funcional, las únicas reglas son de naturaleza ritual, la imagen de Olimpia, al igual que en el resto de grandes centros religiosos helénicos, no puede prescindir de una visión de conjunto recopilada después del punto álgido de florecimiento. En el caso de Olimpia, esto significa aventurarse entre los testimonios que, desde la fase orientalizante del arcaísmo alcanzan la etapa de los soberanos helenísticos y la romana, a través de los enriquecimientos de la edad clásica que aportaron Libón de Elis de 468 a 456, arquitecto del templo de Zeus; Fidias, autor de la colosal estatua de Zeus Olimpio en el naos del propio templo; así como Praxíteles y Peonio de Mendé, escultores de gran relevancia. El templo de Zeus constituye el punto de partida visual de todo el complejo; fue construido en el cuarto decenio del siglo V a.C., con caliza conquilífera local revestida con estuco. Se trataba de un períptero hexástilo de orden dórico decorado con los famosos frontones de más de veintiséis metros de longitud, realizados por el anónimo Maestro de Olimpia, obras maestras del arte griego en su paso de la fase severa a la clásica; y con doce metopas esculpidas en el pronaos y el opistódomo, que representan las hazañas de Heracles. Los terremotos que han sacudido la región a lo largo de los ss., junto con la devastadora acción de los ríos Alfeo y Cladeo tras el abandono del santuario, a principios del siglo V d. J.C., han demolido la trabeación, así como las poderosas columnas del peristilo, cuyos capiteles y volutas aparecen literalmente desmigajados a los pies de los elevados peldaños del estilóbato. Es probable que en ningún otro templo del mundo griego la decoración del frontón alcance semejante intensidad ético-religiosa y tanta densidad de significados, exaltada por los vivos colores (en la actualidad, sólo se pueden reconstruir virtualmente) propios del arte griego y tan lejanos del gélido candor que los neoclásicos le atribuyeron. En el frontón oriental, la competición entre Pélope y Enomao aparece representada alrededor de la epifanía de Zeus, en el centro de la escena, en el preciso instante en el que, poco antes del desafío, la tensión del destino del que el dios que es portador y garante (Pélope vencerá a Enomao, se casará con su hija, Hipodamia, y pondrá fin a su cruel reinado) congrega a todos los presentes en torno al arrogante rey cegado por su inhumana y violenta soberbia, y parece aislarlos en poses estáticas, aunque carentes de sosiego, en gestos simples y compuestos de los que se desprende su agitación, como en la figura del anciano adivino que se mesa la barba mientras observa a Enomao, de quien "ve" el final, o un presagio de los dioses (Hipodamia en un gesto ritual propio de las bodas), o de la indefinida inquietud de los hombres sencillos (el joven mozo de cuadra juguetea con el dedo del pie sin alzar la vista). En cambio, en el frontón occidental el dinamismo de las líneas guía la vista a través de la salvaje competición, ante Apolo, entre lapitas y centauros, grandiosa metáfora del eterno conflicto entre el Bien y el Mal. entre la Justicia y la Injusticia, entre la Razón y el Instinto. Al norte del templo de Zeus, desde mediados del siglo VII a.C., se elevaba el templo de Hera, un períptero dórico hexástilo de planta más bien alargada y de rica decoración arquitectónica de terracota pintada, destinatario de preciosas ofrendas votivas. Más tarde, tras la inauguración de un templo mayor, fue transformado en una especie de museo de arte sagrado dentro del espectacular museo al aire libre y en un santuario en continua evolución. Sobre este extremo y según muestran los numerosos restos de peanas de piedra de distintas épocas, cabe decir que entre los edificios del santuario se fueron sumando estatuas de héroes, atletas victoriosos, dioses y políticos que ofrecían la imagen de sí mismos al santuario en una ofrenda, a caballo entre la propaganda y la devoción. Aquí se halló el famoso grupo de estatuas hermes con Dionisio, controvertidamente atribuido a Praxíteles y obra maestra del arte tardío-clásico, que en la actualidad, puede admirarse en el museo local. Otros edificios de notable importancia también encontraron un emplazamiento en el Altis. En una posición un poco elevada, sobre un terraplén situado a los pies del Cronión, aún están alineados los tesoros, es decir, las capillas en las que ciudades famosas como Sición, Síbaris, Cirene, Selinunte, Megara, Gela, Bizancio, Metaponte, Siracusa, Epidamio y otras no identificadas, durante ss., depositaron allí sus ofrendas en honor al dios, como testimonio perenne de su gratitud y poder. A los pies de esta terraza se halla una fila de dieciséis estatuas de Zeus, financiadas con el dinero obtenido por las multas impuestas en los juicios de Olimpia a los atletas culpables de artimañas o intentonas de vencer con engaño. La hilera de columnas acompañaba, con evidente intención monitoria, a los atletas y al público de camino hacia el estadio, con capacidad para 45.000 espectadores. El Filipeo merece también especial mención. Este elegante templo circular monóptero fue erigido por Filipo II de Macedonia tras la victoria de Queronea (338 a.C.) y acabado por Alejandro Magno, con peristilo jónico y columnas corintias en el interior, donde se conservaban cinco estatuas de oro y marfil del conquistador de Macedonia entre padres y antepasados. Esta obra maestra de Leocares se ha perdido, aunque se cree que las cinco cabezas en miniatura de marfil que fueron halladas en la tumba de Filipo II en Vergina son una representación de la misma. Para terminar, recordaremos brevemente algunos edificios caracterizados por su funcionalidad y elegancia, como el Leonideo, una especie de "hotel de lujo" en el corazón del santuario, embellecido con jardines con fuentes, o las numerosas infraestructuras deportivas, como por ejemplo el gimnasio, los baños y las termas. Pausanias consagró la mayor parte de sus libros V y VI de su Periégesis a describir el santuario de Olimpia.