Perseo es un héroe de origen argivo, que figura entre los antepasados directos de Heracles. Su padre es Zeus, y por su madre Dánae desciende de Linceo e Hipermestra; por consiguiente, de Dánao y Egipto (Ver, Linceo). Acrisio, abuelo de Perseo, había preguntado al oráculo cómo podría tener hijos; el dios le respondió que su hija Dánae tendría uno, y que sería el causante de su muerte. Acrisio, asustado, quiso impedir el cumplimiento del vaticinio y construyó una cámara subterránea de bronce, en la que recluyó a Dánae. Sin embargo, pese a todas sus precauciones, Dánae dio a luz un niño. Unos pretenden que el padre era Preto, hermano de Acrisio, y que de aquí surgió la riña que se produjo entre los dos hermanos. Lo más corriente es afirmar que el seductor fue el propio Zeus, que, transformado en lluvia de oro, penetró por una grieta del techo y obtuvo el amor de la joven. Con gran frecuencia se invocaba esta versión del mito para simbolizar la omnipotencia del dinero sobre los corazones y para abrir las puertas más sólidamente cerradas. Dánae, que estaba recluida en su prisión con su nodriza, pudo dar a luz en secreto y criar al niño durante varios meses. Pero un día el pequeño, jugando, profirió un grito, y Acrisio lo oyó. No queriendo creer que su hija hubiese sido seducida por Zeus, comenzó por dar muerte a la nodriza como cómplice y decidió arrojar al mar a su hija y su nieto, encerrados en un cofre de madera. El cofre flotó a la ventura, y, finalmente, fue arrojado a la costa de la isla de Sérifos. Los náufragos fueron recogidos por un pescador llamado Dictis, hermano, según se dice, del tirano de la isla, Polidectes. Dictis los acogió en su casa y educó al niño, que no tardó en convertirse en un adolescente de extraordinaria belleza y gran valor. Sin embargo, el rey Polidectes se había enamorado de Dánae, pero no podía satisfacer su pasión porque Perseo velaba por su madre y el rey no se atrevía a emplear la violencia. Un día Polidectes invitó a un banquete a todos sus amigos, e invitó también a Perseo. En el curso de la comida preguntó qué regalo pensaban ofrecerle. Todos convinieron en que el obsequio más apropiado para un rey era un caballo. Por su parte, Perseo respondió que, si era preciso, le traería la cabeza de la Gorgona. Al dia siguiente, todos los principes trajeron el caballo ofrecido, excepto Perseo, que se presentó con las manos vacías. Entonces Polidectes le ordenó que fuese en busca de la cabeza de la Gorgona, sin lo cual se apoderaría de Dánae por la fuerza. Según otra versión, Polidectes destinaba estos regalos a Hipodamía, hija de Enómao, con la que quería casarse. En esta dificultad, Hermes y Atenea acudieron en ayuda de Perseo y le proporcionaron los medios de cumplir su imprudente promesa. Siguiendo su consejo, el joven fue primero al encuentro de las hijas de Forcis, Enio, Pefredo y Dino (Ver, Forcis), las tres Grayas (Ver), que tenían, entre las tres, un solo ojo y un solo diente. Perseo se apoderó de este ojo y este diente y se negó a devolvérselos mientras no le indicasen el camino que debía conducirle a la mansión de las "Ninfas". Éstas llevaban sandalias aladas y un zurrón llamado kibisis, así como el casco de Hades, el cual tenía la virtud de volver invisible a quien se lo ponía. Las Ninfas le entregaron todos estos objetos, mientras Hermes lo armaba con una hoz de acero muy duro y cortante. Perseo se dirigió entonces a la mansión de las Gorgonas, Esteno, Euríale y Medusa, y las encontró dormidas. Sólo Medusa era mortal, por lo cual Perseo podía esperar apoderarse de su cabeza. Las Gorgonas eran monstruos, cuyo cuello se hallaba protegido por escamas de dragón y colmillos semejantes a los de los jabalíes. Sus manos eran de bronce y poseían alas de oro, con las que volaban. Además, su mirada era tan poderosa, que transformaba en piedra a cuantos miraba. Por todos estos motivos resultaban seres muy temibles y no era posible vencerlas sin la protección de los dioses. Perseo se elevó en el aire gracias a sus sandalias, y, mientras Atenea sostenía encima de Medusa un escudo de bronce bruñido a modo de espejo, él decapitó al monstruo. Del cuello cercenado de Medusa surgieron un caballo alado, Pegaso, y un gigante, Crisaor. Luego Perseo guardóse la cabeza en el zurrón y emprendió el regreso. Las dos hermanas de la víctima lo persiguieron, pero fue inútil, ya que el casco de Hades les impedía verle. En su camino de regreso, Perseo pasó por Etiopía, donde encontró a Andrómeda. Estaba atada a una roca, expiando unas palabras imprudentes que había proferido su madre Casiopea. Al ver a la hermosa joven en tal peligro, Perseo sintió nacer un súbito amor por ella y prometió a Cefeo, el padre de Andrómeda, que libertaría a su hija si se la daba por esposa. Esta proposición fue aceptada, y Perseo, gracias a las armas mágicas qúe poseía, pudo matar fácilmente al monstruo marino que iba a devorar a Andrómeda, y condujo a la doncella al lado de sus padres. Pero el matrimonio presentó dificultades. Andrómeda tenía un tío, Fineo, que debía casarse con ella. Este Fineo, irritado por la proyectada boda de la joven con Perseo, urdió un complot contra el héroe. Pero Perseo lo descubrió a tiempo y, mostrando la cabeza de la Gorgona a Cefeo y sus cómplices, los transformó en estatuas de piedra. Acompañado de Andrómeda, Perseo regresó a Sérifos. Allí la situación había experimentado un cambio, debido a una acción violenta de Polidectes, quien, durante su ausencia, quiso apoderarse de Dánae por la fuerza. Dictis y Dánae se habían refugiado junto a los altares, lugar tenido por asilo inviolable. A su llegada, Perseo se vengó de Polidectes. Penetró en la sala donde el tirano se hallaba reunido con sus amigos, y los convirtió a todos en estatuas de piedra. Luego entregó el poder sobre la isla de Sérifos a su padre adoptivo Dictis y devolvió a Hermes las sandalias, el zurrón y el casco de Hades. Hermes los restituyó a las Ninfas, sus legítimas propietarias, mientras Atenea colocaba la cabeza de Medusa en el centro de su escudo. Perseo abandonó después la isla de Sérifos junto con Andrómeda para dirigirse a Argos, su patria. Quería volver a ver a su abuelo Acrisio. Pero éste, al enterarse de las intenciones del héroe y temiendo el cumplimiento del oráculo según el cual había de morir a manos de un hijo de Dánae, huyó al país de los pelasgos. Allí, el rey de Larisa, Teutámides, había organizado juegos en honor de su difunto padre, y Perseo se presentó a participar en ellos. Acrisio asistía también como espectador. Y he aquí que Perseo, al lanzar el disco, dio con él a Acrisio en el pie y lo mató. Lleno de dolor al conocer la identidad de la víctima, le tributó honras fúnebres y ordenó enterrarlo en las afueras de la ciudad de Larisa. No atreviéndose a ir a Argos para reclamar el trono de aquel a quien acababa de matar, cambió Argos por Tirinto, donde reinaba su primo Megapentes, hijo de Preto. De este modo, Megapentes pasó a ocupar el trono de Argos, y Perseo, el de Tirinto. Se le atribuyen las fortificaciones de Midea y de Micenas. Una leyenda oscura de Perseo lo oponía a Dioniso. Según ella, se habría opuesto victoriosamente a la introducción del culto dionisíaco en Argos e incluso, durante una lucha contra el dios, lo habría ahogado en el lago de Lerna. En este momento, Dioniso habría terminado su vida terrestre y habría ocupado su lugar en el Olimpo, reconciliado con Hera. En el mismo combate, Perseo habría dado muerte a Ariadna. Otra versión presenta a Ariadna como la única víctima de Perseo. El héroe se habría reconciliado después con Dioniso por mediación de Hermes. Los mitógrafos de la época romana contaban que Perseo y Dánae, arrojados al mar por Acrisio, no habían abordado en Sérifos, sino en las costas del Lacio. Unos pescadores los habían cogido en sus redes y llevado al rey Pilumno. Éste casó con Dánae, y con ella fundó la ciudad de Ardea. Turno, rey de los rútulos, sería un descendiente de este matrimonio. También se decía que Dánae tuvo de Fineo dos hijos: Argo y Argeo, con los cuales pasó a Italia, estableciéndose en el emplazamiento de la futura Roma. Argo habría sido muerto por los Aborígenes, los salvajes indígenas que habitaban en las colinas de Roma, y el lugar de su muerte recibió por ello el nombre de Argileto (de dos palabras que significan la muerte de Argo, Argi-letum). Su estatua de bronce en Florencia es de Benvenuto Cellini. Ver, Aïdós.